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lunes, septiembre 15, 2025

Sobre Mis voces cantando (1999), de Antonio Marimón



Leo Mis voces cantando (1999), de Antonio Marimón

Sí, es una novela sobre mariachis, sobre música mexicana y particularmente sobre una plaza en el DF: la plaza Garibaldi. El libro tiene un narrador cero, borrado, un poco recuerda a Puig. Luego hay tres planos que se van internando: por un lado, la entrevista a un mariachi que ha hecho todo su oficio en Garibaldi; por otro lado, las imágenes poéticas relevadas en un “cuaderno verde de hospital” de un tal Muñiz; por último, unos fragmentos llamados “Fotogramas”, que recuperan los recuerdos y anécdotas y opiniones de un exiliado argentino que vive desde la última dictadura en México. 

Uno de los puntos altos de Mis voces cantando es justamente cómo Marimón construye la oralidad del mariachi y la del exiliado, la voz mexicana y la voz argentina con retazos mexicanos. El otro punto alto es la exploración de la ciudad y sus habitantes, de su cultura y sus tensiones, de sus márgenes y su intensidad. 

En los mejores momentos de la novela Marimón abre el dique narrativo y deja que el sexo, la música, el juego, lo abyecto y lo milagroso, la muerte arrastren a los personajes. El monólogo incesante del exiliado, en este sentido, se destaca. 

A diferencia de la experimentación de El antiguo alimento de los héroes (1988), su primera novela, en este tercer libro, publicado de forma póstuma al igual que su segunda novela, Marimón demuestra madurez y control. Mis voces cantando es una muy buena novela, musical y llevadera, sincera y dolida también. Ahora tengo ganas de releer Aquí llega el sol (1988)…

miércoles, agosto 20, 2025

Sobre El Evangelio Apócrifo de Hadattah (1981), de Nicolás Peyceré


Leo El Evangelio Apócrifo de Hadattah (1981), de Nicolás Peyceré. 

Se trata, como lo indica su título, de una reescritura de los evangelios. Es la historia de Jesucristo narrada por una mujer ciega llamada Hannah, a quien nadie escucha, excepto una muchacha núbil y nosotros, los lectores.

Peyceré escribe una lengua extraña, antigua. Se vale de las notas al pie para aclarar un vocabulario con resonancias del hebreo y del arameo. Laiseca en una conversación con Libertella dice que con esta obra el lector, como por arte de magia, adquiere la capacidad de leer arameo. Ahí hay un gran acierto. 

El otro acierto es cómo este escritor y psicoanalista, admirado por Fogwill, Aira y Laiseca en los años 80, narra a través de la descripción. Peyceré escribe textos breves capa sobre capa. Adjetiva, nombra objetos, telas, olores, sabores y a través de la descripción crea imágenes capturadas pero en movimiento. El efecto de lectura es fantástico. 

El Evangelio Apócrifo de Haddatah, de Nicolás Peyceré es un libro extraño y sensual. Parece haber sido escrito desde un tiempo sin tiempo, pero con la letra de un escritor argentino, que se detiene a observar y desgajar capa por capa una antigua historia de amor y sacrificio. Amén.

Va una muestra gratis:
Estaban los montes bajos mezclados con las arboledas, los peñascos entre los matorrales, las fieras sueltas muy silenciosas, altos navegaban los pájaros pardos. Cuando ella más que del frío se estremecía por su penar. Pero se escuchaba hablar y risa desde la maleza, y había huecos, entradas hoscas. Se vieron sombras inquietas donde las rocas estaban partidas. Y ella entre sus fríos tuvo esperanza de ser amparada, cuando con el temblor tenía dolores que deshacían sus caderas; de modo que fueron y llamaron a las risueñas, porque los dolores a ella le deshacían las caderas y suspiraba muy aprisa, no cerraba sus labios. Así entraron en aquella quebradura entre los riscos donde había una gruta que servía de henil, y era de varios codos de ancho y doblado el largo. Hubo mujeres forrajeadoras, guardando hierba segada seca para los animales mansos, que advertidas acudían hasta Maryam, solicitas le quitaban el manto y la piel de oveja, y empujaban entrando animales tranquilos para calentar el aire; luego había calor y leve humedad por los alientos. Cuidadoras celosas de pies seguros, de compasión por los lamentos, donde había flores carmesíes, ayudaban a la madre; después le hacían apoyar las rodillas sobre piedras lisas, la impulsaban a poner voluntad para tener al hijo. Y el hijo nació. Y lo dejaron entre los muslos de la madre tocándolo para que gritara, entonces se desencogía y gritaba. Ella envolvió al primogénito entre lienzos lo puso en una artesa de madera; ellas hablaban como agua susurrante; ella encomendó el niño a 'Abiyyahu1, aquel que engendró la tierra. Pronto llegó la aurora, despertáronse los tallos, abriéronse las hojas, saltaban los pájaros y la brisa en las plantas despojaba del rocío.

1 'Abiyyahu (hebreo): "Yahveh es mi padre"; Dios padre.

lunes, agosto 31, 2020

"Curabichera", un bicho raro de Nadia Gómez

Cada tanto releo Bichos raros (2018), de Nadia Gómez. ¿Qué escribió Gómez? ¿Qué son estos textos que arranca con un dato animal estrafalario para luego ir a un núcleo narrativo humano entre la tensión y el desborde?

El pequeño libro, editado por Palabras amarillas ediciones, remite al viejo truco del bestiario pero a través de una escritura que parece engendrar un nuevo género narrativo. ¿Estoy ante el nacimiento de una nueva forma de narrar? Claro, lo sencillo sería esgrimir el adjetivo híbrido pero los relatos de Gómez no son híbridos, son mutantes más bien. Breves relatos en mutación: por eso se ven cuerpos desmembrados y suturas poéticas, registro mixtos de lenguaje e imágenes de crueldad experimental.

 

Probablemente, el relato que condense Bichos raros sea "La broma del taxidermista". Si el ornitorrinco parecía el chiste de diabólicos taxidermistas, estos relatos se hermanan con ese humor infernal y con el escalpelo que usa Gómez para construir breves engendros narrativos. 

Bichos raros, ilustrado por imágenes también mutantes de Muriel Bellini, es un laboratorio narrativo que Nadia Gómez maneja, como una científica loca, y que puede sumir a cualquiera en el desconcierto lector. Y exigir, cómo no, una nueva y próxima lectura.

Lean, pues, uno de los bichos raros de Nadia Gómez.


Curabichera (Nadia Gómez)

 

La bichera crece especialmente en lugares húmedos. De tanto rascarse se hizo una herida. La piel demasiado seca se rajaba cuando hacía fuerza para defecar y en contacto con la suciedad del suelo la herida se puso dulce. Las primeras larvas nacieron en el tracto rectal, las pasó a la cabeza con las uñas. Las que perforan la primera capa de piel son capaces de llegar hasta el cráneo. Los parásitos empezaron a multiplicarse. Cuando aún conservaba la razón, ya tenía nidos y los gusanos salían como flechas de carne. No hubo forma de preguntarle. A los más de adentro, hubo que sacarlos con una pinza, ayudarlos a nacer. Tuvo momentos felices. Le habíamos puesto Hafiz. Murió en el lavadero del patio con una inyección letal. La última semana no podía moverse. Con los ovejeros el gran problema es la cadera.

Tres de la tarde, hora desierta en Nueva Pompeya. Un sexagenario, ex integrante del Ejército que ahora tiene una ferretería, es asaltado por delincuentes armados cuyo número y género no precisa. Llama a la 34 y avisa auto blanco asaltó su local y se dio a la fuga, no especifica marca, ni características de la carrocería. Auto blanco, nada más. La policía activa el llamado "operativo cerrojo". 

Pepe Pedro o cualquier otro nombre frena en una esquina de Avenida Sáenz, espera el cambio de semáforo. FM Aspen, una balada amorfa y reiterativamente feliz. Sol seco contra el capó blanco. La nena se pasa de un salto atrás por entre la palanca y los dos asientos. Pepe Pedro o cualquier otro nombre, que es su papá, le dice la próxima vez que saltás así te doy un chirlo. La nena se ríe y busca una muñeca Barbie abajo del asiento del acompañante. La muñeca tiene el cuerpo finito, un pantalón de corderoy y una remera con la leyenda: Sweet & Honey. Cursiva con relieve. La nena pide a papá un peine para la Barbie. Pepe Pedro o cualquier otro nombre agarra el peine de hotel que guarda en la solapa del espejo. Vigila el retrovisor y ve venir un auto oscuro con todas las luces. Cambia el semáforo y el auto de las luces se aproxima y la nena se agacha para agarrar el peine que se cayó cuando pone primera y él se engancha la manga en la tanza del rosario y del auto de las luces sale un tiro y otro inexplicable estalla el vidrio de atrás y revienta el rosario y la espalda del asiento y otro tiro atraviesa el vidrio delantero y la nena se mete en el hueco del acompañante y Pepe Pedro o cualquier otro nombre volantea con el cuerpo dado vuelta pura buscar a la nena y ve la Barbie, la remerita, lee Sweet & Honey, un tiro le da en la mandíbula y lo desmaya con el pie apretado en el acelerador. 

Pepe Pedro o cualquier otro nombre todavía está al volante y el auto en marcha cruza la esquina, sigue toda la avenida, pasa la verdulería y el negocio de las empanadas, la publicidad de Tarjeta naranja y atrás el Peugeot 504 le sigue disparando porque Pedro Pepe o cualquier otro nombre no frena y huye inconsciente, pasa a las amigas que salieron de la escuela, pasa un árbol de otra esquina y sigue limpio con el volante flojo toda esa cuadra hasta que el cuerpo se le ladea un poco y se equivoca de dirección y con la cabeza triturada por el tiro número tres se sube a la vereda, atropella a una mujer de 35 años y a su hijo de seis y choca contra un Kangoo. El conductor y su señora son de nacionalidad coreana, sufren heridas. Pedro Pepe o cualquier otro nombre es responsable de homicidio culposo. El auto de la policía sin identificación dispara dieciocho veces más. Ocho tiros le dan en el torso, los brazos, el estómago. Los vecinos golpean las ventanas porque lo quieren reventar a patadas. 

