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03 mayo 2013

EL DIRECTOR DEL CORO


Todo lo prepara con meticulosidad. Su vida y su obra encajan como una semifusa o una corchea en el lugar adecuado y preciso del pentagrama, de modo que nada en él es altisonante ni improvisado. El programa iba a sonar en la parroquia Omnium Sanctorum, en la sevillana calle Feria, a las 20,30 horas. Cuando Alberto Álvarez Calero, el joven director del Coro Maese Rodrigo se dirigía en taxi a la cita se encontró de repente en medio de la nada con un gentío ensordecedor que le impedía el paso. La gente que pierde su vivienda no está para músicas y no accedieron al rogatorio de Alberto para que le franquearan el paso y no llegar tarde. En el tapón monumental no había otra salida que hacerlo a pie abriéndose camino a codazos. Cuando media hora después pudo desembarazarse del tumulto y subirr otro taxi libre, miró el reloj e imaginó que para entonces los componentes del coro estarían calentando voces en la sacristía.


El templo estaba abierto y el aforo completamente a rebosar. De su hombro izquierdo colgaba un portatrajes y sus zancadas eran más alargadas que de costumbre. Por la nave lateral se filtraban los ecos de las voces calentando el metal vocálico. “¡Por fin, Maestro!”. Les tranquilizó con una sonrisa nerviosa, sacó un pequeño diapasón del bolsillo derecho de su chaqueta y entonó la nota a la que todos se iban sumando. En esos instantes, una campanada rotunda señalaba la hora de comienzo y a una señal de su mano derecha comenzaron a salir los componentes del coro entre aplausos de acogida. Alberto hizo una pausa, de forma que el joven coro recibiera en solitario la expectación animosa del público.

"¡Horror! ¿Dónde están las partituras?" "Sólo traía usted el portatrajes", le aseguraron. Hizo un repaso mental, como eléctrico, y no visualizó el momento en el que se separó del mismo. Entornó los ojos, se santiguó y salió a los pies del presbiterio respondiendo de manera discreta a los aplausos con los que fue recibido. Pidió un programa y le entregaron una octavilla de color verdosa impresa en tinta negra que colocó en el atril a modo de guión. Se hizo el silencio y se comenzó a escuchar el crepitar minúsculo de los cirios. Elevó los brazos y a poco, con gesto contundente, dio entrada con un pianísimo al programa: Obras religiosas y profanas del siglo XVI al XXI. Tenía la música en sus sentidos y fue marcando con gestualidad armónica el orden preciso y prefijado. Concluido el programa, dirigió al respetable palabras de agradecimiento y gesticuló de nuevo, como acción de gracias, los compases de Agnus Dei como propina.


02 mayo 2013

SIESTA


Ocuparon la plaza los voceadores, los profetas que no detectaron el mal que padecemos y gritan para llenarse de razones, los vendedores de manualidades ociosas y los tenderetes oficiosos de los cultivadores ecológicos; cada quien con su megafonía, cada uno con su cantinela; era un gentío inmenso y hasta las palomas emigraron aturdidas  de gritos vocales y megafónicos. Como fin de fiesta, unos rockeros, con las mismas caras e indumentos del local de ensayo, punteaban estridencias arañando el pentagrama. El volumen era atronador y yo acordándome del sueño helado de Disney o del inmutable y arcaico de las momias. Todo eso ocurrió ayer, cuando el segundo cuatrimestre va de huida y se han vencido los plazos de los trabajos y los plazos de los aplazados estudios. Pasaron los camiones de limpieza y han dejado el aire infecto de su murmullo metálico característico. Ni sé si he comido ni me apetece; sólo busco un poco de sosiego para esta contaminación acústica que ensordece. De repente oigo el silencio y me siento extraño, muy extraño. De ese silencio surte la banda sonora de mi corazón como un potro desbocado que quiere llegar pronto a la meta o tirar al jinete. En mi cabeza resuena un tantán extraño y cambiante que enmudece al corazón, ahora más relajado, un entrecruzamiento de pensamientos que van y vienen sin orden sin concierto. Unos niños con patinetes agitan el gorjeo de las palomas que se regresaron. He conseguido un asiento y me pongo a tomar el sol de esta primavera arrebatadora en sus extremos, mientras lucho por dejar la mente en blanco y la visión en negro. Oigo el flujo respiratorio y sigo mentalmente el subibaja del pecho entre flujos y reflujos; todo se acompasa al tiempo que va anegándome el sosiego. Unos niños corres y no quiero imaginar la pelota. Cerca, o no muy lejos, una cantinela de agua como el murmullo de un pequeño surtidor y todo se va encapotando de oscura y aquietada calma.


01 mayo 2013

MARBELLA EN LA MEMORIA





Anoche, de repente y sin pensarlo, me sentí en Marbella. Hacía un día claro y muy luminoso, con ese azulcelesteinmaculado característico cuando corre apenas una brizna de brisa y el horizonte es una tarjeta postal en la que se transparenta el Atlas, se adivina Ceuta y Gibraltar está casi al alcance de la mano, tan sólo un poco más allá de Estepona. Era la mañana, había llegado una media hora antes de que abriera el conserje y la escalinata desde la Avenida era una provocación para corretear por la playa. Me pesaba la cartera y saqué sus correas de los hombros colocándola en la proa de una jábega varada junto con las sandalias y el bocadillo. Un poco más hacia el levante llegaba la de los Hermanos Haro. Por su lento desplazamiento hasta clavar la quilla en la arena, venía cargada hasta los topes. Me dispuse a coger uno de los varales untados de sebo y me dijo un abuelo: “niño, tú hala solamente”. Eran cuatro marineros y de sus caras tostadas por el sol se descorría una sonrisa de satisfacción. La barca se hace pesadísima cuando deja el contacto con el agua, pero a esta faena siempre acuden muchas manos generosas del hoy por ti y mañana por mí. Ramón era tan mayor que ni siquiera intentó incorporarse para ayudar a sacar la barca del agua y continuó remendando redes, una tarea sin saldo que queda reservada para los viejos marineros que ya quedaron varados en tierra para siempre. Cuando la jábega estuvo a la distancia oportuna del agua, comenzó la tarea de bajar las cajas de sardinas para llevarlas al Saladero de Lima. Eran cuerpos retorcidos de intemperie y humedad salobre, con la entrega de la mercancía en el almacén llegaba el tiempo del reposo hasta reemprender la faena con el nuevo atardecer, cuando las velas blancas son como gaviotas de lona que se alejan con el sol poniente. “Niño, -me gritó el patrón-, ¿quieres un ranchito de pescao?” No tuve tiempo para contestar, había sonado el timbre y ahora tocaba vérmelas con ecuaciones y logaritmos. Recogí la cartera, me calcé las sandalias y subí la escalinata como una exhalación, al tiempo que me sacudía la arena; D. Jaime no dejaba pasar a los impuntuales.

