Mostrando entradas con la etiqueta Roberto Themis Speroni. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roberto Themis Speroni. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Roberto Themis Speroni, me alojarán en una veta fina



ME ALOJARÁN EN UNA VETA FINA


Me alojarán en una veta fina.
Harán conmigo una estación yacente,
y me pondrán, al lado de las manos,
un hombre de tres clavos, un antiguo
perseguido de luz.
Ciertas personas,
habitantes del uso y la costumbre,
repararán, al fin, que fui una especie
de cometa infernal, un constelado
errabundo filial, un hongo triste,
un insecto de tórax luminoso.

Ese será el comienzo. Y los cerrojos
se correrán de nuevo, como siempre.


City Bell, 21-7-1964

De “Padre Final”, 1964.

Roberto Themis Speroni
(La Plata, 1922-1967).
Foto de tapa: Jmp, archivo de la talita dorada.

domingo, 16 de mayo de 2010

Roberto Themis Speroni – Los huéspedes se van


_
LOS HUÉSPEDES SE VAN…

Los huéspedes se van. Sobre la mesa,
el vino tiembla todavía. Duele
la carne cortajeada sobre el plato,
la carne solitaria, negra y seca,
que la grasa comprime. En la cocina,
las ollas varicosas, los manteles
se mezclan con botellas y cubiertos,
y hay un olor confuso a trapo hervido,
a sudor vegetal, a paz quebrada
de pronto por un viento atolondrado
de almidón y vapores de colonia.

Han andado los huéspedes. Aún vibran
sus pellejos hinchados, aún rebotan
las pisadas de cera en las baldosas,
en el baño, detrás de las toallas,
ante el terror dental de los cepillos,
y aún hay trozos de charla en la quemada
sabiduría de los ceniceros.

A pulgadas la calma se levanta,
me observa con piedad, y sin hablarme,
se instala en la caverna de mi frente
que ha retomado su frescura. Creo
que ninguno me habló de las abejas;
que ninguno me habló jamás de nada.

City Bell, 22-04-1964


De “Solo canto de hierro”, 1964.
En: “Roberto Themis Speroni”, Tomo 2, poesía inédita, Ana Emilia Lahitte, Ediciones Fondo Cultural Buenos Aires, 1975

_
Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967)
_
Foto: “Corredor”, Jmp
_

viernes, 14 de mayo de 2010

Roberto Themis Speroni – Escucho tiritar a los naranjos


_
ESCUCHO TIRITAR A LOS NARANJOS…

Escucho tiritar a los naranjos
con gran facilidad. Jamás me inquieto
si oigo entre las hojas el catarro
de una nueva crisálida. Tampoco
me obsesionan los ayes de la savia,
ni el forcejeo intenso que se inicia
con el pelo nupcial de las migalas.

Esa música es mía desde niño;
ese lenguaje musical es mío,
como lo son mis rótulas, mi lengua,
mi desorden, mi pulso desatado.

Con escuchar, con atender, descubro
los estruendos del humo; diferencio
el andar de dos grillos, acaparo
los ecos de un estambre, y, si me ocupo,
sé qué pájaro ha muerto en el poniente
por el breve chasquido de una pluma,
o en qué lugar de la madera gira
con barrena de felpa la carcoma.

Sólo la voz del hombre me confunde,
me desarraiga, cae a mis oídos
como un agua de vidrio tormentoso
empujando cardúmenes glaciales,
ácidos peces de tajante escama.

Sólo la voz del hombre. Mas la escucho
porque ignoro su trágica rapsodia,
su mensaje final para el comienzo.

City Bell, 22-04-1964


De “Solo canto de hierro”, 1964.
En: “Roberto Themis Speroni”, Tomo 2, poesía inédita, Ana Emilia Lahitte, Ediciones Fondo Cultural Buenos Aires, 1975

_
Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967)
_
Foto: “Naranjo en City Bell (14-05-10)”, Jmp
_

jueves, 13 de mayo de 2010

Roberto Themis Speroni – Come mi madre un guiso de verduras


_
COME MI MADRE UN GUISO DE VERDURAS...

Come mi madre un guiso de verduras
en su casa distante; come un guiso
que tiene casi un siglo y los cubiertos,
niquelados de amor, comen con ella
hoy, en abril, mientras mis tres hermanos
comen en sus hogares, con los hijos
sonoros de maíz, blancos de almíbar.