El cuerpo de la mujer parece moverse pero es la cartera que se suelta del hombro. El chico cayó dos metros más allá. Al tipo lo internan en el Hospital Peona. Se salva, lo condenan a 30 años de prisión. Su abogado apela tres veces pero la sentencia no se remueve. Operativo cerrojo. Todo esto es verdad. Pepe Pedro o cualquier otro nombre tuvo la suerte de tener un auto blanco, realmente no hizo nada más que tener un auto blanco. Ese día desierto había ido a buscar a su hija al jardín, en su auto blanco. 15 horas. 

Esa noche Hafiz emprendió su camino a la luna. En la oreja, mientras llegaba, escuchaba a los gusanos rumiar. No es que comprendiera el sonido, no sabía con qué compararlo. Pensó en una lija, pensó en el trabajo de las hormigas, en un pozo ciego. El curabichera es un producto para el control de gusaneras. En aerosol, pomada o gel, no llega al flujo sanguíneo, actúa sobre las larvas de la herida. Para tratamientos profundos se recetan otros químicos. La sangre también la oía, cuando los gusanos no cabían en la carne se apoyaban sobre la sangre seca y crujía. Cuando llegó, de pronto vio el paisaje y creyó entender. Quiso prender una fogata, quiso olvidar sus vergüenzas. Algo está bien aquí, se dijo, hagámoslo así, se dijo, entonces oyó cómo lo envolvían en una bolsa de nylon y sonrió en la oscuridad. 

Gómez, Nadia. Bichos raros, Buenos Aires, Palabras amarillas, pp. 29-32.

jueves, julio 23, 2020

Bob Chow en el basurero de la historia

Bob Chow, novelista argentino. Esta es una invitación a leer a Bob Chow. Ahí están sus novelas, a mano, en un terreno bombardeado, conocido como La Gran Llanura de los Chistes. El recorrido por las móais de la literatura argentina actual está planteado: El momento de debilidad, El Águila ha llegado, La máquina de rezar, Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, Chocar al mono, Invierno de impacto. También hay pequeños monolitos: recopilados en la antología Mañana será diferente; otro publicado por la revista Invisibles "El Batman de San Marcos Sierras"...
Hace unos años, cuando Bob Chow ganó un premio con su novela Todos contra todos..., le hice algunas preguntas. Luego, me tocó o decidí escribir un par de reseñas sobre sus novelas El Águila ha llegado y La máquina de rezar para algunas revistas virtuales. Bob Chow traía buenas noticias al mercado editorial, que se caracteriza por su homogeneidad, por su insistencia, por su meseta...
¿Por qué leer a Bob Chow? Porque en sus novelas hay humor y aventuras, tramas de delirio y tecnología. Los fantasmas de Pynchon y Burroughs juegan rol en el siglo XXI. Dejo un par de reseñas que escribí en aquel entonces y la invitación a conocer el mundo de Bob Chow. ¡Bienvenido, Bob!


Bob Chow, El Águila ha llegado, Nudista, 2016.

A partir del encuentro con el Águila, Chow desdobla la narración e introduce, como si de una muñeca rusa se tratara, una novela escrita por Solange Segula que arrastra el relato a niveles delirantes comparables con las novelas de Thomas Pynchon. A partir de esta subnovela, de corte policial-paranoico, el presidente Scioling, chinos hasta en Marte, asesinos seriales del futuro y extraños hologramas místicos comienzan a cruzarse con las canciones de Segula, sus visitas a una psicóloga y la espera del hombre en coma en la Clínica Kimifusa. Como lo quería William Burroughs, en la novela de Chow, el lenguaje humano es un virus: se replica, contagia, infecta de delirio y paranoia la trama del paciente y su compañía.

Se puede leer completa acá.



Bob Chow, La máquina de rezar, Ed. Marciana, 2016.

Efectivamente, se esfuerza la máquina de noche y de día y el protagonista conoce a Valentina en Amsterdam, prueba una marihuana increíble llamada Alien Technology y, luego, a los dos les sale una película para filmar un Batman alternativo, trash, tercermundista. Se van, entonces, para Irak, lugar elegido como locación. Llegan a Bagdad, parque de diversiones del mal, y filman, filman y filman esperando nuevas instrucciones del director, directivas a distancia. Además de filmar, cojen y fuman y andan por ahí, embelesados por el territorio en el que cayeron, como aliens recién llegados a la Tierra.

Se puede leer completa acá.

sábado, mayo 09, 2020

"El gran zapallo", un relato de Belén Sigot

Leí la novela Vacas (emr, 2018), de Belén Sigot y quedé asombrado. En la estela de Miguel Briante, Sigot arma un relato coral en el que la vida de un pueblo se desequilibra por vacas mutiladas, inundaciones terribles y luces en el cielo. Cualquier que me conozca o que me pida recomendaciones de literatura argentina contemporánea, sabe que esta novela corta está entre una de mis preferidas. El núcleo narrativo de Vacas es el chisme, el rumor, el secreto, y Sigot maneja muy bien ese juego de versiones, reversiones y los "se cuenta que...". 


Después de leer la nouvelle y de ponerme en contacto con su autora, leí su libro de cuentos Entre las chircas, un libro digital que supo estar online en la editorial extinta La colección, allá por 2017. En ese libro, Sigot entrelaza un relato con otro para también recomponer la historia de un pueblo, como un puzzle, y hacer circular un secreto como hilo conductor. Su capacidad descriptiva, su construcción de escenas mundanas, naturales y sutiles, hacen de Belén Sigot una narradora para atender.

Generosamente, nos compartió su relato "El gran zapallo", de Entre las chircas. Pasen, lean y descubran una nueva voz en la literatura argentina.


El gran zapallo (Belén Sigot)

