Mostrando entradas con la etiqueta sorpresas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sorpresas. Mostrar todas las entradas
lunes, 25 de abril de 2011
El valor de Alejandro
A principios de diciembre os hablé de Alejandro, de como entró en mi vida por sorpresa y de como su ingenuidad y buen corazón me tienen cautivado. Nunca sé cuando va a aparecer en mi casa, pero lo que no tengo que preguntarle jamás es lo que quiere. Siempre llega ávido de sexo y casi sin mediar palabra se abalanza sobre mi arrastrándome al dormitorio.
Alguna vez le he dicho que estoy cansado o que ha sido un día muy duro, que estoy agotado y que no tengo ni fuerzas para levantar una pluma. Él hace un mohín de desagrado y con unas caricias lujuriosas deja claro que no se va a ir sin su ración de sexo. Y aunque me resisto un poco, siempre acabo cediendo. Al fin y al cabo no me está pidiendo nada desagradable. Y yo no soy de piedra.
La otra noche sonó el timbre del portero automático y su voz retozona me anunció que venía con más ganas de lo habitual. Yo tenía planteada una velada tranquila disfrutando del primero de los partidos del Madrid y del Barcelona. Iba a empezar ya y tenía las patatas fritas preparadas y una cerveza en la mano. Suspiré por lo que se avecinaba pero le abrí.
Nada más cerrar la puerta y sin dejarme decir nada me besó con cariño. Con la familiaridad de lo habitual. Nos sentamos en el sofá y le dije que iba a ver el partido, que se pusiera cómodo. Me miró con extrañeza y bufó un "futbol" que me dejó claro lo que pensaba sobre el deporte rey.
Mientras yo intentaba seguir los primeros compases del partido Alejandro apoyó su cabeza en mi pecho y me empezó a acariciar con suavidad. Yo me sentí encantado. Un partido de máxima rivalidad, una buena cerveza y un chico guapo metiéndome mano. ¿Qué más podía pedir?
Entre jugada y jugada yo le besaba. Primero suavemente, con cariño, como a un niño, y luego más intensamente, con deleite. Mi mano acariciaba su pelo y notaba su piel caliente sobre mi. Me preguntó por mi relación con Tony y si nos iba bien. No se conocen entre ellos pero los dos saben de la existencia del otro. No me gusta engañar a la gente.
Me preguntó si eramos novios. Le dije que no, que lo nuestro no tenía muy claro lo que era pero que nunca habíamos hablado de formalizarlo en algo más serio. Hacemos cosas que haría cualquier pareja pero luego tenemos nuestras vidas independientes. Y Alejandro se lo tomó literalmente, como siempre suele hacer, y levantando su cabeza y mirándome a los ojos me dijo que a él sí que le gustaría que lo fuésemos.
Me giré hacia él sorprendido. El partido dejó de tener importancia y me quedé mirándole atónito. No me esperaba esa declaración. Está claro que le gusto y que se encuentra cómodo conmigo, pero siempre pensé que no había nada más allá del plano sexual y una sensación de sentirse bien tratado.
Me quedé callado unos segundos y le respondí que no podía ser porque yo no estaba todavía preparado para una relación. Y nada más decirlo me di cuenta de que era cierto. Me entró vértigo de sólo pensarlo. Soy todavía demasiado frágil mental y emocionalmente como para atreverme a dar el paso de una relación. Si todavía estoy aprendiendo a vivir aceptando que soy gay ¿cómo me voy a entregar a una relación que necesita una confianza plena? No puedo. No ahora.
Sé lo tomó con filosofía pero me dijo que le gustaría intentarlo, que desde el primer día que me conoció y paseamos junto al río sintió algo especial, y que aunque nunca me lo había dicho yo le gustaba. Mucho. Qué me lo pensase.
Alejandro me gusta. Me gusta su ingenuidad. Me gusta su sonrisa. Me gusta lo transparente que es. Me gusta como se ilusiona con una canción nueva. Me gusta su coquetería y sus gestos excesivos. Me gusta que a pesar de que ha tenido una vida dificil tiene unas ganas enormes de vivir. Me gusta su punto de chulería que él cree que es rebeldía y que yo sé que es inseguridad. Me gusta como entra en éxtasis cuando baila. Me gustan sus gustos sencillos que él cree sofisticados. Me gusta cuando me mira en la cama y le brillan los ojos. Me gusta. Me gusta.
Pero somos opuestos. No tenemos ni un gusto en común. No le gusta el teatro ni las comidas sofisticadas. No le gusta leer ni el deporte. No le gusta el arte ni los museos. No le gusta el cine sino va acompañado de palomitas. No le gusta viajar ni soñar con destinos exóticos. No podemos compartir nada más allá del sexo y de sentirnos cómodos juntos. Si fuésemos pareja no duraríamos ni un mes. O él se ahogaría en mi mundo o yo me asfixiaría en el suyo. No puede ser. Yo lo sé. Lo veo claro. Pero él no.
Lo abracé emocionado y el partido desapareció entre caricias y besos que nos llevaron al dormitorio, que por un día se convirtió en algo más que una cama. De fondo quedó el sonido del televisor con la algarabía de los aficionados que jaleaban cada uno de nuestros besos.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Una noche de sorpresas
En mi incesante búsqueda de nuevos amigos conocí a Jasper a principios de diciembre, durante el puente de la Constitución. No sé si porque todavía tengo ganas de hacer cosas que los de cuarenta ya no hacen o porque tengo un comportamiento infantil impropio de mi edad, pero generalmente me siento más cómodo con gente más joven que yo. Y Jasper tenía 47 años, cinco más que yo.
