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martes, mayo 25, 2021

Archivos digitales. Todo Aira

Continúo con la sección sobre archivos digitales por la que ya pasaron Mágicas ruinas y Ahira. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. 

En esta oportunidad, es el turno de Todo Aira, una página de Facebook que desde hace varios años viene recopilando y poniendo en discusión la producción desbordante del escritor argentino César Aira. Reseñas, relatos, traducciones, fotografías, fragmentos: en Todo Aira cualquier material que se vincule con este autor tiene su lugar. Muy amablemente, Diego Cano, quien lleva adelante este archivo, respondió algunas preguntas. 

Me interesaron sus reflexiones sobre la comunidad de lectores que se va armando alrededor de un autor como Aira, las limitaciones y virtudes de llevar un archivo en una red social como Facebook y la necesidad crítica de seguir pensando la obra aireana.

¡Pasen y lean!

 

Archivos digitales. Todo Aira

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Todo Aira

Diego Cano: Todo Aira surge de la necesidad de compilar el material inmenso de producción de César Aira que se encontraba disperso y muchas veces de difícil acceso. Personalmente venía realizando el trabajo de juntar todo ese material y me empecé a dar cuenta de que algunos, pocos lectores, guardaban el material con recelo sin compartirlo, como si eso fuera un valor. Al mismo tiempo notaba que la mayoría de los lectores no tenían acceso a esa producción inmensamente rica y continua que es Aira, y que también había avidez lectora por acceder a las reseñas, críticas, entrevistas y artículos. Todo Aira surge de la idea de juntar dos cosas de mi vida, el placer por la lectura de Aira con mis conocimientos y trabajo de redes sociales. Así fue que armé la página. 

GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? 

DC: Los criterios de selección y puesta online dependen mucho de la plataforma que decidí utilizar. Todo Aira no es un blog ni un sitio por lo que Facebook ya limita la posibilidad de compartir. Las redes sociales tienen una característica que pocos terminan de entender: cuánta más interacción hay, llegás a más público. La página no tiene una cantidad masiva de seguidores, pero sí tiene seguidores permanentes y fieles al contenido. La idea fue hacer algo despersonalizado, quitar el poder de quien dice: “ah, este material es mío”, no tenía ninguna necesidad de poner mi nombre ahí y eso daba la posibilidad de generar un ambiente de mayor debate y participación. Lo que se terminó generando es una comunidad de activos miembros que comentan y debaten (dentro de los límites de una página de Facebook) sobre todas las novedades permanentes que surgen sobre César Aira. Todo Aira es una poética, es todo, realmente todo sobre Aira. Por eso comparto comentarios, críticas, menciones en Twitter, fotos de Aira con lectores, fotos de los libros dedicados y todo lo que junto y muchísimo material que la gente me hace llegar sin parar creando un clima alegre que tiene mucho que ver con el espíritu de la literatura aireana. 

 

  

GC: ¿Qué virtudes y qué defectos encontrás en sostener Todo Aira en una plataforma como Facebook? 

DC: Facebook tiene dos grandes limitaciones para un archivo de este tipo. La primera y más difícil de sortear es el buscador que es pésimo. Eso dificulta ir a atrás y encontrar material para los usuarios. La segunda dificultad es que Facebook baja la calidad de las imágenes lo que resulta en un problema de lectura del material que comparto. Me han sugerido crear un blog o una página, y la verdad que esto lo hago sin recursos en mi tiempo libre y embarcarme en semejante proyecto implicaría un volumen de trabajo y costos que no puedo asumir. Igualmente, estoy muy satisfecho con el resultado a pesar de estas dificultades del formato. Creo que la virtud de Facebook es llegar al público lector fuera de la captura e intento de apropiación que parte de la academia quiere hacer de su obra como un coto de caza. Los lectores tienen ideas más potentes que mil artículos académicos sobre Aira, miren la página sino… 

GC: ¿Cómo se organiza el material al interior del archivo? ¿Hay secciones estables o categorías para ordenar lo que vas subiendo? 

DC: En principio, al no disponer de fondos y con las limitaciones que impone Facebook, el material no está organizado en secciones. Sin embargo, organizo los posts con cierto equilibrio de criterios: tapas de libros pocos conocidos, traducciones, artículos y entrevistas inhallables, notas periodísticas, fotos de lectores de Aira, fotos desconocidas del propio César Aira, traducciones de la obra de Aira a otros idiomas, memes, etc. Quiero destacar que la página es el primer lugar donde el trabajo de traducción enorme de Aira (¡tradujo 121 libros!) fueron puestos en conocimiento del público. La página dio inicio en junio de 2017 y después enseguida salió el Catálogo Aira, de Ricardo Strafacce, uno de los que más sabe sobre la obra de Aira. También por suerte acaba de salir en formato libro, La ola que lee. Artículos y reseñas (1981-2010), una selección de artículos y reseñas publicada por Penguin Random House que ya había sido subidos a Todo Aira. 

 

  

GC: ¿Qué intercambio tenés desde el archivo con los lectores de Aira y con el autor mismo? 

DC: El intercambio con los lectores es permanente, aportando material, generando comentarios, debatiendo algunos puntos, como dije anteriormente el mayor éxito de la página es haber generado esa comunidad de lectores. Con Aira tengo poca relación, aunque en excelentes términos. Empecé la página sin preguntarle hasta que alguien comento: “¿che, esto le caerá bien a Aira?”. Entonces me di cuenta que debía mínimamente preguntar si estaba de acuerdo o tenía alguna objeción. La respuesta fue inmediata, breve y concisa, “…me parece bien, me gusta lo que hacés, seguí adelante con los proyectos”. Ahí me quede tranquilo y avancé. Nos hemos visto una sola vez para charlar de cosas en general y de literatura, pero solo eso. A veces la gente escribe a la página pensando que es el propio Aira quien sube el material, o piensa que la página está hecha por un grupo de gente, y la verdad que es sólo en base a mi búsqueda obsesiva y permanente. Aprendí mucho leyéndolo y sigo absorbiendo cosas, porque su obra es infinita. Por ejemplo, a mí me gusta resaltar su literatura en general por sobre los ensayos, pero se puede ver ahí una genialidad que sólo es cercana Borges. Por eso hacer esta página es un inmenso placer personal de aprendizaje continuo. 

GC: ¿Creés que Todo Aira es un archivo replicable? Es decir, ¿serviría pensar un Todo Piglia, un Todo Saer o un Todo Puig

DC: Sí, ¡por supuesto! El tema es quién se tomaría el trabajo. Creo que el caso de Saer es más necesario aún, hay mucha cosa dispersa y está muy apropiado por los que supuestamente “saben”. El mundo lector saeriano es mucho más amplio y rico. Hacer un Todo Puig sería pura belleza, ¿alguien se atreverá? 

GC: ¿Cómo sigue Todo Aira? ¿Hay nuevos proyectos o ideas vinculadas al archivo? 

DC: La obra de Aira es infinita así que tenemos Todo Aira para rato. Creo que el desafío es ampliar los campos de circulación y debate. Si no hubiera sido por la pandemia, tenía el proyecto de armar un debate sobre qué hacemos con Aira. Estoy convencido que todavía no tenemos dimensión sobre lo que significa para los lectores, escritores y el mundo literario en general su narrativa. Al igual que con Borges, la literatura después de él debió pensarlo y apropiárselo para poder absorberlo y superarlo. Con Aira en ese sentido todavía queda un camino inmenso. Por ejemplo, Ricardo Strafacce y Juan José Becerra han dicho que Aira es más que Borges. Sin afirmar tal cosa, lo que está claro es que tenemos algo grande por delante y nos debemos todavía una crítica. Existen comentarios críticos respecto de su obra que circulan, pero son marginales y todavía no han logrado cristalizarse en un argumento sólido. Como dicen algunos, Aira espera todavía su crítica. Desde Todo Aira pretendo impulsar todo debate rico y respetuoso que sirva para la literatura por venir. 


