Noche de perros hasta que lo eché todo entre mareos y sudores fríos. Eran las seis de la madrugada y no había podido pillar el sueño porque mi estómago ardía como un infierno particular. Cómo se estira el tiempo cuando estás mal, qué lento pasa… y sin embargo en mi cabeza tomo consciencia como nunca de que estoy vivo, siento el latido con más intensidad y percibo el valor del dolor y el malestar como signo inequívoco de vitalidad. Y una noche tan larga da para muchas cosas, para demasiados pensamientos que se van solapando en esa oscuridad del dormitorio en la que reinan los dígitos rojos del reloj despertador… sobre todo, los hijos: su tensión, su salir adelante sin poner casi nada, sus fracasos pequeños y diarios, su huida lenta de la casa [que los siente y los echa de menos cada día un poquito]… la edad con sus miserias y sus triunfos, la derrota de este cuerpo que es batalla perdida, las cosas por hacer acumuladas, los poemas pendientes, el amor sin trabar, el viaje que me debo a P...
Bitácora de Luis Felipe Comendador