Estaba sola. En un rincón oscuro de mi habitación. Las estrellas brillaban y mis padres no estaban en casa. Por una vez en la vida no estaba pensando en nada extraño. Solo en lo típico de una adolescente de doce años: chicos, estudios, exámenes... De pronto me entró hambre y bajé a la cocina a tomar un vaso de leche caliente. Cuando terminé, empecé a subir las escaleras muy lentamente. De pronto vi algo. Me paré, estuve en silencio unos segundos y... un vaso cayó y se rompió. La mente se me quedó en blanco. No supe reaccionar de otra manera, sólo corriendo hacia la puerta de entrada pero recordé que mi padre había cerrado la puerta con llave para que no me pasara nada. Pero en realidad estaba pasándome algo, pero algo dentro de mi propia casa.
Los ojos se me iluminaron, las manos me temblaban no sabía lo que hacer cuando entonces me acordé de que había una copia de la llave de la puerta en un cajón de la cocina. Rauda y con los ojos bien abiertos me dirigí a la cocina pero cuando fui a abrir el cajón escuché una voz:
—¿Dónde estará esa estúpida llave?
La voz provenía del salón, me aproxime por si había alguien y vi a un hombre alto con la cabeza grande, un pasamontañas y un cuchillo en el bolsillo trasero del pantalón. De repente me entró un escalofrío y me fui al único lugar de la casa que solo yo conocía. iEl túnel del jardín! Fui rápido pero con mucho cuidado hacia allí cuando llegué me puse una capa negra que solo tenía allí porque bajo el suelo del jardín hacía mucho frío. Construí ese túnel cuando mi abuelo murió para llorar sola y en paz. En realidad allí me sentía bien tranquila y sola.
Pensaba que este sitio no lo iba a encontrar nadie pero... la persona que estaba más arriba, en el salón tuvo más suerte que yo esa noche... de repente vi una sombra acercarse a mí muy lentamente y vi al mismo hombre que había visto en el salón. Empezó a hablar pausadamente:
—Así que tú eres esa niñita de la que tanto me habían hablado. No sé por qué pensé que eras una niña pequeña, porque eres casi una mujer. Desde el primer día en que te vi siempre quise saber quién eras y estuve preguntando, pero ahora resulta que no te quiero más en el mundo. Quiero matarte o secuestrarte... —se le dibujó una sonrisa en la cara y siguió hablando—. ¿Tú qué prefieres? —y soltó una enorme carcajada—. Jajajajajaja. Morirás, mi pequeña Ann. Morirás.
De repente, se puso serio y sacó de su bolsillo dos cuchillos muy bien afilados, me cogió del cuello y me apretó contra la pared.
De repente y por suerte para mí escuché una voz que decía:
—Ann, Ann. Venga, cariño despiértate, que llegarás tarde al instituto.
Por fin me di cuenta de que todo había sido un sueño, bueno, más bien una pesadilla. Lo bueno es que este sueño he aprendido algo... ¡NUNCA DEJES LA PUERTA CERRADA SI TU HIJA ESTÁ DENTRO DE CASA!
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sábado, 7 de febrero de 2015
sábado, 14 de diciembre de 2013
Concurso de sueños: La Isla
El otro día, mientras me relajaba en mi jardín contemplando el intenso color azul del cielo, pude observar que sus tonalidades iban variando ligeramente hacia el rosa y el dorado, de pronto todo mi jardín creció a una velocidad de vértigo, las plantas alcanzaron alturas inverosímiles y las flores que decoraban sus gruesos tallos adquirieron unos colores muy intensos, y toda la estancia se impregnó de un olor muy dulce, quizás demasiado dulce para unas plantas normales. Mientras intentaba salir de aquella selva en la cual se había convertido mi modesto jardín, tuve la impresión de que alguien me observaba y me giré muy bruscamente para sorprender a mi supuesto acosador, con tan mala suerte que caí en un pequeño charco que se fue agrandando más y más hasta convertirse en un gigantesco mar.
Aunque seguía teniendo la sensación de que me observaban, esto ya no me preocupaba tanto, pues si era verdad mi suposición, me vendrían a recoger pronto. Mientras nadaba para intentar llegar a una pequeñísima isla que se podía ver a lo lejos, algo salió bajo el mar elevándome y creándome un estado de nervios muy elevado. Cuando por fin me creía a salvo, me di cuenta de que extraños seres se reunían a mi alrededor, y no solo eso, sino que hablaban en un idioma bastante raro, aunque curiosamente yo era capaz de entenderles. De repente, uno de los extraños seres se dirigió directamente a mí y me preguntó quién era yo y como había encontrado su isla.
Lógicamente, les conté mi relato, pues los seres, fuertes y aparentemente inteligentes, me imponían mucho respeto. Cuando terminé de contarles mi increíble historia, ellos empezaron a cantar lo que parecía una serie de rezos algo enrevesados. Entonces, el más alto y apuesto de esos seres se dirigió hacia mí con un cuchillo y me cortó en el dorso de mi mano. Otro individuo, más bajo que el primero, aunque al parecer mas ágil, pudo recoger todas y cada una de las gotas de sangre que caían. De repente, los dos individuos se reunieron con sus compañeros y fueron a por unos extraños productos y un enorme libro con una preciosa encuadernación de cuero, el cual se cerraba con una enorme hebilla dorada, que se abría con una combinación de signos que al parecer solo tres individuos conocían.
Cuando abrieron el libro, se pusieron rápidamente a buscar algo en su interior, pues no guardaban apuntes ni recetas en él sino un montón de extraños productos que no había visto en mi vida. Comenzaron a mezclar algunos de los productos que habían traído con los del libro y los echaron todos en el cuenco donde estaba mi sangre. Cuando terminaron, el más anciano de todos me atrajo hacia ellos y comenzó a pintar extraños símbolos por mis brazos con el ungüento obtenido, mientras el ser apuesto me explicaba todo lo que estaba pasando: al parecer. querían que regresase a mi tierra y por eso estaban realizando esa especie de conjuro, pues no era la primera vez que alguien acudía a ellos con ese relato.
Cuando el anciano terminó con el ritual, sin previo aviso me desplomé hacia atrás y cuando abrí los ojos todo estaba como siempre, al cabo de unos minutos comprendí que había sido un sueño, muy realista, pero al fin y al cabo un sueño, aunque curiosamente me escocía allí donde el ser ágil y más bajo que el resto me había cortado.
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