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viernes, 14 de diciembre de 2018

When I was a boy (Club de Lectura)


WHEN I WAS A BOY...


....everything was right, canta John Lennon en She said,she said, una de las canciones del disco Revolver, publicado por los Beatles en 1966. La vuelta a la niñez, el viaje de vuelta, es una experiencia muy propia de la época: constituye el centro de la terapia psicoanalítica, que busca en nuestras vivencias infantiles la clave de nuestra personalidad adulta, y es también un momento clave de las experiencias con enteógenos como el LSD u otros fármacos psicodélicos, con los que Lennon y los demás Beatles andaban muy ocupados en aquellos días. Poco después, en 1967, publicarían un single cuyas dos caras (Strawberry Fields Forever y Penny Lane) son sendas retrospecciones sobre los recuerdos infantiles de Lennon y McCartney. Cada uno, eso sí, a su manera: Lennon, el eterno introvertido, ególatra y autocrítico al mismo tiempo, se describe a sí mismo como un niño subido a un árbol que queda demasiado arriba o demasiado abajo para los demás niños, incapaz de comunicarse con ellos (No one, I think, it's in my tree; I mean, it must be high or low), mientras que McCartney es el niño observador que recorre la Callejuela del Penique observándolo todo (el barbero que tiene en su tienda una foto de todos los clientes, el banquero que nunca lleva traje de lluvia, las chicas que son, a ojos de un adolescente ávido de amor, un fingerpie: un dulce pastel al que hincarle los dedos —y el diente). 

Lennon tenía motivos muy personales para sentir que cuando era un niño, todo estaba OK; y que luego no hizo más que irse al infierno. Cuando era un niño, sus padres vivían, e incluso vivían juntos. Luego, a los cinco años, se fue su padre, para no volver, y a su madre se la llevó por delante un coche cuando tenía 17 años. La sombra de esto le persiguió toda su vida. En el estribillo de Mother, una canción que grabó ya en solitario, en el disco de 1970 John Lennon. Plastic Ono Band, lo resume así: Mother, you had me / but I didn't have you. / I wanted you, you didn't want me. Father, you left me / but I never left you; / I needed you, / you didn't need me. La canción se cierra con este grito, repetido una y otra vez: Mama don't go, / Daddy come home.

Pero, aunque todas las infancias no fueran tan traumáticas como las de Lennon, el anhelo de recuperar aquello que perdimos al dejar de ser niños es recurrente en la poesía. Agustín García Calvo, para quien toda poesía era elegíaca, escribe en su poema Solo de lo negado que el hombre canta por su niño antiguo

Sólo de lo negado canta el hombre,
sólo de lo perdido,
sólo de la añoranza,
siempre de lo mismo.

Cuando cerró para siempre el huerto
la cancela de espinos,
entonces se inventó la queja de la lira,
la flauta del suspiro.

Y desde entonces sólo canta
en su torre el cautivo,
a su rueca la esclava,
el desterrado en el navío.

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede:
su jaula es él mismo.

Y por eso el minero canta,
por un sol de oro limpio;
canta el pobre, la pena canta;
no canta el rico.

Entre las piernas de la amiga,
vida busca el amigo,
y se encuentra con un tesoro,
de verdes ojos fríos.

Y así es como canta el hombre,
por su niño antiguo,
y la boca sin pan y sin besos
y el cielo vacío:

siempre de la añoranza, de lo negado,
de lo perdido;
siempre de lo de otro,
nunca de lo mío.

Ambivalente, el adulto percibe la niñez, al mismo tiempo o por momentos, como algo que le ha sido extirpado y que no recuperará nunca y como lo único que nunca podrán quitarle (y, en verdad, como sabemos por quienes lo han vivido, los recuerdos infantiles se mantienen y hasta acrecientan su intensidad cuando uno empieza a perder la memoria de lo inmediato. Δὶς παῖδες οἱ γέροντες, dos veces niños los viejos, dice un proverbio griego). Lo segundo es evidente en proclamaciones como estas:

La verdadera patria del hombre es la infancia (Rainer Maria Rilke).

La poesía es un estado de infancia sostenida (Juan Ramón Jiménez).

