viejo jardín,
viejo jardín, sin alma,
jardín muerto. Tus árboles
no agita el viento. En el estanque, el agua
yace podrida. ¡Ni una onda! El pájaro
no se posa en tus ramas.
La verdinegra sombra
de tus hiedras contrasta
con la triste blancura
de tus veredas áridas...
El jardín gris
Manuel Machado
Podríamos decir que en estas fechas las hiedras (Hedera helix) no sólo se ven, también se oyen. Ni me estoy volviendo loco, ni padezco de algún tipo de sinestesia o disestesia. Acercaros a una hiedra y escuchad. Un profundo y continúo zumbido surge de ellas durante todo el día. Las hiedras están en flor y centenares de abejas, aparte de otros insectos, se lanzan sobre ellas para acumular néctar antes de la llegada del invierno.
Si nos acercamos a la planta, aparte de poder ver a las abejas cargadas de amarillo polen, nos llamará tal vez la atención que las hojas de la hiedra no son palmeadas con lóbulos más o menos profundos, sino enteras, romboidales u ovaladas, y es que esta planta tiene dos tipos de hojas según se encuentren en la parte fértil, que produce flores, o en la que no las produce en la que podemos ver las típicas hojas de la hiedra.
Se trata de una planta longeva, de ahí que no sea raro encontrar que el árbol que le sirve de soporte ya haya sucumbido, de igual modo que la contemplamos a menudo, en la realidad y en la literatura, tapizando paredes ruinosas.
Catón le atribuía a la madera de hiedra una curiosa propiedad, la de revelar si un vino esta aguado. Para ello se vertía el vino sospechoso en un vaso hecho de madera de hiedra. Si estaba aguado, el vaso filtraría el vino quedando en él el agua como prueba del engaño. Apostillaba Andrés Laguna con socarronería, que más valdría que filtrase el agua y nos dejase el vino.