Un dios salvaje no es tanto una película como un líquido corrosivo. El espejo que nos presenta Yasmiza Reza a través de la ventana de Roman Polanski endurece las facciones, multiplica nuestras caras y nos deforma hasta lo grotesco.
He pensado en Swift, en Monterroso, en Bloy. Los tres hubieran firmado este diagnóstico.
El cine como una forma del autodesprecio. La civilización como una representación edulcorada y lujosa de la barbarie. Sosa cáustica lanzada a los ojos de un espectador que a veces sonríe, pero sin convicción. Sabe que se ríe de sí mismo, que ese monstruo soy yo.