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sábado, 9 de julio de 2022

OLGA OROZCO Dos poemas de Museo salvaje



TIERRAS EN EROSIÓN 

Se diría que reino sobre estos territorios, 
se diría que a veces los recorro desde la falsa costa hasta la zona del gran fuego central 
como a tierra de nadie, 
como a región baldía sometida a mi arbitrio por la ley del saqueo y el sol de la costumbre. 
Se diría que son las heredades para mi epifanía.
Se diría que oponen sus murallas en marcha contra los invasores, 
que abren sus acueductos para multiplicar mi nombre y mi lugar, 
que organizan las grandes plantaciones como colonias del Edén perdido, 
que erigen uno a uno estos vivos menhires para oficiar mi salvación. 
¡Sagrada ceremonia la que urdimos en tierra mis tejidos y yo! 
Y sin embargo acechan como tembladerales palpitantes 
esta noche de pájaro en clausura donde caigo sin fin, 
remolino hacia adentro, 
girando con el cielo cerrado que me habita y no logro alcanzar. 
Y de pronto, sin más, sin ir más lejos, 
soy como una fisura en esta incomprensible geología, 
como burbuja a ciegas por estos laberintos que no sé adónde dan. 
Me arrastran a mansalva de una punta a la otra 
estas negras gargantas que me devoran sin cesar. 
Me sofocan con fibras de humedad, 
me trituran entre fauces de hueso como a una mariposa, 
me destilan en sordas tuberías y en ávidas esponjas que respiran como los lentos monstruos de la profundidad, 
me empapan en sentinas, 
me ligan con tendones y con nervios hasta la desunión, 
me ponen a secar en la negrura de este sol interior,
me abandonan como resaca muerta a la furia de todas las corrientes 
hasta la gran caída y el vértigo final, 
siempre inminente, 
siempre a punto de erizarme de golpe contra el acantilado de la insufrible luz. 
¡Qué lugar para crecer y para amar! 
¡Tantos derrumbes, tantas fundaciones, tantas metamorfosis insensatas! 
¡Tantas embalsamadas batallas que se animan en un foso del alma! 
¿Tanta carnicería de leyenda levantada en mi honor? 


CORRE SOBRE LOS MUELLES 

Hace ya muchos años que corres dando tumbos por estos laberintos 
y aún ahora no logro .comprender si buscas a borbotones la salida 
o si acudes como un manso ganado a ese último recinto donde se fragua el crimen con las puertas abiertas. 
Sólo sé que me llevas a cuestas por este mapa al rojo que anticipa el destino 
y que acato las tablas de tu implacable ley 
bajo el hacha de un solo mandamiento. 
Hemos firmado un pacto de guardianas en esta extraña cárcel que remonta en la noche la corriente, 
más alertas que un faro, 
y no importa que a veces me arrebaten las sombras de otros vuelos 
o que te precipites con un grito de triunfo en el cadalso. 
Porque al final de cada deserción estamos juntas, 
con una llaga más, con un vacío menos, 
y pagamos a medias el precio del rescate para seguir hirviendo en la misma caldera. 
Pero ¿quién rige a quién en esta enajenada travesía casi a ras del planeta? 
¿Quién soy, ajena a ti, en este visionario depósito de templos sobre lunas y jardines errantes sobre arenas? 
¿Dónde está mi lugar entre estas pertenencias por las que me deslizo como la nervadura de un escalofrío? 
En cada encrucijada donde escarbo ni nombre compruebo que no estoy. 
¡Sangre insensata, sangre peligrosa, mi sangre de sonámbula a punto de caer! 
No juegues a perderme en estas destilerías palpitantes;
no me filtres ahora con tu alquimia de animal iniciado en todos los arcanos 
ni me arrojes desnuda e ignorante contra el indescifrable grimorio de los cielos, 
porque tú y yo no somos dos mitades de una inútil batalla, 
ni siquiera dos caras acuñadas por la misma derrota, 
sino tal vez apenas una pequeña parte de algún huésped sin número y sin rostro que aguarda en el umbral. 
¡Vamos, entonces, sangre ilimitada, sangre de abrazo, sangre de colmena! 
Envuélveme otra vez en esa miel caliente con que pegas los trozos de este mundo para erigir la torre: 
tu Babel de un vocablo hasta el final. 
Has fundado tu reino en la tormenta, 
bajo el ala inasible de una desesperada y única primavera. 
Has acarreado herencias, combates y naufragios insolubles como el cristal azul de la memoria en la sal de las lágrimas. 
Has apilado bosques, insomnios y fantasmas embalsamados vivos 
en estas galerías delirantes que solamente se abren para volver a entrar. 
Has hurgado en la lumbre de la fiebre y el ocio para extraer esa tinaja de oro que irremediablemente se convierte en carbón. 
Has encerrado el mar en un sollozo y has guardado los ojos del abismo vistos desde lo alto del amor. 
Vestida estás de reina, de bruja y de mendiga. 
Y aún sigues transitando por esta red de venas y de arterias, 
bajo los dos relámpagos que iluminan tu noche con el signo de la purificación, 
mientras arrastras fardos y canciones lo mismo que la loca de los muelles 
o igual que una inmigrante que se lleva en pedazos su país, 
para depositar toda tu carga de pruebas y de errores a los pies del gran mártir o el pequeño verdugo: 
ese juez prodigioso que bajó al sexto día, 
que está sentado aquí, a la siniestra, en su sitial de zarzas, 
y que será juzgado por vivos y por muertos. 