Fernando Savater reivindicó la literatura que leyó de niño y adolescente en el que probablemente sea su libro más hermoso, La infancia recuperada; publicado en 1976. Como aprendió desde pequeño a leer en inglés y francés, allí hablaba, por ejemplo, de Tolkien cuando su obra aún no se había traducido al español. 

Una tentación para los poetas es intentar no ya hablar de la infancia, sino hacerlo desde ella, intentar recuperar la visión del mundo que uno pudo tener cuando era niño. Uno mismo lo intentó en este poema, por ejemplo: 

Escenas de niños

De niños, lo soñado es lo vivido
(quizás en otra octava) y todo es amplio
y al mismo tiempo íntimo: no sabes
si vuelves a tu casa o si tu casa
se vuelve a hacer visible. Tus amigos
provienen con certeza de otro mundo
y son como demonios familiares
que acuden y se van con flor de hechizo.
Tus padres, esos reyes tan solemnes,
esconden un bufón que te asesina,
romántico, a cosquillas. La desgracia
es sólo una muñeca polvorienta,
probablemente ajena. Siete y once
no saben todavía que son primos
y juegan a quererse. De pequeños,
el mundo es como el bosque; tú, la fiera
que no sabe por quién doblan los cuentos.



viernes, 12 de enero de 2018

Tres tristes textos (three cool cats)



TRES TRISTES TEXTOS




Desenrollemos hoy una alegoría: hay textos transparentes, textos traslúcidos, textos opacos. Hay períodos literarios transparentes (el Renacimiento, la Ilustración); otros traslúcidos, como el Barroco. Y otros que cortejan la opacidad (cierto romanticismo, el simbolismo, el surrealismo...).
Cuando leemos un texto transparente, sentimos que estamos en un lugar seguro, con muros, puertas y ventanas. Un lugar donde las cosas se dicen a las claras. Incluso si alguna cosa no se entiende de primeras, sus compañeras nos aseguran que no hay trampa ni punto ciego. Todo está en su lugar, todo es lo que parece. Si debemos esforzarnos por entender algo (tal vez nos pierda un hipérbato, una referencia mitológica, un concepto que no es obvio), lo hacemos con la certeza de que seremos recompensados, como en esos ejercicios escolares de matemáticas en que al final todas las divisiones tienen resto cero y todos los números decimales forman, sumados, un número entero. 

Otros textos, en cambio, son traslúcidos. Tienen partes no ya claras, sino brillantes. Y si brillan, elevadas a resplandor, es precisamente por el contraste con otras partes que son más suyas, renuentes, peculiares. Es como uno de esos retratos (los Beatles tienen uno inolvidable) en que una mitad del rostro aparece iluminada, mientras la otra se confunde en la penumbra con la inminente (o menguante) oscuridad. Uno, pues, no entiende todo. Pero lo que entiende es suficiente para entender que lo no entiende está diciendo, si no lo mismo, algo relacionado, próximo. Lo uno por lo otro, pensamos. Es como uno de esos palacios que podemos visitar, aunque pródigos en cintas rojas que nos ocultan dónde acaba un pasillo, qué hay detrás de una puerta, adónde lleva una escalera. 

Llegan, en fin, los textos opacos, como llegan la noche o la muerte. Son textos escritos en nuestra lengua, pero que parecen escritos por alguien que no es de los nuestros: un extraterrestre, un fantasma, un hueco. El texto opaco dice: nada digo. Y si algo dijera, no es de tu incumbencia. Y si lo fuera, no sabrías descifrarlo. Y aunque pudieras, no sabrías explicárselo a nadie. El texto opaco nos repele, y por eso nos atrae. Quizá no diga nada, pero ¡con qué elegancia lo sugiere! Contra el texto opaco nos estrellamos, como el mar contra las rocas. Al final, si el asedio persevera, algo de él entra en nosotros, algo de nosotros en él. Después de todo, tampoco nosotros somos criaturas luminosas, o no solo. Partes de nosotros aseguran: yo lo entiendo. No sabría explicarlo, pero siento aquí algo vivo, que me llega, me afecta. El espejo opaco refleja nuestra propia opacidad. Al final, no sabemos si encontramos en lo que leemos un sentido o si ese sentido lo estamos aportando nosotros. Y no estamos seguro de si importa.

