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sábado, octubre 25, 2025

Vidas paralelas. Sara Gallardo y H. A. Murena, algunos apuntes cronológicos

Este año en Lecturas y exhumación, la serie de encuentros sobre literatura olvidada argentina que llevo adelante desde 2021, conversamos sobre Eisejuaz, de Sara Gallardo. Intenté proponer, no sé si lo habré logrado, un lectura cruzada con Murena (en su encuentro leímos Polispuercón). Me interesa ese concepto, esa idea de "vidas paralelas" que puede utilizarse para comparar vidas y obras, en este caso las de Murena y Gallardo quienes estuvieron unidos en pareja. 

Con motivo de esos encuentros, armé una serie de apuntes cronológicos para intentar recomponer en qué puntos de la vida y de la obra de Sara Gallardo parecía colarse la sombra de Murena. Comparto pues estos apuntes para quien pueda sentirse interesado al respecto.

Tengo un objetivo secreto: encontrar, alguna vez, una foto de Gallardo y de Murena juntos. Hasta ahora no he podido dar con ese material... Pero ¡la literatura sabe esperar!

   
c. 1963. Sara Gallardo rompe relación con Luis Pico Estrada, su primer marido, y comienza su relación con H. A. Murena // Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz: 
En el 55 empecé a trabajar como periodista, hice muchos viajes en calidad de tal y en calidad de escritora, y una vez más tarde en calidad de señora (con Héctor Murena, cuando ganó la beca Guggenheim). Anduve por países árabes, Grecia, Turquía, mandando notas a la revista Atlántida, que por ese motivo se fundió. Fue muy divertido. Después me divorcié. En 1963 publiqué Pantalones azules, un opio de novela, que causó decepción general aunque ganó el tercer premio municipal. Ese mismo año conocí a Murena. Empezó una época de gran actividad: a la tarde trabajaba como redactora de Primera Plana y por la mañana escribía Los galgos, los galgos, mi primera novela gruesa aunque sin mérito de gruesa porque le sobran unas 40 páginas. 
1971. Publica Eisejuaz // Entrevista con Cristina Wargon:
Este libro nace de una manera un poco rara. Yo leí la historia de un monje de Alejandría, un letrado que precisamente dedica su vida a cuidar un paralítico para salvar su alma y la de otro, pero éste era una persona tan malvada que finalmente el hombre desespera hasta de sí mismo y quiere abandonarlo. Va entonces a un convento a plantear su problema, luego ambos mueren con pocos días de diferencia. Esta historia yo la quería contar en otras circunstancias y cuando fui al Chaco tomé nota de los relatos de un indio, capataz de una misión, que me impresionaron profundamente. Fue Murena quien me sugirió que contara la historia del monje pero en este medio. En un principio me pareció totalmente imposible pero él me acerco unos textos de una cautiva en el Amazona que me fueron muy útiles para comprender el tono que podía usar. A través de todo ello fui armando el libro, con trabajo, disciplina y una gran tarea de corrección. Allí reinventé ese idioma basado, en parte, en las notas que había tomado pero que se fue organizando según sus propias leyes. En cuanto al personaje en sí, la idea me la dio un amigo boliviano [¿Jesús Urzagasti?] quien conoció un mataco gigantesco, un hombre que cantó antes de ser asesinado. Las historias sobre este indio me impresionaron sobre todo porque, aún conviven en esa zona dos realidades, una cotidiana y otra casi mágica, enormemente más rica que la nuestra. Allí perviven, como natural, los dones proféticos y todos esos dones, pero que están presentes en la Ilíada o en la Biblia, por ejemplo. 


Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz:
Y el libro terminó siendo la historia de una vocación, en la que un hombre de raza mataca es llamado para una misión que él supone importante, y que resulta ser, precisamente, cuidar a un paralítico infame y, encima, blanco. Pero él sigue su vocación o su misión hasta el fin. Todos mis libros, bien mirados, enfocan este tema: en el primero hay una chica que se deja hacer un destino; en Pantalones azules hay un joven guiado por prejuicios, por un código de ideales mentales sin relación con la realidad, y él elige ese camino de irrealidad. Recién en Eisejuaz encontré la posibilidad de reflejar a un hombre más fuerte que su destino, capaz de cumplir con su misión. (No olvidar que por ese entonces Héctor Murena había pasado a ser ‘el intelectual más desacreditado de América’, después de haber sido el niño mimado, y sin embargo, había seguido su voz interior sin la menor vacilación). 
1977. Publica El país del humo, escrito entre 1972 y 1975, donde incluye la dedicatoria “A H. A. Murena” y el relato “El solitario” // Entrevista con Alicia Dujovne Ortiz: 
Bueno, después de ese libro [Eisejuaz] yo hubiera podido proseguir el camino místico, pero me planteé la necesidad o el deseo de ser una persona que quiere contar historias. Porque el místico no tiende a contar nada, sino a callarse. Y me obligué a escribir a modo de ejercicio, los cuentos de El país del humo, unidos por el común denominador de América, un lugar donde nada permanece, donde todo lo hecho se borra enseguida y donde se levantan estatuas en una inútil batalla contra el humo.


1975. Aconsejada por Murena, recorta Los galgos, los galgos y publica Historia de los galgos. // Fallece H. A. Murena el 06-05-1975. // Testimonio de Paula Pico Estrada, hija de Sara Gallardo:
Cuando enviudó, sufrió un golpe muy fuerte y después de su última novela, La rosa en el viento, no pudo volver a escribir. O por lo menos así lo sentía ella. Es probable que, en términos médicos, haya estado deprimida y por tanto no se haya podido concentrar. Pero el lenguaje psicológico no es bello, así que se mantuvo alejada de ese tipo de interpretaciones y del consuelo que a otros a veces nos traen. Ella creyó más bien que la habían abandonado los dioses de la escritura. Y empezó, con la misma entrega que antes tuvo para la escritura, una nueva etapa. 
Sara y sus hijos se van de Buenos Aires y viven durante un tiempo en el Valle de Punilla, Córdoba, y más tarde en “El Paraíso”, residencia de Manuel Mujica Láinez. 

1977. Entrevista con Daniel Pliner: 
—¿Dónde queda el país del humo? 
—Aquí. América es el país del humo: un país imposible de catequizar, una pampa un poco expresionista, irreductible, desértica, salvaje. El humo lo abarca todo y crea una especie de fantasmagoría y de gran pereza. Es un mundo de monstruos. Y es a la vez fascinante. 

1978. Sara decide mudarse con sus hijos a España. // Prologa El secreto claro (diálogos), libro que recupera las conversaciones radiofónicas entre Murena y David J. Vogelmann en 1971-1972: 
Las dos voces de estos diálogos han callado. La de Murena el 5 de mayo de 1975, la de Vogelmann el 21 de junio de 1976. Quienes las oyeron recordarán el contrapunto que formaban. Recordarán la gravedad, la pasión de una; la lentitud, el acento extranjero de la otra. Recordarán las definiciones fulmíneas, las impaciencias, las vacilaciones, las bromas que eran el modo habitual de conversar de Murena, y que tan buen encuadre hallaban en la paciencia, en la erudición de Vogelmann. 
1979. Publica La rosa en el viento, con la dedicatoria: “A H. A. Murena In memoriam”. // Entrevista con Reina Roffé: 
—Dejemos tu país privado y vayamos al nuestro, al de todos. ¿Qué país dejaste? 
—Dejé un campo de batalla. Tengo en claro algo muy luctuoso. Estoy empapada en sangre argentina. Porque yo deseé que se terminara con la guerrilla, con los magos y las porquerías. Pero por algo le pasó a nuestro país lo que le pasó. Héctor [Murena] decía que todavía éramos un campamento, no un país, y que la violencia de la fundación iba a volver. Y no se equivocó. Yo no le creía, como criolla que soy. Él venía de afuera y veía mejor. Ahora leo sus ensayos y está claro. Sufría porque era una especie de profeta, una antena. Todavía no somos una comunidad. Desde afuera se ve bien. Aquí, como sabe, hay emigrados. Están los que juegan al teatro del héroe, hay de todo. No es mi caso, por supuesto. A mí me duele el país como destino. Y lo que extraño de la Argentina es su naturaleza, esa ausencia de paisaje. El río. La tarde con sensación de lejanía que tiene nuestro campo. Pero no puedo extrañar el país porque yo soy como el país. Te imaginás entonces las ganas que tengo de ir. Pero falta poco…
 
