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18 feb 2013

Algunas notas sobre el parto en la antigua Roma.


Estoy leyendo ahora mismo el libro de J.L. Arsuaga "El primer viaje de Nuestra vida" (Ed. Temas de hoy).  Como siempre me parece fascinante lo que escribe y he hecho un descanso de la lectura cuando he llegado a la pagina 137 donde habla de varias piezas romanas donde aparecen escenas de nacimientos de niños.  Enseguida he acudido a google para buscar dichas imágenes y me resultan tan curiosas que he pensado que podría ser interesante colgarlas en el blog con algunas notas del libro de Arsuaga ampliadas con pesquisas varias por la red y otros libros.  

En primer lugar habla de una terracota encontrada en la tumba de Isola Sacra (Ostia):



Y también habla de este marfil de Pompeya  (en el Museo Nacional de Nápoles):


Buscando las piezas anteriores he encontrado otras relacionadas como este mármol de Ostia Antica:


Esta otra que no he encontrado donde se puede visitar ni su cronología, pero obviamente es romano:


Tampoco he encontrado la cronología de este y el lugar donde se ha encontrado, pero es también romano:


Otra imagen de un parto, del siglo IV dC


Un fragmento de mármol con un (posible) parto, del siglo I-IV dC


En la Antigua Roma el trabajo de traer niños al mundo lo llevaban a cabo las parteras.  Los médicos excepcionalmente acudían a los alumbramientos, pero solo cuando la vida del bebé o de la madre corrían peligro y siempre y cuando las parteras les llamasen.

Fue Sorano de Éfeso, médico del siglo II dC que ejerció en Alejandría y Roma quien escribió el primer tratado de ginecología ("Libro de las enfermedades de las mujeres" - Gynaikeia) en cuatro tomos y que fue traducido al latín por Muscio en el siglo VIdC.  En la tercera parte de su libro, Sorano habla sobre el parto y cómo debe ser atendida la madre y el recién nacido durante el alumbramiento.

Nos cuenta en su tratado que el principal instrumento de las comadronas era la silla de parir, con respaldo, brazos y un asiento con un entrante en forma de media luna, por donde pasaba el niño.  Entre el asiento  y el suelo había tableros a los dos lados, pero no delante ni detrás, para que la comadrona se manejara.  La parturienta se sentaba en la silla que había traído la comadrona al comienzo de la fase de "expulsión", la dilatación se hacía en cama.  Si la familia era muy pobre se utilizaba un "asiento humano" hecho por una persona fuerte, en cuyo regazo se acomoda a la parturienta. 

La comadrona (en latín commater) era asistida en su labor por tres personas, dos a los lados y una por detrás de la silla.  Además también existían ginecólogas (feminae medicae) pero estas solo se dedicaban a la medicina de enfermedades propias de las mujeres.

Las cesáreas solo se realizaban una vez la madre había muerto.  Era una operación peligrosa y la embarazada corría peligro de muerte si se realizaba en vida por las infecciones y por probable muerte por  desangrarse.  Es una leyenda urbana dice que la palabra "cesarea" vendría de Julio Cesar, pero sabemos que su madre Aurelia vivió muchos años tras el nacimiento de su hijo, así que esta no fue la forma en que llegó al mundo el famoso personaje.  Plinio el Viejo cree que el cognomen Caesar vendría de un antepasado que si nacería de esta manera.  La Lex Caesarea decía que una mujer que muriese durante el embarazo tardío debía ser sometida a esta intervención con la finalidad de salvar la vida del feto.  En realidad la primera cesárea de la que tenemos constancia de supervivencia fue de una mujer en Alemania en el año 1500.

12 jun 2011

Trotua de Ruggiero: una gran cientifica en el siglo XI



Muchas fueron nuestras antepasadas (hablo en femenino) que han sido olvidadas, alegando la superioridad intelectual del hombre, de su tan merecido mérito como científicas desde ya antes de la era cristiana. Muchas contribuyeron en la misma medida que el hombre al desarrollo científico pero han sido relegadas al olvido o atribuido sus trabajos a hombres.

Es el caso de mujeres sabias y científicas como Hipatia (370-414) conocida gracias al film de Alejandro Amenabar "Agora" (2009), que por fin fue desenterrada del olvido con la película, pero hay muchas otras mujeres olvidadas.

Como es el caso de Trotula de Ruggiero (aprox 1050).



Vivió en Salerno (Italia), por lo que también es conocida como Trotula de Salerno, hacia el 1050. Nuestra protagonista tuvo la suerte de poder estudiar medicina, quizás porque pertenecía a la aristocrácia y sabido es que la gente de dinero siempre ha tenido más posibilidades de acercarse al estudio. Se casó con un médico, Giovanni Plateario y tuvo dos hijos con él, y que también fueron médicos. Estudió en una de las primeras universidades (dicen que la primera universidad) de Europa, además abierta a mujeres y que fuera del control de la Iglesia, donde además fue también profesora de medicina, la Escuela Médica de Salerno o Salernitiana.



Escribió varios tratados de medicina sobre dermatología "Trotula minor". Redactó una recopilación de enseñanzas de los grandes maestros de su universidad "De agritudiunum curatione" y junto a su marido y sus hijos un manual de medicina "Practica brevis". Destacan sus remedios para la higiene del cuerpo y consejos para mejorar el estado físico mediante masajes y baños.




Si destaca por algo es por sus estudios ginecológicos, donde era una gran especialista, hablando en sus textos sobrela menstruación, la concepción, el embarazo, el parto, el control de natalidad, además de diversas enfermedades ginecológicas y de otro tipo, así como sus remedios. Fueron muy importantes sus estudios sobre nuevos métodos para reducir el dolor en el parto utilizando opiaceos, en la época esta práctica era perseguida por las autoridades. Afirmaba que las mujeres podían no quedarse embarazas tanto por impedimentos femeninos como masculinos. ¡Toda una revolución!




Sus obras se extendieron por toda Europa, escritas en latín medieval, fueron utilizadas hasta el siglo XIX, pero siempre fueron atribuidas a un personaje imaginario, el médico Trottus (¡era imposible que una mujer pudiese ser tan sabia!) y no fue hasta finales del siglo XIX cuando por fin se le atribuyó el merecido mérito a esta gran erudita.