 

sábado, noviembre 28, 2020

Archivos digitales. Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira)

Hace meses arranqué esta sección sobre archivos digitales con Mágicas ruinas, crónicas del pasado. Mi intención es interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante

En esta oportunidad, elegí al Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira), un "gran kiosco de revistas argentinas del siglo XX", como bien lo define su directora Sylvia Saítta en las preguntas que siguen. En algún momento, le dediqué una líneas al proyecto que ya tiene algunos años en funcionamiento sostenido. Si no conocen el sitio, tómense tiempo para recorrerlo. Es una propuesta organizada, reflexiva, variada y con digitalizaciones de calidad (ojalá algún día le puedan sumar el OCR a las publicaciones).

 
 
En las preguntas que intercambiamos con Sylvia Saítta conversamos sobre cómo surgió el proyecto y de qué modo lo llevan adelante. Espero que resulte de interés. Seguiré relevando proyectos digitales que, hoy por hoy, toman la posta en la digitalización de materiales y que crean como eslabones de una cadena un mapa-repositorio de la cultura argentina del pasado.


Archivos digitales. Archivo Histórico de Revistas Argentinas (Ahira)

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Ahira?

Sylvia Saítta: Ahira nace como parte y resultado de varios proyectos de investigación integrados por docentes de la UBA que, desde hace muchos años, venimos trabajando en temas vinculados a la historia de la prensa, de la revistas literarias argentinas y de los medios masivos de comunicación. Está integrado por Martín Greco, Martín Servelli, Claudia Román, Ana Lía Rey, Soledad Quereilhac, Diego Cousido, Manuela Barral y Guillermo Korn. Todos nosotros decidimos, hace algunos años, poner en una página lo que ya teníamos en nuestras computadoras, es decir, las revistas que habíamos ido digitalizando o consiguiendo en nuestros propios trabajos. La intención, entonces, fue poner eso al servicio de este archivo que nació como una propuesta pequeña destinada a la academia. Como su impacto fue creciendo, decidimos replantearnos los objetivos, ampliar el mapa de publicaciones a incorporar e hicimos un cambio de plataforma que nos permite tener más de 150 colecciones completas de revistas argentinas, tanto literarias y culturales como sobre diversos temas e intereses. La idea es cubrir la historia de las revistas argentinas en el siglo XX. 

Para eso, nos planteamos dos primeros objetivos: por un lado, cubrir diferentes áreas y armar líneas que permitan atravesar zonas o décadas del siglo XX. Entonces, en Ahira, se pueden ver colecciones de diferentes revistas sobre literatura, cultura, cine, teatro, historietas, ciencia ficción, interés general. El segundo objetivo fue incorporar revistas publicadas más allá de la ciudad de Buenos Aires, en diferentes ciudades del país

En este mapa que se va armando en Ahira conviven distintos tipos de revistas. Hay grandes revistas, los clásicos de la cultura argentina, que van desde el periódico Martín Fierro en los años 20, la revista más importante de la vanguardia literaria en la Argentina, pasando por las revistas de Abelardo Castillo en los 60, la revista Punto de Vista, Satiricón o las grandes revistas que rearmaron el mapa después de la dictadura entre los 80 y los 90: Diario de Poesía, Con V de Vian, El Amante, Babel. Otras revistas menos conocidas pero que permiten rearmar mejor el mapa de publicaciones como Capítulo. La Historia de la Literatura Argentina, del CEAL o la revista La Literatura Argentina, una publicación bibliográfica que registraba la salida de todos los libros que se publicaban en los años 30. Finalmente, revistas que responden a intereses más específicos: sobre música, sobre deportes, que salieron en el conurbano bonaerense, o que circularon en el ámbito académico.


 

GC: ¿Qué criterios utilizan para seleccionar el material a digitalizar? ¿Cómo organizan el proceso de digitalización y con qué herramientas (materiales y digitales) trabajan?

SS: Los criterios que usamos para seleccionar el material son bastante amplios y dependen del acceso que tengamos a las colecciones completas de las revistas. Tenemos el permiso de la Facultad de Filosofía y Letras para acceder a la hemeroteca central. Muchas veces los mismos directores de revistas nos ofrecen las colecciones completas para que las podamos digitalizar y subir a la página. Otras revistas provienen de nuestras propias colecciones porque muchos y muchas integrantes de Ahira somos coleccionistas de las revistas del siglo XX. 

También lo que está sucediendo en estos largos meses de encierro es que nos escriben lectores y lectoras ofreciéndonos las revistas que tienen en sus casas para que las podamos digitalizar. En ese sentido, a veces cuando esas colecciones no están completas también compramos los ejemplares que nos faltan o hablamos con coleccionistas que nos prestan. En más de un caso, son investigadores de universidades nacionales quienes ponen a disposición las publicaciones que fueron adquiriendo para que podamos digitalizarlas. 

Las herramientas con las cuales trabajamos son varias porque se trata de un trabajo casi artesanal. Escaneamos con los scanners que pudimos ir adquiriendo a través de los subsidios que nos dio la UBA y la Agencia de Investigaciones. Esos subsidios también nos han permitido enviar las digitalizaciones a lugares con mejores equipos, sobre todo en el caso de aquellas revistas de tamaño grande como Babel, Diario de Poesía o el periódico Propósitos, publicaciones que requieren una tecnología más sofisticada.

 

GC: ¿Qué intercambios tienen con otros usuarios de la web y con otros proyectos de digitalización?

SS: El equipo de Ahira mantiene un doble intercambio con quienes acceden a la página. Hay un intercambio académico: diálogos con otros equipos de investigaciones que tiene como objeto de estudios las revistas argentinas como el equipo en la Universidad de La Plata; los integrantes del Cedinci y su plataforma digital Americalee; el Instituto Iberoamericano de Berlín. También, hay diálogo con investigadores o grupos independientes que se dedican a este estudio. 

El segundo y gran intercambio, que nos ha sorprendido y nos pone contentos porque se vincula con la difusión y el alcance del sitio, es con los lectores y lectoras. Los lectores y lectoras de Ahira suelen escribirnos ya sea al mail de contacto o a las redes sociales para ofrecernos material, hacernos preguntas, avisarnos de links caídos. Además, nos transmiten experiencias de dirección de revistas, nos informan de la existencia de publicaciones que duraron poco tiempo o que tuvieron muy poca circulación. Realmente estos lectores y lectoras nos abrieron el panorama que teníamos de las revistas argentinas. Con la colaboración de investigadores, lectores, coleccionistas, fanáticos y fanáticas de alguna publicación, se fue ampliando y armando esta página, este gran kiosco de revistas argentinas del siglo XX.

 

  

GC: Además de los índices y de los ensayos sobre las publicaciones que resultan de mucha utilidad para la búsqueda de contenidos y para la reposición del contexto, ¿consideran sumar la instancia de OCR a las publicaciones ya subidas? ¿Qué dificultades implica esa faceta dentro del trabajo de digitalización?

SS: Las revistas que subimos a la página además de ser colecciones completas y de tener un acceso al pdf de los ejemplares tienen sus índices completos y hay una sección en la página donde intentamos concentrar todo lo que se ha escrito o se está escribiendo sobre revistas argentinas. Nos gustaría en un futuro sumar la instancia de OCR en las publicaciones subidas porque es una herramienta maravillosa para buscar temas, autores, términos, en las revistas ya digitalizadas. Lamentablemente no contamos con subsidios que nos permitan costear esa otra instancia en las publicaciones que ya figuran en la página. Lo tenemos como objetivo a futuro que depende netamente de cuestiones económicas.

 

GC: ¿Cuáles son los requisitos básicos para considerar una colección de revistas que algún usuario o institución podría acercar para sumar al repositorio?

SS: Los requisitos principales que usamos para pensar qué colecciones subir son muy amplios. El primer requisito es que sea una revista que no siga publicándose, es decir, son publicaciones cerradas, terminadas. 