Mi padre come arriba, con los muertos
que fundaron Orión, que amojonaron
el granizo celeste de la Vía,
y que en la piel boreal de Casiopea
hallaron la respuesta del sextante.

Yo espero aquí; no ceno todavía.
Lo haré después, cuando los míos duerman.

City Bell, 21-04-1964


De “Solo canto de hierro”, 1964.
En: “Roberto Themis Speroni”, Tomo 2, poesía inédita, Ana Emilia Lahitte, Ediciones Fondo Cultural Buenos Aires, 1975

_
Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967)
_
Foto: Archivo de la talita dorada. Roberto Themis Speroni con Néstor Mux, 1965. Presentación de “Padre final” en La Plata.
_

domingo, 18 de abril de 2010

Roberto Themis Speroni – Las cosas


_
LAS COSAS

–Has construido un mundo; ya no es tuyo,
¿o quizá no lo fue desde el principio?
Y si lo fue, ¿por qué nos lo dejaste
con soberbia fatiga?
Nos movemos
debajo de tu límite, los días
nos cubren como un mar, nos desordenan
inevitablemente. Somos tristes,
tristes como tu ropa, como el rostro
de la memoria que nos adjudicas.

Sácanos de esta dura circunstancia.
Éramos algo así como la gente,
como algún ser de nombre breve y bello.


De: “Y digo al aviador”, 1966. En: “Roberto Themis Speroni. Antología”, Fundación Argentina para la Poesía, Buenos Aires, 1968. Colección dirigida por Carlos Alberto Débole y Rubén Vela.
_
Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967)
_
Ilustración: Dibujo de Antoine de Saint-Exupéry
_

domingo, 27 de septiembre de 2009

Roberto Themis Speroni - Poema 7 de Padre final


Usar cebollas, inventar legumbres
para darle comida a un desdichado;
mondar frutos de robo, publicarse
las manos en el fiel de una balanza;
hurgar en las pestañas, dar saliva
para beneficencias y martirios,
mientras andar errando los graneros,
muriéndose los ríos, enfermando
las mariposas y el amor. Es grave.

Yo, que vengo de mí, de los testigos
agudos del maíz, de los hisopos,
de los peces cuajados por la sombra,
salgo a pedir perdón, levanto fraguas
de idioma elemental, pido que atiendan
que la mentira salte de su centro:
la lluvia no precisa de mordaza
ni el pájaro una brújula de plumas.
Una semilla nada más, un surco;
una pequeña esfera de confianza.

En: Padre final, City Bell, 1964.

_
Roberto Themis Speroni (La Plata 29 de septiembre de 1922 - 28 de septiembre de 1967).
_
De Speroni en Aromito:
Poema 17 de Padre final
El poeta, el taciturno, acaso la sombra de un anillo
Tres poemas
Homenaje a 86 años de su nacimiento
_

domingo, 6 de septiembre de 2009

Roberto Themis Speroni - Poema 17 de Padre Final


Cómo me cuesta ser normal a veces;
frecuentar a los trágicos parásitos
de la razón, a los apasionados
de la moral, la forma y los principios;
cómo sufro escuchando parpadeos,
palabras de uniforme, bibliotecas,
gavetas rigurosas, ordenados
ficheros de jabón y manicura.

Cómo salto hacia adentro, cómo hundo
mi libertad de mago, mi estrellada
locura de cantor, la peligrosa
largura de mis trágicas antenas,
el ocular sistema de mi vista
hecha de caracol, fija de ofidio.

Cómo me cubro de rinoceronte,
de molusco, de tela o mayordomo,
y hablo de novedades que me prestan,
y en apáticas copas bebo nervios
mezclados con furor y recetarios.

Cómo, a veces, me tengo que dar muerte
para que no rechacen a mis hijos,
a mi bosque magnético, a las flores
que cuidan mis abuelas, mientras cuentan
que estoy en recepciones, y mi madre
es de plata explicando a quien la escuche
que yo soy el mayor de los poetas,
su hijo de laureles obsesivos.
¡Oh, mi madre celeste y su miopía
de voz crepuscular, sola de orgullo!

_
En: Padre final, City Bell, 1964.
_
Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967).
_
Imagen de cabecera: Archivo de la talita dorada. Dedicatoria de Roberto Themis Speroni a su hermana Berenice: “Padre Final, a mi hermana Berenice para que testimonie desde su luz estos cambios que llevo sin claudicaciones, alta, árbol de conducta, raíz de este tiempo llena asombrosas experiencias.- 1965, City Bell”.
_
Colaboración: Patricio Fluxa.