04 abril 2013

EL CIPRES


Casi nunca sé de qué voy a escribir cuando me enfrento a la página (pantalla) en blanco, por  la misma razón que comenta mi amiga Mª Carmen Rueda cómo es imprevisible que lo que soñamos coincida con aquello agradable que nos apetecería soñar, sino más bien al contrario con lo que detestamos. De repente, me ha venido un runrún a la mente y aquí comienzo a hablar de esta conífera que tiene su componente de maldito y bendito; o sea, como la vida misma, donde las personas somos tan ángeles como demonios.


Lo primero que se nos viene a la mente al hablar del ciprés es el cementerio, olvidándonos que no es ésta su única ubicación y que distintas culturas, a lo largo de la historia le han asignado tanto el símbolo de la muerte como el de la vida. Se trata de un árbol enhiesto que llega a alcanzar los 20 m de altura, hojas perennes y un grosor de unos 60 cm. Tiene forma piramidal y figura mayestática, solemne; es un árbol longevo: vive durante 300 años. Romanos y griegos lo relacionaron con las divinidades del infierno, ligado al culto a Plutón; por otro lado, también fue consagrado a Esculapio, dios de la medicina, y de hecho sus frutos, antes de que estén completamente maduros, se emplea en la curación de diversas dolencias, especialmente de las vías respiratorias. Su madera, dura e incorruptible, desprende un suavísimo y agradable aroma; su forma estilizada se eleva sin dudas hacia el cielo, con lo que en la simbología cristiana se interpreta también como alegoría de la inmortalidad y la mansedumbre, como si hubiera elevado sus brazos y uniendo las palmas de las manos estuviera invocando a Dios. Para algunos, parece un dedo ciclópeo señalando al cielo.

Como vemos en la imagen y hemos podido comprobar con nuestros ojos, no tiene un uso ornamental exclusivo en los cementerios, sino que es muy usado también en jardinería. Otro uso muy frecuente, a la par que peculiar, es el señalamiento de los bordes de un camino, en especial en casas solariegas o cortijos aislados, desde el mismo borde de la carretera hasta el rellano donde su asienta la casa. Y ahora para ir terminando, una curiosidad: dicen que la interpretación que debe dar el caminante cuando a la puerta de una casa hay plantado un ciprés, significa que en ese lugar hay agua; cuando son dos los cipreses plantados, que además de agua hay un plato de comida para el caminante; si son tres o más, que además de agua y comida hay un lugar para el reposo. Es posible que estemos hablando de viejas simbología, de tiempos pretéritos en el que la acogida era más abierta al caminante que estos de ahora de blindajes y alarmas conectadas a un servicio de seguridad, pero así reza la tradición y así os la he contado.

07 marzo 2013

DIFERENTES, PERO IGUALES


¿Eres de los que pasan por las calles y no ves callejeros, homeless, les llaman algunos? Tengo dudas si cuando se internacionalizan los problemas éstos adelgazan o se agudizan. Para algunos son personas que no quieren vivir bajo disciplina alguna, que lo han perdido todo o nunca tuvieron nada; los especialistas hablan de excluidos sociales, personas que perdieron sus hábitos y su personalidad. La inmensa mayoría, hombres; también un cierto porcentaje mujeres, pero casi todos ellos con una demencia o enfermedad crónica que les incapacita. Llegaron a la calle porque eran dementes o la calle les fue corroyendo el seso hasta hacérselos puré desabrido: uno nunca puede estar seguro de dónde se inician los ciclos cuando éstos se repiten una y otra vez.


Son como los cangilones de una noria: a veces rebosan y otras están secos; pero siempre, siempre, siempre esperan, se derraman y esperan —a pesar de la desconfianza a la que les hemos acostumbrado—  un gesto, una mirada que les ratifique y les haga visibles a la sociedad. No tienen un techo, antes les falta un trozo de pan que un cartón de vino peleón; pero como se abrigan con cartones bajo el firmamento, el combustible que les haga entrar en calor es lo más imprescindible.

Por lo general, no se fían de las personas y tienen experiencias bien negativas como para no hacerlo y callos de desprecios de tanto ignorarlos; pero casi todos comparten lo poco que son y lo poco que tienen con un chucho o un gato tan desprotegido como ellos mismos. Se tienen el uno al otro; ninguno tiene pedigrí ni falta que les hace. Ellos, por lo común, ni carné ni tarjeta sanitaria. Y es que en el ir y el venir entre la marea humana que pasa y ni se percata de ellos, pierden a diario sus más íntimas pertenencias y tienen que volver a buscar cartones antes de que vuelva a caer la noche. Sólo el animal de compañía le es fiel y le da el cariño que no encuentra en una sociedad que vive de prisa y camina de espaldas. Hacia la masa humana tienen una mirada perdida, pero en los ojos de su animal de compañía encuentran el espejo donde mirarse y el calor de todo aquello de lo que carecen. No son como tú o como yo, son diferentes; pero son iguales.