En Museo salvaje / Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina, primera edición 12 de diciembre de 1974 / Selección y fotos: jmp / Gracias a Lis que me facilitó esta edición de tan hermoso libro / 
Olga (Noemí Gugliotta) Orozco (Toay, provincia de La Pampa, 17 de marzo de 1920 – Buenos Aires, 15 de agosto de 1999) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-


Olga Orozco, “Lamento de Jonás” 


jueves, 17 de marzo de 2022

OLGA OROZCO ¿Quién ha dicho acaso que éste fuera un lugar para mí?



LAMENTO DE JONÁS 

Este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas, 
este saco de sombras cosido a mis dos alas 
no me impide pasar hasta el fondo de mí: 
una noche cerrada donde vienen a dar todos los espejismos de la noche, 
unas aguas absortas donde moja sus pies la esfinge de otro mundo. 

Aquí suelo encontrar vestigios de otra edad, 
fragmentos de panteones no disueltos por la sal de mi sangre, 
oráculos y faunas aspirados por las cenizas de mi porvenir. 
A veces aparecen continentes en vuelo, plumas de otros ropajes sumergidos; 
a veces permanecen casi como el anuncio de la resurrección. 

Pero es mejor no estar. 
Porque hay trampas aquí. 
Alguien juega a no estar cuando yo estoy 
o me observa conmigo desde las madrigueras de cada soledad. 
Alguien simula un foso entre el sueño y la piel para que me deslice hasta el último abismo de los otros 
o me induce a escarbar debajo de mi sombra. 

Es difícil salir. 
Me tapian con un muro que solamente corre hacia nunca jamás; 
me eligen para morir la duración; 
me anudan a las venas de un organismo ciego que me exhala y me aspira sin cesar. 

Y el corazón, en tanto, 
¿en dónde el corazón, 
el tambor de nostalgias que convoca en tinieblas a todos los relevos? 
Por no hablar de este cuerpo, 
de este guardián opaco que me transporta y me retiene 
y me arroja consigo en una náusea desde los pies a la cabeza.

Soy mi propio rehén, 
el pausado veneno del verdugo, 
el pacto con la muerte. 

¿Y quién ha dicho acaso que éste fuera un lugar para mí? 