_
De Speroni en Aromito:
El poeta, el taciturno, acaso la sombra de un anillo
Tres poemas
Homenaje a 86 años de su nacimiento
De Speroni en POESÍA LA PLATA:
Un poeta en el hueso del invierno
La araña está tejiendo a su capricho y otros poemas

Más poemas en POESÍA CITY BELL
_

sábado, 21 de marzo de 2009

Roberto Themis Speroni: El poeta, el taciturno, acaso la sombra de un anillo



--

… yo, el poeta, el taciturno –acaso
la sombra de un anillo, acaso el simple
sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,
voy integrando el ser, lo que los años
separan dividiendo, haciendo trizas
junto al hueso constante del invierno.

¡Oh, camaradas, ágiles guerreros
de aquella luz buscada y conseguida!...
Con cuánta lentitud, con cuánta angustia
debo internar mi soledad, mi sangre
por el invierno que a mi lado eleva
sus follajes de escarcha.

Por momentos,
descubro que hay un símbolo terrible,
una inviolable lápida asfixiando
esto que soy y somos, esta ardiente
necesidad de andar, de ver el grito
que el invierno sostiene, que aprisiona
con terquedad de hiedra en lo sombrío.
¡Si uno pudiera estar en toda fuente,
sumergido en profundas aventuras
solamente cercanas al espíritu;
si se pudiera descorrer el viejo
cabello del invierno, si la mano
quitara de improviso lo dormido,
lo muerto en apariencia, este gran hueso,
esta oquedad mortificante y sola
tal vez se estremeciera, diera un vuelco
hacia la estrella misma, y en el cielo
veríamos el mar, el valle hermoso
que los sueños contemplan solamente...!

Y sin embargo a tientas, yo, el poeta,
internándome a siglos, destrozado
por aguzadas limas que aparentan
infinitas ternuras, por espectros
que me arrojan arañas polvorientas,
adormideras, rostros invencibles,
sigo a paso de arena este gran hueso
donde el invierno es único monarca,
dios de cristal, señor de la derrota...

--

Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967). Canto I (fragmento) de “Un poeta en el hueso del invierno”. En: “Veinte poetas platenses contemporáneos”, 1963.
-

lunes, 29 de septiembre de 2008

Tres poemas de Roberto Themis Speroni

número 03, septiembre de 2008

Si estoy aquí, yo le diré: - Cuidado.
Y nada más. Los árboles son piedra.
_____________________________________
__________
Hoy 29 de septiembre se cumplen ochenta y seis años del nacimiento del poeta citibelense Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922-1967), fallecido un día antes de cumplir los 45 años.
__________
_____
Selección de textos: José María Pallaoro

Al fondo de mi casa, en un baldío


Al fondo de mi casa, en un baldío
que aloja madreselvas y tacuaras,
envases, desperdicios y cadáveres
de madera fungosa; en un terreno
que un día fue patrón de las legumbres,
señor de las albahacas y el tomillo;
que tuvo un verde comercial y hermoso,
viven, con un chillar de porcelana,
las ratas que conozco. Por las noches,
a la lumbre bubónica del ojo,
con sigilo mental, siempre arrastrando
el calvo fleco en tubo de sus colas,
vagan entre geranios y hojalata,
erizadas de celo y amoníaco,
salivoso de hambre el diente agudo.

No me sorprenden ya. Sobre el cianuro
viven aún, rabiosamente invictas,
chispeando como piedras cenicientas
arriba de mis cejas, a los lados
de mi probable corazón, adentro
del hipnótico rombo de mi sangre.

Mis hijos las apartan, las persiguen,
les derraman aceite, las castigan
con afiladas llamas; mis hermanos
cavan anchos zanjones, tapan bocas
y clausuran hediondas galerías.
Pero vuelven al cabo de otra noche,
invaden mi silencio, y con jadeos,
se aposentan allí, donde yo canto,
allí, donde yo estoy cantando ahora.

