Es la hostia. Otra tragedia cercana que me llena de tristeza. Esta vez ha caído sobre la familia de mi amigo Cipriano, un tipo por el que siento un afecto especial [además de esa afinidad política que siempre nos unió y los duros días que compartimos juntos trabajando para esta ciudad]. Su hijo Amable, recién casado con una niña encantadora [hace apenas quince días], se ha dejado la vida en la carretera y se me ha puesto un nudo en la garganta que no acierto a desatar. Y escribo desde la perplejidad de esos treinta años frustrados, desde la rabia que me produce la vorágine del tráfico [los hombres nos convertimos en otra cosa con un volante en nuestras manos], desde la perversidad que esconde la prisa cuando la vida pide lentitud y miradas. Y solo se me ocurre llorar y abrazar a mi amigo con la fuerza de un silencio capaz de decirlo todo, un silencio hecho de soledad ante lo inexorable y de dudas sobre todo lo que me rodea. Y me vuelve al justo centro el miedo, ese miedo que me trajero...
Bitácora de Luis Felipe Comendador