Blanco las hace subir a ella y a Chocha a la camioneta. Se ríe hasta por los codos, y ella piensa que si la radio del tablero no estuviera rota desde hace tantos meses, él la encendería y se pondría a tararear valses acordeonados. Blanco se ríe mucho, y eso que tiene la boca acostumbrada a rezongar a toda hora. Los ojos celestes le chispean de alegría como en esos diciembres en que, al volver de la cosecha, los carretones repletos de trigo se acoplan tras los tractores en una caravana inacabable, y tamborilea con sus manazas sobre el cuero del volante como si siguiera el compás de alguna música que ha de estar sonando en su cabeza. Tal vez hasta tenga ganas de abrazar a Chocha.
Cada vez que Blanco las hace subir a la camioneta hay tres destinos posibles: el cementerio de San Justo, los vastos campos y la casa abandonada en las lindes del monte, o la granja en las afueras del pueblo, donde él tiene sus vacas para ordeñar, sus galpones destinados a la cría de pollos, su chiquero y su plantación de hortalizas. Por donde pasa Blanco, algo planta: paraísos, cedros y perales en la primera casa que construyó, para Chocha y los hijos que vendrían y vinieron, casi en las orillas mismas del monte; sorgo o alfalfa o lino o trigo, según el mes y según el año, en cada hectárea del campo; arroz a la par del arroyo; rosas, petunias y nomeolvides en el jardín de la casa en el pueblo; helechos y azaleas en las macetas bajo el parral; cebollas de verdeo, lechugas arrepolladas y habas en la huerta bien protegida por un cerco y latas vacías que tañen en la brisa y espantan a los benteveos. Tanto planta Blanco que hasta dos huertas necesita: la prolija y delicada de la casa y la de los frutos rústicos y las ramas indisciplinadas en los terrenos de la granja. En la de la casa, los tallos de las tomateras entrelazados en los tutores de caña de castilla, los rabanitos de piel morada, el aroma de la albahaca y el perejil. Y los árboles apenas más altos que un hombre y bien cargados en la estación correspondiente: los limoneros, los mandarinos, los botones diminutos de los quinotos. En el lote de la granja, las guías ásperas de los zapallitos angola, las calabazas de cogote retorcido y con la cáscara manchada como la piel de las culebras, los moñatos hundidos en la tierra abonada por la bosta de las vacas y la labor de las lombrices. Y el sol a raudales sobre la quinta, sin nada que lo ataje. Solo un árbol de granadas desparramando su sombra sobre la gramilla en la punta del terreno.
Desde la casa donde viven ella y la madre, al pie de la lomada, es fácil ver los galpones, las vacas Holando, las puntas de los pinos que se contonean en la brisa. Y si al lado de la camioneta alcanza a distinguirse el vestido de Chocha, y si la madre no tiene nada que hacer, ambas empiezan la ascensión: primero entre las chircas, detrás de la casa, después la tranquera, el caminito y ahí arriba Blanco y sus manazas y Chocha y las puntillas de sus vestidos estampados. Pero casi nunca es necesario subir a pie porque casi siempre Blanco y Chocha las pasan a buscar.
Y allá en los terrenos de la granja, mientras Chocha ceba mate, siempre hay algo en que la madre puede ayudar: arrancar yuyos a los surcos, alcanzar unos tarros con agua para los chanchos, atajar a los terneros si se ponen ariscos y le arisquean al encierro a la hora del atardecer.
Ella, entretanto, levanta unas chapas que han quedado abandonadas entre los galpones y se divierte con los regueros de ratones que salen disparados en ráfagas grises, o ahueca las palmas y sostiene a los pollitos, y ellos se le adormecen en las manos y palpitan como si el corazón les ocupara todo el cuerpo, y si la timidez no le cierra la garganta, le pregunta a Blanco si puede ensillarle la yegua, y entonces se dedica a ir y a venir por el caminito que va hasta la tranquera mientras ese olor a crines y a caballo la pone feliz como en las noches en que, desde su cama, escucha el ulular de los pinos de la granja ahí arriba de la lomada y puede imaginarse, en la oscuridad, que su casa es una casa mejor.
Blanco tamborilea y parece que canta por dentro. Cuando llegan, estaciona la camioneta a la sombra del eucaliptus pero no va a mirar a los pollitos, ni le importa que a las vacas no se las vea cerca, ni se apura en llevar agua al chiquero. Achata con su pie los dos hilos bajos del alambrado y con una de sus manazas estira hacia arriba el otro hilo. Chocha pasa primero y muy lentamente, cuidando que ni el lomo ni el ruedo del vestido se le enganchen en las púas, y ella después y más rápido, como zambulléndose a través de ese agujero. Blanco pasa último pero en cuatro zancadas les saca distancia. Parece a punto de correr, él, que nunca corre, que siempre anda tan firme por sobre el mundo. Y extiende el brazo, la manaza, el dedo, pero no es necesario tanto señalar: es imposible no verlo. Redondo, anaranjado, enorme como la panza de una embarazada: el zapallo más grande del universo ha crecido en la huerta de Blanco.
El zapallo crece un poco más cada semana, y las calabacitas y los angola esparcidos aquí y allá se achican, también, a la par de su agrandarse. Por detrás de la quinta, más allá del árbol de granadas, pasa la calle: los pescadores que vuelven del arroyo, el traqueteo de los tractores, los patrones que van a vichar a los menchos en los sembradíos, los gurises que salen a matar pájaros con la honda, y la gente que enfila con sillones de lona bajo el brazo hacia la cancha del Depro los domingos. Blanco arma barricadas con las guías, las apuntala, amucha ramas de chircas, lo rodea de hojas como si lo arropara y apela a todo lo que pueda evitar que los intrusos descubran al zapallo desde la calle: una chapa de zinc acá, una pila de ladrillos allá. Pero hay un momento en que esa pelota anaranjada, tan inmensa, se vuelve un secreto inocultable.
—Me lo van a robar —decreta Blanco—. Mañana lo llevo a la casa.
Y al otro día, el enorme zapallo resplandece en la casa de los Miyard. Lo ponen en la sala del fondo, al lado de la batea que se usa para las carneadas. La madre va y viene como todos los días: con la escoba, con una parva de camisas de grafa para desengrasar, con los baldes que huelen a desinfectante para piso. Blanco y Chocha miran hipnotizados al zapallo. Las cadenas de la balanza para pesar los chanchos, desparramadas sobre las baldosas, son como víboras moteadas de herrumbre.
—Cuarenta y nueve kilos —repite Blanco.
—Hay que mandar venir al Beto Baiz esta tarde —dice Chocha—. Y avisarles al Rogelio y al Lincho para la foto.
Esa tarde, ella se viste de rojo, como le gusta: la pollera, la remera, la vincha ancha. De colorado casi de pies a cabeza, porque ya zapatos de ese color habría sido mucho pedir. Es su atuendo preferido: descubrió a esas prendas y a la vincha en uno de los montones de ropa que, cada tanto, alguna patrona le da a la madre. Y desde entonces, las usa cada vez que la ocasión lo amerita. Cuando llega, ya están los hijos, las nueras y los nietos de los Miyard. El Beto Baiz aparece al rato: rodea al zapallo, lo palmea, dice que es una cosa de lo más impresionante, y después lo felicita a Blanco. Va hasta el auto y vuelve con la cámara fotográfica. Desgarbado, con esas piernas zancudas como patas de cigüeña y su sonrisa de comerciante en el rostro caballuno.
Los cuatro primos juntos; ahora los tres del Rogelio; la del Lincho sola; apoyenlá contra el zapallo, que se sostenga solita que ya puede; los dos más grandes, así, uno en cada punta; las tres nenas; el varón solamente; abracen el zapallo, toquenló, miren al Beto; mirá el pajarito, Sandrita.
Y los nenes hacen lo que los padres, los abuelos, indican: estiran los dedos, rozan el zapallo, apoyan las manos. Y sonríen a la cámara como saben sonreír a los fotógrafos los niños acostumbrados a las muchas fotos.
Ella, parada junto a los grandes, detrás del Beto Baiz, sabe qué toca cada mano: qué rugosidad, qué lisura, qué verruga, qué agujerito. Ellos van descubriendo al zapallo, ella ya se lo sabe de memoria.
Parensé; arrodillensé; sentala a la Sandrita arriba tuyo. Junten las cabecitas, así, así. A ver, Dante, que le estás tapando la cara a la Daniela. Y vos, Margarita, acomodate el flequillo.
El atardecer empieza a caer. Y su pollera roja que no tiene bolsillos donde guardar las manos. Ella, junto a los grandes, y los gurises en torno al zapallo que nunca antes han visto.
—Y ahora que se ponga Lelén también.
La voz de la Gugú, que había estado dormida en medio del jolgorio de las demás, se despertó.
—Y ahora que se ponga Lelén también.
La voz y las manos de la Gugú que la empujan hacia adelante y la hacen entrar al territorio de los gurises y el zapallo.
Y la tarde que deja de correr.
Una vez las manos de la Gugú la empujaron así. Fue un domingo en el arroyo, en el campo de los Miyard. Sandrita aún no había nacido y la Gugú hacía poco que se había casado con el Lincho. Pero ya desde antes de que fuesen marido y mujer, cuando eran solo novios, la Gugú manejaba los tractores, ponía en marcha el motor de la arrocera, le vigilaba las bicheras a las vacas. En cambio a la Briyit, la otra nuera de los Miyard, es imposible imaginársela entre los pastizales del campo. La Briyit lleva las uñas bien pintadas: todas, las de los pies también, y ya en septiembre empieza a embadurnarse el cuerpo con aceites y a tenderse bajo el sol para que la piel se le vuelva de color oro. Pero la Gugú tiene un pelo espléndido, largo y negrísimo, al que se lo desenrolla como quien desarma un turbante, y por más que siempre ande de pantalones abombachados y de botas de goma, es lo más parecido a una princesa que ella ha visto nunca.
La Gugú la fue llevando en brazos por el arroyo bastante más lejos de donde estaban los demás, la llevaba a ella entre los brazos y lo iba arrastrando a Blanco con esa voz suya que a veces se despierta. Chocha, el Lincho, la Madre, unos Piñón que son amigos del Lincho y que habían llevado un bote, fueron quedando detrás de un recodo. Y de golpe, la Gugú, sin avisar, la empujó por el agua hacia los brazos de Blanco. Blanco la abarajó entre sus manazas y quedó tieso, como sin entender. Pero la Gugú estiró los brazos, y siguió sosteniendo a Blanco con la voz, y él debe de haber comprendido, o debe de haberse dado cuenta de que no había nada que comprender. Y aunque al principio estaba serio, después empezó a reír. Y reía la Gugú, y reía Blanco y reía ella. De los brazos de Blanco a los de la Gugú, y de los de la Gugú a los de Blanco. Y los ojos de Blanco que relumbraban como en los diciembres de carretones llenos, cuando la cosecha fue buena. Y el agua amarronada del arroyo que los tapaba a los tres hasta la altura del corazón, y las piernitas de ella que chapaleaban y flotaban sin miedo a que la dejaran hundirse. Y el pelo de la Gugú derramándose sobre el agua como una seda acariciadora.

El domingo llega el diario. “Gran zapallo en Pronunciamiento”. Pero en la foto no se luce: una pelotita gris sobre un fondo gris un poco más claro. Eso puede ser un zapallo de cuarenta y nueve kilos, o un zapallo común y corriente, o una naranja, o una arveja.
—Qué macana. No sé por qué el Beto mandó esa foto —refunfuña Chocha—. En la que están los gurises se nota bien.
Y le muestra la foto en que están los cuatro nietos casi tapados por el enorme zapallo. Ella asiente y le responde que sí, que la foto con los gurises hubiese quedado mucho mejor.
En la foto que la madre va a buscar el sábado, después del cobro, a lo del Beto Baiz, están los nietos de Blanco y Chocha, y ella: alta, roja, demasiado grande para su edad. Una giganta de siete años. Hasta a Dante le saca una cabeza, y eso que él es mayor. Las otras nenas llevan vestidos llenos de volados y puntillas: los que Chocha les cose después de haberlos dibujado en moldes de papel de diario. La madre guarda la foto en una caja de zapatos, junto a la que el Beto le sacó a los tres años, la de los cuatro, la de los cinco en el jardín de infantes, la de los seis en la escuela. Fotos suyas de bebé nunca hubo, pero la madre le contó que en esos primeros tiempos tuvo el pelo del color de las barbas en los choclos maduros: amarillón, apenas tostado. Una gringuita, le dijo una vez la tía Amada.
Al zapallo Blanco lo pone en la pieza del teléfono: al lado de las vitrinas con los premios que el Rogelio y el Lincho ganaron en las carreras de karting y de auto. Trofeos, medallas, diplomas, y el zapallo. Cada vez que alguien viene, lo hacen pasar y se lo muestran.
—Y eso que lo corté antes —dice Blanco—. Si no, capaz llegaba a los sesenta kilos, o más, quién te dice.
Vamos a tener dulce para rato: ella escucha esa frase y se imagina una olla descomunal, el aroma y el gorgoriteo del caramelo, las cascaritas de naranja para perfumar y una hilera infinita de frascos. Quién sabe cuántos les darán a la madre y a ella para que se lleven.
Una mañana, por fin, deciden cortar el zapallo. Chocha ya ha calculado cuánta azúcar y cuántas ollas van a necesitar. Blanco trae la cuchilla que usa para los degüellos de los chanchos. La clava en la corteza: es muy dura, se nota en el modo en que empuña el mango. Hace fuerza, pero casi enseguida el zapallo cede y la hoja se desliza alivianada. Demasiado alivianada. Está podrido. No logran rescatar ni siquiera una rodaja en buen estado.

Sigot, Belén (2017). Entre las chircas, La colección.

lunes, abril 13, 2020

Mameluco, un relato de Aquí se restauran niños y vírgenes, de Verónica Barbero

Detrás de un título espectacular, Aquí se restauran niños y vírgenes, Verónica Barbero arranca una serie de relatos incómodos, violentos y extraños. El libro, publicado por Minibus ediciones en 2018, tiene un gran mérito a veces olvidado en la literatura argentina actual: la creación de un mundo con sus propias reglas.
Ese pequeño mundo está poblado por objetos y personajes asfixiantes que recuerdan a Silvina Ocampo pero también a Héctor Lastra y a Amalia Jamilis. El cejijunto, el cuadro del Sagrado Corazón, el chico de la honda, el gato Porfirio, el mameluco hechizado son algunos de los elementos narrativos que otorgan densidad a la propuesta de Barbero.
Si Aquí se restauran... arranca de un modo desconcertante, luego una trama se va urdiendo ante la lectura y ese mundo provincial y fantástico, añejo y atrapado en un eterno presente, inocente y violento se vuelve autónomo. ¿Cuándo perdieron los escritores argentinos la confianza en la literatura como máquina creadora de universos?
Verónica Barbero intenta recuperar ese gesto demiúrgico en su primer libro de cuentos Aquí se restauran niños y vírgenes. Al cerrarlo esa atmósfera de tensión inocente queda incómodamente mezclada con nuestra propia realidad y miramos abajo de la cama con miedo de encontrar al cejijunto que acomoda sus cuchillos con paciencia y desconfianza.