25 febrero 2013

DESHABITADA


Un paseo por el campo, una vereda que a veces va por la umbría y otras por la ladera soleada de una loma. Campos cultivados, campos en barbecho, frutales sin poda, cañadas profundas con una pequeña corriente de agua cantarina al fondo y de repente, una construcción a la que el tiempo dio su finiquito: no hay techumbre; ni siquiera quedan vigas sobre las que se sustentara, sino desnudos muros de piedra y barro, alguno de ellos bastante derruido. Una puerta de dimensiones reducidas habla de la humildad del habitáculo y los restos de cal en las jambas y paredes laterales de la entrada son la confirmación de haber sido habitada por personas en otro tiempo. Un ventanuco, una inexistente chimenea que en otro tiempo enhiesta lanzaría la fumata de la leña quemada y la certera trébedes con sus ollas, sus pucheros, sus tenazas y su abanador de pleita.


Sin necesidad de entrar, porque la curiosidad también se satisface en la memoria y en la imaginación, y con la precaución de no adentrarme en un ámbito ruinoso y decadente del que posiblemente salir descalabrado, uno toma sus cautelas y cree leer en cada uno de los vestigios la vida de quienes allí moraron. Esta edificación corresponde a un tiempo donde el campo estaba a una distancia que hoy parece ridícula con los medios de locomoción al alcance, pero que entonces era distancia de aislamiento, donde todo objetivo como programa de vida era la subsistencia. Los elementos, además de azadas, hoces, hachas y arados, era la sangre caliente de animales y hombres; la jornada de sol a sol y el habitáculo el refugio de las personas y el lugar de los aperos de labranza.

Cuando contemplo una imagen como esta en un repecho soleado, de dimensiones diminutas, acosada por la propia naturaleza que toma posesión de todo abandono en medio de la nada, siempre pienso en las personas que la habitaron, en las veces que fallaron en sus pronósticos con las aguas y los vientos, con las cosechas y la soledad ante los intermediarios en tiempos de recolección que siempre se acaban imponiendo; en las estrecheces no sólo físicas, sino también en la dieta rutinaria de lo que el campo propio da en cada tiempo, de la alacena donde se provee el largo y duro invierno de campos desnudos, de fríos intensos. Una vida cuya banda sonora es el silbo del viento, la abubilla y la alondra o el búho nocturno que cantan la partitura del tiempo eterno. Deshabitada hoy, derruida, inhóspita, casi en el suelo, pero donde hubo vida que se fagocitó el tiempo.

12 febrero 2013

VENTANA INTERIOR


Lo habitual cuando uno mira desde la ventana de su habitación, es que siempre vea el mismo panorama con escasas y ligeras variantes: mayor floración en los árboles en primavera, mayor desnudez en otoño; más claridad o menos, dependiendo de la hora del día y del estado nuboso o clareado del cielo...  A veces me canso de mirar para ver siempre lo mismo, aunque en los pequeños detalles, como digo en el párrafo anterior, no hay dos días iguales.

Monasterio de la Cartuja - Granada
A veces me da por evadirme y veo desde mi ventana aquello que me apetece, algo que está al alcance de todo el mundo, pero que no todos se atreven a practicar. Esta mañana, al abrir, con un tiempo algo desapacible y frío, me he sentido, como si en el mirador de la Alcazaba estuviera, contemplando La Alhambra y a sus pies toda la ciudad de, esa que con tanta razón dice mi amigo Emilio Manuel que está en Granada. En el aire se palpaba el tiritón del termómetro y la espesura de la densidad blanca de las cumbres. Es posible que se haya pertrechado de oxígeno en la mismísima cumbre del Mulhacén y de agua en el Genil o en el Monachil. Por entre las nubes pardas se asoman los picos nevados y hacia abajo, salvando el desnivel, el intrincado de sus calles y plazuelas.

Por el sonido en los cristales, creo que empieza a llover en la calle o tal vez sea ese rumor tan característico de las acequias de Granada. Aunque sea así, no va a ser un impedimento: no pienso estar a la intemperie ni visitar La Alhambra como es casi obligado, sino que quiero limitarme a revivir La Cartuja en cada una de sus volutas, en cada uno de sus arcos y dinteles. Suelto el primer suspiro en el plateresco de la portada y me extasío en la arquería dórica del claustrillo; en el retablo de San Pedro y San Pablo respiro profundamente antes de acceder a la sala capitular y su bóveda de crucería. Cada capilla es una invitación a salir de uno mismo, a respirar del aire monástico de lo que fue y que de alguna forma permanece como si la orden de San Benito siguiera presente.

No me ha gustado el panorama que me ofrecía hoy mi ciudad. Por eso al despertar, en lugar de mirar a la calle, lo he hecho por la ventana interior para presentarme y sentir aquello que me apetecía y que me dispongo a celebrar para todo el día. Si te limitan, si acaso no te gusta el panorama que tienes ante tus ojos, mira por la ventana interior y sueña: Granada es un meritorio lugar por el que imaginar y divagar.

11 febrero 2013

DE TRAJE


No sé si te ha sucedido alguna vez, lector, pero pienso que no es algo extraordinario sino bastante usual en todas las personas. Ayer, por un compromiso social, me vi forzado a vestir de traje, algo que dejó de ser casi uniforme de trabajo cuando dejé de estar en activo. En el momento de ponerte una prenda que hace tiempo que no usas, la primera duda es si seguirá siendo tu talla o si se habrá puesto uno un poco más apaisado después de las comidas navideñas. La prueba fue bien, así que sólo quedaba lustrar los zapatos, darme una ducha y enfundarme el traje.


Cuando fui a poner en el bolsillo interior de la americana la billetera, me topé con algo que lo obstaculizaba y vine a encontrar una invitación de boda y un par de botones dentro de una pequeña bolsita de plástico. Ya saben, esos botones que suelen venir de repuesto y que siguen más o menos para siempre ocupando el lugar menos inoportuno. La tarjeta era de la invitación a la boda de Marcos y Bea, boda que duró casi el mismo tiempo que los esponsales y desde luego mucho menos que la tarjeta con la que fui invitado y ahora no dejaba que entrara la billetera.

