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jueves, 22 de febrero de 2024

JOSÉ EMILIO PACHECO En el silencio de la noche



II: El arte de la sombra 


SIGLO 

En el silencio de la noche se oye 
el discurso del polvo como un murmullo incesante. 
Pues todo lo que abarca la mirada 
está por deshacerse. 


ILUSIÓN 

Cuando esperaba el día se hizo la noche. 
Y nunca aprendí 
a caminar en tinieblas. 


FOTOS 

No hay una sola foto de entonces. 
Mejor así: para verte 
necesito inventar tu rostro. 


BIOGRAFÍAS 

Ningún sendero quedará. 
Nuestros pasos 
conducen siempre a la nada. 
Todo lo devora 
el sol desconoce la piedad 
y arrasa lo inventado por el vacío. 


MAÑANA 

El alba está lejana. 
No sé qué busca el pájaro 
entre la noche densa. 

Habla, murmura, insiste. 
Se acerca a la ventana. 

Dice que el sol no ha muerto 
y existe otro mañana. 



En Tarde o temprano (Poemas, 1958-2009), Fondo de Cultura Económica, 2009 / De La arena errante (1992-1998) / Ph: jmp / 
José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014) / 
Los autores y textos seleccionados forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.-

martes, 5 de julio de 2022

JOSÉ EMILIO PACHECO Ante el juez todos estamos indefensos



EL JUICIO 

          Ante el juez todos estamos indefensos. Él, en su silla alta, su escritorio de roble, su peluca, su mazo, su vestuario de sumo sacerdote. Nosotros, con la bata ridícula del enfermo al que hacen toda clase de exámenes para diagnosticar que ya no tiene remedio.
 
          Animales de laboratorio ante el supremo experimentador, nos sabemos condenados de antemano. El fiscal termina su diatriba. Nos arroja una última mirada de cólera y desprecio. Nuestro defensor calla, anonadado por las fulminaciones de la parte enemiga. Sorprenden la acumulación de cargos y la ferocidad con que nos acusan de crímenes no cometidos.
 
          Qué superioridad la del señor juez, con qué ojos de asesino desdén nos mira, cómo disfruta de nuestra humillación irremediable. Al fin nos sentencia primero a la picota y después al cadalso. Intentamos decir unas palabras. Los guardias nos cierran la boca con tizones. No tenemos derecho a nada. Entonces comprendemos que nuestro delito fue haber nacido.




En Tarde o temprano (Poemas, 1958-2009), Fondo de Cultura Económica, 2009 / De La arena errante (1992-1998) / Fotos: jmp / 
José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014) / 

Los autores y textos seleccionados por el coordinador forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.-

jueves, 3 de febrero de 2022

SILVIA EUGENIA CASTILLERO El incalculable lapso de mi cuerpo al tuyo




LOS SAPOS 

     Antes estelas verdeando sobre agua, cada uno a su turno salía boquiabierto para luego internarse en lo profundo. Ahora sacan la cabeza, no vuelven a hundir sus alargados cuerpos. Del espesor del río ninguno zigzaguea para vencer corrientes ya cálidas o heladas. Se abandonan al movimiento quebradizo que los orilla como piedras reblandecidas. Corroídos sus miembros al contacto del sol, la lluvia los arrastra. Las charcas quedan habitadas por estos injuriosos que enturbian las aguas, estos mezquinos sacos de avaro. 


CARACOL 

     De fiebre sobre los pechos, el deseo escurre; rumor de espuma en los poros, la piel se vuelve bramar marino de caracol. Espera la tarde, las calles se alejan en la luz. Sitiados por una eternidad de arena en la escalera, nuestros cuerpos comienzan a curvarse al borde del abrazo. Somos sombras sin color, contorsión perdida en el océano: un remolino obstinado en girar sin fin. En la ciudad que rueda sus aspas de molusco, contrastan como imposibles anémonas amantes, el resplandor de piernas y brazos. 

     Porque partimos al acabar el sueño, el caracol desaparece. 