El segundo requisito es que la colección esté completa. Hay algunas excepciones pero siempre intentamos conseguir todos los números antes de subirlos a la página. En algunos casos fue imposible, como en el caso de la revista 2001, un raro cruce entre ciencia ficción y movimientos revolucionarios de los años 70. En esos casos, decidimos subir la revista igual porque sucede que, luego, algunos lectores y lectoras nos escriben y nos ofrecen aquellos números que nos faltaban y nos permiten completar la colección. 

El tercer requisito, sobre todo en el caso de revistas más recientes, es tener los permisos o avales de las personas que dirigieron esas publicaciones. En principio, son estos tres grandes requisitos. 

Hay un cuarto requisito, pero más que requisito es un dato de la realidad: las revistas que duraron muchos años son digitalizaciones extremadamente caras para realizar. En esos casos estamos esperando subsidios para subir algunas revistas que nos encantaría tener en la página como Primera Plana, Humor, Confirmado o revistas más populares como Gente y Siete Días. Es decir, revistas que cubren varias décadas del siglo XX para las que necesitamos subsidios específicos para poder costear la digitalización.

 


GC: ¿Por qué consideran importante generar un espacio como Ahira, en paralelo a las hemerotecas existentes en nuestro país? ¿Qué colecciones tienen proyectadas para el futuro inmediato?

SS: Consideramos que fue y es muy importante generar este espacio en el marco del estado actual de las hemerotecas y bibliotecas de la Ciudad de Buenos Aires y de las ciudades de todo el país. Desde hace años, no hay una política destinada a digitalizar, sobre todo el material hemerográfico. A diferencia de lo que sucede con la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Nacional de Brasil o la Biblioteca Nacional de Uruguay, que ya digitalizaron los diarios del siglo XIX y el siglo XX y también varias revistas, en el estado actual de las hemerotecas y bibliotecas de la Argentina, esos repositorios digitales son todavía muy incipientes. A partir de espacios como el de Ahira y el de otras plataformas, entonces, el aporte es realmente significativo. 

Estos espacios son fundamentales tanto para quienes investigamos temas que están en revistas y publicaciones periódicas como para un abanico amplísimo de lectores y usuarios. Pienso, en primer lugar, en los y las docentes, maestros y maestras, docentes de escuela media, profesores y profesoras universitarios; pienso, también, en los y las periodistas, que tienen como una de sus fuentes primarias estas revistas del siglo XX; pienso en los investigadores y las investigadoras en general y en los lectores y las lectoras en particular que quieren volver a leer esas notas que leyeron en papel o recorrer colecciones de revistas a las que no tuvieron acceso en el momento de su publicación. 

En estos momentos estamos con varias colecciones en preparación. Queremos digitalizar la revista Confirmado y una revista que se llamó Latido, de los años 80. En esta ampliación de temas hemos digitalizado la revista Canta Rock y a partir de esa revista sumamos las revistas sobre música. También estamos armando un grupo de revistas que se publicaron durante la última dictadura militar que o bien estuvieron mapas cercanas al gobierno de facto como Extra o Vigencia, que publicaba la Universidad de Belgrano, o revistas que después fueron vistas como vinculadas al oficialismo como Pájaro de Fuego. De nuevo, se trata de rearmar el mapa de cómo funcionaban las revistas durante la dictadura militar; en este caso, incorporar otras colecciones y ver qué podemos decir de nuevo, qué podemos repensar, qué hipótesis podemos realizar a partir de un mapa más amplio.


domingo, agosto 02, 2020

Archivos digitales. Mágicas ruinas, crónicas del pasado

Varios meses atrás se me ocurrió interrogar a algunos proyectos de archivo y digitalización argentinos que se están llevando adelante. Uno de los primeros en venir a mi mente, por autogestión, por persistencia, por pasión, fue Mágicas Ruinas, crónicas del pasado. Si no lo conocen, visítenlo, recórranlo y síganlo en facebook.


Hace varios años comenzamos algunos intercambios por mail con su creador, siempre atento a las consultas de los visitantes curiosos. Tito, gran amigo de este blog, ayudó muchísimo en la búsqueda de algunos textos luego recopilados en las Obras completas, de Germán Rozenmacher, por ejemplo. El trabajo realizado por Tito con su scanner infatigable es de gran mérito y generosidad.
Acá van algunas preguntas sobre qué es Mágicas ruinas, su origen, su metodología para construir un archivo virtual y su pasión por recuperar tapas, artículos y crónicas el pasado revisteril.


Archivos digitales: algunas preguntas a Tito de Morón, del sitio Mágicas Ruinas

Golosina Caníbal: ¿Cómo y para qué nace Mágicas ruinas? ¿Hubo cambios en el proyecto durante estos años?

Tito de Morón: A fines de los noventa, navegaba por internet en algún foro y me encontré conversando sobre rock nacional, y me picó la curiosidad sobre los sitios que habría en internet sobre el rock. Los dos o tres que encontré eran más enciclopédicos que otra cosa, y en realidad lo que me sentí impelido era a charlar de eso que se había, no digo olvidado, pero poco difundido. Está bien que internet no era lo masiva que es hoy y prenderte a ver páginas era un parto realmente. Para que bajara una página con un módem de 28k, una imagen o un correo con adjunto tenías que preparar la pava y tomar mate tranquilo.
En una de esas navegaciones me encontré con el Tano del sitio Dos potencias se saludan que estaba armando Rebelde. El rock argentino en los 70. Con Dina, también del sitio, abren una lista de correo: Rebelista. Y charla va, charla viene, gente que se prende a intercambiar, se pone más que interesante eso de rememorar. Dina y Tano me incentivan a publicar en sitio propio, y me ayudan a entender cómo cornos armar un html, armar las páginas, adherirme a un sitio gratuito, etc. Creo no equivocarme si te digo que las primeras cosas las hicimos en Geocities, que era un lugar de yahoo para páginas. Ya para el año dos mil, uno mas o menos, tenía ganas de poner lo que había hecho en un dominio propio, y contrato un host. El sitio se llamó "derockar", tenía un logo de un Superman pegándole una piña a las letras del sitio, muy onda retro, estaba bárbaro. Fijate en Internet Waybach Machine que ahí queda algo de aquel sitio.
La memoria, el concepto de memoria, era como una constante para mí. La búsqueda, la investigación, no tenían el sabor de la nostalgia, sino casi como una impotencia porque es algo que se pierde, por eso es importante rememorar. Alguna vez encontré este concepto de Andreas Huyssen que puse en en derockar: "A veces la obsesión por la memoria produce sólo olvido, o nostalgia, o distancia: la moda del revival, por ejemplo, nos hace recordar el pasado reciente como algo ya clausurado, cuando acaso aún está vivo en nosotros".
Mágicas Ruinas es algo así, no es un revival, solo una evocación a cosas que han sido contemporáneas, en algún momento de mi vida, y otra que tienden a perderse. Las ruinosas son una continuación extendida de derockar, y de lo aprehendido, más que nada emotivamente, en el intercambio que sostuvimos mucho tiempo en la Rebelista, con Tano, Dina; en la lista de correos que tenía, de Mágicas Ruinas; y de amigos que hoy día son más frecuentes que aquellas amistades previas a la existencia de internet en forma tan amplia como es hoy día.


GC: ¿Qué criterios utilizás para seleccionar el material a digitalizar? ¿Cómo organizás el proceso de digitalización y con qué herramientas (materiales y digitales) trabajás?