Sin embargo, ningún texto es enteramente transparente, ni enteramente opaco. En mitad del texto transparente, sentimos que el autor dice algo que entendemos, sí. Pero qué raramente lo dice. Hay algo en su forma de expresarse que no es la nuestra, que no es nuestro. ¿De veras entendemos, cuando hablamos con alguien, todo lo que dice? Qué aburrido sería saber siempre lo que el otro está diciendo, y hasta lo que va a decir, y cómo piensa decirlo. Si el otro es otro, hay siempre en él una cierta alteridad, una cierta 'otreidad', que se nos escapa. En su Poética de Juan Panadero, escribe Rafael Alberti:

Mi canto, si se propone,
puede hacer del agua clara
un mar de complicaciones.

Pensemos en dos versos de Agustín García Calvo:

Distancia, de ti a mí, distancia.
Entre tú y yo, nada.

Todo es claro en estos versos. O no. El verso segundo parece que reafirma el primero (entre tú y no no hay nada: ningún enlace que cruce la inmensa distancia que nos separa). Pero ¿y si estuviera negándolo? Si entre tú y yo no hay nada, ¿qué nos separa? Nada. Nada, pues, más próximo que estos dos distantes. Y al recordárselo, ¿no está diciéndole el amante al otro que deben estar juntos, que nunca han dejado de estarlo?

Mas tampoco hay poema enteramente opaco, o ni siquiera lo percibiríamos. Quizá haya poemas enteramente opacos a nuestro alrededor, escritos en tinta invisible o que no han llegado a salir de su autor por las vías que naturalmente sirven para tal cosa, como los labios o los dedos. Quizá el naipe que nos encontramos en la calle y que recogemos o no del suelo, aparentemente arrojado o caído al azar, está cuidadosamente puesto en ese punto de la acera para formar con otros más o menos cercanos un puzzle, una secuencia numérica o alfabética que constituye un texto.

En fin: hay poemas que no vemos, por ceguera o por virtuosismo en el camuflaje. Mas los que vemos tienen forma, están plagados de palabras. Y algunas nos suenan. ¿De verdad es imposible hablar sin decir nada? Los psicoanalistas opinaban, muy al contrario, otra cosa. Pensaban, por experiencia, que si alguien se lanza a hablar sin controlar lo que dice acaba diciendo la verdad. Quizás habría que rebajar un poco una afirmación tan campanuda. Pero parece justo sospechar que quien habla mucho acaba diciendo, de verdad, algo. Y ese algo ¿qué podrá ser sino algo que le importa, que le atañe? Y lo que a un prójimo atañe, ¿puede de veras sernos ajeno? ¿Qué sentirá alguien que nosotros, de un modo u otro, no hayamos sentido también? Como toda obra humana, los textos opacos están diciendo que un ser humano los compuso. Incluso si sacó al azar las palabras de un saco, ¿quién las eligió y metió allí? ¿Quién eligió sacarlas, disponerlas, compartirlas? Sabe el amante que si el otro, enfurruñado con uno, obstinado en su silencio, accede al fin a decirnos algo, a hacernos un gesto, a mandarnos un emoji, algo se ha roto en su opacidad. En todo lo que compartimos con otros trasciende una voluntad de comunicación. Pues también manifestarnos renuentes, esquivos, misteriosos, es manifestarnos al cabo: desear hacerlo, afrontar el encuentro, deshacer el misterio de verdad (que es el vacío). Y lo demás es silencio.


lunes, 4 de febrero de 2013

Concurso: A ti te encontré en la calle


All you need is love. Que bien podría traducirse como El amor mueve el mundo. Con esas palabras comienza uno de los poemas de Perfil del aire,el primer (y ya controvertido) libro de Luis Cernuda. Febrero es para nosotros un mes amoroso, erótico, por varias razones. Desde luego por la celebración, el día 14, de San Valentín, el Día de los Enamorados (y de los comerciantes, cabría añadir); pero también por los Carnavales, especialmente vivos en Navalmoral de la Mata, de los que dice la copla popular:

Ya vienen los Carnavales,
la fiesta de las mujeres;
la que no le salga novio,
que pruebe el año que viene.

Nuestra Biblioteca se suma al espíritu de este mes febril con un concurso de declaraciones de amor, A ti te encontré en la calle, que es y no es el clásico concurso de cartas de amor que suele plantearse por estas fechas. Nos hemos inspirado para él en un par de coplas populares:

Todos los enamorados
se enamoran en el baile;
yo me enamoré de ti
yendo a por agua una tarde.

y

Dicen que andando, andando
se encuentran cosas;
yo me encontré contigo,
cara de rosa.