Tras dos años en Barcelona y dos años pasados en los Alpes suizos, de 1982 a 1988, mi madre, Sara Gallardo, vivió en Roma los que resultaron ser los últimos años de su vida. (…) 
Cuando poco antes de dejar Suiza le pregunté a mi madre por qué nos mudábamos una vez más y por qué precisamente a Roma, su respuesta fue ‘porque quiero vivir en el mundo clásico’. (…) 
Porque si hay una clave que puede definir los últimos años de la vida de mi madre, es justamente el binomio de espiritualidad y belleza. ‘Belleza’ no en el sentido canónico y ligeramente árido de la Estética sino en el sentido cálido, fértil y casi carnal de il senso del bello, ‘el sentido de lo bello’, que caracteriza al Barroco romano y su relación con la Roma clásica. La espiritualidad, en cambio, fue la de un reencuentro —si es que en algún momento hubiese habido un distanciarse— con la religión y la Iglesia. Un reencuentro al cual mi madre llegó a través de una madurez espiritual que le hacía considerar, con ese candor que la vida en Roma le puede dar a todo lo relativo a las religiones, las fascinantes consecuencias del sincretismo de los primeros cristianos. 
Así, por ejemplo, mi madre se conmovía al descubrir que la Virgen María no solo era la madre de Cristo sino que su figura también incorporaba el simbolismo de la diosa egipcia Isis. O que San Miguel no solo era el santo que llevaba el nombre de su hermano, sino también la incorporación al cristianismo de Mitra, dios cuyo culto llegó a Roma desde Oriente con las legiones, allá por los mismos años en que San Pedro y los primeros cristianos predicaban en Roma. 
Sus lecturas de esos años reflejan estos intereses: las crónicas romanas de Ferdinand Gregorovius, o los relatos de los descubrimientos del arqueólogo Amedeo Maiuri. Recuerdo en particular la conmoción que le causaba la descripción del hallazgo de una Venus de mármol policroma en el sur de Italia, así como la lectura de las Sagradas Escrituras, del filósofo Rudolf Steiner, y de todo lo relativo a la vida de Edith Stein, primera santa de origen judío. Este iba a ser el tema de su próximo libro, para el cual estaba investigando, y que desgraciadamente no llegó a escribir.
Ahora bien, que toda esta espiritualidad no confunda a los que leen estas líneas, nada de triste ni oscuro y autoflagelante en todo esto. Al contrario, creo que la espiritualidad de mi madre en los últimos años de su vida se diferenció de la de su infancia justamente por su luminosidad y alegría y, por cierto, por el haber germinado en el fértil humus del sentido del humor y auto-ironía tan propios de su carácter. 
1988. Fallece Sara Gallardo.

sábado, septiembre 20, 2025

Murena y el mundo hermético (D. J. Vogelmann)

La amistad intelectual y esotérica entre H. A. Murena y David J. Vogelmann, traductor del I ching al español, autor de libros como El zen y la crisis del hombre, lector atento de Kafka, quedó grabada en papel y tinte en los diálogos radiofónicos transcriptos en El secreto claro, un libro de 1978. Buscando algunos textos perdidos en la web, porque aunque no lo admitamos lo virtual está condenado a perderse, y gracias a Internet Wayback Machine y el extinto sitio Espacio Murena, exhumo este texto-homenaje de Vogelmann a su amigo fallecido en 1975. Ojalá lo disfruten tanto como yo. Copio la presentación que hacían en aquella página:
Este ensayo fue escrito por D. J. Vogelmann poco tiempo después de la muerte de H. A. Murena (el 5 de mayo de 1975). D. J. Vogelmann (1901-1976) fue un estudioso de las filosofías orientales y publicó, entre otros títulos, El zen y la crisis del hombre (Paidós, 1967). Asimismo, ha escrito varios artículos en el suplemento literario del diario La Nación y en las revistas Sur y Cuadernos Americanos

Murena y el mundo hermético (D. J. Vogelmann)



