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viernes, junio 02, 2017

santiago sylvester. peripecia del cuerpo




(peripecia del cuerpo)

El cuerpo es exigente: reclama, ofrece prestaciones, y ahora
   me doy cuenta de que elige sólo a medias:
                               
                                                                        sin embargo,
en él está lo que gano y pierdo: vértigo de lo que llega,
descarte de lo que sobra y 
perpetuamente sobrará.


                                        La memoria
forma parte del cuerpo: no difieren naturaleza y cultura: todo
en este caso es todo, pero no con el fastidio ontológico sino
con la contundencia del verbo estar.

                                                                    La vos, el entusiasmo,
forman parte del cuerpo como la mirada forma parte del
   ojo: no hay separación que valga.

Un cuerpo sano o enfermo es igualmente el cuerpo, incluso
   la cicatriz;
la caída de un diente, un moretón, son tan cuerpo como la
   punta de los dedos:
hasta lo que puede ser cortado, uña, pelo o pellejo, que es
donde más se esmera porque ahí
puede desaparecer.

El enigma que circula por el cerebro, lo intenso del tendón
y resueltamente el sexo: cada tarea 
pregunta qué vino mi cuerpo a decir de mí, cuál es la
   justificación que me rodea:
el cuerpo, el exigente.

                                     Con él
me siento en confianza, no sé si en calma:
un ojo cerrado, el otro abierto,
como el animal que se tiende al lado de su dueño, y se duerme,
y sospecha que por ahora todo está bien.

Santiago Sylvester, Salta, 1942
de Los casos particulares, Ediciones del Dock, Colección Pez Náufrago, Buenos Aires, 2014
imagen de Virginia Patrone

jueves, octubre 13, 2016

santiago sylvester. las casas















Las casas
               

Las casas se pusieron inhóspitas
y tuvimos que abandonarlas a su suerte.
Primero fue la casa de los patios
donde la infancia ponía expectativa en ciertas plantas
que todavía ofrecían protección.
y en una muy querida forma de llamarnos  a la mesa.
en otra casa las chirimoyas ordenaban una majestad
y el juego de los hermanos se escuchaba
como una premonición que sería demasiado dolorosa
si alguien insistiera ahora en recordar.
Después fue la casa donde la humedad del río
se nos pegaba al cuerpo como la piernas
de una mujer que nos enloquecía,
y hasta la sombra crujía de deseo, y una lengua
nos buscaba la lengua
con la voluntad desesperada.
Y las otras casas, con amigos hasta el amanecer,
con hijos, con poemas,
con pequeños olvidos (apenas distracciones
que sin embargo después venían a buscarnos desmesuradamente)
De todas las casas nos hemos ido.
y cuando creíamos que ya nada quedaba de ellas
apareció una hoja en el suelo, un grito subrepticio
en un cajón, el cuaderno de la escuela
con los cuidados de la  madre, un botón, el canto del gallo.
Qué hacer entonces,
si no queremos coleccionar fracasos
ni objetos distraídos  que se olvidaron de morir,
sino juntar los pedazos que sobreviven dolorosamente
y dejarlos caer por la ventana de este cuarto piso
como quien tira  una corona de novia al mar,
como un globo lamentable que aligera su carga.
Restos queridos a los que decimos adiós con  memoria trastornada.

Santiago Sylvester, Salta, 1942
en El reloj biológico; Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2007
imagen Yale 13,  Red Grooms, en The Museum Experience

jueves, marzo 10, 2016

santiago sylvester. las palabras diarias



Las palabras diarias

La cuestión es entender la intención
de las palabras que usamos empecinadamente:
las que grita el diarero,
las que el lechero murmura entre los vapores
del amanecer,
las que giran obsesivamente en la cabeza del loco,
las que el cartero lleva sin saberlo en su bolsa.
Son pocas las palabras que sostienen la realidad
y que podrían destruirla con su sola ausencia;
son las que usamos para explicar nuestra porción del mundo,
las palabras de nuestra convicción,
de nuestra íntima apuesta.
La cuestión es entender la intención de las palabras,
esa armonía sin énfasis que se parece al destino.


Santiago Sylvester, Salta, 1942
de Entreacto, ICI-Quinto Centenario, Madrid, 1990
imagen de Erik Johansson en Erik Johansson



jueves, marzo 19, 2015

santiago sylvester. la rótula



La rótula


De una rótula conozco, sobre todo, la palabra rótula.
No sé qué sabe la rótula de mí, tal vez que hablo solo y
...duermo de a pedazos,
pero ocurre que nos necesitamos, nos debemos favores, y
...eso cuenta al hacer el inventario.

Ella es un énfasis entre vocales graves,
yo un peso arbitrario, propenso a caminar sin rumbo.
Ella viene del latín, de boca en boca,
yo vengo de Salta, de tropiezo en tropiezo.
Ella se incrusta como un acorde haciendo fuerza,
yo digo mi opinión: enfermedad sagrada que agradezco a
...Heráclito.