En la raíz de toda historia de amor está, en efecto, el encuentro: boy meets girl (con las variaciones de sexo que todos podemos imaginar). La vida es el arte del encuentro, nos dijo el maestro Vinicius de Moraes en su Samba da Bençao y en ese encuentro con lo inesperado consistió también el único sentido digno de la vida para André Breton y sus compinches, los surrealistas, cuyas actividades nunca fueron en primer lugar 'literarias', sino vivenciales. Se trataba de salir a buscar lo desconocido, fuera a través de la escritura automática, de la mediumnidad o del echarse a vagar por las calles en busca de quién sabe qué. Como cantaba el joven Joaquín Sabina:

Por la ciudad camino,
no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro
que me ilumine el día
y no hallo más que puertas
que niegan lo que esconden.

Uno nunca sabe, sino a posteriori (y aun así caben dudas), con qué o quién le había citado esa mezcla de azar y destino que los surrealistas llamaron (tomándole prestado el nombre a Engels) el azar objetivo.  En la duda, lo mejor es eliminar estorbos, límites. Por eso nuestro concurso tiene las siguientes bases:

1. Cada concursante podrá presentar una declaración de amor. Esta podrá estar dirigida a cualquier persona, animal, idea o cosa que el concursante elija, incluidos el arcángel Gabriel, las canciones de Pablo Alborán y el chocolate con pasas.

2. Esta declaración podrá expresarse en verso o en prosa, según sienta el concursante que le pide el cuerpo.

3. La declaración podrá tener la extensión que uno sienta necesaria, aunque por algo los enamorados tienen fama de hablar poco y decir mucho.

4. Las declaraciones se entregarán en conserjería, firmadas con un nick o pseudónimo, hasta el día 15 de febrero, inclusive. Podrá constar el nombre real del autor, pero no es necesario ni se recomienda.

5.  A falta de un jurado de enamorados famosos, se harán cargo de esta tarea un grupo de profesores voluntarios, que harán conocida su resolución el día 18 de febrero en la Biblioteca. Los autores de los textos premiados podrán revelar entonces su identidad.

6. Se concederán tres premios, con cuantía por determinar, tan generosa como Angela Merkel nos lo permita.

7. Los textos ganadores, y en su caso los finalistas que así elija el jurado, se reproducirán en este blog.

lunes, 29 de octubre de 2012

Dos églogas psicodélicas


I. ACTO PRIMERO: TEÓCRITO PASEA POR ALEJANDRÍA




Cuando Teócrito paseaba por las calles de Alejandría allá en el siglo III a. C., quizás evocando paisajes de su Siracusa natal, mientras componía en un género lírico al que hasta entonces nadie había dado forma, ¿supondría que a ese género acudirían poetas en todos los momentos literarios posteriores para estructurar sus obras? ¿Pudo pensar tal vez que su sombra se alargaría hasta la música que ha marcado el siglo XX?


Tomando como inspiración la sencillez de la vida rural y con la base folclórica de los cantos de pastores, Teócrito escribió Idilios, un libro donde agrupa poemas de carácter bucólico, extensión variable y temática amorosa. Sus protagonistas son pastores que se desenvuelven en una naturaleza idealizada, donde viven con sencillez y cantan al amor. Había compuesto las primeras églogas con las características que las conocemos hasta hoy.

La temática principal de este género es el amor, ambientado en paisajes que el poeta describe exaltando los elementos naturales. También el canto, la música y el deleite que proporcionan tienen un hueco entre los contenidos de las églogas.

La palabra égloga viene del griego ἐκλογή (eklogē. «pieza escogida»), queriendo expresar que se trata de una composición notable. Surge en un contexto histórico de expansión urbana. Como contraposición a los inconvenientes de la vida en la urbe, la égloga muestra como idílico el entorno rural.

II. ACTO SEGUNDO: CAMPOS DE FRESA



El anhelo de volver a una época mejor, al momento de su infancia en Liverpool, compartiendo juegos con sus amigos en el patio de un viejo orfanato cercano a su casa llamado Strawberry Field, condujo a John Lennon a componer una canción, originalmente en do mayor, casi con el mismo nombre: Strawberry Fields Forever; con rasgos de égloga, intimista y, como él definía, tal vez psicoanalítica.