Cuando en los años de su temprana madurez su luz interior adquirió la esperada intensidad, encontró Héctor Murena en su camino huellas de textos de antiguas tradiciones que aludían a la esencia de la alta alquimia. Supo entonces —esto se traslucía en su asombro al referir su aventura— que había nacido alquimista, que era un medieval de todos los tiempos, que ejercía desde siempre este conocimiento, que en su quehacer laborioso y a menudo desesperado administraba —a veces subrepticiamenmente— el oficio soberano y humilde de la transmutación de lo vil. Que había sido llamado para ejercerlo en un mundo abismal y lóbrego en el cual sin embargo, como en el de la parábola de Platón, entraba allá por lo alto la luz; en el cual también, como en la cueva platónica, era vano tratar de discernir entre la realidad y sus sombras. En esas mismas someras, gracias a su vocación e intuición de alquimista, logró de pronto ver la real realidad. Puso entonces el fruto de su aprendizaje, su maestría de voz apocalíptica, al servicio de la contra-apocalíptica transmutación. Alimentó con el “error de escribir”, con el verbo visible e irreal de la literatura, el fuego del Verbo invisible, real, el Verbo que crea y sostiene el mundo. Así, en un proceso en el cual apostó su vida, su alma y su cuerpo, comenzó y concluyó en Murena su fáustica temporalidad. 

Leemos claramente esta versión, esta metáfora de su biografía, en los dos veneros complementarios de su escritura de los últimos años, dos polos de un único movimiento, centrado en el combate contra la vileza, contra el mal, y el combate arquetípico, bíblico, con el ángel transmutante: su serie de novelas de horrores goyescos; su en extremo decantada poesía. Las vías del sí y del no, del alquímico solve et coagula. En los momentos postreros da a luz la más atroz de sus parábolas noveladas y el más sublime conjunto de poemas.1 

¿Refleja esta breve descripción de su camino, la visión esencial que tenía de sí mismo Murena en los últimos diez o quince años? 

Las constantes incursiones directas de Murena en el mundo místico religioso, el mundo do lo esotérico, de lo hermético, quedan minuciosamente documentadas en la mayoría de sus densos ensayos.2 Pero quienes lo frecuentábamos sentíamos casi siempre, aun en la conversación cotidiana, su constante inmersión en aquellas esferas. 

Esta presencia se manifestaba a menudo inesperadamente. No había nada a lo que en cierto momento no aplicase esas pautas de una última instancia espiritual. 

Por un extraño destino, una serie de diálogos de esta índole se registraron en cinta magnetofónica3 y así algunas de sus profundas y vehementes convicciones expresadas con toda espontaneidad, extraídas como fragmentos de esos diálogos, pueden ahora aportar un testimonio vivo de esta pasión que atraviesa sin pausa su obra y su vida. 