Muy amablemente Verónica Barbero cedió este, uno de los mejores cuentos de Aquí se restauran..., titulado "Mameluco".

Mameluco (Verónica Barbero)

La abuela acercó su cara a la mía, pensé que iba a darme un beso pero le dijo al botón: —¡Listo! —mientras lo abrochaba en la base de mi cuello. La palabra activó la tela que se ajustó a mi cuerpo, cubrió mis manos y mis pies, también mi boca dejando afuera mis ojos que se llenaron de lágrimas y mis pelos desgreñados. La etiqueta con la marca, cosida sobre la prenda, presionó mi nuca obligándome a agachar la cabeza. Ese lunes, y sé que era lunes por el portazo de mamá al irse a trabajar, lo último que vi a la altura del horizonte fue el mameluco de la abuela igual al mío. De haberme dicho que iba a usarlo siempre, yo hubiera elegido un vestido que haga juego con mis aros. Recuerdo la cara de mamá al verme, aseguraba que me quedaba hermoso aunque estaba sucio con manchas de sangre y olor a cebollas, igual al de ella.
—Todas lo usan desde que cumplen seis —dijo—. Le pongamos un nombre para que se hagan amigos —y se quedó mirando al mameluco sin que se le ocurra ninguno. Yo ya lo conocía de antes, colgado en una percha juntos a otros iguales adentro del ropero de la abuela o paseándose por la casa, siempre sucio, siempre azul, con la forma de otros cuerpos. Me quedaba como cosido sobre la piel, yo tenía la esperanza de que, cuando me haga grande, las costuras cedan y me permitan usar ropa diferente con telas menos duras, con confecciones menos tensas. Tan ajustado lo sentía en las rodillas que desde ese día me deje llevar por él, caminando con pasitos cortos. Aquella tarde salí a la puerta de casa para presentar el mameluco a mis amigos. El chico que me gustaba clavó su mirada en la prenda, estábamos solos en la vereda, se acercó con su mano extendida hacia mi cara. De un bolsillo del mameluco asomó un papelito escrito en letra de molde: “HAY QUE ABRIR LA BOCA Y CERRAR LOS OJOS.” Yo, por el olor, sabía que el chico no me ofrecía un caramelo pero el mameluco dejó al descubierto mi boca.
—¡Aca seca! ¡Comiste aca seca de gallina! —se rió el chico y después salió corriendo. Volvió dispuesto a atacarme con una pata de pollo a la que todavía le colgaban unas hilachas de carne. Mamá y la abuela me recibieron con orgullo cuando llegué a casa con los primeros garabatos de grasa sobre el mameluco.
—Tu madre nos arruinó la vida, era una mujer insoportable —le dice mamá a la abuela—. Mirá lo que se le ocurrió regalarte para tu cumpleaños —y señala el ropero que es una molestia en el centro del living porque la abuela no quiere que lo muevan, está ahí desde que lo trajeron hace años.
—No pienso abrirlo —dice mamá. Ojalá explote.
La abuela no le hace caso, sigue concentrada en la cocina revolviendo una olla. Yo no tengo miedo de abrir, allí guardo mi colección de moños, aunque la tengo abandonada hace tiempo porque tengo que hacer lugar a los papelitos que salen del bolsillo. Al comienzo las instrucciones brotaban de a tres o cuatro por día pero la frecuencia va en aumento según pasa el tiempo. Deben guardarse una vez cumplidas, están escritas en forma muy prolija sobre rectángulos de papel blanco que miden siete por siete por lo que es fácil apilarlas en columnas que, a medida que crecen, van desplazando a mis moños hacia un costado. Alguna vez he pensado en tirar algún papelito pero de inmediato aflora una orden del bolsillo y aleja ese pensamiento: “HAY QUE REPASAR, HAY QUE REPASAR.” Releo las instrucciones una por una y vuelvo armar las torres. Tengo la certeza de que las reglas no son elegidas al azar; son parte de un código que sólo el mameluco conoce y deben cumplirse urgente. Las prescripciones parecen de una naturaleza antigua porque pueden ser feroces, como desollar vivo a alguien, o delicadas como no torcer el cuello de una gallina delante de los niños. Las que le tocan a la abuela dicen: “HAY QUE CUIDARLOS.” Ella no las cumple, por eso le salen repetidas, ya que los bebés se le mueren en brazos invariablemente. Ella deja sus cuerpitos bajo el cuadro del Jesús que te mira, el que ella dice que los convierte en ángel.
Las hileras de papelitos crecen tanto que tocan el techo del ropero. Apoyo sobre la primera pila la orden cumplida de hoy temprano: “HAY QUE COGÉRSELO AL VIEJO.” Eran las nueve de la mañana, yo estaba en la cola de la caja del súper, parada detrás de un señor con tos. Calculé que tendría unos ochenta años, me pareció muy viejo pero otro papelito insistió: “HAY QUE COGÉRSELO A ESE VIEJO.” El mameluco tomó de la mano al viejo y lo llevó tras una góndola; se desabotonó solo sin que yo pueda evitarlo. Me dejó ver desnuda e hizo entrar al hombre. Fue un sexo quieto, entre los tres: el mameluco abrazándonos, el viejo escupiéndome mientras tosía y me besaba. No pude evitar limpiar con mi lengua la flema que chorreaba de su boca.
Guardo en el ropero esta prescripción cumplida durante la mañana, tratando de no desordenar la hilera. Los moños se resbalan hacia afuera, casi no les queda espacio. Como si hubiesen cobrado vida, se desparraman por el piso de la casa en un intento de no ser devorados por las torres de órdenes monstruosas. La abuela los levanta de a uno mientras barre y los prende con un alfiler de gancho a mi mameluco del que cuelgan marchitos, descoloridos.
Ya olvidé cómo es mi cuerpo desde aquel lunes en que la abuela me regaló la prenda. Sólo la mirada sobre él de Gertrudis, la vecina, me recuerda que lo llevo puesto. Ella pasa mucho tiempo asomada sobre el hueco donde se desmoronó la tapia. La abuela dice que no hay que tenerle miedo, que no lo hace para espiar, sino porque ahí lava la ropa y de paso nos cuida la casa. Yo no le tengo miedo a ella sino al lunar sobre su frente donde palpita una idea fija sobre la que no quiero preguntar porque incomodaría a mamá y a la abuela, estoy segura que la respuesta implicaría una explicación larga y, desde hace un tiempo, ellas optaron por hablar poco, con frases cortas ya que sus voces y la mía retumban adentro de los mamelucos y casi no nos entendemos entre nosotras.
Ya tengo la altura suficiente para mirar qué hay al otro lado de la tapia, el mameluco lleva mis pasos hacia allí. Puedo ver un pasillo angosto con una pileta de lavar y una ventana en penumbras donde no se ven focos ni lámparas, la sombra de Gertrudis sobre la pared se agranda a la luz de las velas. Su vestido se abre abajo como paraguas, deja al descubierto sólo su cara lisa y sus manos. Las paredes del lugar están llenas de estantes con rollos de una tela áspera como la de mi mameluco, sobre uno de ellos descansa la gata negra, la de los techos como la llama la abuela. Por ella, duermo tapada hasta la cabeza porque entra por las noches en mi cuarto y no hace ruido cuando brinca sobre mi cama.
—¿Acaso me han abandonado? ¿Dónde están mis sirvientes? —Gertrudis habla con voz grave haciendo sonar las eses como zetas, es la única persona que conozco que hable así—. Vaya novedad, hojeando esas fotonovelas en horario de trabajo. ¿Quién te has creído que eres? ¡Vuelve a tu labor! —le dice a la costurera wichi y le planta un varillazo en la espalda, parece que no le duele porque ella se inclina y canta.
Roza con sus trenzas negras la tela que cubre la mesa y corta siguiendo los contornos de unos moldes con distintas formas, unos de manga y otros de cuello de camisa. Gertrudis se sienta a la par, toma una tira larga de papel que después corta en rectángulos y apila a un costado. Su cara es una luna llena, resaltan sus labios pintados de rojo y el pelo negro tirante hacia atrás. Cuando la costurera wichi eleva su voz, el lunar late en la frente de Gertrudis y, con esa cadencia, escribe sobre los papelitos. Si el canto es violento así son los trazos que imprime, en otros momentos, se vuelve dulce y los ojos achinados de Gertrudis se ablandan. El trance concluye cuando la costurera wichi termina de cortar las piezas. Ambas descansan en silencio. La gata de los techos se despereza y restriega su cuerpo contra uno de los rollos.
—He asumido el compromiso de lograr la verdadera transformación, la que jamás pensamos presenciar, con toda la carga de responsabilidad que eso conlleva. Por eso se debe tratar con sumo cuidado el género, sus filamentos son inteligentes y muy sensibles, con muchísimas virtudes para ejecutar tareas que exigen esfuerzo, sacrificio, claridad de ideas, guiadas por una gran energía que la encauza mi sentido de prudencia y equilibrio —Gertrudis habla como si estuviese subida a una tarima ante una multitud—. He aceptado toda responsabilidad de la carga de la creación de las normas que nos permitirán desarrollar las vidas que aspiramos, fortalecer las capacidades y dar contenido real. Existen fuerzas poderosas que me guían, sabemos que el esfuerzo para crear bases estables pasa justamente en superar las deformaciones asentadas en la mentalidad colectiva, en superar lo antinatural, con el deseo esperanzado, con la cabeza y el corazón y la mirada hacia el futuro. ¡Pero tú qué puedes saber de esto! No has imaginado algo así en tu vida. Tú sólo piensas indecencias como las que empleaste para seducir a mi hijo.
La gata de los techos lame un pedazo de tela que cuelga de la mesa como si quisiese comprobar lo expuesto por Gertrudis. Ella la aparta de un manotazo.
—Este animal nunca duerme. Anoche no la echaste afuera y no me dejó dormir. Aunque sea muy cariñosa no la quiero adentro.
Es raro, la gata no se despegó de mí en toda la noche, creo haberla bajado entre sueños varias veces.
La costurera wichi suspira.
—Aquí no puedes quejarte, en mi casa no tienes ni voz ni voto —dice
Gertrudis—. Qué equivocada estabas empeñada en casarte con un noble hidalgo español para lucirte. Lo persuadiste, creías que tu descendencia vestiría encajes, india infeliz! ¡Toma y cose sus atuendos! —le tira un nuevo rollo sobre la mesa. —Será mejor que no olvides que sólo a mí responde la unidad de procesamiento que recibe los datos, así se lo he pedido al fabricante, soy la viuda del noble hidalgo, tengo mis influencias. Todo está bajo mi control, tanto la recepción de los datos como su procesamiento, la información que resulta es interpretada según mi criterio —camina de una punta a la otra del pasillo con una sombrilla que la cubre del sol, elevando tanto el tono de su voz que seguro la escuchan mamá y la abuela dentro de mi casa—. Es imposible que escapen de la maldición. Tu estirpe está condenada al dolor y al constante sometimiento hasta la séptima generación. Así lo digo.
El mameluco presiona levemente mis antebrazos como una caricia. ¿Sabrá de quién habla? Yo prefiero no conocer tanto acerca de su esencia además me da vergüenza que ella se refiera a él de esa manera.
La costurera wichi toma la tela, la extiende sobre la mesa y se ponea cantar otra vez.
Gertrudis apoya la punta del lápiz sobre el papel pero se detiene, las palpitaciones del lunar no siguen el ritmo.
—Se me ocurre un experimento para comprobar la resistencia de la tela. Hay que seguir las ideas, las ideas quedan, debemos evocar las certidumbres, esa es mi función. Por favor, deja ya tu canto.
Mi bolsillo hace ruido al asomar un papel, la costurera wichi levanta la vista, no le da tiempo al mameluco a esconderme, ella me mira con una sonrisa desanimada y tierna. “HAY QUE ENTRAR, NADIE TE VA A CUIDAR COMO ÉL.” El papelito resbala de mi mano y cae al piso. Mis pasos me alejan de la tapia para llevarme hacia la calle, hasta una casa pintada de rojo en la misma cuadra. Sobre la fachada, un tipo espera apoyado contra la pared, cuando me ve chasquea sus dedos como llamando a un animalito. Mi corazón se acelera cuando me invita a entrar y pone la tranca en la puerta. Lame mi mameluco dejándolo pegoteado. Después me pega en la cara, me escupe y dice que soy su puta. Se enoja cuando se le quiebran las uñas al arañar el género áspero que me cubre. En algún lugar, los labios pintados de rojo de Gertrudis sonríen por el éxito de la prueba. El mameluco me lleva a descansar sobre mi cama. Esta vez lloro, lloro dentro de mi amigo, la tela roza mi piel. Me duelen los brazos y las articulaciones, sólo quiero dormir aunque mis pensamientos jamás llegan a la superficie. Vomito sobre la almohada.
Está oscuro todavía, me despierta un griterío desde el living.
—¡Traigan una ganzúa! —Gertrudis y la costurera wichi tironean la puerta del ropero que está trabada. Cuando ellas entran por las noches a colgar los mamelucos, nosotras hacemos como que no las vemos lo que hoy es imposible por el escándalo que armaron.
—¡No rompan la cerradura! Ya abro —hago girar la manija, hace un sonido leve en el pestillo, algo salta desparramando en el piso los papelitos. La gata negra de los techos choca contra mis piernas y se mete debajo de mi cama. Un cono de luz se filtra por la puerta entreabierta, ilumina sus ojos amarillos que miran mi mameluco con una extraña fascinación.
“HAY QUE DARLE DE COMER.” dice un papelito en mi bolsillo.
—Yo no escribí eso —Gertrudis mira la lapicera que empuña en su mano derecha la costurera wichi—. ¿Quién te imaginas que eres? ¿Cómo te atreves? —levanta su brazo amenazándola. La otra mujer la empuja y ruedan juntas por el piso de la casa.
Mamá y la abuela, levantadas por los gritos, las ven pasar.
—Ya es hora de que alguien les avise que están muertas —dicen entre ellas.
“¡NO HAY QUE DARLE DE COMER A ESA BESTIA!” Sale un papelito con esa leyenda.
—¡No es una bestia! —mi voz se pierde hacia adentro del mameluco.
Camino dos pasos y aparece otro papel: “¡HAY QUE DARLE DE COMER AHORA!” y otro papel: “NO, NO HAY QUE DARLE.”, salen uno, dos… seis.
Gertrudis y la costurera wichi han abandonado la pelea para escribir papelitos que desaparecen, pero no salen ya de mi bolsillo, como si algo adentro se hubiese roto.
—Vamos a darle de comer —digo. Me parece extraño, las palabras se escapan entre las rendijas de las costuras y se propagan por el aire. Traigo la olla de la abuela con la sopa y la apoyo sobre el piso junto a mi cama. El humo de la comida caliente flota alrededor de la gata de los techos haciendo formas estrambóticas que al separarse dejan ver sus miembros huesudos con llagas. No come, su boca está llena de papel y respira con dificultad. Coloco mi mano sobre el lomo, siento su corazón que late agitado parece estar muriendo.
Ya amanece. Del ropero viene un llanto de bebé.
—¿Qué es esto? ¿Ya me morí y estoy en el limbo? —dice mamá.
La gata negra acaba de parir en el interior, descolgó de las perchas los mamelucos y los deshilachó para formar el nido. Se comió la mayor parte de las torres dejando unos cuantos rectángulos aplastados entre pelos y sangre.
—Hay que matar a esa gata inmunda y a su hijo, traigan el veneno —dice Gertrudis.
—Me mato si no la dejan que se quede. Estoy cansada y decepcionada. Menos gastos para todos —dice mamá detrás de mí, saca la corbata que usa bajo su mameluco y estira su brazo hacia arriba como si fuese a colgarse de alguna viga imaginaria—. Hay que irse de esta casa. Está maldita.
La abuela con sus brazos abiertos se interpone entre Gertrudis y el ropero, le recuerda es de su propiedad y que no es asunto suyo lo que pasa ahí adentro. Ruega que no maten a la gata y al gatito porque ahora son de la familia y se desmaya.
Introduzco mis dedos en la boca de nuestra gata redentora para extraer los bollos de papel atorados en su garganta. Todavía quedan trazos desteñidos, parecen jeroglíficos que dan cuenta de la caída de algún imperio. Lanza un maullido débil y toma una última bocanada de aire antes de quedar inmóvil bajo mi cama. Gertrudis se apodera del gatito gris en el ropero.
—Tráiganlo aquí que le doy el pecho. ¡Ay me muerde! Qué lindo bebé, deben quedarse con éste, van a llamarlo Porfirio y sus ojos grises no se cerrarán jamás —ella lo esconde bajo su miriñaque. El gatito araña sus piernas y lame su sangre.