LA HIEDRA CUBRE EL RECINTO…

     La hiedra cubre el recinto, entreví tu locura en los claros. Ahí demoré toda una tarde, buscaba compañía, alguien como yo varado en el tiempo, con la impronta que el mundo nos impuso. Y hablarte de mi desmoronamiento. En la casa que habitaste la escalera platica de tus cantos, todavía escucho resonar en el agua tu risa. Agua estancada con reflejos de tu boca. Agua tibia. Vine a hacer figuras de barro mientras llegas, las dejo entre baldosas desprendidas. Son pedestales. Sabrás que estuve contándote mi historia. No puedo salir: la ciudad enfureció. Más allá de la muralla en forma de corazón no hay ciudad para mí, ni vías para el tiempo. En esta mansión los ecos y estucos son símbolos tuyos, los dejaste para cuando reclamara tu presencia. Voy recorriéndolos uno a uno, son casi mapas de tu ansiedad. Cuando te sacaron cerraste y nadie ha vuelto.


TIRAR UNA, DOS LÍNEAS…

     Tirar una, dos líneas, palpar los contornos de la ciudad desconocida. Tiendes tus dedos hacia el poniente como un litoral, sedimentos y muros son mi paisaje. Allí me deslizo, caigo, conozco piedra por piedra en las líneas de tu mano. París rasguña mi pecho, anchos los bulevares aparecen en grafito, generosos abren sus esquinas, al centro el movimiento se descubre, latente sobre tu espalda. Parecía esconderse la agitación al interior de los trazos grises, un entrecortado latir, ciego en su ritmo. Era largo el recorrido hacia la ciudad desde el incalculable lapso de mi cuerpo al tuyo. 


ALLÍ ARDEN 

     Túnicas negras. Mantos rojos encendidos. Faldas, sandalias. Telas. Allí arden. En su espalda. Es la hija de Sión, intrépida. Fugitiva del amor y su abandono. Vino a arder en esta lumbre de culpa. Viene de regreso del muelle. Fue columna y fue cetro. Fue un campo de gacelas. Torres púrpura. Cintas escarlata. Centinela. Vino a arder. Cúmulo de voces la atraviesan. Pero calla. Sólo retazos de rumores atildan —requiebran. La dama cae entre montones de tela. ¿Una cortesana? Llena la boca de tierra.


EL ALTO CEDRO 

     El alto cedro se desprende en ramas heridas, ramas desvaneciendo entre savia, ramas ardientes, madera astillada y hueca, vacía su médula por el fuego. Incisivo. El alto cedro posee entre sus ramas un águila, o tal vez un nido de águila; el recuerdo del águila y su nido, el vuelo más alto del águila. No el águila. Posee en la claridad de su brillo, de su incendio —en su propio corazón que arde en cientos de lascas— los rayos del sol, el resplandor del sol, las tribulaciones del recuerdo. El águila madura —en vuelo— alegre en su disolución. Entre el querer y el deseo arde ella, arde en el alto cedro, arde embelesada. En el alto cedro, en el abismo —entre recuerdos— como vuelo de águila. Como en un nido. Arde.




En Luz irregular, Universidad Nacional Autónoma de México Coordinación de difusión cultural dirección de literatura, México, 2016 / 
Silvia Eugenia Castillero (Ciudad de México, 13 de noviembre de 1963) / Poeta y ensayista / Licenciada en Letras, Universidad de Guadalajara, con un doctorado en Letras Hispanoamericanas en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París / Directora de la revista literaria Luvina, Universidad de Guadalajara / Foto: jmp

domingo, 16 de agosto de 2020

OCTAVIO PAZ No escribe a nadie, a nadie llama





ARCOS

A Silvina Ocampo

¿Quién canta en las orillas del papel?
Inclinado, de pechos sobre el río
de imágenes, me veo, lento y solo,
de mí mismo alejarme: oh letras puras,
constelación de signos, incisiones
en la carne del tiempo, ¡oh escritura,
raya en el agua!

                           Voy entre verdores
enlazados, voy entre transparencias,
entre islas avanzo por el río,
por el río feliz que se desliza
y no transcurre, liso pensamiento.
Me alejo de mí mismo, me detengo
sin detenerme en una orilla y sigo,
río abajo, entre arcos de enlazadas
imágenes, el río pensativo.

