Ayer sentí un hermoso pellizquito mientras miraba en la tele cómo recibía Antonio Gamoneda el Premio Cervantes. Hay cierta justicia que acaba llegando con los años y afecta incluso a los que han caminado por libre, circunstancia que tiene poco que ver con esa historia Baudelaire de que quien recibe méritos o castigos lo hace porque se somete a ser juzgado por el príncipe y acepta tal sometimiento. No es el caso porque no me apetece que lo sea, ya que Antonio, al igual que Pepe Hierro lo fue en su día, es un poeta que sólo puede juzgarse a sí mismo. Ahora sería tiempo de reconocer también a un tipo tan grande como persona y como poeta, un tipo que reúne una voz y una vida extraordinarias. Me gustaría ver en los laureles al bueno de Ángel García López… y, por qué no, también al loco magnífico de Jesús Hilario Tundidor. Dos vidas dedicadas a la poesía de vivir y de sentir, dos silencios forzados y dos ejemplos clave de la voz del cincuenta que no han tenido hasta hoy el reconocimiento que...
Bitácora de Luis Felipe Comendador