Hay luna llena en los días de abril,
los pájaros se callan,
el sol se va a dormir.
Es hora de los sueños,
Dios lo quiso así.
Por ello, por la noche
es hora de reír.
Reyes y bufones,
comanches, jabalís.
Ve al barco de los sueños.
Es hora de partir.
Había una vez un niño cuyo nombre era Anthony. Él siempre había sido un niño muy saludable, siempre comía lo que le servían, dormía lo necesario y evitaba tomar conductas que pudieran causarle alguna enfermedad. Pero tenía un defecto muy grave: era muy influenciable.
Debido a ello, un día un chico le dijo que si quería irse con él a un país donde todo era perfecto y todos los sueños se hacían realidad. (No cabe decir que el chico estaba un poco loco y era compañero de mesa de Anthony.) Y claro, debido a su problema, no dudó un momento que le pudiera pasar nada por hacerle caso.
Entonces, prepararon un plan para escapar de sus casas e ir a ese país donde todo era perfecto. El día en que tenían planeado marcharse, les ocurrió una catástrofe. Los padres del compañero de mesa de Anthony decidieron marcharse de vacaciones y, aunque un poco loco, el compañero de Anthony no era mala persona, y por ello, le dijo que se marchara sin él. Entre grandes lagrimones, se despidieron para siempre, dado que Anthony tenía pensado quedarse en ese país para no volver. (Esto se debía, entre otras cosas, a que Anthony no se llevaba bien con sus padres.)
Por la noche, Anthony se metió en la cama para que su madre le diese las buenas noches como siempre y no sospechase. En cuanto la madre se marchó, y se aseguró de que no quedaba nadie en casa despierto, puso en práctica el increíble plan que habían planeado su compañero de mesa y él. El plan consistía nada más y nada menos que en infiltrarse en el peligroso territorio de la escuela, donde quizá aún quedase algún rabioso profesor, ansioso de ponerle un malvado examen delante o de echarles del colegio solo por llevar a cabo una chiquillada tal como la de atar el pie de un compañero a una mesa solo para provocar una estrepitosa caída.
Todo fue bien hasta que se dio cuenta de que no se acordaba del lugar donde se suponía que estaba el portal mágico que le llevaría a su destino. Al final, desolado, pero pensando que le oirían si se ponía a llorar en el exterior, se metió en el trastero abandonado de la escuela para descargar sus llantos, y cuál no sería su sorpresa cuando al meter la pierna por la puerta se vio cayendo en un vacío que no parecía tener fondo. A pesar de todo, sí lo poseía, dado que de repente cayó en un inmenso mar formado de una sustancia que más que agua parecía alquitrán. En ese mismo sitio empezó a hundirse y la sustancia empezó a entrar por todos los orificios de su cuerpo hasta que se sumergió en las profundidades del mar.
Al día siguiente, cuando su madre fue a despertarlo, solo pudo ver una mano huesuda antes que algo le rebanase el pescuezo.
La luna es la vela que vela los sueños.
La madre de niños sin cuna.
El padre de los sueños,
el hijo de la luna.
La luna pesadilla, de lobos,
padre de los quesos
y reina de los besos.
Si los muertos yerguen su hacha,
la noche, pájaro de mal agüero,
retirará su velo de pelo negro
y sueños de encanto.