Con casi obsesiva insistencia volvía su pensamiento a la parábola bíblica de la Caída en la que encontraba la raíz de todos los males. Sus glosas son muy personales y notables, como ésta: 
En el Génesis, el Señor muestra a Adán todas las criaturas, todos los animales, antes de que Adán decida comer el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. O sea: Adán conoce, conoce la esencia, lo sustantivo de todo lo creado. En realidad, el Árbol está allí, puesto como una suprema ironía, o sea, está allí para que Adán busque o no busque en el Árbol aquello que ya tiene. Si lo vuelve a buscar en el Árbol, como lo hace al probar el fruto, quiere decir que ha dejado de creer, que no cree que tenga lo que ya tiene, que esté tentado por la curiosidad. Y entonces adquiere el lenguaje adjetivo que presta el Árbol, el lenguaje que sirve para separar, para dividir, que está contra el conocimiento de la esencia, el lenguaje de una razón emancipada en forma titánica, un lenguaje que cumple su ironía al hacerle pagar con ese conocimiento falso la expulsión hacia un mundo en el cual Adán cultivará la falsedad… 
En otro fragmento de estos diálogos absolutamente improvisados, indirectamente referido a la lucha por el retorno al estado anterior a la Caída, Murena expresa: 
Los mayores peligros están en los senderos superiores, y aquél que se esfuerza por ser santo encuentra, tal vez no como peligro más grave, pero encuentra el espejismo de creer que su lucha por la santidad es lo más importante. Su lucha por la santidad es la lucha de la voluntad, es su voluntad, y así ignora que su voluntad es el último espejismo de su yo… 
Algo sobre la alquimia literaria. Hablábamos del famoso “sermón de la flor” del Buda, en el cual el Iluminado sólo muestra, en silencio, una flor… 
Los seres humanos —dice Murena— tenemos otra flor que es la palabra. La palabra bien usada puede ser una flor, tal como lo prueba la poesía que intenta convertir a las palabras en flores. Con esto quiero decir: me preocupa… tanto el silencio como la palabra… y hago lo que puedo. ¿Debo hacer más de lo que puedo? ¿Debo permanecer en silencio cuando no tengo la flor y estoy encarnado? 
Muchas veces surge el conflicto suscitado por el tema de la encarnación:
No creo posible una espiritualidad dentro de la encarnación, dentro de la manifestación. Vale decir: no creo posible una espiritualidad que no tenga en cuenta la manifestación y su destino, o sea, yo incurriría en un acto de titanismo si creyese que puedo prescindir de mi encarnación. Además es el espejo, el espejo, el vidrio a través del cual puedo considerar las cosas… 
Hablábamos sobre verdad o falsedad en religiones, en sectas. Murena define: 
Ortodoxia. Con ortodoxia quiero decir la renovación viva del buen camino. No quiero decir el restablecimiento de una tradición muerta. La tradición, como cosa muerta, no existe. Es un fantasma. Únicamente existe en la medida en que tradición es traer, y es reactivar, hacer, hacer viva otra vez una cosa con la propia vida. 
Comentábamos unas palabras de un maestro Zen inspiradas en un poeta japonés, un poeta Zen, sobre la vida en el presente: “cada día es sagrado y jamás puede repetirse…”. Murena pareció transformarse en un tercer eslabón de esa cofradía:
…para definir negativamente esto que nos aconseja este maestro a través de una poesía, quiero decir que hoy el presente está contra el presente. Y que todo lo que nos rodea tiende a hacer que podamos vivir menos el presente en cada uno de nuestros días presentes… Coinciden las tradiciones en que el presente es el punto de la temporalidad en el cual se refleja Dios. Como el presente es inaferrable, debemos entregarnos totalmente a él… o es inaferrable porque si nos entregamos totalmente a él dejamos de percibirlo como tal. En general tendemos a dejarnos confundir por el pasado y el futuro, o sea por quejas respecto a lo que no tuvimos y lamentos por aquello que queremos tener. Es decir, que nos convertimos en irreales, no podemos vivir el presente porque nos estamos prestando al juego de la temporalidad, al juego del tiempo. Nos extraviamos respecto a la posibilidad de sumergirnos en esa imagen de Dios, reflejada en el presente, por nuestra codicia, porque nos falta algo en el pasado o en el futuro. Ahora, esto está claramente explicado en símbolos muy conocidos. Jano es un dios que tiene dos caras, una que mira hacia el futuro, otra que mira hacia el pasado. Pero hay muchas representaciones de Jano con dos caras y además una mano que levanta otra cara, y esa cara, ese presente, esa tercera cara, es el Mesías en el judaísmo, es Cristo en el cristianismo, es el decimosegundo Imán invisible en la tradición islámica, o sea, que ese punto de este dios de dos caras que además tiene una tercera, es el punto en el cual podemos entrar si nos volvemos puros. Si nos volvemos puros quiere decir si liquidamos toda premeditación… Porque no se trata de una sumersión animal en el instante. Premeditar… es una cosa puramente cerebral que nos impide, y que en general se llama miedo y en su raíz es apartamiento respecto del origen… del misterio de por qué nacemos y morimos… y entonces nos impide vivir este momento presente. 
Ante las lícitas barreras que erige la amistad frente a esta difícil tarea, este ritual diríamos, de nombrar a Murena, de llamarlo, acude a mi mente, desde un vago más allá de la mente, la inesperada presencia de un poema de aquel habitante interior de Murena tan querido por él, F. G. —¡quién supiera imaginar qué diría Flavio Gómez sobre Murena!—, un poema que habla del “error de escribir”, de la profesión del error de escribir: 
Muy joven aposté 
la vida 
al error de escribir… 
…comienza F. G., el habitante, y H. A. M. explica: “…descubrió que escribir era nada”; pero “el recto escribir era el progresivo aprendizaje de que escribir era nada” y “así el error de escribir era un camino, una actividad iniciática…”.4 

No es poco lo que la literatura, lo que la vida del espíritu de esta oscurecida ciudad le debe al error de escribir —esa actividad iniciática— de H. A. Murena. 