EL CONTINENTE SUMERGIDO 

Cabeza impar, 
sólo a medias visible desde donde se mire 
y a medias rescatada de un exilio sin fin en la cabeza de la bruma. 
Es opaca por fuera, 
impermeable al bautismo de la luz, 
porosa como esponja a las destilaciones de la noche insoluble. 
Pero por dentro brilla; 
arde en un remolino de cristales errantes, 
de chispas desprendidas de la fragua del sueño, 
de vértigos azules que atestiguan que es la tumba del cielo. 
Se supone que alguna vez fue parte desprendida de Dios, 
en forma de tiniebla, 
y que rodó hacia abajo, cercenada sin duda por la condenación de la serpiente. 
Se ignoran los milenios y las metamorfosis, 
las napas de estupor que debió atravesar hasta llegar aquí, 
girando como sombra de topo entre raíces, 
avanzando después como un planeta ciego 
que se condensa en humo, en vapor, en eclipse. 
Fue aspirada hacia arriba, 
erigida en lo alto de un tronco a la deriva que apenas la retiene, 
con dos cavernas sordas para escuchar la voz que rompe contra el muro, 
con dos estrías vanas para ver desde un claustro la caída, 
con un olor de bestia acorralada debajo de la piel, 
con un sabor de pan sepultado entre ayunos, 
y esta lengua insaciable 
que devora el idioma de la muerte en grandes llamaradas. 
Cabeza borrascosa,
cabeza indescifrable, 
cabeza ensimismada: 
se asemeja a un infierno circular 
donde el perseguidor se convierte de pronto en perseguido, 
siempre detrás de sí, o delante de mí, 
que no sé desde dónde surjo a veces, aferrada a este cuello, 
sin encontrar los nudos que me atan a esta extraña cabeza. 


PARENTESCO ANIMAL CON LO IMAGINARIO 

Brotando acusadora, como ciertos oleajes emplumados sobre la superficie de un estanque asesino o esa loca maleza que enfunda de la noche a la mañana algún recinto destinado a ser estatua y tumba del secreto cautivo, mi cabellera es la evidencia escalofriante de lo que oculto en mí. Lo denuncia, lo exalta, lo pregona. Pero ¿qué oculto en mí, como no sea mi maraña de sombras y esa legión orgánica y sin rostro que oficia en mis entrañas? ¡Contra ellas la tibia, la densa, la inocente o perversa y filiforme delación! 
     O tal vez sea apenas, simplemente, un fulgor semejante, una metamorfosis del hechizo interior, si no el manto piadoso de la estirpe animal sobre la exigua tentativa humana. O tal vez nada más que el último recurso de la fuga o esas prolongaciones insensatas que emite la nostalgia. 
     ¿Y a expensas de qué vive esta especie de ráfaga atrapada, esta indolente enviada de otro mundo arraigado en el hambre, parásita de fiebres, vampira en la profunda garganta de los sueños? Sé que extrae de mí un alimento tan letal como el vaho que exhalan los sofocantes folletines. Se empapa en una niebla malsana, alucinógena. No en vano esa apariencia de alma errante, de espeso cortinaje dispuesto para el crimen, de lujoso sudario hecho para cubrir o revelar las heridas que dejan los amores fatales en cuerpos de mujer trocados en violentos catafalcos o en proas de navíos sobre lechos de sangre. 
     A veces, siempre a solas, un crujido entre briznas soterradas, una absorción repentina hasta la médula, me anuncian que pretende arrancarme de mí, desenraizarme, como a un tubérculo antropomorfo, para implantarme en la negrura de la fábula igual que a una mandrágora. No cedo, no; me aforro a mis modestas pertenencias. Pero una bocanada casi eléctrica que me impulsa hacia arriba me indica que está a punto de suspenderme de lo alto y cubrirme de filamentos encendidos a manera de lámpara. 
     ¡Ah, las maquinaciones que paralizan las ruedas de la noche! ¡Cuando la oigo respirar a leves sacudidas y deslizarse astuta y sigilosa, destejiendo mi trama, devanando sin duda la urdimbre que me fija a duras penas en este pozo abierto en lo ilusorio!, ¡cuando siento que se escurre feroz, palpando los objetos y los muebles con oscuras llamaradas dementes, y tapiza sin tregua, como una devoradora enfermedad, el piso y las paredes, y se en rosca y palpita en esta habitación lo mismo que una insaciable y esponjosa bestia exigiendo la dádiva de todo el universo!, ¡qué visión admirable!, ¡qué fiesta en los telares del Apocalipsis! ¡Espléndido proyecto el de invadirlo todo o acosarnos cambiando de lugar, como el bosque de Birnam! La misma ambigüedad de una obra maestra. 
     Pero no. Se retrae. Se domestica como un gato. Se convierte en caricia vagabunda en busca de caricias, en reclamo entre insomnios más lentos que las letanías. 
     A lo sumo un ansioso follaje que susurra el idioma del amor, un lluvia sensual embalsamada por el asombro y el deseo, una provocación al fuego, al erotismo. 
     ¿Y por qué no las hebras que segrega la sustancia de la poesía, el delirio de la muerte?


