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3 de febrero de 2012

Rusco

Antes te parezca yo más amargo que las yerbas sardas, más desabrido que el rusco y más vil que el légamo arrojado a la playa, si no es más largo ya para mí este día que todo un año.


                                                                                                     Églogas
                                                                                                     Virgilio


Dice el DRAE en su primera acepción de hoja: cada una de las láminas, generalmente verdes, planas y delgadas,  de que se visten los vegetales, unidas al tallo o a las ramas por el peciolo o, a veces, por una parte basal alargada, en la que principalmente se realizan las funciones de respiración y fotosíntesis. En el tallo del rusco (Ruscus aculeatus) podemos observar de forma alterna unas láminas, planas, delgadas, verdes y que realizan la fotosíntesis. Pero, no son las hojas. Reciben el nombre de filóclados o cladodios y son una transformación del tallo.


Las verdaderas hojas se encuentran reducidas a unas diminutas escamas membranosas que se encuentran en la axila de los filóclados. Al igual que las hojas verdaderas, también las flores, asimismo diminutas, pueden pasar desapercibidas, o no reconocerse como tales. Aparecen a finales de invierno y principios de primavera y se pueden ver en el centro del filóclado.


Los que no pasan desapercibidos son los frutos, unas bayas de un rutilante color rojo.


Ha conocido muchos usos el rusco. Sus tallos, tiernos, se han consumido preparados como los espárragos. También se usaban las ramas, por lo espinoso de los filóclados, para que los ratones no se acercaran a la carne que se guardaba en las despensas ( en alemán recibe el nombre de espino de ratones). Su principal uso hoy en día deriva de sus propiedades antihemorroidales.