1 Los poemas acaban de aparecer bajo el título El águila que desaparece, Editorial Alfa Argentina, 1975. La novela inédita se titula Folisofía [Nota de Espacio Murena: Monte Ávila Editores publicó por primera vez este libro en el año 1976 mientras que la segunda edición fue realizada por EUDEBA en 1998]. 

2 La cárcel de la mente, Emecé, 1971. La metáfora y lo sagrado, Tiempo Nuevo, 1973. 

3 Estos diálogos que con el título de “Imagen, voz y silencio” improvisábamos Murena y yo ante el micrófono, se transmitieron hace algunos años gracias a la adhesión de un amigo de inclinaciones afines y director entonces de programaciones radiofónicas, Ricardo Constantino. A la amable diligencia de Celia Zaragoza se debe la transcripción de las cintas grabadas [Nota de Espacio Murena: la edición de estos “diálogos” entre Murena y Vogelmann fue realizada por la Editorial Fraterna en 1978 bajo el título El secreto claro (diálogos)]. 

4 Flavio Gómez y H. A. Murena, F. G., un bárbaro entre la belleza, Editorial Tiempo Nuevo, 1972. Fuente: La Nación, 6 de julio de 1975.

jueves, agosto 10, 2023

El deseo del mendigo. Un diálogo entre H. A. Murena y David J. Vogelmann

Retomo la lectura de El secreto claro, un libro publicado por editorial Fraterna en 1978, con prólogo de Sara Gallardo, que recupera los diálogos radiofónicos entre H. A. Murena y David J. Vogelmann. Es un libro fresco y profundo. Digitalizo en particular este diálogo que me generó distintas sensaciones y reflexiones. Espero que les guste.

 


 

El deseo del mendigo (un diálogo entre H. A. Murena y David J. Vogelmann)

M.: En un ensayo de un eminentísimo pensador alemán de nuestro siglo, Walter Benjamin, sobre Kafka, se transcribe un relato jasídico, o sea de la más pura tradición..., o impura si se quiere, pero de la más acentuada tradición mística del judaísmo. Es el siguiente texto:

“En un poblado jasídico, según se cuenta, una noche, al final del Sabat, los judíos estaban sentados en una mísera casa. Eran todos del lugar, salvo uno, a quien nadie conocía. Hombre particularmente mísero, harapiento, que permanecía acuclillado en un ángulo oscuro. La conversación había tratado sobre los más diversos temas. De pronto, alguien planteó la pregunta sobre cuál sería el deseo que cada uno habría formulado si hubiese podido satisfacerlo. Uno quería dinero, el otro un yerno, el tercero un nuevo banco de carpintería, y así a lo largo del círculo. Después que todos hubieron hablado, quedaba aún el mendigo en su rincón oscuro. De mala gana y vacilando, respondió a la pregunta. ‘Quisiera —dijo— ser un rey poderoso, y reinar en un vasto país, y hallarme una noche durmiendo en mi palacio y que, desde las fronteras, irrumpiese el enemigo, y que antes del amanecer los caballeros estuviesen frente a mi castillo y que no hubiera resistencia, y que yo, despertado por el terror, sin tiempo siquiera para vestirme, hubiese tenido que emprender la fuga en camisa y que, perseguido por montes y valles, por bosques y colinas, sin dormir ni descansar, hubiera llegado sano y salvo hasta este rincón. Eso querría’. Los otros se miraron desconcertados. ‘¿Y qué hubieras ganado con ese deseo?’, preguntó uno. ‘Una camisa’, fue la respuesta”. 

Usted, Vogelmann, que como especialista en el budismo Zen sabe mucho de jasidismo, podría decirme qué le despierta esa historia en la Cábala judía, en el Islam, en...

V.: Cómo no. Es muy rica...

M.: Hay la historia del Adán Cadmon, del Adán primigenio que es el antepasado del hombre en el cual rige la ley de que todo hombre debe realizar el universo entero a través de sí, de modo que usted, como todo hombre, está en todas las cosas y cada sonido en los días diversos le despierta cosas variadas, de modo que...