Lennon estaba pasando un mal momento personal y profesional cuando empezó a esbozar los primeros versos de la canción. Tuvo que pasar por numerosas versiones hasta llegar a la definitiva. Nosotros la conocemos así:

Déjame llevarte porque voy a los campos de fresa. 
Nada es real y no hay nada por lo que preocuparse. 
 Campos de fresa para siempre. 

Es fácil vivir con los ojos cerrados 
sin comprender nada de lo que ves. 
Resulta difícil ser alguien, 
pero todo sale bien, 
a mí no me importa demasiado. 

Déjame llevarte porque voy a los campos de fresa. 
Nada es real y no hay nada por lo que preocuparse. 
Campos de fresa para siempre. 

Creo que no hay nadie en mi árbol, 
o sea que debe de ser alto o bajo 
para que no puedas sintonizar. 
Pero está bien, es decir, creo que no está del todo mal. 

Déjame llevarte porque voy a los campos de fresa. 
 Nada es real y no hay nada por lo que preocuparse . 
Campos de fresa para siempre. 

Siempre, no a veces, creo que soy yo, 
pero sé cuando es un sueño. 
Creo que sé cuando quiero decir “sí”, 
pero es totalmente falso es decir, 
no creo estar de acuerdo. 

Déjame llevarte porque voy a los campos de fresa. 
Nada es real y no hay nada por lo que preocuparse. 
Campos de fresa para siempre. 

Que la estructura formal de la letra de la canción sea un monólogo ya recuerda uno de los principales rasgos literarios de la poesía bucólica: frente a la narración, el poeta prefiere el diálogo o monólogo para contar en primera persona sus pensamientos y vivencias. También se aprecia la significación alegórica propia del género: el título de la canción representa un lugar real de su infancia, pero lo que era una vieja casa usada como orfanato en un suburbio de Liverpool se muestra como un sitio idílico, el locus amoenus al que el autor siempre quiere regresar: Déjame llevarte porque voy a los campos de fresa. Campos de fresa para siempre.

En los primeros versos expresa cómo cerrando los ojos a la realidad todo sale bien, quizás como él vivía cuando era niño o como hacían los pastores, trascendiendo el paraje hostil que les rodea y buscando con la imaginación sitios irreales: Nada es real allí, donde todo sale bien y no hay nada por lo que preocuparse.

Hacia la mitad de la composición utiliza un motivo recurrente en la poesía bucólica: el arbore sub quadam («bajo un árbol cualquiera»), estampa en la que el pastor descansa a la sombra de un árbol mientras se inspira y canta. Para Lennon su árbol es inaccesible: Creo que no hay nadie en mi árbol, o sea que debe de ser alto o bajo, para que no puedas sintonizar. Con esto expresa lo diferente a los demás que se siente, él mismo dijo que debía de estar loco o ser un genio porque nadie lograba estar en su onda.

Intenta el Beatle expresarse a sí mismo, comunicar su propia filosofía, pero en los versos del final surgen dudas. Quiere describir lo que siente, cómo se siente, cómo se lleva sintiendo desde siempre, pero a veces no está muy seguro: Creo que sé cuando quiero decir sí, pero es totalmente falso. La canción se torna surrealista, contradictoria como sus pensamientos; aunque acaba encontrando la meta en los campos de fresa como lugar dorado, lugar de juventud, irreal, pero auténtico y, quizás, el mejor y único destino.

III. ACTO TERCERO: GRANTCHESTER MEADOWS 



Con abundantes connotaciones bucólicas encontramos en el doble álbum de Pink Floyd Ummagumma una tranquila canción, Grantchester Meadows, de inspiración folk y compuesta por Roger Waters.

Cantos de pájaros suenan de fondo en toda la composición y, junto al sonido de la guitarra acústica, ayudan a visualizar el paisaje onírico que describe, típico de la poesía bucólica. La traducción al castellano de la letra sería:

Viento helado de la noche, vete, este no es tu dominio.
En el cielo se oía llorar a un pájaro.
Murmullos de mañana nublada y suaves sonidos de agitación
desmienten el silencio sepulcral que había a su alrededor.

