Vivir es circular en una noria de feria
que le transporta a uno de lo vivido a lo
soñado.
A veces, resulta complicado imaginar
dos raras coincidencias en la confluencia
de un mismo ángulo agudo,
a mí me vino en suerte revivir y
restaurar,
en la intimidad, el huerto del abuelo.
Sobre la desnuda acera,
en el hueco entre el cemento y las losas,
el arrebato fragante
de blancor del azahar,
su aroma
intenso, el verde y perenne espera,
en esa
vida perfumada y coloreada de
cotidiana
hermosura anaranjada, que
es es primor
entre cantos, añoranzas
y lamentos:
un fruto que es simulación, adorno
y escenificación de la apetencia,
pero en su variedad ornamental y amarga.
Un falso huerto que se alinea de uno en
uno,
hermanados sobre la misma acera,
y hace cortejo que serpea
con el mismo ritmo y zigzagueo de la calle,
perfumando, dando acogedora sombra.
Para todos, algo estrafalario y ostentoso,
una más,
como siempre que se intenta algo
específico;
para mí una vuelta a la infancia que se
esfumó
y que sale al encuentro imposible
de aquellos que me precedieron.