Sigo, me espero allá, voy a mi encuentro,
río feliz que enlaza y desenlaza
un momento de sol entre dos álamos,
en la pulida piedra se demora,
y se desprende de sí mismo y sigue,
río abajo, al encuentro de sí mismo.

1947


EL CUCHILLO

El cuchillo es un pájaro de yelo.
Cae, puro, y el aire se congela
como en silencio el grito se congela,
al filo de un cabello se adelgaza
la sangre suspendida y el instante
en dos miradas lívidas se abre...
Mundo deshabitado, cielo frío
donde un cometa gris silva y se pierde.


LA RAMA

Canta en la punta del pino
un pájaro detenido,
trémulo, sobre su trino.

Se yergue, flecha, en la rama,
se desvanece entre alas
y en música se derrama.

El pájaro es una astilla
que canta y se quema viva
en una nota amarilla.

Alzo los ojos: no hay nada.
Silencio sobre la rama,
sobre la rama quebrada.


EPITAFIO PARA UN POETA

Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades.


ESCRITURA

Cuando sobre el papel la pluma escribe,
a cualquier hora solitaria,
¿quién la guía?
¿A quién escribe el que escribe por mí,
orilla hecha de labios y de sueño,
quieta colina, golfo,
hombro para olvidar al mundo para siempre?

Alguien escribe en mí, mueve mi mano,
escoge una palabra, se detiene,
duda entre el mar azul y el monte verde.
Con un ardor helado
contempla lo que escribo.
Todo lo quema, fuego justiciero.
Pero este juez también es víctima
y al condenarme se condena:
no escribe a nadie, a nadie llama,
a sí mismo se escribe, en sí se olvida,
y se rescata, y vuelve a ser yo mismo


CUERPO A LA VISTA

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas,
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
playa sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día dela vida perdurable).

Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.


 
A Lou que hace muchos años me regaló el libro y más
En Libertad bajo palabra (Obra poética, 1935 – 1957), Fondo de Cultura Económica, México, 1985
Octavio Paz (México, 21 de marzo de 1914 – 19 de abril de 1998) / Fotos: jmp

martes, 15 de enero de 2019

JASMÍN CACHEUX Díganle




CORRESPONDENCIA

Díganle que la he querido,
que estoy entera, dolorosa,
inexacta, nítida,
que sigo siendo,
que estoy, no duermo.
Díganle que he sido sustancial,
incorpórea
y que en su cuerpo desgranado
se quedó conmigo
la necia costumbre de ahogarme.

Díganle, por favor,
                              cuando sea tarde
que le derrame la voz a las estrellas,
para que nazcan y el cielo no se encamorre,
como esta noche, mientras me marcho.

Díganle que la he querido,
que estoy desnuda, azuzada,
                                              ovillada,
que estoy hendida,
y aún sigue latiendo fuerte
ese lugar casi extinto
en el dedo chico de su mano.


LA NOSTALGIA

La nostalgia debe llamarse faraona,
debe ser un poco virgen, un poco puta,
estar muerta, arrojada.
Debe llorar cuando no la encuentran,
A tragos grandes, con café y de noche.
Llamarse cielo verde, reventarse,
almidonarse las solapas y salir por la boca,
tragada, masticada, invertebrada.

La nostalgia debiera amarrarse al cuello,
apretar de a poco,
arrugarse,
parirse por el ombligo,
matarse a carcajadas.

De Creaturas cotidianas, 2018



FUTURO

El futuro es un animal moribundo. 
es la acera de enfrente sin pasos, sin par. 
El futuro es el hilo de Ariadna, 
la palabra indecisa, la playa, el mar. 
Es la ciudad con paisajes rotos, 
espejos, límites cóncavos del jamás. 

El futuro son estas horas que miro, 
estos lazos vacíos, estos ojos caídos, 
este andar tan corriente, tan lunar fugitivo. 

El futuro es un animal moribundo, 
apenas, respira, apenas respira…  
                                                  apenas respira. 