Escucha la alondra y escucha el ladrido
del zorro oscuro metido en la madriguera.
Mira el chapoteo del martín pescador centelleando al agua.
Y un río verde se desliza invisible bajo los árboles,
riendo a su paso a través del verano interminable de camino al mar.

En la pradera de agua perezosa me acuesto.
A mi alrededor, copos dorados de sol caen sobre el suelo.
Disfrutando a la luz del sol de una tarde que se va
trayendo sonidos del ayer a este lugar de la ciudad.

Escucha la alondra y escucha el ladrido
del zorro oscuro metido en la madriguera.
Mira el chapoteo del martín pescador centelleando al agua.
Y un río verde se desliza invisible bajo los árboles,
riendo a su paso a través del verano interminable de camino al mar.

En la pradera de agua perezosa me acuesto.
A mi alrededor, copos dorados de sol caen sobre el suelo.
Disfrutando a la luz del sol de una tarde que se va
trayendo sonidos del ayer a mi habitación en la ciudad.

Escucha la alondra y escucha el ladrido
del zorro oscuro metido en la madriguera.
Mira el chapoteo del martín pescador centelleando al agua.
Y un río verde se desliza invisible bajo los árboles,
riendo a su paso a través del verano interminable de camino al mar.

Aparece nuevamente el lugar real, Grantchester, como punto de partida al lugar idílico. Su autor pasa la infancia con su madre en Cambridge, al haber fallecido su padre en la guerra. Cerca de allí se encuentra esta pequeña aldea a la que acuden los lugareños y visitantes a hacer picnic en sus prados. Resulta un lugar familiar para otros miembros del grupo, que han compartido experiencias en esas praderas.

El escenario campestre propio de la égloga aparece reflejado en los términos de animales (alondra, zorro, martín pescador) y en la exaltación de elementos de la naturaleza (río, pradera, árboles…) que localizamos en casi cada verso, apoyándose en numerosos adjetivos y en verbos como chapotear o ladrar, que ayudan a imaginarse nuevamente el locus amoenus o lugar propicio para el gozo y el amor.

Roger Waters atribuye cualidades humanas a seres inanimados: Agua perezosa, río… riendo a su paso, para engrandecer esos accidentes naturales ante el oyente.

El primer verso en tono imperativo aleja al viento para que no perturbe lo ideal del paisaje y del momento. Solo sonidos como cantos o chapoteos de aves, además de ríos deslizándose baja tranquilos árboles pueden adornar las praderas de Grantchester. Queriendo huir de las preocupaciones de la ciudad, como aquellos primeros poetas bucólicos, Waters alude a este lugar de la ciudad, como antítesis a todo lo que ella representa; donde el placer se consigue con los mismos elementos que hay en la naturaleza y que embargan los sentidos, como sonidos de agua y atardeceres dorados; al contrario de los vicios que dominan la vida urbana.

No olvidemos que en el momento de componer la canción Syd Barrett, uno de los fundadores del grupo, sufre un gran deterioro por su abuso de las drogas. Llama la atención, oyendo detenidamente la canción, que si la primera vez dice:  en este lugar de la ciudad, cuando repite el verso lo cambia por: en mi lugar (habitación) de la ciudad, por ser su sitio, con el que se va identificando cada vez más mientras lo describe.

IV. CODA


Con la ayuda de estas canciones hemos podido comprobar cómo las églogas siguen presentes en el arte. Como medio de expresión son válidas para cualquier hombre, en cualquier momento de la historia y de su historia, atemporal como los sentimientos, atemporal como la belleza.

V. BIBLIOGRAFÍA 

  1. http://www.mcnarte.com/app-arte/do/show?key=literatura-bucolica 
  2. Manuel Mañas, «Sanctius Brocensis, 'El Brocense'», en la revista Alcántara, nº 61-62, 2005.
  3. http://www.telecable.es/personales/garcilaso/genero.htm
  4. http://unpaseoconlosbeatles.blogspot.com.es/2010/11/strawberry-fields-forever-analisis.html 
  5. http://www.azlyrics.com/lyrics/pinkfloyd/grantchestermeadows.html 
  6. http://www.wikipedia.org entradas: 

Irene Rocío Camacho García 1ºC de Bachillerato