V.: Le agradezco... (vamos a ver si sale en diapasón, ¿verdad?). Le agradezco que, tan paradójicamente, me atribuya que, como conocedor de unas pocas cosas de Zen, sea conocedor del jasidismo, pero no es una broma porque es la misma cosa en el fondo.

M.: Claro.

V.: …esta narración muy especialmente, porque las narraciones Zen casi siempre tienden a producir perplejidad, desconcierto, y este hombre con su última respuesta los desconcierta, evidentemente, a todos. Hay un ligero tono de burla en todo ese relato... ¿no?, desde el comienzo..

M.: Pero hay algo más también, hay un acorde solemne y patético.

V.: ¿Sí?

M.: Sí.

V.: Bueno, vamos a ver.

M.: Ese reinado...

V.: Claro, no. Creo que eso conduce a algo especial, que está en función de algo que quisiera ver. Fíjese que...

M.: Una breve observación. Usted me dice que eso conduce a algo especial.

V.: Le voy a decir ya a qué conduce.

M.: No, no. No me lo diga todavía. Usted piensa, con razón, que yo no sé a qué conduce. Yo pienso también que conduce a algo especial y pienso que usted no sabe a qué conduce. Y pienso que…

V.: …sabemos cosas distintas que son las mismas.

M.: ... que son las mismas y que este relato, a lo que conduce es a, entre comillas, “la especialidad”, o sea a lo inefable, de algún modo. Pero vamos, lo inefable es infinito. Vamos a leerlo cada uno según su cosa, que va...

V.: Sí, sí. Bien. A lo que conduce, porque es para mí un paréntesis de lo que quería decir, se lo puedo decir ya: que esa camisa que el hombre quería no era cualquier camisa, sino que haya recorrido ese camino, que haya sido una camisa salvada, en la cual él se ha salvado. Pero esto es un símbolo aparte. Creo que el fondo de la cuestión es otro. Aparte de eso de la camisa, que tiene mucha importancia. Esa narración no es estrictamente jasídica. Ahí no interviene ningún rabí, ningún discípulo. Es un ambiente jasídico, evidentemente.

M.: Tiene razón.

V.: Dice…

M.: Un poblado jasídico...

V.: Claro, claro. Bien. Entonces ocurre allí algo que todas las antiguas tradiciones proscriben en realidad. Algo que, por otra parte, se refleja en muchos cuentos profanos, en cuentos de hadas: "¿Qué harías, si pudieras desear? Tal cosa...”. ¿No es cierto? Digo, se proscribe, porque se proscriben los deseos, ¿verdad?

M.: La irrealidad del desear, no el deseo actuante que produce...

V.: Yo diría casi, la maldad del desear...

M.: Sí..., bien. Sigamos adelante.

V.: Bien. Claro. Hay bastante que decir de esa gente. Se entretiene alegremente con los deseos. Pero sabemos que los deseos conducen, según la tradición más elaborada en ese sentido, que es la del budismo, al sufrimiento, inevitablemente. Y hay que llegar a no desear. No desear es la verdadera vida. Es esa vida poética y religiosa de que hablábamos en otro de nuestros encuentros.

M.: Así es.

V.: No desear. Bien. Luego, estos personajes expresan cada uno lo suyo y se desconciertan ante ese ser miserable. Quería decir descamisado y confieso que no me salía la palabra. En verdad él es un descamisado, y no los que aparecen vistiendo camisas.

M.: Voy a leerle una nota que aparece en la traducción de este libro, que dice que respecto de este mendigo hay que recordar que, en la tradición jasídica, el profeta Elías se presenta bajo la forma de vagabundo o mendigo y continúa desempeñando el papel de mensajero de Dios. Descubrirlo bajo su apariencia y recibir sus enseñanzas es ser iniciado en los misterios de la Torá. Es ser iniciado en algunos misterios de la tradición, es ser iniciado en los misterios de poder leer la enigmática vida que a cada uno de nosotros se nos presenta. Quien puede ver a Elías bajo la apariencia de un mendigo, pero...

V.: Casi nadie lo ve. Aparece en muchos relatos jasídicos…

M.: No lo reconocen.

V.: No lo reconocen. Algunos grandes rabíes videntes lo han reconocido.