Barbero, Verónica (2018). Aquí se restauran niños y vírgenes, Tucumán, Minibus, pp. 11-17.

viernes, febrero 28, 2020

Habitar una casa. Sobre Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez


El único modo de leer una novela de casi setecientas páginas es habitarla. En este sentido, un buen libro de esa extensión se revela, particularmente, en su estructura, en el modo en que fue organizado, en sus espacios. ¿Cuáles son los planos de una novela larga? ¿Cómo se confeccionan? En este tipo de novelas, cada capítulo puede ser un habitáculo en sí mismo, conectado mediante pasillos o pasadizos con el resto de las habitaciones. Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez (Anagrama, 2019), es una casa. Una asolada, embrujada, desencarnada. O tal vez sea muchas casas, todas inquietantes.
La reseña sobre el último novelón de 667 páginas de Mariana Enriquez sigue en la revista virtual Arte Zeta.

martes, julio 25, 2017

Una pedagogía afectiva (sobre La lectura: una vida..., de Daniel Link)


Esta reseña fue redactada y gentilmente entregada por el amigo Alan Ojeda.

Hace unas semanas presencié una discusión en torno a los dichos de un escritor sobre “X” libro. En esa discusión, uno de los participantes dijo: “Juzgar un libro es juzgar una vida”. No creo que nadie lo haya entendido como un postulado biograficista. Por el contrario, creo que todos los que presenciamos la discusión pensamos, automáticamente, en los libros leídos, en el tiempo dedicado, en la disposición del cuerpo y el espíritu al escribir, en las elecciones tomadas, en definitiva, el paso de vida impreso en la obra. Todo aquel que haya dedicado la vida a los libros, si mira atentamente, podrá observar a su alrededor una vasta red de amistades, anécdotas, experiencias decisivas y amores. Ese es el caso de La lectura: una vida… (Ampersand, 2017) de Daniel Link.
La lectura: una vida… es una autobiografía lectora que nos introduce en la vida del autor a través, sobre todo, de las alianzas afectivas que ha generado la lectura desde su infancia hasta el presente. En el caso de Link, los libros aparecen como el único destino posible. Desde la tierna infancia comienza a constituirse el pequeño monstruo-poeta: niño curioso, devorador de libros, con facilidad para la expresión oral y escrita, y poco sociable. Como en El primer hombre de Albert Camus, aparecen, entonces, los primeros aliados (¿cómo llamar, si no, a aquellas personas que en el periodo más indefenso nos dan armas para sobrevivir?): las maestras y profesoras. Luego de haber ganado el Nobel, Camus envía una carta a su antiguo profesor, el señor Germain:
Querido señor Germain:
He esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le mando un abrazo de todo corazón.
Albert Camus
En un tono similar, Link escribe: “Este libro quiere ser un acto de justicia: yo no sería quien soy sin esas manos amigas (mi abuela, mis padres, mis maestras) que me abrieron los ojos a los libros. Yo no sabría nada de mí, ni del mundo, ni de lo que hay más allá de mí y del mundo, si no fuera por un acto de amor y de enseñanza”. Aquel que llega a la literatura parece siempre estar más desamparado que el resto. Gobierna la incertidumbre y la soledad. La melancolía de un absoluto, de un infinito inalcanzable, se desenvuelve frente a nuestros ojos en cada libro. En el camino, los afectos. La única comunidad: la de los lectores y los libros, que se nos brindan como cartas que han encontrado a su dueño. ¿Quién no ha experimentado, alguna vez, ese diálogo interno en el que al leer un libro asumimos que fue hecho para nosotros? Aún más, nos lleva a preguntarnos “¿Qué sería yo sin esto?”. En el mismo sentido, leemos: “Si me dediqué compulsivamente a la lectura fue por esa necesidad de situarme en el mundo, es decir: para comprender cuál era el conjunto de determinaciones que explicaban mi vida y de las cuales, más tarde o más temprano, iba a librarme, por la vía de la ascesis que la lectura patrocina […]”.
Pero esto no es un mero ejercicio narcisista, es, por el contrario, un ponerse en primer plano para pensarse. Devenir objeto, diseccionarse para entender: leerse. Es por eso que el lector encontrará, en algunas partes del libro, una sensación de familiaridad que le recordará a fragmentos de libros anteriores como Suturas (Eterna Cadencia, 2015). La razón principal es la presencia de la primera persona, un yo que es a la vez quien enuncia y también el predicado de la enunciación. ¿Por qué? Porque el cuerpo y la mente son, y esto Link lo muestra claramente en sus libros, el campo minado de la experiencia. Cada texto empieza en el momento en el que los recuerdos se inscriben en el cuerpo. Es por esa razón que cada capítulo del libro está atravesado, de una manera u otra, por algún tipo de aprendizaje metodológico o teórico. Cada una de esas etapas reformuló la forma en el que ese yo concebía su relación con el mundo y la forma en la que lo habitaba. El médium o catalizador de ese aprendizaje, no es tanto un libro en sí como una relación afectiva.
Podríamos decir que en La lectura: una vida… puede leerse una “pedagogía del amor”. El vínculo con cada uno de los nombrados en libro se transforma en la “y” de la síntesis disyuntiva. Entre Link y la Teoría literaria aparece Pezzoni; entre Link y la Filología está Ana María Berrenechea; entre Link y el CBC vemos a Elvira Arnoux, etc. Es decir, entre cada saber y el yo median esas “manos amigas” o, como diría Camus “mano afectuosas”. Link nos deja claro cómo no hay aprendizaje sin pathos o, mejor dicho, el pathos es lo que hace efectivo y duradero el vínculo entre el conocimiento y el yo.
Por otro lado, La lectura: una vida… es también una biografía en tiempos turbulentos (lo que en Argentina significa “todo el tiempo”). El libro también atraviesa el problema de crecer durante la dictadura, leer durante la dictadura (los libros heredados) y educarse durante la dictadura (el profesorado, los talleres de Ludmer y Sarlo), un camino que pronto se transforma en un cómo enseñar Letras post-dictadura, la estructuración del Ciclo Básico Común, el paso por la cátedra de Teoría y Análisis con Pezzoni, la creación de la materia Literatura del siglo XX, las amistades literarias y los compañeros de trabajo.
En La lectura: una vida…, Daniel Link nos muestra la manera en la que los libros han diagramado una vida y una forma de interacción con el mundo como un telar inconcluso. Cada etapa, una mano amiga, un libro, una nueva forma de leer(se), un nuevo devenir...