Me pareció simpático y estuvimos un par de días hablando por messenger. Me propuso quedar un día y después de dudar un momento acepté quedar un sábado por la mañana en un café. Estuvimos charlando un par de horas y me hizo todo tipo de preguntas sobre mi. Yo no oculto que soy un gay tardío y eso a la gente le suele llamar la atención.
La mañana se alargó y cambiando de bares seguimos hablando hasta la hora de comer. Nos intercambiamos los teléfonos y nos despedimos. Al caer la tarde me llamó y me dijo que le gustaría que nos viésemos un rato más. En mi casa. Dudé. Dudé mucho. Porque como digo es mayor para lo que me suele gustar. Pero pensé que igual me estaba perdiendo algo con mis prejuicios y que debía probar. Siempre estaba a tiempo de decir que no.
Apareció en mi casa una hora más tarde y se quedó a cenar. Una botella de buen vino amenizó la conversación. Y poco a poco nos relajamos hasta trasladarnos al dormitorio.
Nos despedimos a la mañana siguiente.
El martes me llamó y me dijo que le gustaría quedar otra vez. Para charlar únicamente. Le dije que sí y vino a mi casa después de comer. Pero además de charlar acabamos de nuevo en el dormitorio. Allí tumbados, mientras me abrazaba, me propusó vernos más a menudo. Y yo le dije que no.
Me quedé esperando su reacción pero se lo tomó bien. Le explique que lo sentía y que lo había intentado, que no era que él hubiese hecho nada mal sino que mis gustos apuntaban a gente más joven. Se fue antes de anochecer y quedamos en seguir hablando por messenger.
Pasaron los días y las semanas y no volvimos a hablar. Pensé que a pesar de no demostrarlo mi rechazo le había dolido y no quería saber más de mi.
Este sábado pasado, casi dos meses después, estaba como todos mis fines de semana últimamente. Aburrido en casa y sin amigos para salir. Le vi que se conectaba al messenger y como siempre no le dije nada. Pero esta vez fue él quien inició la conversación. Me preguntó que si no salía y le dije la verdad, que no tenía amigos para salir. Me ofreció entonces salir con sus amigos y le dije que sí.
Quedamos a las 00.30 en un bar de ambiente con una media de edad de treinta para arriba. Jasper Llegaba tarde y yo me sentía un poco raro allí. Era el único que estaba solo y notaba que algunos me miraban. No puedo decir si con interés, curiosidad o sorpresa. Supongo que al ser un desconocido en el ambiente llamaba la atención. Cuando al fin llegó, con un par de amigos, yo ya llevaba dos cervezas. Nos sentamos al fondo, con otros amigos suyos que llevaban allí desde que yo entré, pero que al no conocerlos no había podido acercarme.
Jasper me los presentó a todos pero yo me sentía un poco violento. Intenté integrarme un poco en la conversación con algún comentario escueto, para no estar callado todo el rato. Y poco a poco empecé a hablar con alguno de la mesa. Algunos se fueron yendo y otros nuevos llegaron y se sentaron. Uno de ellos me sonaba y no sabía de qué. Y mientras lo pensaba él tomó la iniciativa y me dijo que me conocía pero tampoco recordaba de donde. Tras intercambiar unos datos descubrimos que fuimos compañeros del colegio aunque de diferentes clases. Me quedé impactado porque era la primera persona de mi juventud de la que sabía que era gay.
Estuvimos hablando un rato y me contó que él vivía ahora en Madrid y que tenía pareja desde hacía ocho años. Sólo está aquí circustancialmente, por asuntos de familia. Me habló de como asumió su homosexualidad con 21 años, mientras estudiaba la carrera, y lo mal que lo pasó en aquel momento. Yo le conté como era un recién llegado, aunque no le di muchos datos sobre mi estado anímico.
Seguimos hablando algún rato, intercambiando recuerdos y anécdotas. Y me habló de otro compañero de curso que ahora estaba de drag en Ibiza. Con él ya eramos tres los gays de aquella generación. Me sentí raro en ese momento. Por un lado mi corazón palpitaba de alegría por saber que no era el único, y por otro sentía como si una mano lo estrujara por ver que ellos pudieron ver su sexualidad y admitirla y yo no.
Y de repente me habló de un cuarto gay de aquel curso. Y me dió su nombre. Se me abrió la boca y me quedé conmocionado porque fue un gran amigo mío. Compañero de pupitre durante años. Los dos fuimos los pilares del equipo de atletismo del colegio y compartimos vestuario, entrenamientos y competiciones durante casi seis años. Los dos dimos el salto a un equipo profesional y sólo la universidad nos separó. La última vez que le ví, hará unos diez años, estaba en Mexico DF trabajando para una multinacional sueca.
¿Lo sabía entonces? ¿Lo tenía claro y lo ocultó? ¿Lo descubrió más adelante? No he parado de preguntarme desde entonces que habría ocurrido con mi vida si lo hubiese sabido. ¿Habría aceptado entonces que yo también lo era o me habría asustado y rechazado su amistad? Tantas preguntas y ninguna respuesta.
La noche continuó de bar en bar y yo la disfruté como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Regresé a casa feliz. Feliz por descubrir que no fui el único. Y feliz porque la invitación de Jasper me había abierto un mundo nuevo. ¿Será por fin éste el grupo de amigos que llevo buscando un año? Ojalá.
Pero aunque no lo sea ha sido una noche inolvidable.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)