De Rocío de mar, 2013


Jasmín Cacheux (Xalapa, Veracruz, México, 1974). Licenciada en Derecho y en Ciencias de la Comunicación. Culminó la maestría en Literatura en Colegio Morelos. Poeta, dramaturga, narradora y ensayista. Obtuvo el premio nacional de cuento Flores Magón (1996), la mención especial Alfonsina Storni (2007) y el Premio Nacional de Literatura en la categoría de narrativa, Dolores Castro 2018.
Selección de textos y nota: José Antonio Cedrón.
Fotos: Jasmín Cacheux, “El rumor de las olas” (Villa Rica, Veracruz, México, 20 x 15) y “Allá, más allá” (Holbox, Quintana Roo, México, 30 x 20)

viernes, 11 de enero de 2019

DENISSE BUENDÍA CASTAÑEDA Esa pequeña eternidad donde ya nadie duerme solo recuerda





Una siempre regresa a la oscuridad donde fue niña,
a la diminuta cama donde se reducían a sí mismas la tarde y sus promesas:
un trozo de carne con ojos-anzuelo,
cautiva, coloreando a pulmón el nombre de las muñecas.

La vida pasó como un telegrama:
tu padre ha muerto (punto)
no habrá paz que lo contenga (punto)

Desde el olvido la casa parece más pequeña;
solía quedarme quieta en la azotea
esperando ver caer heridas a las golondrinas
con los pequeños dardos del vecino del cuarto piso.

Una tarde de agosto decidí perseguirlas,
caí en el árbol de mandarinas con la clavícula fuera y mis ojos en el vuelo.

La suicida fue mi madre desatándose las venas en la tina,
el asesino fue mi padre con su crueldad como ejercicio.
(no aprendí a amar sin desmembrarme hasta que murió).

A la memoria, al agujero de tierra oscura donde fui niña
suelen tragársela las hormigas peatoneras.
Siempre regreso a preguntarle:
¿hace cuánto que estoy viva?
¿estoy viva?
Seguro te dolió toda la vida no morirte a tiempo
deberías estar tranquilo;
un muerto siempre ha sido lo que ha querido:
un fantasma, una pesadilla, un epitafio,
una fila interminable de nostalgias,
el canto de un grillo que no nos deja dormir.
¿Hace cuánto que estoy viva?

A la oscuridad donde fui niña, siempre vuelvo.
A la nada en que escribiste la promesa de cuidarme.


La ausencia lo cambia todo,
el modo de sentarse frente a la mesa,
la luz de la lámpara que viene de noche,
el aliento y la memoria.
La ausencia enloda el reloj de arena
somos la misma imagen diciendo adiós inagotablemente,
y el corazón se vuelve una azotea
y la azotea un insomnio.
La casa isla sin presentimientos,
nos cambia de sitio la ternura y la extraviamos.
Lo cambia toda la ausencia,
enfurecidos prendemos fuego a las últimas flores de la esperanza,
a las letras que el amor guardó,
al cuerpo inasible arrullando vacío.
Todo lo cambia la ausencia,
esa pequeña eternidad donde ya nadie duerme, solo recuerda.


De La física de la orfandad


II

No sabes qué has muerto;
vienes cada octubre a repetir el silencio con tu grave mirada.

Es una pena que el polvo no tenga brazos, padre
que intentes regalarme estrellas de besos desdentados.
Acércate, mira mi vientre de niña;
aún se sienten tibios los restos de tu furia.
No he dado a luz porque crecí en lo oscuro;
porque aprendí a confundir el amor,
con el rasguño de los demonios nocturnos,
que esperan quietos el sueño de sus hijas para amanecer de nuevo.
Por cada cicatriz hay un columpio bailando solo;
un gato recién nacido en una bolsa de plástico,
un cementerio infante, la física de la orfandad,
esa pequeña eternidad donde ya nadie duerme solo recuerda.