TM: El criterio principal es que el material haya pasado por mis manos. Salvo muy contadas colaboraciones, las revistas son de mis estantes. Otras cuestiones que he tomado en cuenta es ver si está en internet la crónica, si hay mucho reciclado de una crónica específica, opto por no subirla. Va mucho en la búsqueda, hoy día. Es decir, por ejemplo, reviso una crónica o un recorte de una revista y me pregunto (frecuentemente) quién o qué habrá sido de esa persona o tema. Voy evaluando y seleccionando en forma intuitiva. ¿Por qué intuitiva? ¡Es que es un sitio personal! Algunas personas, podrían llegar a ver al sitio lo algo así como que es un servicio público, un clipping virtual, pero es un hobby personal. Claro que si me piden algo, busco lo que tengo y lo doy.
La organización es a nivel marca de la revista, ensobrado y un mínimo orden para encontrarlas. La digitalización pasa por escanear en una revista revisada, primero las publicidades, luego dejar señaladas las fotos y las crónicas. Con las crónicas utilizo un software lector de caracteres. Pocas veces he transcripto manualmente, solo en casos de letras muy pequeñas, hojas manchadas o con escritura sobre fotos, etc. Después la lectura en un bloc de notas. Uso el bloc de notas, el .txt simple y sencillo, porque no da formato, me resulta fácil releer y corregir (el lector de caracteres suele pifiar) y copiar y pegar luego al html me resulta más práctico. Actualmente estoy haciendo una sola columna, aunque me resulta aburrido exponer así, para volcar contenido está bueno, y me da tiempo para seguir revisando revistas, y hacer cosas con las imágenes que voy separando, para complementar este hobby en facebook o instagram.
En cuanto al armado de la página, la plantilla es sencilla, y mientras las búsquedas sean por palabras entrar en otras cuestiones de estilo, apuntando el sitio más al contenido que a otra cosa no me atrae utilizar java u otras alternativas.
Volviendo a la digitalización, el tamaño de las revistas juega en contra. ¿Por qué? Pues un escaner para A4 no alcanza, y el costo de un A3 no se justifica. Entonces en revistas como Gente y la actualidad, o Siete Días Ilustrados, debo digitalizar algunas cosas que vienen a página entera en dos veces, cortar y pegar en un editor de imágenes. Tampoco que sea tan frecuente, pero con las tapas hay que tener cierto cuidado, para no deformar la realidad.


GC: ¿Qué intercambio tenés con otros usuarios de la web?

TM: Actualmente, y hablando en general los mensajes que recibo son de agradecimiento por haber subido algo. Ya sea por algún fan de determinada inclinación hacia un artista, orientación temática, o política, como de personas de cercanías familiares o de amistad para con alguna mención que hace una crónica o imagen que subo al sitio. Otras veces he subido cosas que asocio con nuestras realidades, con noticias actuales, y aunque no emita opinión, hay personas que se han disgustado. Más que nada por la forma que algunos mantienen en internet, para comunicarse. Es como que dan todo por sobreentendido. Si subo algo, algunas personas piensan que le estoy rindiendo homenaje o exaltando una situación o persona. Es ahí cuando se pierde el concepto de "evocación". Pero, bueno, internet es anárquica, y cada quien dispara para donde mejor le cuadre. Con otros sitios, el intercambio es a nivel enlaces, tanto por afinidad, como por gusto propio de algún sitio que visité.


GC: ¿Por qué te parece importante construir un archivo con textos de publicaciones periódicas populares argentinas del siglo XX en el siglo XXI?

TM: Es que si a futuro se descubre cómo viajar al pasado, al menos que se tengan referencias de cómo vestir o cómo hablar... ;-) Medio en broma, medio en serio, las referencias sobre hechos y personas suelen ser positivas. Cuando era joven había leído algunas cosas, de las cuales suelen quedar algunos versos o frases. Así como para entender el por qué, te tiro algunas que aún recuerdo: "Que lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado", una frase de Francisco Luis Bernárdez, de un libro que tenía mi viejo de ese autor; "...cómo a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor", un soneto de Manrique, que tenía que aprender de memoria en el colegio; "Y si miro esas mágicas ruinas que aún existen aquí / me siento seguro de que otras pisadas nos precedieron", unos versos de Más allá del valle del tiempo, una canción de Claudio Gabis, de la que partí para dar nombre al sitio. Como verás, la evocación ha sido mi punto de partida. La creación de un archivo, en un sitio en el que he volcado más de nueve mil páginas, desde el 2003 a esta parte, es la consecuencia, no el objetivo. Por suerte hace tiempo que muchas personas están digitalizando referencias del pasado, que sirven como estudio e investigación. En este aspecto y por afinidad, personalmente me gustan Ahira (Archivo Histórico de Revistas Argentinas), Ruinas Digitales y Cedinci. Son sitios que suelo referenciar cuando me consultan de revistas viejas. También me resultan importantes las digitalizaciones que hacen algunas universidades u organismos extranjeros, como el sitio de la biblioteca digital hispánica que ha digitalizado miles de revistas Caras y Caretas. Los diarios y revistas han digitalizado muy poco, respecto de la historia que ellos han tenido, como Clarín que ha digitalizado solamente las tapas del diario.
Alguna vez, por ejemplo, cuando recorría locales de compra-venta de revistas, me encontré con varios bultos preparados para embalar, y pregunté si podía revisarlo, la respuesta fue que esa cantidad de revistas de la época peronista estaban vendidas. Vendidas a una univerdad de USA. ¿Qué te quiero significar? Después de tantos años sería importante que en nuestro país, a nivel política de Estado, se digitalice más de las revistas o diarios ya que son una versión de lo ocurrido, de la cual muchos investigadores parten. Encontrar en una biblioteca estatal colecciones de revistas sigue siendo medio raro.
Digitalizar los temas de alcance popular son un marco para ver no solo cómo era una sociedad, sino también cómo se explicaban las cosas que ocurrían, cómo se publicitaba, e incluso cómo se utilizaba el idioma. Construir archivos con alusión al siglo pasado permite ampliar el análisis, tanto de la historia, como del presente. Ayuda, hasta en lo impensado. Suelo poner por ejemplo una situación que ocurrió con la plaza 1º de mayo. Cuando, no hace mucho, decidieron transformarla se encontraron con huesos humanos, y las conjeturas fueron muchas. Hasta que alguien dio una referencia sobre la historia de ese lugar, que alguna vez fuera cementerio.
Otra noticia dio como “hallazgo” un túnel por debajo del Riachuelo, que fue una obra que tenía que ver con la electricidad. Cosas inusuales, que aparecieron en revistas del pasado, y que una buena referencia de digitalización de cuestiones populares, hubiera facilitado el conocimiento rápidamente. Ni hablar de cuestiones vinculadas al estudio de cómo se trataban los temas de cuestiones de género a nivel masivo, las comidas, los remedios que se ofrecían, etc., hasta para elaboración de antecedentes en los proyectos legislativos.

¡Gracias, Tito querido! ¡A seguir recorriendo esas mágicas ruinas!

domingo, julio 26, 2020

Tres documentales tres: Benesdra, Greco y la juntidad de la bohemia porteña

Hace unos meses vengo mirando algunos documentales que tenía pendientes. Recomiendo, en esta oportunidad, estos tres: uno sobre Salvador Benesdra y su novela El traductor; otro sobre Alberto Greco y su radical propuesta artística; y otro sobre la bohemia porteña de los 70 y de los 90. Las tres películas exploran bordes excéntricos de la cultura argentina, personas inolvidables e imágenes que condensan poéticas y formas de entender el mundo. Pasen y vean!



Sobre Salvador Benesdra y su novela El traductor: Entre gatos universalmente pardos, de Ariel Borenstein y Damián Finvarb




Sobre Alberto Greco, creador del Vivo Dito: Alberto Greco obra fuera de catálogo, de Paula Pellejero



Sobre la bohemia porteña de los 70 y los 90: La juntidad espeluzante, de Jorge Quiroga y Martín Carmona

lunes, junio 22, 2020

A la vera de un camino...: Sara Gallardo y los enanitos

Cuando realicé la acotada pero apasionante investigación sobre el epígrafe de Matando enanos a garrotazos (1982), de Alberto Laiseca (publicada en la revista Invisibles: parte 1 y parte 2), una de las pistas me condujo a Miguel Gallardo Drago, uno de los hermanos de la escritora Sara Gallardo. Siguiendo ese rastro, llegué al libro autobiográfico de Jorge Emilio Gallardo, otro hermano de Sara, titulado Geografía de la infancia (Idea Viva, 2008). Además de encontrar allí anécdotas, reflexiones y un breve perfil de Miguel, me recibió entre sus páginas una verdadera sorpresa. Según una carta que le enviara a su prima Isabel Ordóñez, a los 19 años, Sara había sido visitada por gnomos, vulgarmente enanitos, en la casa familiar "San Pedro", ubicada en Chascomús.
En la segunda parte de la pesquisa que conecta a Alberto Laiseca con Horacio "Pepe" Romeu, autor de A bailar esta ranchera (1970), y a este con el poeta Miguel Gallardo Drago, no pude evitar hacer el rodeo, ¡los textos habitados por pequeños seres me lo pedían!, y arrancar el ensayo con una mención a la original carta de Sara.
Ahora, porque me siento en la obligación de hacerlo hace ya un largo tiempo, transcribo la misiva completa para que disfruten de la imaginación, el humor y la frescura de Sara Gallardo en 1950. Reproduzco el título y la bajada que el propio Jorge Emilio escribiera en Geografía de la infancia.