Cuando uno se coloca alguna prenda que hace algún tiempo no se ha puesto, es frecuente encontrarnos un ticket de compras arrugado y casi ilegible que termina en forma de bolita encestada en la primera papelera, un extracto del banco con un saldo que ya quisieras que fuera realidad hoy, o tal vez unas monedas y siempre un pañuelo que debería haberlo echado al cesto de la ropa sucia, o a la papelera si es de celulosa. Me apenó que Marcos y Bea durasen tan poco, y eso que ya llevaban una criatura de la mano por embarazo previo; pero me dio mucha alegría el billete de veinte euros que me supo a ahorros con intereses. Otra cosa que no suele faltar en ese traje que durmió una larga temporada a la espera de algún acontecimiento, es una pequeña etiqueta de papel grapada en el forro con un número escrito con tinta indeleble, esa que sirve a la encargada de la limpieza en seco para saber a quién pertenece. En esta ocasión no se trataba de una boda, así que tampoco iba a ser algo duradero.

03 febrero 2013

LA CASA DE MIS SUEÑOS


El otro día, mi amiga Luján Fraix nos presentó la mansión de Julio Iglesias en Punta Cana, todo un derroche de espacio y lujo en medio de una naturaleza paradisiaca. Yo comenté en su blog: “Con todos mis respetos, no es la casa que me gusta. Ni me gusta una casa aislada, ni un palacio desarbolado medio deshabitado. Prefiero un espacio más reducido, más íntimo, más vivo, más vivido...”  Por cierto, que Julio Iglesias tiene otra mansión en mi pueblo, en Ojén, Málaga, en una gran finca en medio del monte; pero  es verdad que desde ese día me viene rondando en la cabeza cómo sería la casa de mis sueños.


No me gustan los espacios demasiado grandes, tampoco los tan angostos que resultan irrespirables, pero sí diré cuáles son esos mínimos que me hacen soñar cuando pienso en mi vivienda. Por supuesto una cocina suficiente donde pueda haber una mesa para comer o al menos para hacer el desayuno. Un dormitorio con tálamo matrimonial donde seguir de por vida dando y recibiendo calor, a veces para el encuentro y otras para el “no te pegues tanto que hace calor”. Un baño sin bañera, con una hermosa ducha y un cuarto de invitados con su propio baño. Como es normal, un salón donde compartir y poder disfrutar de la compañía de los amigos en momentos especiales, pero con una chimenea donde durante el invierno no faltase el olor a leña quemada y el rescoldo que tanto echo de menos. Y una habitación privada, con mi estudio, mi ordenador, mi reproductor de música, estantes de libros en lugar de paredes y un caballete con un lienzo para los momentos inspirados.

Hasta ahora nada imposible, nada que no esté más o menos al alcance de quienes tuvimos al alcance poder hacernos con una vivienda y más o menos lo que ya tengo, pero me falta para idealizarla que en lugar de un piso sea una vivienda de planta baja y única, con su porche en la parte anterior y su patio trasero. Un porche donde recibir los primeros rayos de sol de cada amanecer desde una mecedora y despedirlos cuando se ponen dorados por el poniente; algunas plantas. No sé, pero que no falte un jazmín ni una dama de noche. En la trasera un patio con macetas, un limonero y una barbacoa donde celebrar la llegada de los amigos y agasajarlos; donde la visita de los nietos no sea un incomodo sino un esparcimiento para ellos y un recreo para nuestro espíritu. Con su columpio, sus tumbonas y un arriate que lo circunde y haga del espacio un lugar cercano a la naturaleza.

Ya sé que tales características son incompatibles con vivir en el centro de la ciudad, así que tendría que optar entre vivir en una urbanización que teatraliza a la naturaleza, pero que sólo es un simulacro, o vivir en la ciudad con sus ruidos y sus gentes, con sus sugestivos programas, sus museos, sus exposiciones, sus problemas de tráfico; pero sin porche, sin patio y sin chimenea. Con la temperatura actual, los dos primeros son impracticables, pero ¡cómo echo de menos esa chimenea!, el olor a leña y una luz indirecta sobre las páginas del libro sobre el que seguir soñando. 

16 enero 2013

HASTA DESPUÉS DE LA MUERTE


El compromiso es una especie de pacto a dos bandas, una obligación contraída en ese intercambio del te doy y me das que los humanos sabemos romper a las primeras de cambio. A veces, ese compromiso está ligado a la firma de un contrato donde lo prometido aparece de forma fehaciente; otras son simples juramentos de amor, tantas veces sujetos a veleidades. No es así cuando el amor es verdadero, cuando los sentimientos conducen al cumplimiento de lo no firmado sino sellado en el corazón. Este es el caso repetido numerosas veces del perro hacia su amo. En muchas ocasiones ha saltado a los medios la noticia de un perro que ha seguido esperando a su dueño eternamente cuando éste ya se había embarcado con Caronte hacia el más allá.


Son innumerables los casos de perros que han velado por mucho tiempo la muerte de sus amos, como si la muerte no fuera justificación suficiente para rescindir ese contrato de fidelidad pactado por el amor. Hace un par de años, en la ciudad de Cádiz, conocimos el caso de un anciano que fue recogido en la calle por los servicios sanitarios e ingresado en el hospital de forma urgente. Su perro llegó hasta donde le estaba permitido y se quedó por el resto de sus días en la puerta de urgencias esperando la salida de su amo, que ya había sido conducido hasta el tanatorio. Días después, el animal, además de triste, estaba famélico y todos se admiraban que ni siquiera se retirara de allí para buscar comida. La gente comenzó a echarle de comer y el perro se quedó en la puerta del hospital esperando la recuperación de su amo para siempre.