(de “Solo canto de hierro”, 1975)
_______________________

A un poeta


Le han caído los muertos. Le han llovido
los vagabundos y las cicatrices,
los tuétanos azules de la estrella,
el arroz de los niños, los ojales
de un chaleco infernal, las mariposas
que desovan en grietas del naranjo.
Le han gritado en el vientre, en las pupilas,
en los embudos de la sed. Le han dicho
que debe ser total, tener los dedos
adhesivos y trágicos, y el canto
dispuesto como un hijo de navaja,
como una ciega uña de berilo
para herir y dar vida a los que corren
con las heladas nubes. Cuando muera,
si estoy aquí, yo le diré: - Cuidado.
Cuidado con la hoja de aquel roble,
con aquella cicuta que te observa
y que sabe en realidad si puedes
estar de nuevo, levantar tus brazos
y estrangular, al paso de los vientos,
un dios momificado, una garganta,
un retoño de amor, un eco leve.

Si estoy aquí, yo le diré: - Cuidado.
Y nada más. Los árboles son piedra.

(publicado en el diario La Nación el 20 de octubre de 1963)

_________________________

Me alojarán en una veta fina


Me alojarán en una veta fina.
Harán conmigo una estación yacente,
y me pondrán, al lado de las manos,
un hombre de tres clavos, un antiguo
perseguido de luz.
Ciertas personas,
habitantes del uso y la costumbre,
repararán, al fin, que fui una especie
de cometa infernal, un constelado
errabundo filial, un hongo triste,
un insecto de tórax luminoso.

Ese será el comienzo. Y los cerrojos
se correrán de nuevo, como siempre.

City Bell, 21-7-1964

(de “Padre Final”, 1964)
_________
__________________
Imagen de cabecera: Dedicatoria de Roberto T. Speroni a sus padres, 21 de julio de 1945 en libro “Habitante único”.

Homenaje a Roberto Themis Speroni a 86 años de su nacimiento.

Una lectura de “Un poeta en el hueso del invierno”
por Alfredo Jorge Maxit

_______________________
La mejor manera de homenajear a un poeta consiste en la valoración de sus textos. He elegido el de Un poeta en el hueso del invierno (1963) porque marca el comienzo de la poesía madura, existencialmente profunda del poeta, que, hasta entonces, se sentía más cercano a la sensorialidad del paisaje provinciano, al canto de los afectos, al mundo nostálgico de la infancia, a la exaltación de los pequeños seres de la naturaleza. Y, sobre todo, porque es un poema que toma hondamente en cuenta “la seriedad del mundo” y ubica a su autor en las búsquedas de la realidad del ser a través de una palabra poética cargada de preguntas, un signo de responsable contemporaneidad.
Recuerde el lector esta señal como un adelanto: unos versos tomados del –a mi juicio- libro más representativo de su período anterior, Tentativa en la luz.

Ven, viajemos. La muerte es sólo un ángel;
un ensueño entre pájaros y estrellas.

(De: Íntimo viaje.)

El poema.

El poema elegido fue publicado por Ana Emilia Lahitte en 1963, en Veinte poetas platenses (1). De este modo son 7 las publicaciones poéticas de Speroni: Habitante único, 1945; Gavilla de tiempo, 1948; Tentativa en la luz, 1951; Tatuaje en el tiempo, 1959; Un poeta en el hueso del invierno, 1963; Paciencia por la muerte, 1963; Padre final, 1964. En otra publicación de Lahitte: Speroni. Poesía completa, de varias ediciones, se encuentra buena parte de los textos poéticos no publicados por el autor, casi todos ellos pertenecientes a los últimos años de su vida, textos que están reclamando una cuidada y difícil edición que completaría el corpus de la poesía speroniana.
Para ser precisos, Un poeta en el hueso del invierno es más que un libro, un poema -algo extenso- escrito en 1962 y publicado un año después.

El título.

¿Qué le sugiere al lector el título de este poema? Por supuesto que cada uno tendrá su respuesta, pero ninguno dejará de considerar los términos que lo componen. Evidentemente que uno podría hacerse algunas de estas preguntas: ¿qué hace un poeta en el hueso del invierno?, ¿qué significa hueso aquí?, ¿invierno es solamente la estación del frío?
Decía un intérprete de los primeros siglos de nuestra era que en los tropiezos está el comienzo de la interpretación. Por cierto que hueso es el primer tropiezo y cualquiera entiende que su significación va más allá del sentido literal. Por otro lado, hueso es como el soporte de la carne, su último sostén. ¿Será el sostén del invierno, en este caso? ¿O sea, su núcleo, su carozo, su secreto? Por último, si uno recurre al diccionario, tal vez prefiera quedarse con lo que se dice del vocablo figuradamente: Lo que causa trabajo o incomodidad, el empleo muy penoso en su ejercicio.
Tal vez no estaría de más considerar que el sujeto del título no es el autor ni el hombre genéricamente considerado, sino un poeta.