PLUMAS PARA UNAS ALAS 

Un metro sesenta y cuatro de estatura sumergido en la piel 
lo mismo que en un saco de obediencia y pavor. 
Cautiva en esta piel, 
cosida por un hilo sin nudo a esta ignorancia, 
aferrada centímetro a centímetro a esta lisa envoltura que me protege a medias y por entero me delata, 
siento la desnudez del animal, 
el desabrido asombro del santo en el martirio, 
la inexpresiva provocación al filo de cuchillo y al látigo del fuego. 
No me sirve esta piel que apenas me contiene, 
esta cáscara errante que me controla y me recuenta, 
esta túnica avara cortada en lo invisible a la medida de mi muerte visible. 
Apenas una pálida estría en la muralla: 
la tensa cicatriz sobre la dentellada de la separación. 
No puedo tocar fondo. 
No consigo hacer pie dentro de esta membrana que me aparta de mí, 
que me divide en dos y me vuelca al revés bajo las ruedas de los carros en llamas, 
bajo espumas y labios y combates, 
siempre a orillas del mundo, siempre a orillas del vértigo del alma. 
No alcanza para lobo 
y le falta también para cordero. 
Y no obstante me escurro entre los dos bajo esta investidura del abismo, 
invulnerable al golpe de mi sangre y a mi pira de huesos. 
¿Quién apuesta su piel por esta piel ilesa e inconstante? 
Nada para ganar. 
Todo para perder en esta superficie donde sólo se inscriben los errores sobre la borra de los años. 
Y ese color de enigma que termina en pregunta, 
esa urdimbre cerrada donde cruzan sus hilos la permanencia y la mudanza, 
esa simulación de mansedumbre alrededor de un cuerpo irremediable, 
ese aspecto de falso testimonio con que encubre, bajo la misma lona, el fantasma de ayer y el de mañana, 
ese tacto como una chispa al sol, o un puñado de vidrios, o un huracán de mariposas, 
¿a imagen de quién son? 
¿A semejanza de qué dios migratorio fui arrancada y envuelta en esta piel que exhala la nostalgia? 
Una mutilación de nubes y de plumas hacia la piel del cielo. 


EL SELLO PERSONAL 

Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
si no logran volar. 
No son bases del templo ni piedras del hogar. 
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 
remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura del camino. 
Son  mis pies para el paso, 
paso a paso sobre todos los muertos, 
remontando la muerte con punta y con talón, 
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre junto a mí. 
Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos, 
marcados por el hierro de los diez mandamientos: 
dos mártires anónimos tenaces en partir, 
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta 
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más, 
apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral. 
Pies dueños de la tierra, 
pies de horizonte que huye, 
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro: 
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del presente, 
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido 
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzo. 
¡Qué instrumentos ineptos para salir y para entrar! 
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo mis pies, 
después de tantos viajes a la misma frontera. 
Nada más que este abismo entre los dos, 
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia adelante, 
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada. 
¡Condición prodigiosa y miserable! 
He caído en la trampa de estos pies 
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano por su especie, 
que no entiende sus huesos ni su piel, 
ni esta perseverancia de coleóptero solo, 
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno. 
¿Y adónde va este ser inmenso, legendario, increíble, 
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla, 
aquí, todavía de pie, 
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio? 