Unos golpecitos en la ventana (carta de Sara Gallardo a su prima Isabel)

El 6 de marzo de 1950, a los diecinueve años, Sara imaginó desde “San Pedro” una aventura literaria poco común, testimonio de su sensibilidad hada un mundo invisible y operante y versión larvada de lo que sería su fuerte cuestionamiento de las enseñanzas recibidas.

Recibí tu carta que papá me trajo junto con unos libros de filosofía; también me llegó tu telegrama ¡gracias!

Pero no he podido estudiar en todo el día por los nervios de una cosa que me pasó anoche y que nunca me vas a creer si te cuento.

Estaba durmiendo profundamente cuando me despiertan unos gol­pecitos en la ventana y una especie de cuchicheo que me decía que fuera al monte.

Papá no estaba, Miguel en una guitarreada, mamá arriba. Voy al cuarto de papá y agarro el revólver, me envuelvo en un poncho, y con los dientes castañeteando, digamos que de frío, entreabro un postigo del escritorio.

La luz de la luna inundaba todo. Asomo la cabeza y oigo en el monte un rumor como de voces.

Ahora vos, que has vivido aquí, hacete una idea de las cosas que me pasarían por la mente: un confuso tropel de ideas sobre el Vasco Elso, Nerita y otros entes me cruzó por la cabeza.

Desde luego que lo primero que decidí fue volver a cerrar con llave, confiar en las rejas de las ventanas y meterme a tiritar en la cama.

Mientras te escribo vuelvo la cabeza repetidas veces hacia la ventana, recordando mi miedo.

Pero en ese momento se me presentó el cuadro de las circunstancias: mamá arriba, recién llegada, con Dorotea, profundas, Marta profunda, Jorgito profundo, y lo mismo en la cocina.

¿Iba yo, después de alimentarme del Cid y de Homero, a meterme en la cama como si tal? Volví a asomar la cabeza, y comprobé estupefacta que el rumor de las voces del monte no eran como de hombre, sino finitas como de unos chiquitos.

Me encomendé a todos los santos y avancé revólver en mano por el sendero del monte.

La luz de la luna pasaba entre los árboles en chorros desiguales, mi corazón latía con saltos desiguales y yo tropezaba en las desigualdades del camino. Conque mirá vos.

Y llegué al medio del monte, donde hay un viejo paraíso con una cueva al pie y el tronco cubierto de musgo, y unos talas retorcidos se sostienen unos a otros.

¡Y pensar que no me vas a creer Isabel! ¡Y pensar lo que vi!

Estaban sentados en el suelo, y en los troncos de los árboles. ¡Ah! si no tuviera la prueba aquí sobre la mesa, te aseguro que yo creería que he soñado.

Tienen el largo de un dedo de tamaño y vuelan sin alas, como empu­jados en el aire por una fuerza invisible. Yo los veía por primera vez.

Uno me dirigió la palabra, y parecía ser el más importante de to­dos.

“Siéntate sobre la raíz” me dijo, y te aseguro que yo no sabía si tenía frío, y no me acordaba del revólver.

Confusamente tenía ya ganas de que todos los de casa estuvieran allí mirando.

“Porque ya nadie cree en nosotros, es que estamos aquí” me dijo el rey, y el rumor como de abejas que hacían los demás paró de golpe.

Voy a tratar de describirte lo que yo veía, aunque no me va a salir bien, y aunque ya sé que estás pensando que soy una macaneadora. De todos modos quiero escribirlo aunque nadie me crea.

Había una multitud de los duendecillos de los cuentos, como personitas, esbeltos, frágiles, sutiles y de ojos verdes. Se vestían pareciera que con pétalos de flores y pieles de laucha, pero no lo puedo asegurar porque yo estaba muy turbada, y la luz de la luna engaña mucho.

Al pie del paraíso, en la boca de la cueva había un montón de gnomos, tal como uno se los imagina, pero más chicos de lo que yo creía que son.

En las hojas yo veía que algo se agitaba y después supe que eran silfos, que viven por los árboles, y son como verdes y traslúcidos.

Yo no podía creer.

El rey dijo de repente: “Habla”, y una vocecita como un pitito dijo: “Vengo en representación de las sirenas verdes y lustrosas del océano y de las sirenas de ojos azules y largo pelo de oro del Mediterráneo. Tam­bién de las náyades que viven en los ríos, y las ninfas que corren por los bosques. Ellas no pueden llegar hasta aquí”. Era un duendecito vestido de amarillo.

En mi fuero interno empecé a desear que volviera Miguel de la gui­tarreada y nos pescara así.

El rey me dijo: “¿Has creído alguna vez en la existencia de todos nosotros?”.

“Sí”.

“¿Porqué dejaste de creer?”.

“Me probaron que no existían...”.

“¿Quién te probó?”.

“Los sabios”.

“¿Qué te enseñaron?”.

(Por mi mente pasó un confuso montón de recuerdos de la filosofía tragada estos días).

“Me enseñaron que hay seres espirituales y seres materiales. Los espirituales: el alma humana, los ángeles y Dios”.

Un coro de risas como de un cristal golpeado por la uña resbaló entre los árboles.

“¿Nada más?” dijo el rey.

“No entiendo” contesté ¡tuctus!

“¿No te enseñaron que Dios puede todo?”.

“Sí”.

“¿Y que al principio de los tiempos del mundo, creó unos seres de una materia distinta y los puso en el mundo junto con los árboles, los hombres y lo demás?”.

“¡¡¡!!!”.

“¿No te basta el testimonio de siglos de humanidad que decían que existíamos? ¿No creíste después de vernos en los capiteles de las catedra­les y rodeando las tumbas de damas y caballeros medioevales, retratos en la piedra? ¿Tus sabios, lo saben todo acaso?”.

“Casi todo; ¡mucho!...”.

“¿Te han dicho tus sabios quiénes mueven las cortinas cuando no hay viento, porqué suenan las arpas y violines solitarios?

“¿Te han dicho qué historias de naufragios y sirenas cuentan los caracoles al ponerlos en tu oído; saben qué escriben las gotas de lluvia cuando caen; saben ellos el idioma de los pájaros y de las flores? ¡Vamos a ver! ¿Te han dicho eso? ¿Lo supieron?”.

(Yo aplastada).

“Dios mismo les dijo, y Vds. lo repiten a diario, que deben ser seme­jantes a los niños”...

“¿Porqué me llamaron a mí entonces?”... dije en un arranque de elocuencia.

“¿Acaso no has dudado a veces de tus sabios? A los niños no les creen, quizás a tí te crean”...

(Estuve a punto de musitar un “¡difícil!” al estilo de Manuel [el her­mano mayor de Isabel], pero no me animé.

“¿No has creído oír que te llamaban por tu nombre mientras estabas sola? ¿Mientras mirabas el mar no creíste ver sirenas fugitivas? ¿Acaso serían tus sabios los que nadaban?”.

(Otra carcajada general. Yo estaba boleadísima porque la ironía del rey era algo que dejaba la mía reducida a un poroto).

