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miércoles, 4 de febrero de 2015
Un Quijote de diez minutos (Pedro Salinas)
La inconveniencia o no de extractar, resumir y adaptar las grandes obras de la literatura al escaso tiempo que tenemos (o que estamos dispuestos a dedicarles) es uno de los asuntos espinosos con los que los profesores y estudiantes de literatura de cualquier lengua están condenados a lidiar.
Como aportación al debate sobre este asunto, traemos un texto de Pedro Salinas, el gran poeta del grupo del 27, que fue también un fino lector y ensayista. Proviene de su libro El Defensor, una joya publicada en 1948, que quizá no es tan conocida como debiera. Una de las secciones del libro está dedicada a la defensa de la lectura frente a aquellos que la consideran una actividad prescindible.
Razona don Pedro que la oferta editorial es tan grande (hoy, muchísimo más que cuando él escribió esto) que el lector vago encuentra en esa misma abundancia un motivo para desanimarse de la lectura. Y prosigue:
«Para lidiar con este crecimiento monstruoso del libro se proponen variados atajos, evasivas y soluciones. El mismo hecho de que sean tantos, y tan lamentables algunos, los arbitrios propuestos, bien dice que el hombre de hoy está como acorralado por las huestes de los libros, y se defiende, a tuertas o a derechas, con palos de ciego, o con destellos de inteligencia. Examinemos algunos de los recursos ingeniados para lidiar con el problema. El primero, lo llamo el de la razón bruta.
LA VÍA DE LA RAZÓN BRUTA
Precisamente cuando empezaba a percibirse en el orbe de las ideas una reacción contra el racionalismo del siglo XIX, un príncipe británico del ingenio, al que todavía hay empeño
en mirar como mucho más frlvolo de lo que era, escribió: «La fuerza bruta, la resisto, pero lo que no puedo aguantar es la razón bruta». La agudeza de Wilde daba una vez más en el clavo, porque nuestro siglo está lleno de predicadores y propagandistas de la razón bruta. De ella viene uno de los intentos de remedio, que por desdicha va creciendo en favor. Su santo modelo podría ser Procusto, y su herramienta el famoso lecho. El razonamiento bruto que lo informa cabe formularlo así: ya que no sea posible dilatar las horas, achiquemos los libros. Si no se pueden ahormar los días, conforme a nuestras necesidades lectorias, ¿por qué no volverse al otro personaje de Ia tragedia, y azocar, estrujar los libros para que su lectura quede en menos espacio horario? Si Homero o Rabelais, o Tolstoi, se empecinaron en escribir y escribir a espacio, con serena majestad, como el lento río undoso, nosotros, herederos y beneficiarios, ¿debemos ajustarles las cuentas de sus cuentos, meter en cintura a los tales derrochadores y a sus escritos, reducirlos de tamaño, sin escrúpulo, hasta que sus nobles cervices antiguas se humillen ante nuestras democráticas y modernas exigencias? Lo cual ya da por supuesto que cualquier gran obra, tenida por clásica y magistral, es, además, poseedora de una cualidad elástica, que la permite ensancharse o encogerse, a gusto del tiempo de los consumidores. Habría así, y de hecho los hay, Quijotes, por ejemplo, para todos: Quijotes de diez minutos (en cómics o funny strips, en muñequitos, yo lo he visto); Quijotes de diez horas y Quijotes de toda la vida. Transferido al problema de la navegación trasatlántica, muy difícil en este instante, equivaldría este sistema a someter a los aspirantes a pasajeros en los tan escasos piróscafos, a una operación diminutiva o reductiva previa al embarque, que, corrigiendo las exageradas proporciones de los cuerpos de los navegantes, los convirtiera en enanos; así, un trasatlántico cualquiera capaz de acarrear en sus profundos dos mil hombres de tamaño normal, acaso pudiese cargar con cinco o seis mil liliputienses, en el mismo espacio, notoria y estupenda mejora en las comunicaciones. Porque por lo visto estos racionadores creen, digan lo que quieran los biólogos como Haldane (me refiero a su delicioso ensayo «Sobre el justo tamaño de los animales» en Possible worlds) que personas, cosas, libros, han de tener las proporciones que deben tener, conforme a los dictados de la razón bruta, en función de oportunismo; y no las que tienen según su razón de ser, su razón vital,que es de donde les viene su tamaño.