No es este el único caso, sino que son numerosos los ejemplos que podemos aportar. Capitán, es otro perro fiel que durmió durante seis años sobre la tumba de su amo en el cementerio de Villa Carlos Paz, en Argentina. Según cuentan, apareció un día solo en el cementerio buscando a su amo, hasta que encontró la tumba donde se dedicó a hacer guardia permanente. El amor eterno que tantos humanos no sabemos cumplir, ese que solemos romper a las primeras de cambio, se convierte en inquebrantable en el ejemplo de estas mascotas que no entienden la despedida repentina de sus amos.

05 enero 2013

A LOS REYES MAGOS



Queridos Reyes Magos:

No imaginan sus Majestades la decepción tan profunda que sentí cuando, siendo muy niño, me dijeron que todo era una falsedad, que los Reyes eran los padres. Mis padres eran realmente mis reyes, aquellos que cuidaban de mí, que me facilitaban la vida y daban la suya por hacerme la mía mucho más agradable, pero no sabían hacer prodigios. Eran cariñosos, eso sí, pero también autoritarios y me hacía cumplir con tareas que no me apetecían. Luego, mucho más tarde, supe que los milagros existen y volví a creer en sus Majestades. Por eso, a tan avanzada edad, me atrevo a pediros:

Un mucho de fe, porque sin ella no es posible vislumbrar la esperanza y cuando no quedan esperanzas quiere decir que todo está perdido para siempre. En verdad, esta no es una carta personal. Bueno sí, la escribo yo, pero no pido sólo para mí, sino para todos los habitantes de la tierra  —a estas alturas ya he descubierto que de nada sirve lo mío si no va envuelto y bien atado con el lazo de lo nuestro—; también quiero pediros la Paz, esa paz mayúscula que va mucho más allá de la convivencia y se instala en los corazones; una paz que venga a darnos la vuelta como a un calcetín y que traiga de la mano la justicia y el amor. Ya sé que no es fácil, pero igualmente imposible era que en mi adusta niñez me trajerais un camión o una pelota y siempre había algo sobre mis zapatos. Justicia, Majestades, para que no se sigan produciendo tantas desigualdades entre las criaturas de la tierra: los ricos son cada vez más ricos, pero por el contrario o como consecuencia, los pobres son cada día más pobres. A ver si me explico: no es que pretenda alcanzar la utópica igualdad a la que ya hemos renunciado, pero sí un poco de amor entre las personas, un bastante de solidaridad para que llegue el equilibrio deseado como hacen más o menos tabla rasa los vasos comunicantes. ¿Me entendéis, Majestades? De los cinco millones de parados, casi dos no reciben prestación alguna y viven de la solidaridad de sus familiares y las instituciones de caridad. Pues eso, que con un poco de cordura y un bastante de sobriedad, nos ayudemos los unos a los otros como si verdaderamente nos amaramos.

Por otro lado, tenemos demasiados corruptos. Sí, más de la que sus Majestades se puedan pensar. Eso no nos interesa y me gustaría que usaseis vuestra milagrosa goma de borrar para que desapareciera de las arcas públicas tantas manos impúdicas. Soy de los que dicen que no todos son iguales, algo que se ha instalado entre nosotros como una cantinela; también es cierto que, aunque no son todos, son muchos a los que les gustaría estar donde hay, para meter la mano. Dicen que suman más de trescientos los políticos españoles con alguna causa abierta por corrupción, y nos consta que algunos de los condenados han sido indultados por sus correligionarios en el poder. ¿No tendrán ustedes una especie de cementerio nuclear donde poner a buen recaudo a tanto recaudador de lo propio?

No pretendo cansaros, Majestades, por eso sólo quiero añadir —a modo de recordatorio—, que nos dispenséis un mucho de salud para todos. Sí, de salud. La salud siempre ha sido muy importante, imaginaos ahora que nos imponen el repago, que privatizan los hospitales…  Un maremágnum, Majestades, lo que yo os diga. Bueno, os imagino informados de los muchos desahucios que se están llevando a cabo cada día y cómo esas familias se ven en la calle desesperadas y sin saber qué hacer. Algunos se ven tan confundidos que optan por anticipar el billete sin regreso y se quitan la vida. No consistáis eso nunca más, Majestades. Ahora esas viviendas se las endosan al Banco Malo, pero es el Banco Bueno quien las ejecuta. ¡Qué lío, Majestades, qué lío!  Por último, Majestades, os pido educación. Sí, formación también, pero básicamente educación. Educación para respetarnos los unos a los otros, para conciliar y ponernos de acuerdo en un programa educativo y duradero, donde la igualdad de oportunidades no se palabree con la cuenta corriente.

Seguiría, Majestades, pero creo que estoy abusando de vuestra magnanimidad. Soy consciente que son otros los que deberían abordar la mayor parte de estas cuestiones para que los humanos pudiéramos llevar una vida digna, pero ya que ellos piensan más en sus privilegios que en el bien común y universal, es por lo que me dirijo a sus Majestades, en la confianza de que harán cada uno de los milagros que a sus Majestades demando. 

03 enero 2013

NARRACIÓN



Me he propuesto escribir un relato y, en la narración, no he conseguido otra cosa que una relación que no llega a ser cuento; entonces, y antes de fracasar, me propuse hacer una exposición donde cada descripción hiciera referencia a la historia que trazaba en mi mente. Dudé entre crónica y odisea, entre periplo, epopeya y viaje; pero en mi pensamiento había una amalgama como un acta que podría ser cronicón con todos sus detalles; no una versión, un cuadro o una reseña. La tradición me llevaría por los vericuetos de la leyenda y el pormenor al contexto; por el contrario, la extensión acabaría en novela, tal vez de memorias o de aventuras. La anécdota puede que por la senda de la conseja derivara en fábula que al ser leída podría sonar a trova, a chascarrillo o a chisme. Antes de plasmar la primera palabra, antes de que mis dedos pulsara el teclado para escribir una jácara, había llegado al apólogo con el simple manejo del diccionario de sinónimos, y sigo sin saber qué decisión tomar.