M.: Todos lo debemos haber encontrado, y no lo hemos reconocido.

V.: Incluso puede haber, en cualquier momento, entrado en cualquiera de nosotros, y sorprendido a través nuestro a nuestros amigos.

M.: Así es.

V.: Bien. Puede que sea Elías o que no sea Elías, pero les da, en realidad, una lección, porque él desea finalmente algo para ellos muy desconcertante. Desea algo que no tiene, una camisa. La camisa es bastante... simbólica.

M.: La tiene, la tiene. Esta camisa, la que tiene, la misma camisa que tiene es lo que habría recuperado.

V.: Eso no creo que esté dicho.

M.: No..., “una camisa”…, tiene razón.

V.: No tiene camisa. Es el hombre feliz, según los dichos de tantos pueblos, ¿no es así? No tiene camisa. Pero tendría una camisa con la cual se habría salvado. Es una camisa de símbolo muy especial. Es el gran refugio de la salvación, del terror de la vida mundana que él habría atravesado.

M.: Sí.

V.: Usted dijo que también veía a qué conducía este relato ... No sé qué vio.

M.: Yo vi esto: que, en realidad, hay dos movimientos. Por uno, él dice que lo que tendría es una camisa que es el equivalente de la mesa de carpintería, del dinero, del yerno, que piden los otros.

V.: Creo que es más.

M.: Pero por el otro, esa camisa es el recuerdo del reino. Es el recuerdo del paraíso. Es decir, que todo bien material es apreciable y querido y redimible en la medida en que esté respaldado por el recuerdo del reino. O sea, la camisa que él iba a traer era una camisa que implicaba la pérdida de todo el reino y había que considerarlo así.

V.: Pero...

M.: Considere usted; le estaba diciendo: ¿usted quiere un nuevo banco de carpintería? Muy bien, pero considere que eso es un resto del paraíso; usted es una criatura superior que tiene un espíritu que debe cuidar. Sí, quiera la mesa de carpintería, pero esa mesa de carpintería es el resto de un barco que se hundió, que se hundió para todos los seres humanos cuando ocurrió la caída. Entonces, la camisa aparece contra un fondo que es completamente distinto. El mundo creado aparece contra el fondo de la expulsión del hombre del paraíso y entonces es vivido de otra forma.

V.: Sí. ¿No es curioso precisamente que él haya querido ser rey, pero derrocado?

M.: Claro. Porque eso es, eso se refiere a este hecho. Se refiere a que todos somos un anuncio, un anuncio de una ausencia. Todos sentimos en algún momento de nuestras vidas que hay algo más, de lo cual nosotros somos noticia. Un pre-anuncio, y que eso no llega nunca a cumplirse y que, si recordáramos siempre eso, si recordáramos nuestra irrealidad, este reino subsidiario que son los días de nuestra vida serían vividos de otra forma, con una generosidad, con una grandeza...

V.: Entonces, él enseña a los demás lo que realmente debiera desearse, no lo que ellos desean. Ahora bien, es curioso que Benjamin encuadre esto en el mundo de Kafka. ¿Tiene un especial significado? Usted, que lo ha leído a fondo...

M.: Tiene un significado absolutamente coherente, en el sentido de que la literatura de Kafka, yo no diría la literatura de Kafka, cosa que me parece ofensiva...

V.: Claro…

M.: ...la “escritura” de Kafka me parece que es la única respuesta realmente, no digo religiosa, sino noble, a la catástrofe del habla de los seres humanos, en el sentido de que procura que la figura de sus narraciones sea polivalente, que tenga una multivocidad, que sea metafórica, metafórica tratando de abarcar el mundo y de salvarlo y no lanzando al mundo, lo que hace toda la otra corriente de literatura que se llama de vanguardia, lanzando al mundo una serie de imágenes destrozadas que no hacen más que proliferar, tacharla, en el lenguaje destrozado de los seres humanos.

V.: Es verdad. Ahora yo diría un poco más directamente, en conexión más directa con este texto, que lo que Kafka tal vez busque en muchas de sus escrituras es esa camisa de salvación.

M.: Por eso quiso quemar su obra que era el reino.

V.: Exactamente.

En El secreto claro, Buenos Aires, Fraterna, 1978, pp. 63-70.

 

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