ANIMAL QUE RESPIRA 

Aspirar y exhalar. Tal es la estratagema en esta mutua transfusión con todo el universo. 
     Día y noche, como dos organismos esponjosos fijados a la pared de lo visible por este doble soplo de vaivén que sostiene en el aire las cosmogonías, nos expandemos y nos contraemos, sin sentido aparente, el universo y yo. Lo absorbo hacia mi lado en el azul, lo exhalo en un depósito de brumas y lo vuelvo a aspirar. Me incorpora a su vez a la asamblea general, me expulsa luego a la intemperie ajena que es la mía, al filo del umbral, y me inhala de nuevo. Sobrevivirnos juntos a la misma distancia, cuerpo a cuerpo, uno en favor del otro, uno a expensas del otro -algo más que testigos-, igual que en el asedio, igual que en ciertas plantas, igual que en el secreto, como en Adán y Dios.      
     ¿Quién pretende vencer? Bastaría un error para trocar las suertes por el planeo de una pluma en la vacía inmensidad. Mi orgullo está tan sólo en la evidencia del apego feroz, en mi costado impar -tan ínfimo y sin duda necesario- que crece en la medida de su pequeñez. 
     Cumplo con mi papel. Conservo mi modesto lugar a manera de pólipo cautivo. Me empino a duras penas en alguna saliente para hallar un nivel de intercambio al ras del bajo vuelo, un punto donde ceda dignamente mi propia construcción. 
     Más corta que mis ojos, más veloz que mis manos, más remota que el gesto de otra cara esta errónea nariz que me arranca de pronto de la lisa paciencia de la piel y me estampa en el mundo de los otros, siempre desconocida y extranjera. 
     Y sin embargo me precede. Me encubre con aparente solidez, con intención de roca, y me expone a los vientos invasores a través de unas fosas precarias, vulnerables, apenas defendidas por la sospecha o el temblor. 
     Y así, sin más, olfateando costumbres y peligros, pegada como un perro a los talones del futuro, almaceno fantasmas como nubes, halos en vez de bienes, borras que se combinan en nostálgicos puertos, en ciudades flotantes que amenazan volver, en jardines que huelen a la loca memoria del paraíso prometido. 
     ¡Ah, perfumes letárgicos, emanaciones de lluvias y de cuerpos, vahos que se deslizan como un lazo de asfixia en torno a la garganta de mi porvenir! 
     Una alquimia volátil se hacina poco a poco en los resquicios, evapora las duras condensaciones de los años, y me excava y me sofoca y me respira en grandes transparencias que son la forma exangüe de mi última armazón. 
     Y aunque aún continúe la mutua transfusión con todo el universo, sé que “allí, en ese sitio, en el oscuro musgo soy mortal, y en mis sueños husmea interminablemente un hocico de bestia”, un hocico implacable que me extrae el aliento hasta el olor final. 




En Museo salvaje, Editorial Losada, primera edición 12 de diciembre de 1974 / Selección y fotos: jmp / Gracias Lis / 
Olga (Noemí Gugliotta) Orozco (Toay, provincia de La Pampa, 17 de marzo de 1920 – Buenos Aires, 15 de agosto de 1999) / 

viernes, 9 de marzo de 2018

Olga Orozco, El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte





PARA HACER UN TALISMÁN


Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!



De Los juegos peligrosos (1962). En Antología poética, Fondo Nacional de las Artes, 1996.
Olga Orozco (Toay, provincia de La Pampa, 17 de marzo de 1920 – 15 de agosto de 1999). Foto: Jmp

miércoles, 29 de junio de 2016

Olga Orozco, Un puñado de polvo



DENSOS VELOS TE CUBREN, POESÍA

No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,
ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,
sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,
como el secreto yo
y las indescifrables colonias de otro mundo.

Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
atisbando en el cielo una señal,
la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
para poder leer en estas piedras mi costado invisible.

Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
¡Variaciones del humo,
retazos de tinieblas con máscaras de plomo,
meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!

Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,
escarbando en la sangre como un topo,
removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,
en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.
¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?
¿En que Delfos perdido en la corriente
suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?
¿Y cómo asir el signo a la deriva
ese y no cualquier otro
en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?

No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos.
¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,
territorios que comunican con pantanos,
astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada!

Sin embargo
ahora mismo
o alguna vez
no sé
quién sabe
puede ser
a través de las dobles espesuras que cierran la salida
o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
creí verte surgir como una isla
quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta
o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos.

¡Ah las manos cortadas,
los ojos que encandilan y el oído que atruena!

¡Un puñado de polvo, mis vocablos!