“Cuando te metes el tenedor en la boca y está vacío ¿quién crees que sacó la comida y la puso sobre el plato?”.

“Bueno, bueno, ya creo, ya veo que son verdad, ¡no saben Vds. cuánto me alegro!”.

“Algunos sabios nos conocieron —sugirió el rey en tono más concilia­dor—, son los modernos de hace 3 o 4 siglos los más tontos. En los antiguos mapas, ¿no viste dibujadas las sirenas?”.

“Cierto”...

“Bueno, niña, ¿te creerán las gentes cuando les expliques?”.

“No sé... este... señor... trataré por lo menos”...

(En ese momento pasó una idea “ventajita” por mi cerebro).

“Quisiera pedirle algo” le dije.

“Habla”.

“¿No podría aprender yo todo lo que Vd. me dijo antes: lo que escriban las gotas de lluvia, los cuentos de naufragios y todo eso?”.

El rey hizo una sonrisita y me contestó que hay que querer para poder y buscar para encontrar, con lo que me quedé medio desconcertada. Después me miró y me dijo:

“Adiós. ¿Te olvidarás de nosotros?”...

Yo brutísima le pedí un recuerdo de ellos y me dio unas florcitas chiquititas que tenía en la mano. Son amarillas y así: [el dibujito les da menos de tres centímetros], de ese tamaño.

Las tengo a mi lado ahora.

Se fueron, unos por las hojas, otros por el tronco y entre el pasto; yo me paré aterida y el revólver resbaló por mi camisón y cayó al suelo.

Lo levanté y trayendo en una mano mis florcitas y en la otra el arma, volví a la casa.

Todo estaba igual, todos dormían. Me acosté. Al despertarme esta mañana pensé haber soñado el sueño más extraordinario de mi vida, pero en la mesa de noche estaban las florcitas.

¿Te has convencido? Yo desde luego.

El viernes volveremos y te veré.


Gallardo, Jorge Emilio (2008). Geografía de la infancia, Buenos Aires, Idea viva, pp. 124-128.

martes, julio 22, 2014

Mapas efímeros: Solos de remington

Mapas efímeros: Amante de la esencia (I) (II)

Para una explicación sobre estos mapas efímeros sobre la obra de Néstor Sánchez, leer acá
Esta es la primera parte de un mapa efímero sobre la escritura incluido en Solos de remington (2014). Se trata del último libro publicado por La Comarca libros que recopila este mapa, el primer libro de cuentos (Escuchando a tu hijo y otros relatos (1963)) y otros relatos como el último escrito por Sánchez.


Solos de remington (I) 

ese barrio con el olor a frito y anduve como un poseído a la par de la vía, sobre el barro debido a la garúa de toda la tarde con una docena de carillas repentinamente inexistentes en el bolsillo del sobretodo, el releído final de Rimbaud, Roberto Arlt fabricando medias en sus últimos días. Meses enteros privándonos, el alquiler de mi pieza atrasado, la necesidad de una máquina de escribir porque va la vida en eso: te lo reiteraba después de quince o veinte días en algún empleo y el encierro y enseguida la liberación que llegaba de vos, un nuevo poema que te leo y te sacude y me das la venia, vuelvo a levantarme por la tarde, a ponerme a salvo y rumiar la falta de comida, a salir desolados los dos por la puerta lateral del hipódromo de San Isidro.


Con el pulso normal a una hora semejante debí procurarme papel, cargar la mesita con la Remington y además colgarme una silla del hombro. Y sólo una vez introducidas las piernas bajo la mesita y respirando hondo (el aire salió despacio y un poco denso hacia el aire que me rodeaba) reiteré que debía escribir una única carta frente a la higuera: una única columna de humo entre tres gallinas y decenas de mariposas.
Mientras introducía la hoja y la acompañaba con el rodillo lo asociado en primera instancia fue el viejo Jonathan Swift entre las tres muchachitas irlandesas en el mismísimo corazón de Irlanda: viejo Jonathan hacia la primera parte del final usted declaró voy a morir por la copa (como un árbol) por la copa con pelo, y en resumidas cuentas usted había vivido toda su vida por la copa y entonces por eso, escribí dieciséis veces exactas por eso y arranqué el papel de la Swift e hice un bollo que fue a pegarle justo a una de las gallinas que apenas aleteó sin convicción alguna. Las mariposas arrastradas por el mismo aire a golpearse contra las plantas a golpearse contra las paredes: pasé otra hoja y la acompañé con el rodillo, la ubiqué a margen y entonces fue cuando se produjo esa especie de corte momentáneo entre la glorieta y las gallinas, entre la suposición de Orsini en el aro y la higuera sostenida por estacas, entre el gran teclado Jonathan bajo los agujeros de mi nariz y la pobre mujer de Lot.

Lo mismo escribí querida Amparo de Frías a pesar de no haberla conocido convendrá (simbólicamente) conmigo en que toda desesperación, en particular toda desesperación maschwitziana dañaba indirectamente a los yuyitos: vuelta a arrancar el papel y a estrujarlo en un bollo que esta vez se cargó un poco de tensiones inconfesables y otro poco con los vestigios de la gran huevada patética; cayó a metro y medio del anterior, sin golpear a ninguna de las tres gallinas que daban la impresión de permanecer lo que se dice ajenas al nítido y casi milagroso sonido de la Swift.

Encendí un cigarrillo mientras con la otra mano pasaba una nueva hoja donde casi enseguida escribí cierto entrecomillado programático, reflexivo, muy breve porque empezaban a llegarme ruidos ligeros, algo vehementes desde la parte central y por lo tanto la arranqué e hice bollo y pasé nueva hoja donde escribí una frase algo exaltada sobre mi cuerpo allí, en el pico, frase que enseguida taché con equis en hilera: querida Batsheva debido a un montón de razones parecería imposible (reiteré cinco renglones de parecería imposible, me levanté percibiendo nuevos ruidos intimidatorios adelante, vi leche en la higuera, vi Lima y aquel hombre P. R. entre pausas que me había preguntado aquello con muy pocas esperanzas de que lo entendiera, sin énfasis entre la palabra vida y la muerte, vi la enormísima huevada siempre al alcance de la Swift, hubiera pateado en paz y por patearla a una de las tres gallinas ignoradoras de las mariposas sobre mariposas) y al volver y sentarme embollé la hoja, pasé otra, reiteré parecería imposible preguntándole a continuación, confesional, en qué momento iba a confiarme sus poemas y sus prosas de cámara y si ser cómico de la lengua representaba su vocación ineluctable: más allá de los bollos —y de la enormísima imprecisión— todavía me parece necesario escribir por lo menos una única carta como si únicamente después de escrita pudiera empezar (di dos espacios y levanté la vista y olí a dentífrico) a reírme de una vez por todas del remitente…

Batsheva ayudándome a recoger los últimos bollos reprimió a ojos vistas la tentación de desenrollarlos y poco más tarde trasladábamos la mesita y la silla mientras Orsini irritaba con vueltas de carnero muy torpes en la parte superior del aro que a pesar del alero le brillaba al sol de la mediamañana en el traspatio.

(continuará...)


viernes, mayo 02, 2014

Mapas efímeros: Amante de la esencia (II)

Para una explicación sobre estos mapas efímeros sobre la obra de Néstor Sánchez, leer acá. Esta es la segunda parte del mapa sobre jazz.