martes, abril 04, 2017

Literatura, ciencia y ocultismo en la Argentina de entresiglos (sobre Cuando la ciencia despertaba fantasías, de Soledad Quereilhac)


En estos días tuve el placer de leer la investigación de Soledad Quereilhac, Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en el Argentina de entresiglos (Siglo XXI, 2016). La propuesta es directa y compleja: hacia fines del siglo XIX en Argentina, pero también en el mundo, la noción de lo científico englobaba tanto la ciencia oficial como múltiples pseudociencias y prácticas ocultistas. En este sentido, la autora afirma que, por esos años, no era tan evidente el límite entre, por ejemplo, teorías de la evolución y magnetismo animal o entre estudios sobre la electricidad y espiritismo. Por lo tanto, hablar de ciencia en esa época evocaba imágenes, ideas y fantasías heterogéneas en juego y en fricción.
En los primeros capítulos del libro, Quereilhac realiza un rastreo minucioso por revistas (conocidas como Caras y Caretas y no tan conocidas como Constancia) y por sociedades de ocultismo, magnetología, médiums y otras yerbas para trazar un mapa de ideas, teorías, autores y textos perdidos entre los pliegues de la Argentina de entresiglos. El espiritismo moderno, el magnetismo animal y la teosofía son algunas de las teorías que circulaban por Buenos Aires y alrededores y la autora las recupera para comprender sus razonamientos y las reflexiones y discusiones que evocaban. Tras dejar planteadas esas coordenadas, Cuando la ciencia despertaba fantasías se centra en el análisis de un género literario coincidente con este intéres social y heterogéneo por la ciencia: la fantasía científica. 
Así, la autora lee relatos de Eduardo L. Holmberg, Leopoldo Lugones, Atilio Chiappori y Horacio Quiroga a la luz de las experimentaciones de la época, de las reflexiones y discusiones pseudocientíficas rastreadas al principio del libro, y detecta qué tratamiento literario y qué recursos narrativos pone en juego cada autor cuando se trata de cruzar ciencia y literatura. En estos últimos apartados, hay pasajes muy valiosos como la discusión con Ludmer y otros críticos en torno a Las fuerzas extrañas de Lugones; la recuperación de los relatos de Chiappori y de textos perdidos entre revistas y publicaciones de los otros autores; y el esfuerzo logrado por encontrar nuevos sentidos en cuentos de Quiroga mil veces transitados como "La gallina degollada" o "El almohadón de plumas".
Finalmente, va la recomendación enfática de Cuando la ciencia despertaba fantasías, de Soledad Quereilhac, un estudio consistente y minucioso que recupera experiencias y discusiones sobre la ciencia y la literatura que, durante muchos años, quedaron relegadas por tratarse de saberes laterales, pseudocientíficos, sometidos.
Cierro con este fragmento sobre Lugones y la teosofía que me pareció sencillamente genial:
Desde el punto de vista de las historia de las ideas, estudiar la vinculación de Lugones con la teosofía se convierte en un auténtico ejercicio de iluminación de su obra; en cierta forma, cuanto más se investiga sobre la teosofía, más se comprende la escritura de Lugones. Y no precisamente porque en la teosofía se agote todo su repertorio sino, en todo caso, porque es posible encontrar en ella un verdadero acervo de temas, ideas, argumentos y formas de razonar que Lugones supo incorporar tanto en algunos ensayos como en su literatura fantástica. Había algo en el modus operandi discursivo de los teósofos que Lugones pareció comprender muy tempranamente. La teosofía le proveyó un tipo de argumentación que echaba mano de tradiciones, historias y mitos antiguos para hilvanarlos cuidadosamente con lo moderno, apelando a supuestos núcleos comunes, que se tradujo en el libro El payador (1916), con el armado del linaje argentino que comienza en Hércules y sigue con los paladines. Dar apariencia razonada a lo que en realidad es mito y encontrar un esencia espiritual en el objeto tratado también es una lección teósofica.
Lugones aprende de Blavatsky que se puede crear un texto nuevo, de aspiraciones cósmicas, proyectando de manera imaginaria las correspondencias entre lo antiguo y lo moderno. Aprende de Besant que el discurso espiritualizante de la teosofía puede articularse con una empresa de nacionalismo cultural, y que puede incluso politizarse explícitamente cuando se trata de justificar jerarquías sociales (como la superioridad de la elite frente a la masa) o de denostar la democracia para la Argentina. Hizo uso funcional del escalafón espiritualizante de las siete razas para inventar aquello de la "subraza gaucha", especie de "protoraza" del argentino en El payador. Apeló a la figura del médium para construir la figura del poeta que espiritualiza la materia y para escalonar esta tarea en una progresión creciente de espiritualizaciones: la naturaleza en bruto (la pampa), el payador que loa esa naturaleza, el Martín Fierro de José Hernández, él mismo -Lugones, poeta e intelecutal- lector de Hernández y médium mayor que comunica la tradición cultural nacional a la elite dirigente (Monteleone, 1998).

Quereilhac, Soledad (2016). Cuando la ciencia despertaba fantasías. Prensa, literatura y ocultismo en la Argentina de entresiglos, Buenos Aires, Siglo XXI, pág. 157.

domingo, agosto 09, 2015

Reabrir una herida (sobre Las esferas invisibles, de Diego Muzzio)


En Las esferas invisibles (Entropía, 2015), de Diego Muzzio hay una tensión entre lo clásico y lo novedoso. El libro se compone por tres nouvelles que recuperan tópicos clásicos de la literatura de terror (en su variedad gótica, particularmente). En “El intercesor”, la posesión demoníaca y la lucha entre las fuerzas del bien y del mal; “El ataúd de ébano”, la casa embrujada y las historias de fantasmas; “La ruta de la mangosta”, la vida inmortal y el artefacto mágico. Si el libro de Muzzio solo fuera ese juego con tópicos, estaríamos ante una simple ejercitación escrituraria de un fanático del horror. Pero no lo es.
Las esferas invisibles es más que eso y Muzzio logra ese plus por hacer algo novedoso: las tres nouvelles transcurren durante la epidemia amarilla de 1871 que diezmó a la Ciudad de Buenos Aires. Es decir, el acierto para escapar a la repetición de tópicos clásicos es la adaptación de la literatura de terror a un contexto que, incluso en términos históricos, ha sido poco visitado y analizado. Muzzio reabre una herida que la historiografía y la literatura parecen haber querido cerrar: como si tanta muerte, tanto sufrimiento y tanta enfermedad solo hubieran conducido al silencio. Las nouvelles de Las esferas invisibles exploran ese ambiente de oscuridad y cadáveres para encontrar historias que inquietan al lector, que generan pesadillas y que devuelven una mirada literaria a una época histórica que no quiere ser narrada. Esa epidemia amarilla de 1871, por otro lado, es un prisma para cruzar otros momentos de la historia argentina: el rosismo y la conquista de la frontera en “El intercesor”; la guerra del Paraguay en “El ataúd de ébano”; el desarrollo de la fotografía y la Primera Guerra Mundial en “La ruta de la mangosta”. En este sentido, en Las esferas invisibles se destaca no solo la reconstrucción de la época elegida (esa atmósfera de sombras, contagio y cementerios) sino el diálogo temporal entre las tres historias de terror.
El otro gran acierto de Muzzio para no quedar atrapado por la trampa de lo clásico es el repliegue sobre una tradición de la literatura argentina que parecía no poder decirnos nada más en el siglo XXI. Me refiero a las ficciones científicas de Leopoldo Lugones, a los relatos fantásticos de Eduardo L. Holmberg, a las narraciones de incipiente ciencia ficción de Horacio Quiroga. Muzzio parece escribir con Las fuerzas extrañas y Más allá como libros de cabecera. Las esferas invisibles son tres reflexiones sobre la muerte, la tecnología y la sociedad que encuentran en las vetustas ficciones científicas una luz de presente, una posibilidad de decir algo más. El gesto de Muzzio resulta interesante, por otro lado, porque no es un gesto solitario: Roque Larraquy con sus novelas La comemadre (Entropía, 2011) e Informe sobre ectoplasma animal (Eterna Cadencia, 2014) sigue el mismo camino. ¿Qué tiene para decirnos la ficción científica decimonónica a los lectores y a la literatura argentina del siglo XXI? Tal vez sean los saberes sometidos que revelan esas ficciones; tal vez su capacidad de encontrar en lo fantástico y el terror un modo de pensar el poder y el sujeto. En todo caso, tanto Muzzio con Las esferas invisibles como Larraquy con sus novelas están relevando una zona de nuestra literatura que parecía haber perdido su potencia entre los polvorientos volúmenes de la antigua biblioteca.
Las esferas invisibles es uno de los grandes libros de 2015 por varias razones. En primer lugar, por el trabajo literario con esa tensión entre lo clásico y lo novedoso, a través de la recuperación de una época terrible para la historia argentina y de una zona literaria frecuentemente evitada. En segundo lugar, porque junto a otros escritores como Juan José Burzi, Samantha Schweblin y Mariana Enriquez, Diego Muzzio demuestra que puede existir una literatura de terror argentina: con modulaciones propias, en terrenos y épocas nacionales. En tercer lugar, las tres nouvelles están muy bien escritas: tiene las dosis justas de descripción y narración, de reflexión y acción. Las historias se enhebran con el entorno histórico con claridad y se encuentran personajes profundos. Finalmente, Las esferas invisibles es un gran libro porque da miedo. Estas nouvelles inquietan al lector y provocan la sensación de muerte, enfermedad y desesperación que la epidemia amarilla de 1871 destiló por las calles de Buenos Aires y sus alrededores. Cerramos el libro de Muzzio como quien cierra la puerta de una casa apestada.