De La invención del silencio



Denisse Buendía Castañeda (Estado Morelos, México, 1979). Comunicóloga. Ha llevado a cabo una intensa labor como activista social y productora de radio, colaboradora en medios escritos nacionales y locales como el diario la Jornada Morelos, la Revista Resiliencia. Actualmente trabaja en la Coordinación de Atención a Víctimas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), en Cuernavaca. Participa en la sección de poesía “Lunámbula” en el programa de radio local “El txoro matutino” y como productora de “La voz de la tribu” en la radio universitaria del estado de Morelos. Publicó, entre otros títulos: Días Animales (2009), El Hallazgo de la memoria (2015) y Trisón -poemario a tres voces- con Kenia Cano y Ricardo Ariza. Ganadora del premio Estatal de la Juventud 2004 por su trabajo como activista, y mención Honorífica 2007 premio estatal de la Juventud. En 2016 le ha sido otorgado el Premio Nacional de Poesía Dolores Castro. Ilustración: Denisse Buendía Castañeda.
Selección de textos y nota: José Antonio Cedrón.

domingo, 2 de diciembre de 2018

SILVIA TOMASA RIVERA Una idea perdida entre la ropa sucia




FIN DE FIESTA

Porque no tengo necesidad de hablar
estoy callada.
Suena triste pero es más verdad que el silencio.
Anoche hablé hasta que me dolió la comisura
de los labios.
Pero anoche era un tigre.
Ahora soy aquella, la hija del hombre:
sin mañana
sin semilla
sin voz.
Sólo una idea perdida
entre la ropa sucia.


LA CIUDAD

I

De la ciudad
no puedo decir nada
porque llegué dormida
como quien llega al mar
                       a no pensar.


II

Vivir en la ciudad
es como un sueño largo
uno no sabe nunca
cuándo va a bostezar
                       y empieza el despertar.


III

La ciudad
es una vaca echada
nadie la vio pasar
pero llegaron a sus ubres
                        a aprender a mamar.


IV

De la ciudad
no amo a los que dicen
que quieren regresar
la ciudad se hizo para hablar
                         el mar para callar.


V

La ciudad
tiene el alma de todos
en un hilo invisible
que estrangula las ganas
                           de llorar.


VI

En la ciudad sólo viven
los que tienen valor
para no regresar
a morderse los sueños
                        en el mar.


EL DESEO…

El deseo: pájaro negro en la noche,
abre sus alas y golpea.
Muerta el alma el deseo la hace espuma,
los caballos del mar ya no están quietos,
se exaltan y se pierden.
El hombre se mueve, en esa marea
ahoga sus sentidos.
El deseo, no es un sentir apenas,
yo lo he visto
enrojecer los labios de los muertos.


En Dos siglos de Poesía Mexicana. Del XIX al fin del milenio: Una antología, Editorial Océano de México, 2001. Selección, prólogo y notas de Juan Domingo Argüelles.
Silvia Tomasa Rivera (El Higo, Veracruz, México, 7 de marzo de 1955). Foto: Jmp

martes, 21 de noviembre de 2017

José Emilio Pacheco, Vamos sin pausa hacia el desastre



JUAN CARLOS ONETTI EN SANTA ELENA

“Sin excepción nacemos
para el fracaso.
La derrota
es el destino único de todos.
Nadie se salva”,
dice el viejo escritor triunfante
que ya no se levanta de la cama.
Le da un sorbo a su whisky y, añade:

“¿Quién ha tenido el éxito de Napoleón?:
la Campaña de Italia,
la Batalla de Pirámides,
el Consulado, el Imperio,
Jena, Austerlitz
y todo lo que gusten.
Gran victoria
si cortamos aquí el relato.

Pero al final Napoleón
es Waterloo y Santa Elena.

Todos vamos sin pausa hacia el desastre.
Toda vida termina en fracaso.”



De El silencio de la luna (1985-1996). En: Tarde o temprano (Poemas, 1958-2009), Fondo de Cultura Económica, 2009.

José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014). Fotos: Jmp

lunes, 20 de noviembre de 2017

José Emilio Pacheco, Lo que no regresa



EN LA NOCHE DE TODOS

En la noche de todos algo mío nada más:
La visión perfecta
De tu cara en un instante de luz
Como nadie te ha visto ni te verá.

Por desgracia se llama instante
A lo que no regresa.

Debería ser perpetua esa visión,
Debería
Iluminarnos para siempre.


EN EL CAMIÓN DE LA BASURA

En el camión de la basura todo se va:
Los objetos inútiles, los envases de plástico,
Las ruinas de la vida, los tributos desiertos
Pagados a la muerte de los días,
Los papeles, las cartas que ya nunca
Volverán a escribirse
Y las fotos de ayer.