Amante de la esencia (II)

inútil toda pretensión de retenerlo: huirá aunque se doble para recoger las escobillas y aunque por ese mismo motivo no altere para nada el ritmo tercero a partir de la izquierda en relación al que mira, en el centro, un poco adelantado y en mangas de camisa la mano del gordo tantea debajo de la silla o encuentra la botella de cerveza: huirá aunque levante la botella sin abandonar los golpes y aunque beba por el pico en el centro del tablado un poco más atrás el violín, son cuatro: el violín, el gordo Nicolás Buttice, un acordeón Honner, atrás el ex piano de Felipa tocando debajo de un toldo el retome de Pobre mariposa…
se mandará mudar trasladando a cada uno de sus costados esa misma batería que no tuvo ni tiene redoblante pero que tiene un platillo doble con pedal y cuando el gordo pisa el pedal cambian de ritmo, baja o sube la botella, tantea los platillos, se despeina hacia el patio poblado siempre a punto de dedicarse a los toms
sólo se le agita una pierna es porque golpea con exclusividad en toms, no se escucha el piano ni el acordeón y acompaña al violín con algunos golpes de rutina sobre la mariposa del platillo: el gordo se había dado cuenta por anticipado de que iban a bailar pero no detuvo un minuto, no le interesa en lo más mínimo, no cambia el tema: Pobre mariposa debajo de un toldo en Villa Mercedes, de la provincia de San Luis
un ritmo de vals –con escobillas separadas— para el gordo es algo absolutamente comprensible: mamá Greta y Giménez se fatigan y abajo están todos y arremeten y los abrazan concéntricos en sucesiones de toms, los vidrios vibran o retumban, todo ensordece mientras vuelve al pedal y ahora es el acordeón el adelantado en relación al patio, cambió el tema, el ex piano de Felipa canta
se trata de un único gesto o señal con la cabeza en dirección al piano para que calle, el violín sabe que cuando calla el piano debe callar, el acordeón sabe que cuando callaron el piano y el violín es porque el gordo termina de bajar la botella y de acomodarse en la silla: golpea y sonría todavía en San Luis, no tiene ningún tipo de reproches y hasta puede que mientras tanto se dedique a sentir todo su cuerpo
a sentir por ejemplo el pie sobre el pedal, cierto sacudimiento si se quiere leve en los músculos de la cara, a sentir los diez dedos en los extremos de los platillos, el culo sobre la esterilla de Villa Mercedes, en el plexo solar el recuerdo (o acaso hábito) de Pobre mariposa que le excitaría ese contracanto casi concertante; incluso puede que le reste un poco de paciencia para presentir que más allá de todo posible deterioro Greta embarazada bajo el tul ama sin embargo a Giménez como a sí misma
que la banda de sonido pertenece a Bix Beiderbecke en trompeta, Frankie Trumbauer en saxo contralto, N. Buttice en drums, tocando durante todo el tiempo In the mist
Primero asociando bulto o cuerpo o sombra de cualquiera de ambos: llevándosela consigo sin redoblante aunque no lo que se dice hastiado del ciclo percusionista, sino trepándose nada más a un larguísimo tren nocturno, tren penumbroso con vagón-correo atrás y arrastrado por una máquina a carbón de piedra, con la sospecha creciente de que vienen (a una distancia inmodificable) a sus espaldas.
Durante veinte horas continuadas sobre el tren sin dar vueltas la cabeza hasta saltar por fin sobre ese auto que sin exagerados contratiempos seguirá a todo lo largo de la frontera pero adentro del cual (poco a poco) queda en evidencia que no es ni cuerpo, ni bulto, que las sombras de por sí no tiene por qué perseguir a los bateristas y adentro de ese mismo auto (aunque sin aparente relación y hasta con alguna torpeza) buscará en un arranque los palillos y una vez con ellos en su poder: los unirá a las escobillas y apretará todo eso sobre su falda; con las dos manos. Sin embargo a pesar de la enorme presión, de seguir quietos los cuatro (y oprimidos bajo sus palmas en el interior de un auto alejándose cada vez más de la frontera) será posible descubrir, incluso nítidamente, la calidad de sonido que lo persigue y perseguía; no otra cosa que EL SWING DE SU BATERÍA PERSIGUIÉNDOLO.
Y por un instante (y por rara paradoja) esta certeza no sólo lo tentará a encender un cigarrillo sino a llenarse de una rara (inarticulada) sensación de paz (o mejor sosiego) a partir de la primera bocanada de humo mientras será él, Nicolás despojado de reproches, el que escucha, sosegado, a tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar, rodando a toda velocidad en lo que suele llamarse el extranjero.
Para ser preciso: no huye Buttice durante las trece pitadas profundas que siguieron, las trece exhalaciones lentas a tres mil doscientos metros de altura hasta que (reconciliado y en calma) decide arrojar el pucho en dirección al abismo y acto seguido subir otra vez el vidrio de la ventanilla – porque en última instancia ha decidido no escuchar más lo que escuchaba, ha decidido que basta.
Pero lo descubierto por Nicolás, casi paralelamente, es que no puede dejar de oír; nada cambia. Y entonces Buttice huye con la ventanilla subida, en el interior de ese mismo auto (y en tres trenes y dos ómnibus) a través de todo el país limítrofe: transpirado, gordo como era, con movimientos dificultosos, hasta caerse de sueño en las proximidades del primer trópico donde en forma imprevista y frente a un indescriptible paisaje con palmeras gigantes, vibratorias, confirma no haber olvidado el pedal del bombo en San Luis mientras lo oye contra el parche del bombo; dormirá sobresaltado y con movimientos rítmicos de su cabeza como si se encontrara despierto en el extremo de las escobillas; huirá entre cocoteros y gatos monteses oyendo únicamente los toms; escapará de un hotel para músicos argentinos agremiados en dirección al puerto y sin haberse cepillado los dientes a fin de poder huir sobre la quietud de aguas que se abren en dos a lo largo de un río interminable, solo sobre un barco colmado de negros que sonríen sin descanso hacia los bultos firmes que tiene a cada costado de su cuerpo.
Y pese a tenerla bajo la cama del prostíbulo se mandará mudar del prostíbulo latinoamericano a todo lo ancho del océano.
Y no podrá estudiar ningún idioma, ni siquiera perfeccionarse en composición, por el simplísimo y dramatizante hecho de oírla.
Ni siquiera le será dado detenerse a sonreír, a relajarse, a enamorarlas, a bañarse en el mar durante la extensa y accidentada carretera oceánica, por un camino de cintura, por un lago de deshielo, a través de un país de enfermos mentales que se cagaban a tiros desde las primeras horas de la mañana hasta la noche.
lo que no comprendió: la literatura bengalí, la escala heptáfona como armonía del universo, la supuesta armonía del universo, multitudes en las que cada uno buscaba nada más la salvación, las declinaciones del sánscrito, la respiración controlada, controlada por quién, toda la indiferencia, el Tanil, el bengalí como acorde
Metiéndose por fin, retraída en el sur de sures, la última noche, con insomnio, en ese simulacro de bar para extranjeros donde alguna vez se habría pensado extranjera, sola, por la noche tarde, muy cerca de un puerto demasiado puerto, con nada más esos cuatro dólares en la cartera y la mitad de la vida cumplida: negándose a reconocer, hacia el fondo, en el humo, la disposición de los instrumentos, lo tocado por los instrumentos, qué clase de música que ella debía sin embargo escuchar con cada codo sobre esa misma mesa del mantel (¿celeste?) porque lo tocado por los instrumentos parecía venirle de todas partes y de ninguna, en cierto modo.
Sin compañía allá negándose irse a la cama con un marinero hawaiano, con un prometedor de alcaloides que se lo explicaría por señas como si fuera cierto lo del semen relacionado con la divinidad mientras el tercero o cuarto en el humo (era un sexteto sin finalidad perseguida, seis por su cuenta) hacia la parte interior de lo que parecía un escenario sin lugar a exageradas dudas era un gordo no tan gordo que se le hacía cada vez más y por lo tanto menos patente aunque sin la menor esperanza de desviar la atención: quería y no quería saber debajo de qué toldo y a miles de kilómetros de distancia lo habría visto y escuchado en otra época no demasiado remota aunque no con los ojos notoriamente en blanco y mucho menos enardecido sobre los toms, dónde se había detenido alguna vez a mirarlo aunque no sonriera como sonreía ahora allá lo mismo que un bobo pero bastante más gordo y transpirado, no sonriera desde el fondo hacia la puerta allá (vaivén) y golpeara las distintas partes de la batería, golpeara en los níqueles, en redoblante lo mismo que un bobo que estuviera borracho y aunque careciera de importancia tampoco podía negarse hasta el fin que estaba escuchando algo muy semejante a música de jazz en un semirrestaurante del sur de la India mientras los seis tragaban humo más espeso, hacia el fondo casi celeste, por encima del alboroto y de los otros ruidos, con un líquido denso adentro de una copa apoyada sobre la mesa, las vacilaciones de cada instrumento, como atrapado perdido en por lo Maya, lo mismo que si estuviera preso en lo que había de máyico en la droga, en la India, en la beatitud boba, pueril, torcácica, proveniente de esa música para unos pocos años, flagrante, sin alianzas posibles más acá del bullicio, en el humo, esa música empelotante, inocentísima, ilusoria.
el longevo Dizzy atacando incitando al desaparecido Charlie en el clamor perdurable de la concurrencia y me pesan los brazos y Batsheva agrega a mitad de camino qué era lo pensado por Charlie mientras soplaba como para voltear y reímos los cinco con un sonido que se suma al humo y se encierra y se escucha
me visto a toda costa un cuerpo que mientras me lo visto se me escapa y es como si estuviéramos girando al mismo tiempo en el espacio y de lo que más tengo ganas de reírme es de que ese resulta otra vez Dizzy, Dizzy en casa como si en cierto modo él también estuviera girando en el espacio: nos reímos a coro de Dizzy y del staccato… se ríen en Toronto de que Dizzy agarre un poquito de tema y lo fracture, de que chille y por chillar y reagarrar el tema lo aplaudan
otra vez Hot House atacando todos juntos y hermanos como si observaran la vela y les llegara el sonido claro y valiente de las gotas mientras Charlie enseguida canta por sí mismo porque en el fondo lo que más le gustaba a Charlie era cantar, malo eso de gustarle cantar y meterse en cambio en el encierro del Massey Hall con ese calor canadiense y toda esa gente gritando boludeces, perdiéndose transpirados gritando boludeces mientras giran en el espacio sobre (encima de) un punto remoto y frío de la galaxia y cada cosa en el espacio gira y después sigue el espacio donde le insisten y le gritan boludeces al pobre Charlie a quien le daba tanta si se quiere vergüenza cantar
Margarita, Margarita querida, Margarita Ferreyra soy yo, soy Charlie Parker, la vida es túbica siempre tocando en Toronto, en el calor infame de Canadá con toda esa gente transpirada y desapacible que grita y no para de gritar boludeces sin solución de continuidad
Margarita llora sola, Margarita Ferreyra llora en sí menor despacio con negras ligadas, en el apartamiento en Flores, en Toronto