De: “Mutaciones de la realidad” (1979). En: “Poesía. Antología”, CEAL, 1982.
Olga Orozco (Olga Noemí Gugliotta Orozco, Toay, La Pampa, 17 de marzo de 1920 – Buenos Aires, 15 de agosto de 1999). Foto: Mirella Moretti, “Ella”, 1970.

domingo, 26 de junio de 2016

Olga Orozco, Apenas la mitad del amor



EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

     ¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en plena ebullición, redestinada a ciegas para las ceremonias de la especie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez un atajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocencia y sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma? ¿O tan sólo quizás una región marcada como un cruce de encuentro y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?

     No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original, ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperado propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquiera un lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que huye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.

     A solas, sólo un número insensato, un pliegue en las membranas de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.

     Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena del viaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y sus secretas ciencias de extravío que se expanden de pronto de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la corriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida, escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo del horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosa maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como labios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de su prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo en expansión, con todo el universo en contracción para el parto del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la sangre la creación.

     El sexo, sí,
más bien una medida:
la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.




En: “Poesía. Antología”, CEAL, 1982.
Olga Orozco (Olga Noemí Gugliotta Orozco, Toay, La Pampa, 17 de marzo de 1920 – Buenos Aires, 15 de agosto de 1999).
Imagen: "Meetings in Appleland", collage. Ana Cecilia Adjiman Gache (Buenos Aires, 1974).

miércoles, 30 de marzo de 2016

Olga Orozco, La raza de los otros


DESDOBLAMIENTO EN MÁSCARA DE TODOS

Lejos,
de corazón en corazón,
más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del vértigo,
siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie.
(¿Quién se levanta en mí?
¿Quién se alza del sitial de su agonía, de su estera de zarzas, y camina con la memoria de mi pie?)
Dejo mi cuerpo a solas igual que una armadura de intemperie hacia adentro
y depongo mi nombre como un arma que solamente hiere.
(¿Dónde salgo a mi encuentro
con el arrobamiento de la luna contra el cristal de todos los albergues?)
Abro con otras manos la entrada del sendero que no sé adónde da
y avanzo con la noche de los desconocidos.
(¿Dónde llevaba el día mi señal,
pálida en su aislamiento
la huella de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al tiempo?)
Miro desde otros ojos esta pared de brumas
en donde cada uno ha marcado con sangre el jeroglífico de su soledad,
y suelta sus amarras y se va en un adiós de velero fantasma hacia el naufragio.
(¿No había en otra parte, lejos, en otro tiempo,
una tierra extranjera,
una raza de todos menos uno, que se llamó la raza de los otros,
un lenguaje de ciegos que ascendía en zumbidos y en burbujas hasta la sorda noche?)
Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso de máscaras;
desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el revés del alma;
desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes:
no hay muerte que no mate,
no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado.
(¿No éramos el rehén de una caída,
una lluvia de piedras desprendida del cielo,
un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del castigo?)
Cualquier hombre es la versión en sombras de un Gran Rey herido en su costado.

Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña al mundo.
Es víspera de Dios.
Está uniendo en nosotros sus pedazos.



En: “Repetición del sueño y otros poemas”, selección y prólogo de María Rosa Lojo, Centro Editor de América Latina, 1988.  
Olga Orozco (Olga Noemí Gugliotta Orozco, Toay, La Pampa, 17 de marzo de 1920 – Buenos Aires, 15 de agosto de 1999). 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Olga Orozco, Déjame tu sonrisa a manera de perpetua guardiana, Berenice





Canto II

No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condesándote desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
—el erizo de niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la piedra imán que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor—.
Y ya habías aparecido en este mundo,
intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,
más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.



Canto III

Quiero pensar que no eras la cría repudiada,
hija de gato errante y de gata cautiva
—la pareja precaria, victoriosa en la ley de un solo acoplamiento
y sumisa al decreto de algún Malthus tardío que impera en el desván—.
Puedo creer que no eras trofeo ni residuo
arrojado al azar desde lo alto de la roca,
ni yo la tejedora que detiene con redes milagrosas el vuelo o la caída.
Algo más que piedad, que providencia y desatino
erigió nuestra carpa invulnerable entre las carcomidas fundaciones.
Algo que comenzamos a saber entre un plato de leche
y huesos, sólo huesos de desapariciones, tan duros de roer.



