Es de noche, hace niebla, no se ve nada, voy por una carretera vieja, desorientada, en pijama, en busca de respuestas que me aclaren lo sucedido. A lo lejos veo unas luces que me empiezan a enfocar muy bruscamente, casi me quedo ciega; a cada paso que doy hacia delante, aquello que me alumbraba se va acercando. Un minuto después, al verlo de cerca, me doy cuenta de que es un coche. ¡Vienen a por mí! Salgo corriendo en dirección al bosque con la intención de que no me encuentren, pero de repente, sin darme cuenta, estoy dentro del coche. Por más que intentaba saber quiénes eran no los podía visualizar, eran dos, con el rostro tapado.
Tras una hora y media de camino llegamos a un sitio, el cual me resultaba conocido, era una cabaña en pleno bosque, tapada por bastantes árboles grandes, de madera. Entramos por la puerta trasera y… ¡pum!, aparece un hombre sin cabeza, solo le podía ver el cuerpo. Asustada, intenté salir corriendo, pero aquellos dos hombres encapuchados me tenían sujeta. Empezó a contar una historia similar a la que yo estaba viviendo, decía: “Una noche cualquiera una niña desapareció de su casa, sus padres la estaban buscando, dos hombres la encontraron por la carretera en pijama, desorientada, sin saber a dónde ir…” Mientras me la contaba, yo estaba pensando en mi familia, pero no me acordaba de ellos, era como si me hubiesen borrado la memoria, pero yo sabía que me estarían buscando.
Tras horas allí metida, me quedo dormida, no habían pasado ni cinco minutos y me despierto en el hospital, en donde se encontraba un hombre y una mujer y un chico de unos 20 años, decían ser mi familia.
Yo no entendía nada, todos empezaron a agobiarse al ver que no recordaba nada, me comenzaron a hacer preguntas, pero yo no sabía qué contestar, lo único que dije fue: “¿Dónde está el hombre sin cabeza?”.