El viejo roble, un abrazo inabarcable
que invita a entallar su cintura
con la envergadura de nuestros brazos
y dejar una exclamación que se llevará el aire.
Señero, donde el cruce de caminos
y retando al azote de los vientos,
sin inmutarse en su parsimonioso crecimiento;
ni tan siquiera el rayo fue capaz de herirlo.
Anfitrión de sombra generosa,
ha sido testigo de la gripe española
y del fratricidio entre hermanos
con el mismo gesto y resolución
con él que afronta el Covid sin inmutarse.
En sus ramas, el búho es centinela alerta
de la noche, acogida de tránsito de aves
y caminantes exhaustos. Canta la tórtola
y una formación marcial de hormigas
circunda su tronco como rotonda señalizada.
Unos senderistas se acomodan a su sombra
y comparten sus viandas mientras toman resuello,
al tiempo que la brisa mece el follaje
y acuna en las alturas una dulce armonía,
un sopor de media hora evocando otro tiempo:
la libertad plena sin confinamiento establecido.