DICKENS Y SHAKESPEARE CASTIGADOS
No hace mucho alumbraron las prensas un volumen que contenía las cinco mejores novelas de Dickens. Noble era el propósito del compilador: que esas obras maestras del gran narrador británico, de su arte y de su humanidad, alcanzaran a un vasto número de lectores. Pero cuando dije que el tomo contenía esas novelas estaba pensando en las dos acepciones del contener: una, incluir y la otra reprimir, moderar. En verdad, el libro era una contención, una represión de las novelas dickensianas, porque éstas están en él, tan sisadas, tan mutiladas, que la versión (así creo que se llama) ocupa la quinta parte de lo que ocuparían las cinco novelas tal y como Dickens las escribió. ¡Estupenda proeza que requiere valor y ánimo nada comunes! La autora del volumen estima que Dickens es un novelista extraordinario de la lengua inglesa y de la humanidad en general; en lo cual bien puede ir asistida de razón. Esa eminencia le hace merecedor de que
todos le lean. Pero en la operación de trunca y cercén del autor, va implícita la más terrible crítica que se le puede hacer a un novelista: que no sabe hacer novelas, que escribe tan prolijamente y tan sin juicio compone que ha de venir alguien, un siglo después, a corregir esos excesos, a darle una lección de composición, enseñándole cómo todo aquello que él decla en mil páginas se puede decir gentilmente en doscientas. Asl que, por un lado, se dice rendide tributo, por maestro sin par del arte novelístico; y por otro se nos insinúa que el maestro no sabía hacer una novela como es debido, y que le faltaba un don tan indispensable al novelista como el de la justa y orgánica composición de la obra. Ignora sin duda el que perpetró esa compresión, que las obras literarias tienen todas su tiempo, y que esa exquisita cualidad, no muy fácil de percibir a veces, las distingue y avalora a cada una por diferente en sí, y por diferente, históricamente. Que el sentir el tiempo en cada época histórica nos es posible hoy solamente a través de esas huellas que nos deja el arte de las variadas formas de sensibilidad de lo temporal.
Tales operaciones se realizan siempre por razones extrínsecas a la obra y ajenas a su valor literario. No se motivan los cortes en consideraciones que apunten a la mayor belleza o perfección del libro, sino en supuestas necesidades exteriores del todo a él y a su propósito. Es como si un museo, para dar a conocer al público uno de esos grandes y elocuentes lienzos de Veronese o Tintoretto, le recortaran unos cuantos palmos de cada lado, so pretexto de que en la sala del museo falta espacio, y debe colocarse, junto a ésta, otras pinturas. Va también este arbitrio contra el sentido de la unidad y totalidad orgánica, de integridad de la gran obra, ya que cada escena, cada capltulo, existen en función de la obra entera, y son miembros, partes vivas, del organismo total, como en una catedral gótica. Además este atajo, para ganar tiempo, es obviamente inmoral y fraudulento, porque al lector no se le da lo que se le ofrece, Dickens, sino un gatuperio de Dickens. La fórmula, no obstante, tiene éxito, como no podía menos de esperarse. Y en estos días leí que Shakespeare había sido sometido, en todos sus dramas y tragedias a los mismos tundidos y mondados. Para dolida comprobación busqué el libro. Y me lo encontré agravado con una larga cita, a modo de justificación o escrito de defensa, tomada del libro reciente La educación general en una sociedad libre, informe redactado por un comité que designó de su seno la Universidad de Harvard, y cuyos miembros son dignos, por sus obras y tltulos, de consideración y respeto. Dice la susodicha obra, por su página 114, que «se necesitan versiones de las grandes obras limpias de dificultades innecesarias e infructuosas, y que merced a una obra de resumen y refactura (editing) se hagan más accesibles al lector común». Mucho me interesó lo de las dificultades: (El texto original dice «unnecessary and unrewarding obstacles»). Recordaba yo cierto hermoso pasaje de Coventry Patmore, en Religio Poetae, donde se refiere al gusto de leer libros difíciles u oscuros para todo aquel «que busque más que simple diversión, y aunque el camino sea áspero y quebrado, con peñas enormes y escarpadas colinas». Y otro, unos versos de Lope de Vega, perdidos en una comedia:
No estiman los hombres
las empresas llanas.
Todo lo que es fácil
como fácil pasa.
No menos se me vino a la memoria la utilidad que para la educación y disciplina mental tiene el enfrentarse con los obstáculos que ofrece, por ejemplo, la sintaxis latina, e ir venciéndolos página por página. Aún me creció la extrañeza al ver a los autores del informe acudir en busca de críticos o eruditos especializados (scholars) para que realicen la obra que yo tengo por nefanda, señalándoles ya con el dedo algunas víctimas: Homero, Platón, el Antiguo Testamento, Bacon, Dante, Shakespeare y Tolstoi. No sé lo que los mentados autores dirían, de poder decir algo, ante la operación propuesta, y si les placería ir por su pie ala sala de operaciones, a ponerse en manos del correspondiente especialista en cirugla literaria. Es decir, de uno sí que lo sé. Bacon, como
curándose en salud, escribió en el quincuagésimo de sus Essays, On Studies, o De los estudios, lo que sigue: «Ciertos libros pueden leerse por delegación, y cabe hacer extractos de otros. Pero esto, tan sólo tratándose de temas de menor cuantía (less important arguments), y de la clase inferior de libros. De otra suerte estos libros destilados son lo mismo que el agua destilada: cosas sin gusto». Supongo que el futuro «abreviador de Bacon» no incluirá estas palabras en su períoca. Si prosigue tan feliz tendencia no tardaremos mucho en encontrarnos que la gran literatura universal ha sido escamoteada, y la sucede una serie de mixtificaciones, imposturas y engañifas, que correrán los mundos amparadas en los nombres mismos de Homero, de Cervantes, de Balzac, a los que traicionan y desnaturalizan sin reparo. Pero después de todo, ¿a qué viene tanto escrúpulo si se logra el objetivo príncipe de nuestros días: ganar tiempo?»