Y aquí estamos los dos, sin saber el uno
casi nada del otro, pero ambos
capeando el temporal cuando lo premonitorio
habla de una dura década
que ya habrá comenzado,
y el dato de ese cálculo soy yo:
...pieza llena de mañas
...que ha llegado hasta aquí
...gracias a la complicidad de lo que ignora.

de Escenarios, 1993
Santiago Sylvester, Salta, 1942
imagen de Mari Carmen Moreno Pozo, El fantasma de la ignorancia


miércoles, noviembre 05, 2014

santiago sylvester. el patio



El patio


a mis hermanos

Lo que ya no existe: plantas acogedoras, guarida para la desmesura
  de lo que nunca iba  a morir.
Lo que existe: otras plantas con misión idéntica. El largo pacto de
  la especia: se planta para otro.
Lo que ya no existe: el arrebato de los hermanos, juegos, peleas,
  adivinanzas, para que todo creciera entre nosotros.
Lo que existe: nuevo bullicio con el mismo impulso, como si supiera
  también él, que su esplendor está hecho de pequeños sobresaltos.
Lo que ya no existe: un dibujo en la pared que la humedad del cantero
  se encargó de mejorar.
Lo que existe: la humedad del cantero mejorando otros dibujos.

El largo pacto de la especie sirve de explicación,
no de consuelo: la muerte (que sucede de a poco)
sigue afligiendo a pesar de su frecuencia;
y sin embargo, si existiera la resurrección,
¿quién quisiera resucitar sin condiciones?

Lo que existe, lo que ya no existe:
dos formas de contar lo que nos pasa.
Atributos de un remoto cuidado
que provocan una desolación de la fisiología;
porque ese patio existe,
lo que ya no existe soy yo.

Santiago Sylvester, Salta 1942
Imagen de Susan Stefanski, en Paintings by Susan Stefanski

miércoles, marzo 27, 2013

santiago sylvester. ese hombre ha salido



Ese hombre ha salido

Ese hombre ha salido de la boca de un metro en erupción
y está sentado allí, apagando el humo de su ropa.

La ciudad le circula por dentro: la florista, una naranja en un charco, alguien se aferra a
un diario y siente vértigo, un grupo chilla con una euforia dislocada;
y en todas partes, rasgos intercambiables: una cara llena de confusiones familiares.

El olor del café es un continente invadido,
el reloj de la pared opina mudo,
el hombre cruza los brazos, recubre su impostura,
y mira a la mujer que lo acompaña.

Ella no dice nada
y apaga también el humo de su ropa:
           residuos de una erupción volcánica
           o, quién sabe, homenaje de la noche anterior.


Santiago Sylvester, Salta, 1942
de Café Bretaña, 1994
imagen de Jack Vettriano© – The Last Great Romantics, en Uno de los nuestros

lunes, enero 30, 2012

santiago sylvester. kandinsky como un pretexto



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Kandisnky como un pretexto

Decimos el arte abstracto, por ejemplo,
y después hablamos de un color que crece,
de una línea en movimiento,
de un punto que toca fondo;
y sabemos que detrás de todo eso
existe una seguridad desesperada.

Sin embargo ya no se trata de significaciones
sino de saber qué haremos con la perfección
mientras la materia pierde peso,
el orden se contradice
y la armonía nos envuelve con una telaraña equilibrada
que tampoco escapa de la corrupción..

de Libro de viaje, 1982

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El tiempo cobra peaje

El tiempo cobra peaje de todo lo que ha nacido para durar.
Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;
peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,
a la mirada del hombre,
a las palabras que se dicen, al sentido:
                      peaje aún sin saberlo,                
                      como existen caminos aunque no vamos a ninguna parte.

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la 
                       intención de eternidad que aturde a todo lo transitorio;
                       solos y a la vez acompañados,
                       en estado de mudanza;
condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

El tiempo cobrando peaje es infalible;
y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:
    no soy el tiempo, pero soy el que mira.

de Café Bretaña, 1994

**
(Charcas y Paraná)

En esta esquina se habla solo: solo
y a gritos como 
si hablar fuera otra cosa: y lo es.
                                           Lo difícil
es darle sentido a todo esto: aquí
no se habla de otra cosa.

                                  Un chico
todavía pulcro, con acento del norte, me pregunta si el barrio
            está cerca: simplemente el barrio, sin saber a dónde va
            con su helado en la mano: recién llegado
a esta esquina en la que se habla solo: y
es fácil adivinarle el futuro: el futuro no existe, pero
lo va exhibiendo su cara indefensa, su pregunta abstracta.
                                   No existe
pero es fácil: lo difícil
es saber dónde está el barrio
y que tenga sentido hablar en esta esquina.

de Calles, 2004

Santiago Sylvester, Salta, 1942
imagen de Wassily Kandinsky, Yellow, Red and Blue

domingo, enero 30, 2011

santiago sylvester. enrique banchs. macedonio fernández


**
Hospitalario y fiel en su reflejo

Hospitalario y fiel en su reflejo
donde a ser apariencia se acostumbra
el material vivir, está el espejo
como un claro de luna en la penumbra.

Pompa le da en las noches la flotante
claridad de la lámpara, y tristeza
la rosa que en el vaso agonizante
también en él inclina la cabeza.

Si hace doble al dolor, también repite
las cosas que me son jardín del alma.
Y acaso espera que algún día habite

en la ilusión de su azulada calma
el Huésped que le deje reflejadas
frentes juntas y manos enlazadas.

Enrique Banchs, Buenos Aires, 1888-1968
de La Urna, 1911

**
Hay un morir

No me lleves a sombras de la muerte
a donde se hará sombra mi vida,
donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como estos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
de mí un ausente
y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
se voltea la mirada de amor
y queda sólo el mirar de vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
esto es Muerte: Olvido en ojos mirantes.

Macedonio Fernández, Buenos Aires, 1874-1952
1912

Todos los poemas pertenecen a Otro río que pasa, Bajo la luna, Buenos Aires, 2010 y en este caso, fueron seleccionados por Santiago Sylvester para 'Diez poemas de la década del 10'
imagen de Chagall