sábado, abril 12, 2014

Mapas efímeros: Amante de la esencia (I)

La escritura poemática de Néstor Sánchez traza sus propias obsesiones a lo largo de sus novelas, cuentos y ensayos. En este punto, las obsesiones de su escritura fueron su vida y como lo proponía en "Apuntes en favor de un género algo inexistente": "todo acto dirigido a la creación es en sí mismo un acto de vida que se modifica junto con él y viceversa" y "empieza a vislumbrarse que todo intento es una especie de apunte imperfecto que antes que nada permite vivir y hacer vivir más plenamente, que permite replantear en forma constante todo criterio ético y modificar día a día (o a lo sumo cada semana) lo que se pensaba o intuía respecto de uno mismo y de los otros" (en Ojo de rapiña).
Justamente, para perseguir esos alientos de vida en la escritura de Sánchez, desde La Comarca Libros, Claudio Sánchez nos propone una serie de mapas efímeros, intentos de cartografiar ciertos temas, ciertas obsesiones: el jazz, el turf, el tango, el humor, el ritual de la escritura, etcétera. Léanse como modos de ingreso al lenguaje de Sánchez, a esa escritura que sigue desvelándonos. Va, entonces, la primera entrega del mapa efímero del jazz: Amante de la esencia. La referencia a la obra aparecerá señalada por la tapa que cierra el fragmento. 

Amante de la esencia (I)

…no rescato nunca hechos significativos, no creo que sea tan difícil, eso sí hay muebles que todavía no quiero, libros sin leer, un disco de Charlie Parker que se enloquecería con la jeringa cuando yo aprendía a fumar en las esquinas donde no pude dar nunca nada ni me dieron…


Nos tendría a los tres en cero, sin bananas, más bien a que fueras allá arriba para escuchar cuarenta y ocho horas seguidas la brutalidad verdaderamente triste del jazz. Pero haría falta ser espigado negro, enganchar con el furor de Santos: digamos irritan como irritabas contra el piano del chalet marítimo antes y después del fracaso de la martingala; es cierto lo hacen en el país más falopante del mundo y creo que por eso hacia la noche (la primera) empecé a repetirte en pedo la palabra lección aunque más no fuera o fuese para barrerlos con aire pulmonar, soplador de la maravilla hoy aquí y nada más que aquí sin comprender nada, con el agua hasta las orejas diciéndotelo todo en el humo, viene una ola y llorando con vos en el humo, pobre cito vos. Me parece que te explicaba esa shomería, se me iban sin saber por la boca y al principio no quisiste entenderme o sospechabas en cronómetro oculto o me sentías vendido al enemigo que irrita en esa forma, en un país que pasa a toda hora la berreta pero casi no hay enemigo, otra manera de decir que hay maneras de poder no morirse de emputecida tristeza y vivir para siempre a favor de una muerte que suene a Thelonius…
Maniobras de sport que en lo general no se registran por la manta en la niebla y el aprendiz provinciano: adelantó en el training, dejó de negarse a la ración, ya se lo verá en el cambio de categoría con el Wurlitzer que hizo descender despacio por los fajados con boina desde el camión para mudanzas, llevarlo despacio y la escalerita hasta los tres ambientes bastante alejados de la estación Moreno, quince días de piano sin noción elemental y salida breve a procurarse víveres, alcohol y tabaco negro por medios que tampoco interesan en homenaje al interés de la mayoría. No se necesita tocar siempre una sola nota en un solo instante y por eso vale la influencia Bud Powell en Isla, vale lo que se dijo de romper con lo demasiado visible y Charlie Chan y siete o veinte horas cotidianas improvisando…
Toca aquí el piano de su incuestionable propiedad, toca sin saber lo que hace, se escapa, detiene después de un codo en fa, pone la funda (pasa la mano a lo largo de la funda), agarra el bufoso y sale, trae plata, trae una mujer cada tanto hasta que alguna muy en banda va a quedarse por un largo tiempo con el pianista de los bajos de Villa Urquiza, levanta cada día la tapa, dobla la felpa, próximo a media tarde pueden escucharse los primeros golpes pero en el medio acepta que necesita vincularse y compra o roba entre otras bagatelas un Winco, compra o roba una púa con punta de diamante, semanas en los compartimientos privados de una grabadora y lleva a Moreno lejos de la estación los discos que escucha sin vecindario… durante meses se hace la comida con sus propias manos, realiza contactos y logra secuestrar en la esquina de Cerrito y Viamonte a un pianista de fama mundial obsecuente de Mozart, lo apura, lo echa, llega otro verano y siembra semillas de radicheta desnudo al sol en los fondos de Moreno para recapacitar y ubicarse, se balea con la policía de San Francisco porque había decidido traerse desde el sótano de Ferlinghetti al negro soplador en la sobrecubierta del disco, lo desamordaza, le consigue la droga, le ceba mate en Moreno a punto de convencerlo por señas y vienen dos negras yanquis y logra un orgasmo cabal. Les hace escuchar a Julio de Caro del treinta, a Juan Mario Pacho, a Fiorentino, compone Siberia blues pero a los pocos meses lo considera conformista, saca a patadas al negro, improvisa sobre licantropía y semillón con bananas, ama (o cree amar) a la negra que sin embargo lo abandona por un corredor de bombeadores Siam que llega imprevistamente a la hora en que él duerme y no debe ser despertado por ninguna causa, se va recobrando con lentitud en los tres ambientes de Moreno…


(continuará...)
 

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