jueves, febrero 05, 2015

En los nombres (sobre Primavera ninja de L. Orani y Las redes invisibles de S. Robles


En el número 9 (noviembre de 2014) de la revista Mancilla, hay un dossier sobre la ciudad de La Plata en el que se puede leer el artículo “Atravesados” de Esteban Rodríguez Alzueta. El primer párrafo de ese texto habla sobre la creatividad onomástica en la música platense: “La Plata es una ciudad atravesada, la Manchester argentina. Él mató a un policía motorizado, Valentín y los volcanes, Un Planeta, The Siniestros, Camión, Reno, La Patrulla espacial, Sr Tomate, Shaman y los hombres en llamas, Pérez, Chico Ninguno, Norma, Monoaural, Miro y su fabulosa orquesta de juguetes, son bandas que vinieron detrás de otras bandas, que dialogan con un repertorio variopinto que ellas mismas integrarán algún día (…). Los nombres son las contraseñas que elegimos para guardar el tiempo. Porque detrás de cada nombre se cifra una identidad y se tejen relaciones. Una banda es más que una banda. Una banda es un telón de fondo y de eso queremos hablar en este ensayo”. La enumeración de nombres de bandas de La Plata construye una constelación; el final del párrafo parece referir, sin quererlo, a una novela publicada recientemente. Esa novela es Primavera ninja de Luis Orani. 

Hay un punto que une dos libros tan disímiles como Primavera ninja de Luis Orani y Las redes invisibles de Sebastián Robles, ambos publicados en 2014 por la nueva editorial Momofuku libros. Ese punto es la creatividad onomástica. Tanto la novela suburbana rockera de Orani como los cuentos borgeanos siglo XXI de Robles se sostienen en una proliferación de nombres que guían el relato y le dan densidad. Entre las críticas culturales que ejercita Gustavo Roldán en Primavera ninja y las descripciones de redes sociales en Las redes invisibles, los nombres van marcando el avance de la escritura y cuidan el verosímil de cada obra: The Meatball Club, Presidente Puerta o Debi Das Dalas parecen nombres de bandas musicales del circuito indie; Mon amour, Orphan, HansLudwig1959 o Elcorsario parecen nombres de redes sociales y nicknames. Se trata en ambas obras de crear redes de denominaciones para generar en el lector un mundo musical-cultural o virtual-digital verosímil —según sea el caso—, vincular con los saberes y experiencias previas del lector y luego avanzar mediante esas resonancias. 

Quienes hayan participado alguna vez de un foro, saben que en el apodo o nickname de cada usuario puede codificarse un nuevo sujeto, una faceta no conocida en la realidad no virtual. Quienes participan de un foro y luego conocen a las personas por fuera de la existencia digital, saben que aun descubriendo el nombre real de cada usuario, elegimos seguir llamándolos por su nickname, que en esa contraseña onomástica se reconoce la vida virtual. Hace tiempo que participaba de un foro, que luego, por las vueltas de la vida, dejé de frecuentar. Unos días atrás, volví a entrar por diversas razones y encontré un thread donde un grupo de usuarios recordaba a otros que habían dejado de visitar el sitio. En ese thread dicen algo así: “se acuerdan de ku2pa? y cuando raven se fue del foro? / que épocas”; “se acuerdan de machete? de ejovchina (era así?)?”; “mariesugarcube, hotaru, intermar, laibach”; “la nena, la corrent, chispa, jupa, virula / cuanta gente perdida para siempre”. Constelaciones de nicknames, creatividad onomásticas, nombres en código que pierden a sus usuarios y los sobreviven. Cuando leía ese thread no podía dejar de pensar en Las redes invisibles de Robles.

En la novela de Orani y en los relatos de Robles, se trata también de cifrar en los nombres ciertos sentidos, ciertas significaciones y ciertas experiencias. Las bandas ficcionales del off bonaerense de Primavera ninja podrían existir con toda tranquilidad pero la construcción crítica que realiza Gustavo Roldán, el periodista músico-cultural del relato, y la experiencia de vida del narrador les dan espesor y las diferencian más allá de la simple mención onomástica. Por un lado, Roldán realiza interpretaciones de la propuesta musical de cada banda, entrevista a sus integrantes, traza genealogías y critica positiva o negativamente sus últimas grabaciones; por otro lado, Manca cuenta su vida y su participación en la banda de Juano Díaz, acompañado por una banda de sonido sostenida en estos grupos inventados. Así, los nombres no son trazos sin contenido sino que se abren a la reflexión ficcional de Roldán o a la experiencia (y su transmisión) de Manca. Algo similar ocurre con las redes sociales de Las redes invisibles, cada sitio en los relatos nos abre a los objetivos, la forma de funcionamiento, las reglas de sociabilidad, la relación entre usuarios que se cifran detrás de cada nombre. El plano de la descripción aporta el cómo funciona o el para qué funciona; el plano de la narración propone la experiencia de algún usuario o de un grupo de usuarios que viven un nuevo modo de re-construir su subjetividad y de relacionarse con el otro. De nuevo, los nombres de las redes sociales (pero también los nicknames de los usuarios) cifran significaciones y experiencias, no son marcas en el agua. Por estas razones, Primavera ninja de Orani y Las redes invisibles de Robles son experimentos de creatividad onomástica y nosotros, los lectores, somos sus conejillos de indias, corriendo en la pequeña rueda del sentido.

En Wikipedia, hay algunas ideas básicas sobre la Cábala que resultan interesantes al momento de pensar la creatividad onomástica. Más allá de su definición, disciplina o escuela de pensamiento esotérico relacionada con el judaísmo que utiliza algunos procedimientos para analizar el sentido recóndito de la Torá, la lectura cabalística propone tres mecanismos analíticos básicos: la gematría; el notaricón; y la temurá. La entrada de Wikipedia explicita cada uno y muestra cómo en la descomposición de los nombres y palabras se esconden significados ocultos, gestos divinos, destinos. Esa lectura entre la religión y la paranoia que propone la Cábala considera a los nombres como palabras que cifran sentidos y en el juego con estos, se pueden encontrar mundos y verdades. 

La creatividad onomástica en Primavera ninja de Luis Orani y Las redes invisibles de Sebastián Robles es finalmente un modo de pensar. La novela de Orani es la educación sentimental y musical del narrador, atravesada por las críticas intelectuales de Roldán y la figura elusiva de Juano, el rockstar suicidado por la sociedad. Los nombres de las bandas, entonces, son una red que le da verosimilitud a la historia pero también a la Historia (el relato transcurre desde fines de los noventa hasta el 2014, más o menos, pasando por el 2001, claro) y que codifica experiencias y saberes culturales y musicales del conurbano, en particular, de Argentina y el mundo, en general. Por su parte, los relatos de Robles son un muestrario de posibles redes sociales que imaginan un “qué pasaría si” en el que lo virtual y lo real se desdibujan. Los nombres de las redes sociales, en este caso, evocan reflexiones filosóficas y tecnológicas y cifran modos de comunicación y de subjetividad en tiempos de Facebook. En definitiva, ambas obras explotan una creatividad onomástica para pensar el tiempo o el sujeto, la cultura o la historia argentina, y proponen desde géneros y escrituras diversas una misma inquietud: qué se esconde detrás de un nombre.

viernes, enero 02, 2015

Un espejo deformante (sobre Te quiero de J. P. Zooey)


Una mujer de unos 30 años se acerca al libro por distintas cuestiones: le llama la atención el fondo amarillo ocre en combinación con el dibujo al estilo Lucas Varela que muestra dos amantes caricaturizados y desmembrados cuyas partes se entrelazan, le llaman la atención los carteles cursi que sostienen los datos de tapa, le llama finalmente la atención el título: Te quiero. Es un título comprador, claro, la mujer de 30 años está acostumbrada a libros de Florencia Bonelli, de Ángeles Mastretta, de Isabel Allende. Ella se acerca al libro, que firma un tal J. P. Zooey, e imagina que podría encontrar una linda historia de amor, sencilla, encantadora. Lo mira, lo remira, lee un poco la contratapa pero lo deja. ¿Qué podría leer esa mujer en la última novela de J. P. Zooey?