Todo lo nuestro está hecho
Para acabar en la basura.


De: Como la lluvia. II Como si nada (2001-2008). En: Tarde o temprano (Poemas, 1958-2009), Fondo de Cultura Económica, 2009.

José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014). Fotos: Jmp

martes, 10 de octubre de 2017

José Emilio Pacheco, El que piensa por todos prohibió pensar


LOS DESAIRADOS

Los desairados bajo el amor,
los que nadie quiere
por su gordura, rabia acumulada
o por su escualidez rencorosa;
los siempre desdeñados por feos o tontos o viejos,
llega un día en que se arman de valor,
gastan lo que no tienen en comprarse una Uzi
y antes de despedirse con un tiro en la sien,

ametrallan al mundo entero.


NUEVO ORDEN

Lo acumulado se rebela en caos,
secuestro bajo la muchedumbre ingobernable
de papeles y objetos.

No hay que rendirse al pasado
sino echar por la borda el lastre.

Lo que fue hecho para frenar el instante
se transforma en cadáver de aquel instante.

Vivir ligeros, sin souvenirs, sin archivos.
Lo que ha sido se ha ido.
Ya se fue.

El mañana
vendrá como quiera y sin miramientos.

Sobre todo sin miramientos.


LA DERROTA

El que piensa por todos prohibió pensar.
Su palabra es la única palabra.
Él dice todo sobre todas las cosas.

Sólo existe algo que él no puede prohibir:
los sueños.

Noche tras noche
la gente sueña en acabar con el que piensa por todos.


De: El silencio de la luna (1985-1996). En: Tarde o temprano (Poemas, 1958-2009), Fondo de Cultura Económica, 2009.

José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014). Foto: Jmp

miércoles, 4 de enero de 2017

Rosario Castellanos, Damos la vida sólo a lo que odiamos


DESTINO

Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.

El hombre es animal de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.

Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.

El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.

El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
antes que lo devoren (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.
Damos la vida sólo a lo que odiamos.


En suplemento El País Cultural, nº 363, viernes 18 de octubre de 1996, Montevideo, Uruguay.
Rosario Castellanos (México, 25 de mayo de 1925 – 7 de agosto de 1974). Foto: Jmp

martes, 20 de diciembre de 2016

Eduardo Langagne, Un verso limpio, exacto, trabajado, bien pulido, aunque el pobre no sea inolvidable


NECESIDAD

Primero un epígrafe rotundo, convincente.
Después ese pronombre en la dedicatoria.
Abajo, un verso limpio, exacto, trabajado,
bien pulido, aunque el pobre no sea inolvidable.

Otro verso más claro, la sencilla metáfora
del verso que le sigue, tal vez algún recurso
que mantenga la idea y luego un tropo, alguno
que haga chocar las piedras de la alegre semántica

para que saquen chispas que alcancen la hojarasca
y se produzca el fuego. Entonces está listo:
se borra aquel epígrafe, se tacha el nombre de ella,
se suprimen los versos (los exactos, los limpios,

los pulidos, los otros). Se despoja el poema
de metáforas, tropos. Se abandona dejando
la hoja blanca manchada de palabras que digan
ciertas cosas humanas cuando alguno las lea.


PERCUSIONES
(Canto grave para tambor solo)

madre
madre muerta

mi tambor sobre tu tumba madre muerta

suena el cuero del tambor sobre tu tumba
y mis manos sobre el cuero del tambor sobre tu tumba

las uñas de mis manos
golpeando sobre el cuero del tambor sobre tu tumba
madre muerta

la sangre de las uñas de mis manos
sobre el cuero del tambor sobre tu tumba

la sangre de tu cuello está en las uñas de mis manos
que golpean sobre el cuero del tambor
sobre tu tumba tumba madre muerta


SEGURIDADES

hoy amo a una mujer que no está cerca
que no está lejos siquiera
que no está
y dondequiera que exista si es que existe
será inútil pensar que me conoce
que ha escuchado mi desorden o mi grito
no queda mucho más:
inventar que en la casa alguien espera
y pensar que el amor seguramente existe
si uno ha sentido un odio inexplicable