Canto VIII

¿Y qué viniste a ser en esta arca impar
donde también “conmigo mi raza se termina”?
Tú, tan semejante a la naturaleza en tu inminente salto
replegado en la jungla del instinto.
¿La gata de las mieses,
cautiva entre las ruedas del oscuro solsticio
que muelen hasta el último espíritu del grano?
¿La Perséfona estéril,
arrebatada por la huida del sol a los negros recintos
donde el polvo tapia las puertas y traba los cerrojos?
Si ese fue tu reverso,
¿por qué no te arrojaste de cara a los tejados de la primavera?
No hubo ninguna antorcha de rescate por ti,
ni chispas que propiciaran tu división en la progenie.
Jugaste en una vez, con los dados en blanco,
el principio y el fin de tu aventura.
Ganaste a mala luna el gato mutilado
que se pudrió al caer, noche tras noche, por el desagüe de tu sueño,
y te quedaste a solas, sin saber, en el alba del celo
—el enjambre furioso, la vibración que atruena—,
interrogando en vano a un hueso ambiguo,
a una indescifrable cabeza de pescado,
a un hermético claustro de semillas,
por si en ellos estaba el aguijón y la respuesta,
por si acaso sabían.



Canto XIII

Se descolgó el silencio,
sus atroces membranas desplegadas como las de un murciélago anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de la negación.
Tu boca ya no acierta su alimento.
Se te desencajaron las mandíbulas
igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar la almendra del destino.
Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra.
Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de rostros.
Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces modelos de este mundo.
Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,
sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en lágrimas.
Tus uñas desasidas de la inasible salvación
recorren desgarradoramente el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de carbón sofocado que atraviesa la estera de los días.
Tu muerte fue tan solo un pequeño rumor de mata que se arranca
y después ya no estabas.
Te desertó la tarde;
te arrojó como escoria a la otra orilla,
debajo de una mesa innominada, muda, extrañamente impenetrable,
allí junto a los desamparados desperdicios,
los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el poniente,
que oscila, que se cae,
que se convierte en nube.



Canto XVII

Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer
y no puedas recordar hacia atrás, como la Reina Blanca,
déjame en el aire tu sonrisa.
Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos
y cubras con tu piel noche tras noche la desbordada noche del adiós:
un ojo en Achernar, el otro en Sirio,
las orejas pegadas al muro ensordecedor de otros planetas,
tu inabarcable cuerpo sumergido en su hirviente ablución,
en su Jordán de estrellas.
Tal vez sea imposible mi cabeza, ni un vacío mi voz,
algo menos que harapos de un idioma irrisorio mis palabras.
Pero déjame en el aire la sonrisa:
la leve vibración que ahogue un trozo de este cristal de ausencia,
la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón,
una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve.
Déjame tu sonrisa
a manera de perpetua guardiana,
Berenice.

De: “Cantos a Berenice” (1977). En: “Antología poética”, FNA, 1996.-
Olga Orozco (La Pampa, 1920-1999).-
Foto: “Mishi Ma, mi gata”, JMP.-

jueves, 30 de julio de 2009

Olga Orozco - La víspera del prodigio


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LA VÍSPERA DEL PRODIGIO


Yo, el que vela arropado en la inocencia,
soy el que no partió cuando mi último soplo extinguió la bujía.
Pero ¿quién descifró lentamente los fabulosos signos?
¡Oh, lejano!
¿Quién buscaba en las nubes el espejo donde duerme la imagen de secretos países?
¿Quién oía otras voces quejándose en el viento contra el cristal golpeado?
¿Quién inscribió con fuego su nombre en los maderos para que fuese anuncio ardiente por las playas?
¡Oh, mensajeros!
Otro es el que se fue.
Mas por su rostro paso a veces como si aún se viera en el globo azogado de la infancia que el tiempo balancea;
y hasta mi llega a veces, tras las frondas errantes, el fulgor de su mísera realeza.
No me juzguéis ahora.
Esperadlo conmigo.
Su muerte ha de alcanzarme tanto como su vida.

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De: “Las muertes”, 1952. En: “Olga Orozco. Poesía. Antología, CEAL, 1982”.
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Olga Orozco (Olga Noemí Gugliotta Orozco, Toay, La Pampa, 17 de marzo de 1920- 15 de agosto de 1999).
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