jueves, 8 de mayo de 2014
The Real Thing
Estamos tan embebidos en la cultura del sucedáneo, del pego, que apenas distinguimos ya hacer algo de fingir que lo hacemos. Razonamos, no muy mal, que el efecto de lo uno y lo otro viene a ser lo mismo: igual se aprueba estudiando que copiando (y hasta puede que copiar, por aquello de reproducir literalmente lo que el profesor espera leer, sea más efectivo y satisfactorio para ambas partes). El ejemplo apunta al alumno, pero solo para disolver a continuación el equívoco con otro ejemplo no menos claro: desde la autoridad que da la condición de profesor de literatura o de cultura clásica, muchos (demasiados) hacemos circular con toda naturalidad adaptaciones, modernizaciones y resúmenes de obras con el vago eximente de que se trata de que el alumno tenga 'un primer acercamiento' a ciertos clásicos. Afectada ingenuidad aparte, no solo sabemos de sobra que para muchos ese primer acercamiento será también el único, sino que no nos preocupa (o no lo suficiente) que ese acercamiento, al que tanta importancia concedemos, sea falaz.
Frazer, en su estudio clásico de la magia, La rama dorada (un libro que no debe faltar en nuestras bibliotecas), nos reveló cómo tendemos a extender el valor de una cosa, e incluso su identidad misma, a aquellas que se le parecen o están en contacto con ellas. Solo quien no haya besado nunca una foto (o, por el contrario, le haya pintado cuernos) debería sentirse al margen o por encima de esta 'mentalidad primitiva', que de hecho es la única explicación posible de por qué hay gente dispuesta a pagar millones de euros o de dólares por cualquier objeto nimio que haya estado en contacto con alguien más o menos extraordinario, o al menos famoso.
Del mismo modo, el prestigio de los clásicos (la Ilíada o del Quijote, por citar dos ejemplos obvios), que estas obras ganaron por ser tal como son (y en ese tal va incluida su complejidad o dificultad, las exigencias que plantean al lector), se extiende supersticiosamente a cualquier subproducto que emane de ellas y que, amparado en esa semejanza o contacto, pueda sustituirlas en un momento dado. Obras en verso se traducen o adaptan en prosa. Obras extensas se reducen a tamaños 'razonables'. Construcciones sintácticas intrincadas se 'aligeran' y libros pensados para seducir con su uso diestro de la palabra se hacen 'tragables' mediante ilustraciones que apenas dejan ocasión a que la imaginación del lector se desperece.
Sin movernos apenas, esta civilización del sucedáneo genera también la apotesosis del comentario, de la opinión personal. Del mismo modo que los clásicos grecolatinos generaron ya en la Antigüedad tardía todo un mar de escolios, no hay hoy película o serie que no se edite en edición comentada por el director, los actores, el escenógrafo y el encargado del catering. En esas condiciones, la tentación borgiana de hacer un making of o un comentario de una obra que nunca llega a escribirse o rodarse resulta irresistible. Antojos posmodernos, decimos —mientras nuestros alumnos memorizan y repiten en los exámenes una tanda de juicios críticos, positivos o no, sobre obras de arte de las que solo conocen eso: el título y el juicio crítico que aparece en sus apuntes y que ellos repetirán como si fuera cosa suya. (Y como tal será aceptada por quien los corrija.)
¿Y los manuales? En los libros de texto que manejamos, un libro de viajes de Unamuno puede muy bien aparecer mencionado entre sus novelas. Apenas algún friki del pensador vasco se dará cuenta de ello —y si la editorial recibe su queja, lo más probable es que concluya que no es rentable modificar algo que para el 99.9% de los lectores no supone problema alguno.
En este entorno, cualquier reivindicación del sentido o el valor original de algo resulta fundamentalista, ofensiva o risible. Indispensable, por tanto. Alucinados por la revelación, ya añeja, de que el medio es el mensaje, hemos olvidado que el mensaje era un medio: es decir, que su sentido no se agotaba en ser consumido con más o menos agrado y en consumir nuestro tiempo y recursos. Iba cargado de algo.
Ese 'algo', por supuesto, también se ha querido objetivar, en los famosos 'valores', que a veces hasta figuran en los descriptores de según qué libros. Pero de cuánto mejor habría sido respetar la incógnita y obviar los ingredientes hablaremos (si hallamos fuerzas) en otra entrada.
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