La estructura del poema.

Un poeta en el hueso del invierno es un poema en 6 cantos de versos endecasílabos, verso predilecto de Speroni. Son 330 versos y fácilmente se advierte que el pirmer canto es el más extenso (129 versos), el segundo el más corto (23 versos), apenas con un verso menos que el canto cuarto (24 versos). Los cantos restantes son bastante parejos: canto tercero (43 versos), canto quinto (41), canto sexto (40). Versos blancos, sin rima.
Atendiendo un poco a marcas internas se ve que el primer canto es expositivo. En el mismo se habla del invierno y sus misterios. En el segundo canto ocurre un cambio importante. El yo poético se dirige a algunas de las figuraciones personificadas del invierno, galería, laberinto, y le dice: te descubro, recorro tu interior. En el canto tercero se da otro avance: el yo interroga al invierno (tú): ¿en qué lugar ha de morir el hombre? <> Interrogación que cambia en sujeto y objeto plural en el canto siguiente -¿Qué hemos hecho entre tantos de nosotros?- y recae en el yo, en el canto quinto: ¡qué pena,/ qué extraño espanto, qué salvaje impulso/ me guiaba de prisa hacia el invierno ...!. Finalmente, en el canto sexto se pregunta por otros sujetos: ¿Alguno habrá quizá que por el hueso/ se aventure conmigo y con tu rostro? ¿Habrá un hombre con ojos de conquista/ que atravesando el frío se disponga a conseguir su lámpara y la tuya...?/ ¿Habrá algún dios nevado al otro extremo...?

Yo, el poeta.

El poeta se identifica repetidas veces con el yo poético; o viceversa, el yo con el poeta. Un yo que, por otro lado, ofrece muchas posibilidades o vacilaciones de ser, entre repetidos acaso. Junto con los verbos que indican acción –ando, voy internando, avanzo, voy integrando, descubro, sigo paso a paso, etc- y con las figuraciones del hueso del invierno, más las marcas ya señaladas, la reaparición continua de la pareja sinonímica –yo, el poeta- constituye uno de los núcleos vertebrales del poema. Algunos ejemplos:

Del canto I:
Yo, el poeta, el desnudo –el mar acaso,
acaso la montaña, un dios acaso-
yo, el poeta,
-acaso el arenal, acaso el miedo-
Y yo, el poeta, el taciturno –acaso
la sombra de un anillo, acaso el simple
sollozo de un guijarro, acaso el vuelo-

Del canto II:
Yo, el poeta –acaso lo imperfecto,
lo sórdido y terrible, lo espantoso,
acaso una incenciada flor de agujas,
un lívido viajero –

Del canto III:
Yo, el poeta,
el jinete maldito, el señalado,
por tu planicie de estupor transito
acaso como un pájaro en la lluvia <>


Del canto IV:
Y yo, el poeta, el hombre, el astillado,
-acaso la verdad, acaso el signo,
o simplemente el hombre que conoces-


Del canto V
Yo, el poeta, me voy hacia su fondo,
y en el hueso invernal fundo mi torre,

Del canto VI
Yo, el poeta –acaso el hueso mismo,
acaso el hondo tubo donde duermen
las sienes de la escarcha-

Hueso de límites cambiantes.

Necesariamente en esta consideración semántica del poema será preciso resumir un poco su contenido para acercarlo al lector que desconoce el texto.
La acción del yo poético consiste en ir observando, como un huésped curioso en una galería, en ir andando, caminando el hueso,/ lo frío del invierno y sus misterios. Al principio la contemplación resulta aparentemente complaciente o resignada, no dramática:

voy internando mi vejez, mi llanto,
la certidumbre de saber que el hombre
es una forma del amor, del canto,
de la muerte que sopla dulcemente
a través de las grietas del invierno.

Canto I

Sin embargo, al avanzar un poco por el hueso invernal, por el gran tubo, un viento tiritante va ciñendo de lúgubres rumores, de murmullos/ cuyo color castiga el ceño triste, / el triste muro de la frente abierta a la razón, que el universo guarda. Esta pared insalvable ante toda interrogación se hermana con la llaga del poeta. Entonces siente que las cosas amadas y fugitivas avanzan con él dando vueltas al origen de lo que fuera bello <> Todo conmigo va por ese hueso/ de límites cambiantes.
¿Cuál será la tarea del poeta ante la devastación? La respuesta suena a ontológica.