30 diciembre 2012

FUE EN GRANADA


A mi virtual amigo, Emilio Manuel

Fue en Granada. Cuando uno ha estado alguna vez en Granada, se marcha con el deseo de volver y termina programando ese soñado retorno antes o después. Habíamos hecho reserva por Internet para visitar la Alhambra. Si uno va a Granada y no visita la Alhambra y no se ha dejado cantar con el soniquete del agua de las acequias del Generalife, uno tiene la sensación de haber estado en cualquier lugar, pero no en Granada. Cuando íbamos en el tren pensé que tendría que haber avisado a Emilio Manuel, pero ahora era demasiado tarde y tan solo nos conocemos más que de leer los blogs respectivos y los comentarios del otro en los blogs amigos. Por otra parte, él es más visceral que yo y no sé hasta qué punto…

Granada es el Darro y el Genil, es Sierra Nevada y la Vega, es Albaicín y sus cármenes, son los suspiros de luna verde de Federico, la melancolía de Ganivet y la imaginación enredada a los arabescos del estuco de Irving; y es tapeo, un excelente tapeo. Nos tomamos un respiro disfrutando un café frente a la Fuente del Triunfo. Caía la tarde y pensamos en tomar un taxi que nos subiera al Sacromonte cuando me encontré con una cara que asociaba a un avatar; nos miramos preguntándonos en silencio y el tiempo pareció detenerse. “¿Eres Paco?” —terminó preguntándome—; lo soy, ¿Emilio?

Oleo sobre lienzo: Bote, botella y granada, de Francisco Espada

A partir de ese momento dejé de interesarme por la ciudad y hablamos sin parar mientras deambulábamos. Tomamos más tapas, paseamos por distintos ámbitos de la ciudad pero, desde que nos encontramos, todo pasó a ser un mero decorado al que no prestábamos atención. Insistió una y otra vez hasta que nos llevó a su casa. No recuerdo detalles, tan sólo que, como en la casa de todos los abuelos, hay fotografías de la chiquillería por todos lados luciendo sonrisas. Me dijo sus nombres, pero no puedo recordarlos. Cuando quisimos regresarnos al hotel sacó una botella de Cardhu que guardaba para una ocasión muy especial, de la que tuve la sensación de estar bebiendo durante los doce años de su envejecimiento. Enfrentamos opiniones, discutimos, él trataba de llevar siempre el agua a su molino y yo no me dejaba embaucar por su palabrería: el whisky es un freno para el discurso, pero al tiempo un inhibidor para expresarse libremente. A vaya usted a saber a qué hora, reconoció que no estaba en condiciones de sacar su coche del garaje y llevarnos al hotel. Nos pidió un taxi y salió a despedirnos. Cuando cerré la puerta del taxi, sentí como si el golpe me lo hubieran dado en la cabeza. El resto es nebulosa.

26 mayo 2012

PARAÍSOS SOÑADOS


Siempre vamos detrás de lo que soñamos y soñamos, por lo general, aquello que está bien lejos de nuestras posibilidades o de los usos cotidianos. Tal vez de ahí las ansias generalizadas por disfrutar de un lugar paradisíaco, casi siempre localizado en una playa de arenas blancas y vírgenes, de aguas cristalinas y una vegetación exuberante hasta la misma orilla, cuya virginidad esté trufada de un buen servicio de comida y bebida, una habitación algo más que confortable, un baño de espumas o incluso un Spa y bebidas heladas. O sea, todo aquello que sirve para que nos sintamos coronados por unos días en lo que no somos, los reyes del mambo.



No solemos soñar con una aventura a lo Crusoe, lo que buscamos es la farsa de habitar el paraíso por unos días, pero servidos de todas las comodidades posibles y sin margen para la frustración. Lo cierto es que si tuviéramos la posibilidad de habitar un auténtico paraíso, un lugar lejos de la civilización, donde la preocupación inmediata y de cada día fuera la de abastecernos de agua, un refugio seguro y alimentos que tomar, ya estaríamos hablando de otra cosa, si bien eso estaría más cerca de lo paradisíaco y no de los ensueños y caprichos. Soñamos en la estancia lejana, en lo desconocido, pero también en un caipiriña o un mojito helado.

De rabiosa actualidad están los cruceros: un viaje nocturno en un inmenso hotel flotante, donde el formalismo ocasional de la cena de gala te eleva a la categoría del falso pasajero de lujo que no eres, y en el que circulas sin tiempo entre un bufé y otro, un espectáculo y el siguiente, como si en la vida no hubiera otro objetivo que la gula y la eterna diversión. Una navegación nocturna que te priva de gozar de la travesía, arribada a puerto a primera hora y autocares que llevan a visitar lugares que luego difícilmente puedes identificar, como le pasaba al turista de Miguel Gila, que tenía una empanada mental entre la Torre Inclinada de Roma, el Coliseo de Londres y el Museo del Louvres de Amsterdam. A la caída de la tarde, de nuevo al barco, de nuevo la cena, la foto con el capitán, los espectáculos y la oscura travesía. Un paraíso caro, ficticio y que finalmente te devuelve a tu realidad, tal vez hasta endeudado.