UNA VEZ LO DIJE PERO AHORA HA VUELTO A SUCEDER

Esa mujer paseaba con su aroma

Un día trajo
sus labios acostumbrados a la guerra
y un ciclón adentro de su blusa

entonces sobrevino la catástrofe


POEMA ENCONTRADO EN UN RINCÓN

Los amantes fueron un día adolescentes
se arrancaron con furia el cordón umbilical
para entrar en algún cálido lugar de la mañana

Se cubrieron con sábanas oscuras
dolorosas y limpias
y empezaron a odiar
                             quiero decir
                                              se amaron


OTRAS PALABRAS

Las palabras son a veces
igualmente dulces y redondas
que las uvas

Mientras la zorra claudica
frente al alto racimo
escribo yo


ÉL SIN MIEDO CANTABA

Han pasado veinte años de los primeros versos
que escribió aquel muchacho de la barba rojiza,
con su tinta nerviosa. Han pasado veinte años,
acaso la hora exacta era la más oscura
pues su barco zarpaba en busca del océano
sin saber si existía. Y en esas condiciones
él sin miedo cantaba como si tal empresa
requiriera su vida. Así era aquel viaje.


En: Dos Siglos de Poesía Mexicana. Del XIX al fin del milenio: Una antología, Editorial Océano, México, 2001.
Eduardo Langagne (Ciudad de México, 21 de diciembre de 1952). Foto: Jmp.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Gabriel Zaid, No sé quién soy ni lo que digo


ALBA DE PROA

Navegar,
               navegar.
Ir es encontrar.
Todo ha nacido a ver.
Todo está por llegar.
Todo está por romper
a cantar.


CANCIÓN DEL SEGUIMIENTO

No soy el viento ni la vela
sino el timón que vela.

No soy el agua ni el timón
sino el que canta esta canción.

No soy la voz ni la garganta
sono lo que se canta.

No sé quién soy ni lo que digo
pero voy y te sigo.


PASTORAL

Una tarde con árboles,
callada y encendida.

Las cosas su silencio
llevan como su esquila.

Tienen sombra: la aceptan.
Tienen nombre: lo olvidan.


POUR MARX

Querida:
              Qué bien nadas,
sin nada que te vista,
en las aguas heladas
del cálculo egoísta.


TEOFANÍAS

No busques más, no hay taxis.

Piensas que va a llegar, avanzas,
retrocedes, te angustias,
desesperas.
                  Acéptalo
por fin: no hay taxis.

Y ¿quién ha visto un taxi?

Los arqueólogos han desenterrado
gente que murió buscando taxis,
mas no taxis.

                     Dicen
que Elías, una vez, tomó un taxi,
mas no volvió para contarlo.

Prometeo quiso asaltar un taxi.
Sigue en un sanatorio.

Los analistas curan
la obsesión por el taxi,
no la ausencia de taxis.

Los revolucionarios
hacen colectivos de lujo,
pero la gente quiere taxis.

Me pondría de rodillas si apareciera un taxi.
Pero la ciencia ha demostrado
que los taxis no existen.


ALABANDO SU MANERA DE HACERLO

¡Qué bien se hace contigo, vida mía!

Muchas mujeres lo hacen bien
pero ninguna como tú.

La Sulamita, en la gloria,
se asoma a verte hacerlo.

Y yo le digo que no,
que nos deje, que ya lo escribiré.

Pero si lo escribiese
te volverías legendaria.

Y ni creo en la poesía autobiográfica
ni me conviene hacerte propaganda.


ELOGIO DE LO MISMO

¡Qué extraño es lo mismo!
Descubrir lo mismo.
Llegar a lo mismo.

¡Cielos de lo mismo!
Perderse en lo mismo.
Encontrarse en lo mismo.

¡Oh, mismo inagotable!
Danos siempre lo mismo.


En: Dos siglos de poesía mexicana. Del XIX al fin del milenio: Una antología, Océano, México, 2001.

Gabriel Zaid (Monterrey, Nuevo León, México, 24 de enero de 1934).