Voy integrando el ser, lo que los años
separan dividiendo, haciendo trizas
junto al hueso constante del invierno.


Canto I

Tal vez la primer ruptura de nivel en el conocimiento del invierno mortal esté en ese vislumbrar momentáneo de otra significación.

Por momentos,
descubro que hay un símbolo terrible,
una inviolable lápida asfixiando
esto que soy y somos, esta ardiente
necesidad de andar, de ver el grito
que el invierno sostiene, que aprisiona
con terquedad de hiedra en lo sombrío.

Canto 1

Destrozado entonces por aguzadas limas, por arañas polvorientas, sigue avanzando por este gran hueso,/ donde el invierno es único monarca,/ dios de cristal, señor de la derrota. A su alrededor le aparecen niños, vírgenes heladas, arqueros de piel blanca que tejen tapices, juegan a la muerte.

me miran, aparecen y se internan
en el gran hueso del invierno hundido
en la mitad del tiempo, en lo callado
del tiempo y su mordida mariposa.

Canto 1

El Canto I finaliza contando lo que a veces el poeta imagina, que el hueso está en mí mismo. Y, entonces, eso le resulta tan verdadero que el hondo hueso/ me suena en la garganta, me golpea/ los apretados dientes del mañana. Es que, como afirma en versos inmediatamente anteriores: es verdad que estoy próximo a lo exacto/ que la muerte difunde <>

El canto II es de transición. El yo ha descubierto al tú, al hueso del invierno y lo recorre interiormente, se apronta -más bien- a recorrerlo por dentro.
En el III, yo, el poeta se acongoja repitiéndole cantos y preguntas. Una de ellas ya ha sido señalada:

¿en qué lugar ha de morir el hombre,
ha de cantar el hombre tanta fiebre,
tanta visión de augusta persistencia?


Recuerda a continuación los inviernos de su niñez con el corazón suelto como si fuera una escala de vuelo. Pero en la actualidad de su viaje, hueso entre ramas, toma nueva conciencia de sí mismo, de su mortalidad.

Hueso de invierno, fémur oxidado,
jardín por el que he vuelto a descubrirme,
a descubrir el límite del hombre,
su conciencia mortal, lo perdurable
y efímero a la vez de tanta historia
repetida en el curso de un remoto
río invernal, corriendo hacia lo eterno.
(Canto III)

En el canto IV, yo, el poeta abre como un paréntesis con el afuera, con el objeto de su contemplación, e ingresa brevemente al hacer invernal del hombre, a la historia, a lo que el hombre ha ejecutado con los hombres, con la naturaleza especialmente.

¿Qué hemos hecho entre tanto de nosotros?...
¿Qué destino impusimos a los mares,
a los peñascos, a la sombra viva
de un tallo entre las dunas de la idea?...
Han crecido ciudades y se han muerto
detrás de los inviernos; el gran hueso
está tendido en su infinita curva
como un pájaro quieto en el salitre <>
(Canto IV.)

En el penúltimo canto (el V), el poeta cae en la cuenta de que él tiene experiencia de este hueso pensativo, de esa inclinación (pensativo es una voz muy reiterada en toda la poesía de Speroni) a reflexionar y conmoverse ante la muerte, cuando lo asalta la fuerza de estar solo. Su amor por el otoño es recurrente en toda su poesía anterior.

Cuando la estrella es limpio y su destello
nítidamente llega del ocaso
luego de abril; cuando la rosa inclina
su desierto de pétalos y el viento
huele a musgo de noria, adelantando,
sonando a seco pino en sus nudillos,
yo el poeta, me voy hacia su fondo,
y en el hueso invernal fundo mi torre,
mi lágrima más clara, mi medalla
para el mañana –tu mañana, acaso.

Canto V

Como puede advertirse, se da como una hermandad entre el poeta y la mortalidad. Por eso la sucesión de acciones en compañía: avanzo y gesticulo, canto y vivo/ como la misma muerte que llevamos/ cada cual a su modo en las pestañas <>

El recorrido por el interior del hueso del invierno ha terminado. Así lo manifiesta el poeta, al inicio del canto VI, después de las preguntas ya transcritas por otros sujetos, por algún dios nevado al otro extremo. Preguntas abiertas.
Precisamente, el viaje de reconocimiento y exploración queda clausurado con un verso que conforma llamativamente una estrofa.