La novela Te quiero, de J. P. Zooey (Páprika, 2014) es una burla a las expectativas de cualquiera: lector, editor, librero, quien sea. El título anticipa la absoluta trivialidad de la trama: efectivamente se trata de una novelita de amor entre dos personajes insípidos, insulsos y arbitrarios en la Ciudad de Buenos Aires de la era kirchnerista. No pasa nada entre Bonnie, estudiante crónica de Diseño de Indumentaria, y Clyde, becario y escritor, bah, sí pasa: encuentros cool en lugares palermitanos, discusiones y sueños idiotas, recorridos cotidianos poco interesantes. Es decir, no pasa nada pero la novela avanza con un efecto Aira hacia la nada y parece escrita a los apuros. Incluso los diálogos entre Bonnie y Clyde son incoherentes, delirantes y banales; pareciera que no hay diálogo en ningún momento, es difícil encadenar un enunciado con otro. Todavía más: la novela parece abrevar en la mala escritura, abundan repeticiones innecesarias, muchos pasajes son incoherentes, y el narrador se desdice. En este punto, tras dejar atrás unas cuantas páginas, me asalta la pregunta: ¿J. P. Zooey se está burlando de mí? ¿En serio quiso escribir esta novela? Se supone que los anteriores libros de Zooey, Sol artificial (2009), Los electrocutados (2011) y Tom y Guirnaldo (2012) lo posicionan como una de las voces más interesantes de los jóvenes escritores argentinos. Pero Te quiero parece echar eso por tierra. Todavía más: ¿cómo hizo Zooey para que una editorial como Páprika, que se lanza al mercado editorial argentino con Te quiero, se decida a publicarlo? ¿También logró burlarse de los editores? ¿Qué vieron en este relato obvio, trillado e insípido?

En los foros de Wordreference hay discusiones geniales, a veces hasta delirantes, en torno al significado de ciertas frases en distintos idiomas. Hay, obviamente, una discusión en torno a la diferencia entre “te quiero” y “te amo” en uno de los foros. Me remito a la obviedad para nosotros, los hispano-hablantes: la pareja que se dice “te quiero” es aquella que todavía no ha cimentado totalmente su confianza y su cariño como para llegar al grado del “te amo”. Lo que sí podemos afirmar sobre ambas es que por su repetición constante y su uso indiscriminado, si bien pueden seguir teniendo su efecto amatorio, se han convertido en frases remanidas, tópicos cristalizados, clichés.

En Te quiero, todo es un cliché. Los nombres de los personajes, Bonnie y Clyde, son un guiño exagerado para casi cualquier lector pero a la vez son un gesto vacío, no tiene incidencia alguna en la construcción de los personajes (se le suman Gordo Marxxx, el gato Deschanel, Gibson & Dick, etcétera). Los protagonistas mismos son trillados: se la dan de vegetarianos, se la dan de palermitanos, se la dan de intelectuales. Poseen un carácter emo, apolítico, cool. Imaginan delitos osados e idiotas que no llevan a cabo. A esos personajes, se le suman referencias actuales en un pop lavado, una estética soft-Puig: Kentucky, Quilmes, Whatsapp, Laverrap, Cabernet Sauvignon, Facebook, Plaza Hotel, etcétera. En la novela de J. P. Zooey, las marcas y referencias pop son solo nombres, no forman una subjetividad, se acumulan como más guiños al lector del tipo mirá-estoy-mencionando-youtube-en-una-novela. Ante estos procedimientos vacuos, de nuevo, la pregunta: ¿esto es una novela en serio? ¿No es una joda? ¿En serio se propuso J. P. Zooey escribir algo tan burdo, tan obvio?

En 2008, la editorial Interzona publicaba un libro titulado, Y todo el resto es literatura. Ensayos sobre Osvaldo Lamborghini. Se trata de una compilación de ensayos y artículos realizada por Juan Pablo Dabove y Natalia Brizuela, un acercamiento múltiple a la obra de Osvaldo Lamborghini desde distintas perspectivas en su mayoría afincadas en la crítica literaria. Cuando hace unos años, hice una reseña sobre el libro para la revista virtual No retornable, la cerraba con este párrafo: “Con I de Idiota. Finalmente, después de terminar Y todo el resto es literatura, me sigue quedando, más allá de mi gusto por la obra de OL, el mismo interrogante que Graciela Montaldo señalaba respecto de la obra, oh casualidad, de Aira: 'A menudo sus declaraciones, sus ficciones, sus desmesuradas puestas en escena, constituyen a Aira en un escritor poco claro. Poco claro como escritor, al punto de no saber si tomarlo en serio o no…'. Es decir, el típico interrogante: ¿Osvaldo Lamborghini es o se hace? ¿Es un genio o un idiota?”.

¿Y si Te quiero fuera una joda? ¿Y si el error fuera leerlo “en serio”? Hay algunos elementos de la novela de J. P. Zooey que habilitan esa lectura enclavada en la Gran Llanura de los Chistes. Por ejemplo, están los intercambios entre Clyde y su hermano Gordo Marxxx acerca de la literatura posmoderna. Justamente, Te quiero parece insertarse en ese casillero: guiños intertextuales al lector, personajes que son solo funciones, una historia sin grandes aventuras o sucesos, un artefacto lúdico. En este sentido, todo lo antes recriminado sería parte de las elecciones narrativas: escribir una novela posmoderna para burlarse de la literatura posmoderna, una mise en abyme de aquello que critica. Todavía más: en un momento del relato, se da esta escena: “Bonnie volvió de la cocina con un té verde. Clyde había escrito en el chat de Skype: ‘Me pregunto si el escritor norteamericano Tao Lin se llamará Tao Lin por el Tao Te King’. Bonnie no dijo nada. ‘Yo quiero escribir un libro como Tao Lin’, dijo Clyde”. Recupero entonces la pregunta con más precisión: ¿y si Te quiero fuera una joda hacia Tao Lin y la alt lit? ¿Un intento paródico y absurdo de escribir una alt lit argentina? Desde esa lectura, sí pueden entenderse muchas cosas.

En la Revista Ñ del 15 de diciembre de 2014, el periodista Diego Erlán publicó un artículo titulado “Alt lit, una nueva sinceridad”. En ese texto, Erlán hace una breve introducción sobre qué es la alt lit en la literatura norteamericana, cuáles son sus características y cómo la leen algunos editores y traductores argentinos. Luego, el motivo principal del artículo quedará explicitado en este párrafo: “Una serie de novelas argentinas recientes, que atraviesan esta ‘nueva sinceridad’ contemporánea, conducen a una pregunta inevitable: ¿podría hablarse de una Alt Lit en la Argentina? Veamos. Novelas como Te quiero, de J. P. Zooey, Scalabritney de Martín Zícari, Los catorce cuadernos de Juan Sklar o incluso Merca del autor llamado simplemente Loyds son novelas que hablan del sistema y sus dinámicas sociales, de la alienación, de la forma falsamente colectiva de relacionarnos. Internet democratiza los vínculos pero también aísla. Es el confinamiento en el que se encierran los personajes que inundan estos libros. Un retrato de la época. De la abulia y el hastío que dan cuenta de un momento y producen un efecto (a veces demoledor) en el lector”.

Te quiero podría ser, entonces, una joda, un libro escrito para parodiar la alt lit norteamericana. No solo están los elementos adecuadamente señalados por Erlán, también está el estilo despojado y simple de la prosa, el carácter abúlico de sus personajes y hasta la traducción españolizada de frases en inglés: “es mono”, “Qué carajo” “La sociedad apesta”, etcétera. Todo está perfectamente pensado para que Te quiero sea un artefacto paródico, no hay impericia o mala escritura, hay deliberación. Es una novela trillada, delirante y trivial a propósito. Incluso el cuento de ciencia ficción que intenta escribir Clyde es igual de insulso, de repetitivo y de obvio: una myse en abyme dentro una myse en abyme. ¿Ahora bien solo se trata de una joda? ¿Vale la pena leer este libro como un extenso chiste? La novela de Zooey circula por el fino límite entre la joda extendida y el artefacto revulsivo fríamente construido.

El espejo deformante es un objeto llamativo. Uno puede acercarse al espejo, buscando reflejarse en este, asistir a la proyección repetida de la propia imagen, idéntica rasgo por rasgo. En este sentido, los espejos deformantes se burlan de las personas: no devuelven el reflejo idéntico sino un reflejo distorsionado, deforme, inesperado. Uno se busca y encuentra hinchazones, depresiones, curvas, oscilaciones. Es deformante porque justamente toma una forma y rompe con esos patrones. Mirarse en un espejo deformante puede ser un juego; también puede ser otra forma de reconocerse. En todo caso, depende desde dónde se mire.

Te quiero de J. P. Zooey es marcadamente una parodia de la alt lit; sin embargo, lo que la hace interesante es que termina incorporando una serie de referencias y menciones que no reducen al libro a una burla. En este sentido, leer la novela de Zooey es leer una época, una serie de espacios y un grupo de tipos, todo tamizado por lo absurdo y el humor, claro. Por poner algunos ejemplos: los recorridos urbanos permiten reconstruir un circuito intelectual cool porteño que va del vegetarianismo al cafecito en las librerías top; las marcas y nombres de productos, lugares, sitios y redes sociales trazan, en cierta sintonía con Fogwill, una red de consumo juvenil de clase media intelectualizada; hay, al contrario de lo que sostiene Maximiliano Tomas en esta lectura y de la aparente apoliticidad de sus protagonistas, múltiples referencias a la política en 2014 (el macrismo, el kirchnerismo, el Estado nacional, las elecciones, etcétera); incluso sus personajes terminan planteando tipos sociales (esterotipos, claro), jugando con el cliché: los adolescentes apolíticos y abúlicos, el director de tesis excéntrico, la estudiante crónica, el becario diletante, el librero bohemio. En ese punto, la novela de Zooey pasa de ser una parodia a ser una sátira, de ser un juego intertextual a ser un texto ácido con su objetivo puesto en un sector de la sociedad porteña en tiempos del kirchnerismo.

En definitiva, Te quiero es en serio una burla o una burla en serio y J. P. Zooey termina escribiendo una novela, no sé si deliberadamente o a pesar suyo, que permite reconstruir, en negativo, una época: ciertos circuitos de sociabilidad porteños, ciertos lugares de la ciudad, cierto catálogo de marcas culturales, mediáticas, gastronómicas. Como en la escritura posmoderna, metiendo en la coctelera a Aira, a Puig y a la alt lit, J. P. Zooey escribe Te quiero, un artefacto insoportable pero fascinante, cuando superamos la sensación de sentirnos burlados y nos sumergimos en la Gran Llanura de los Chistes, para ver nuestro presente reflejado en el espejo deformante.
 

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