13 mayo 2012

EN EL DÍA DE TU SANTO



Hace ya 32 años que me robaron el corazón. Era una mañana de enero. Tras los cristales el frío en la distancia de Somosierra e imagino que también en la calle, al extremo de la Castellana. Las largas horas de contracciones y resuellos habían quedado atrás, como también habían quedado atrás los nueve meses de esperanza. Escuché tu llanto casi al instante de mi vaciamiento; allí los sudores y el escalofrío de haber dado vida con mi vida, ese milagro que me sigue sobrecogiendo. “¡No se duerma! ¿Me escucha? ¡No se duerma!” Después del ímprobo esfuerzo no me dejaban hacer lo único que me apetecía, además de acariciarte. Estaba extenuada, pero impaciente por tenerte en mi regazo y comenzar a amamantarte…   Me contaron una mentira. Tú no naciste muerta. Yo escuché tu llanto, ese que me sonó a melodía cuando se me abrieron las entrañas. No naciste muerta, no. “Es una niña”. Te llevaron adonde corresponda para vete a saber qué, pero no regresaste nunca jamás. “Es una niña; ha nacido muerta y es mejor que no la vea”. Aquel desgarro fue aún más doloroso que el de mis entrañas y ni siquiera traía en sí la recompensa. Sé que estás viva y por eso quiero felicitarte, mi amor. Te habrías llamado Fátima y hoy sería tu onomástica, pero no sé dónde te encuentras ni qué nombre te pusieron. Yo te di la vida y te he seguido otorgando vida en mi mente para poder seguir viva yo misma, ya que no he perdido la esperanza de encontrarte. Me han privado de acariciar tu pelo, de ponerte lazos y tirabuzones, de verte crecer y hacernos confidentes…   Me contaron una mentira. Tú no naciste muerta. Es más, estoy segura que sigues estando viva. Si lograra encontrarte sabrías muy bien lo mucho que te amo y el motivo de lo que para otros es pura demencia. No llegaste a saber que tienes dos hermanos mayores. Tú eras la tercera, por fin la niña, esa que no me dejaron tener, la que me sacaron del nido las rapiñas. Posiblemente seas madre; posiblemente…   Tú no debes saber que existo, que a mí me robaron y a ti te engañaron; pero si eres madres sabes sin duda que hay un lazo inquebrantable mucho más allá del cordón umbilical. Fátima, o como te llames  —para mí Fátima—, no he dejado de buscarte sin éxito ningún día de mi amarga vida, aunque vives por siempre llena de vida en mi corazón. Tu madre, tu verdadera madre, te desea un feliz día de tu santo.

08 mayo 2012

EL NUEVO DÍA


Hoy desperté cuando ya quería iluminar el día, sin llegar a serlo plenamente. Ayer acabé rendido, pero muy feliz con las pequeñas cosas que había logrado hacer, a pesar de mi torpeza; de forma que lo primero que se me ocurrió fue agradecer por ese descanso reparador que me devolvía las energías, para empezar a cabalgar a lomos de nuevo día con ilusiones renovadas. He pensado en ti, como tantas veces lo hago de forma recurrente y he renovado el deseo de continuar con la labor encomendada, aunque hoy me pido la licencia para evadirme un rato, aprovechando que tengo unas horas con la agenda en barbecho.


He pensado en ella, en su música líquida y constante, en su suave sube y baja tantas veces imperceptible, en su cadencia de espuma tanto a la luz del sol como de la luna, en los días claros o grises; su murmullo salobre me llama y en el eco lejano oigo cómo me soflama su llamada y a voces me ofrece refugio donde ocultarme en presencia de todos. Es el alba; aun el rubio no es dorado y tras de mí, la lengua hídrica va barriendo mis huellas según camino hacia el este. Los primeros rayos quieren herir mis ojos, pero aún soy más fuerte que el dorado naciente y le resisto la mirada. Estamos solos; sólo a solas. La arena mojada bajo mis pies, el talud a mi izquierda, y el anchuroso baile de agua azul-verdosa a mi derecha acariciándome con suaves insistencias, Nadie a lo lejos. La música acuática invita a reflexionar y me pierdo en el vacío de un pensamiento que sólo siente interés en la ausencia. Me veo obligado a entornar los ojos, herido por los primeros rayos. Ya no veo por delante a la distancia, sino apenas una nebulosa incandescente que domina y asola a su paso. Bajo la mirada y observo el juego de mis pies en el agua y cómo la arena se sube y se baja de ellos al ritmo de las pisadas. De cuando en cuando, una concha escupida y esculpida por el agua; más allá una piedra que en sus tornasoles romos invita a pensar en un oropel que sólo es fantasía…  Ya calienta, me giro sobre mis pasos y le doy la espalda cuando ya es un círculo de fuego por encima de todos los oteros; ahora calienta mi espalda mientras vuelvo sobre mis pasos, esos que parecen soñados por falta de huellas. Me desnudo y me doy un baño. Cuando el agua acaricia toda mi piel, reconozco la dicha de esta extensión que me habla de los orígenes de la vida y me pierdo en la noción del tiempo. Ya estoy de regreso. Cuando fuera del agua me abrigo y me froto en los rizos de felpa, cuando me atuso el pelo ante el espejo, me doy cuenta de que ya he regresado y que verdaderamente comienza el nuevo día.

02 mayo 2012

EN FAMILIA


     ¿Has visto si está conectado?
     ¿A quién te refieres?
     ¡A quién voy a referirme, a Adela!
     No, no lo está.
     Esta niña nunca está cuando se le necesita.
     ¿Y para qué la necesitas ahora?
     ¿Cómo que para qué la necesito?
     No sé.
     ¡Es mi hija, Antonio, es nuestra hija! Aunque a veces parece que tuya no lo fuera.
     ¿Qué quieres decir?
     Que no te preocupas por ella.
     ¿Qué no me preocupo? ¿Qué más quieres que haga?
     Que pienses en ella, que quieras saber continuamente de ella, que te desvivas por ella.
     ¿No crees que es suficiente lo que hago por ella, Rosa?
     No desvíes la conversación y no quieras apuntarte méritos.
     No son méritos, Rosa, no son méritos.
     Entonces, ¿qué es lo que insinúas?
     Sabes que no insinúo nada, que simplemente estaba tratando de leer la prensa en Internet para contrastar lo que cuenta el telediario.
     ¡Cuando no es el fútbol son las noticias!
     ¿No irás a renegar de que me distraiga al tiempo que me informe?
     Yo no reniego de nada, Antonio, sino de tu falta de interés por tu hija.
     ¡Maldita Erasmus, Rosa, maldita Erasmus!
     ¿Maldita…?
     Sí, maldita.
     ¿Maldita por qué?
     Porque con la mierda de beca que le han dado la niña no tiene para sobrevivir y a mí me está quitando la vida.
     ¿Qué te está quitando la vida que tu hija se forme en Europa?
     Que se forme no, Rosa, que se forme no.
     ¿Entonces?
     ¡No me hagas hablar!
     ¡Tú siempre te refugias en no querer hablar!
     Lo que no quiero es calentarme. ¿Sabes del accidente ferroviario del otro día?
     Sí, pero eso sucedió en Polonia, y Adelita está en Alemania.
     ¡No la llames Adelita, que ya tiene veintidós años!
     ¡Pero es mi hija!
     Pues tu hija iba en ese tren. No, no le ha pasado nada; ella ha salido indemne, pero yo he tenido que dejar el abono a Gol Televisión, he dejado el tabaco, las cervecitas con los amigos, y sólo mantengo la línea ADSL para esperar a que nuestra hija quiera asomarse a Skipe y que nos cuente lo primero que se le ocurra y no lo que realmente está haciendo.
     ¿Qué va a estar haciendo sino que estudiar? ¡Qué desconsiderado eres, Antonio, y qué mal padre!
     ¿Mal padre yo?
     ¡Sí, sí lo eres! Sólo piensas en ti, en el fútbol y en las noticias. ¡Mira de nuevo a ver si está conectada!