Pero el hueso es profundo, lo repito.

Canto VI

El yo poeta señala sus limitaciones cognoscitivas, metafísicas: apenas si entreveo los pasillos:

¡Oh soledad, invierno, rueda inmensa
en cuyo eje el hombre permanece
como un forzado náufrago al que azotan
rayos helados, críticas mareas
naciendo desde un hueso, resonando
solamente a silencio, en lo perdido...!

Canto VI

Esta es la agónica situación del hombre ante el misterio de la muerte y el destino de los seres, de lo vivo. Náufraga soledad del invierno de la que pareciera sacar la primavera.

Hasta que un día, es cierto, el hueso muere.
se adelgaza, se funde con la hierba,
y un magnífico sol salta y rebota
sobre aquello que fuera sólo un hueso.
Vuelve el árbol a ser árbol de nuevo.
El canto, en pie, abriéndose penetra
los aros de diamantes dilatados
de la cintura elástica del aire.
Y el hombre, al fin, se anima y resplandece
junto a los animales y a las plantas
donde la luz ovilla y desovilla
su música reciente.
Canto VI

Pero no, en los últimos versos del poema, yo, el poeta –y acaso el hueso mismo,/ acaso el hondo tubo donde duermen/ las sienes de la escarcha, o sea, el hombre poeta redescubierto en su mortalidad esencial, deja de lado aquellas imágenes mayores –mar, montaña, dios-, todas aquellas acciones hacia fuera, para ingresar en un proceso de repliegue, de empequeñecimiento, propio de la comprensión y posterior aceptación de un designio no humano e indescifrable, el de el sabio invierno. Aceptación que lo ubica en el lugar del título del poema: yo, el poeta/ un poeta en el hueso y para siempre. Ya no es necesario agregar la construcción del invierno, porque el hueso ha revelado su secreto y carga con toda su significación. Por supuesto, el para siempre, reiterado y final del poema, afirma un resignado y esclarecido futuro sin primavera.

Sin embargo
yo, el poeta –y acaso el hueso mismo,
acaso el hondo tubo donde duermen
las sienes de la escarcha -, me repliego,
disminuyo mi sitio, empequeñezco
mi estatura de sangre, y, tristemente,
aguardo el frío, el lento, el sabio hueso
que dispondrá el invierno para siempre:
para siempre te digo yo, el poeta,
un poeta en el hueso y para siempre.

Coda incompleta.

Claro que resulta patente la consideración distinta de la muerte entre aquellos versos de Tentativa en la luz y los de este poema. Ha cambiado el tono, la visión de la vida y el acercamiento a la realidad, ahora más hondamente misteriosa.
Un poeta en el hueso del invierno fue seguido por Paciencia por la muerte, una obra de 33 composiciones, más un poema introductorio, en el que se notan muchos puntos de contacto, como ya lo resalta el título del libro, con este poema en seis cantos. Lo propio ocurrirá con Padre final, cuyo último poema –el 20- más allá de la coincidencia temática, certifica con plenitud el cambio de mirada y escritura. Poemas de la madurez poética de un escritor de apenas más de cuarenta años, que seguirá ahondándose cuando el invierno lo visite en su propia casa.

Me alojarán en una veta fina.
Harán conmigo una estación yacente,
y me pondrán, al lado de las manos,
un hombre de tres clavos, un antiguo
perseguido de luz.
Ciertas personas,
habitantes del uso y la costumbre,
repararán, al fin, que fui una especie
de cometa infernal, un constelado
errabundo filial, un hongo triste,
un insecto de tórax luminoso.

Ese será el comienzo. Y los cerrojos
se correrán de nuevo, como siempre.

________________
CITA BIBLIOGRÁFICA.
(1) LAHITTE, Ana Emilia. Veinte poetas platenses. La Plata, Fondo Cultural Bonaerense, 1963.

_________________
Alfredo Jorge Maxit nació en Colón, Entre Ríos, en 1942. Es Profesor en Letras. Ha publicado teatro, narrativa, ensayo y los libros de poemas “Entreluces” (1996), “De lengua y literatura y Poemas de aquí y ahora” (2001), “Con las palabras” (2005), “Des/habitaciones” (2006) y “Sombras de luz” (2007).