22 abril 2012

CALLEJERO


Canta en la calle, en la céntrica calle Sierpes, bajo el dintel de uno de esos comercios que echaron el cierre porque la actividad económica está adormecida. Nadie conoce su nombre, ni siquiera hay un cartel que lo anuncie. Se acompaña a sí mismo muy dignamente con una vieja guitarra cuyos ecos no son de maderas muy nobles, pero José —que digo yo que nombre debe tener y este que le asigno hasta es posible que lo sea— canta flamenco como para merecer un escenario con tramoya, candilejas y buena acústica. Lo hace a pleno pulmón, sin aliviarse son el reverb ni zarandaja alguna. Pasan los viandantes y ni siquiera les prestan oído, salvo alguno que otro de tarde en tarde. A sus pies, a un metro de distancia, una lata recoge la misericordia de aquellos que imaginan que José también come. Hace cantes populares; desgrana uno tras otros fandangos naturales y de Huelva. No hay aplausos, cada quien va a lo suyo y ni siquiera se atreven a manifestar su admiración para no pasar por taquilla —por la lata—. De vez en cuando, una soleá que corta la respiración. “Maestro  —le digo—, usted merece otro escenario más digno”. “La vida le lleva a uno  —me responde—, por el camino que puede." Le dejo una moneda en la lata al retirarme y él me responde con un gesto, al tiempo que rasguea una falseta. La gente sigue su caminar de un lugar a otro; son pocos los que entran en los comercios a estas horas de la mañana y en los tiempos que corren; cada quien con sus prisas y con sus pensamientos. El eco de José, de su potente voz  —si es que así se llama—, se empieza a desvanecer en la distancia y me pierdo en la muchedumbre.

03 marzo 2012

MADRUGADA


En el sopor profundo de la madrugada un eco raro quiere acabar por despertarme, pero el sueño es más fuerte que ese extraño murmullo y quedo medio noqueado en la disputa, sin saber, en medio de la desorientación, el lugar exacto donde me encuentro. El descanso no ha sido suficiente y engancho de nuevo en el dulce hondón de la tregua, cuando de repente un fogonazo de luz extraña y zigzagueante se abre paso a través del balcón sin impedimento de cristales ni cortinas; es como todo un día de apenas unos segundos que rápidamente se desvanece y vuelve la penumbra ,entonces vuelvo a cerrar los ojos sin dar entidad al fenómeno, rendido por el sueño, cuando instantes después llega un estruendo como gutural, salido de las profundidades del abismo, pero que ha debido cruzar el arco celeste desde el orto hasta el zenit o incluso mucho más allá. Todo ha pasado y de nuevo me entrego rendido en los acunados brazos del letargo cuando nuevamente una luz chocante e intensa cruza la alcoba sin impedimentos físicos, bañando de esplendor cada uno de sus rincones; detrás el silencio sigue oscuro reinando de nuevo, para volver a ser interrumpido por un bullicio estruendoso aun más intenso que el precedente; corto, muy intenso, pero corto, como cortada ha quedado para mí la madrugada, alterada por la tormenta; cuando el silencio recupera de nuevo su estatus, se hace perceptible el repiqueteo de la lluvia en los cristales. Los truenos y los relámpagos se repiten un número indefinido de veces y la lluvia sigue su virulenta y persistente monotonía…   En algún punto de la cadena sucesoria de fenómenos debí dormirme de nuevo; por la mañana, todo había sido como producto de una ensoñación, pero de la calle subía un inconfundible aroma a tierra mojada y las aceras y el asfalto relucían como de estreno.

01 marzo 2012

CON SU ECHARPE DE TISÚ


La mañana amanece con su echarpe de tisú, ese que le suele tomar prestado al río cuando se despereza antes de incorporarse y camina con pasos taimados, casi indolentes, como filtrándose por entre los entredoses y los visillos, por los frisos, los zócalos y las azulejerías, relamiendo los talles de quienes aguardan en la parada del autobús, siendo vuelo en las faldas que se estremecen al contacto, entornando los ojos como quien busca el enfoque imposible, embornándose en las copas de los árboles, en los aligustres y por entre los parterres y los bancos desiertos del parque. Por las calles, sombras desdibujadas que se afanan con más o menos desgana ante la contrariedad del día avieso. Silencio; una mañana así es un silencio nocturno prolongado en una prórroga para la que no hizo falta pedir venia alguna, sino un dejarse llevar perezoso que alarga la noche en horas que suelen ser radiantes en los días cotidianos. Atrás han quedado los bostezos de una madrugada que quiso ser infinita, que se expandió tras la media noche en vigilia ilusionada, pero que sintió el tajo de un desapego que aterrizó en desencuentro y ha dejado la opacidad de esta cortina casi opaca con la que se desentumecen las primeras horas del día. La mañana amanece con su luz en demora, pero mañanitas de niebla, tardes de paseo.