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domingo, 26 de agosto de 2018

MIRIAM CAIRO Clavarle el diente a la escritura




I.

Lo he dicho mal.
Lo he anulado.
Lo he quitado de la claridad, para ocultarlo.
Y me he reído.
Y me he condenado.
¿A qué precio venderán las medias tintas?
Hay que tener agallas para no espantar.
Pero, ¿qué escriben los que escriben?
¿Qué tiene que ver el odio con nosotros?
Basta.
Dejémoslo en manos de los dueños del mundo.
Vuelvo a decirlo mal.
Vuelvo a no decirlo, porque las palabras que no digo, dicen.


II.

La verdadera oscuridad no tiene nada que ver.
Los ojos cerrados no tienen nada que ver.
Y si el centro del mundo se ha movido, no tiene nada que ver.
Lo digo mal.
Lo anulo.
Lo disuelvo.
A mi alrededor no queda claro ningún amasijo.
Pero yo hago eso y mucho más.
Antes de que el verdugo me arranque la cabeza, salgo a decirlo mal.
Salgo a anularlo.
Salgo a disiparlo y ocultarlo.
Lo que oculto se agranda hasta cubrirlo todo.
Qué alivio.
Sólo queda mi rostro pálido y el silencio.
Hay cosas que no se deben decir.
Cosas para enterrarse en el ombligo.
Hay que procurarse un hundimiento lánguido.
Hay lugar suficiente para enterrarse todo el universo en el ombligo.


III.

Otra cosa que digo mal, que no digo, que anulo y oculto, es que mi corazón se pone negro cuando lo digo bien. Cuando escribo poemas limpitos el corazón se me ensucia. Se avergüenza de mí. Me niega. ¿A quién me daría entonces? ¿Sin mi corazón, para quién escribo?


IV.

¿Por qué lo digo mal?
¿Por qué no lo digo?
¿Por qué lo anulo?
¿Por qué no obedezco?
Yo no lo digo y si lo digo limpito ensucio mi corazón.
Y sufro un dolor horrible.
Como un orgasmo en medio de una violación.
Por eso no lo digo.
Lo dejo oculto.
Lo digo mal.
No lo digo.
Lo que no digo, lo que digo mal y lo que anulo,
nombra piedras,
nombra orugas,
nombra mujeres y abismos.
Cómo decirlo.
Allí están los dueños del mundo.
Todos conocen sus nombres.
Los saludan.
Se ponen de acuerdo para parecerse.
Se reúnen para reconocerse como propios y nunca como extraños.
Todos saben qué está bien y qué está mal.
Separan lo blanco de lo negro.
Afuera están los ladrones, las putas y los ahorcados.
Los dueños del mundo viven bajo techo.
Tienen termotanques y oficinas.
Se ponen rojos cuando yo lo digo mal.


V.

Que la mujer no diga.
Que la mujer diga crisálida, diga inmarcesible, diga maternidad,
diga silicona, diga papito pero que no se nombre a sí misma.
Que no nombre su sexo.
Que no se le ocurra comerse a cucharadas su propio sexo
porque los chefs de los dueños del mundo cacarean.
Las crisálidas cacarean.
Las estatuas de los templos cacarean.
Los pentágonos cacarean.
Los obispos y las obispas cacarean.
Lo he dicho mal.
Lo he anulado.
Lo he quitado de la claridad, para ocultarlo.
Y me he reído.
Y me he condenado.
Las palabras en carne viva, ¿son el alimento de los seres vivos?
¿A qué precio venderán las medias tintas?
Hay que tener agallas para no espantar.
¿Pero qué escriben los que escriben?
No queda más que lanzar la carcajada y clavarle el diente a la escritura.


Selección: Gisela Pais
Miriam Cairo (San Nicolás, Provincia de Buenos Aires, 21 de diciembre del 1962)
Foto: Jmp

domingo, 4 de noviembre de 2012

Miriam Cairo, la poesía será inútil pero no cobarde



LA POESÍA SERÁ INÚTIL PERO NO COBARDE

La poesía no te da de comer, no asfalta las calles, no paga el boleto de colectivo. Con un verso no abonás los impuestos. Un poema escrito en una hoja de papel no sirve para abrigarte en las noches de invierno. La metáfora no entra en el mercado cambiario. Nadie pensaría en hacerle un cepo a la metáfora. Es más, la poesía ni siquiera nos salva de los preconceptos. Cualquiera que quisiera escuchar poesía, por ejemplo, iría a los grandes salones de la zona céntrica de las grandes o pequeñas ciudades, o bien, a los tugurios y fumaderos de la poesía under, también ubicados en las mismas zonas céntricas de las mismas grandes o pequeñas ciudades. Sin embargo, la poesía es un animal difícil de dominar. Un bicho escurridizo. Un perro sin dueño. En ocasiones, no he encontrado poesía en los lugares donde se suponía debía estar, y sin embargo, ella apareció en el patio trasero de las grandes o pequeñas ciudades, de la mano de poetas insospechados:

Gabriel tiene 15 años, fracasó en una escuela del centro y volvió a la del barrio. Puede escribir estos versos: "La mano/ distraída/ juega con mi dolor".

*
Nico, del mismo barrio y de la misma edad, dice: "El pánico/ dulcemente/ llena de gritos/ las rosas".

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Marcos tiene diecisiete años. No encuentra un espacio para él en el aula. Prefiere leer a escribir. Le gustan los poemas de León Felipe y Atahualpa.

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Matías, vecino de Gabriel, por su parte, escribe: "El vino es/ la sangre indefensa/ que beben/ fácil".

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Franco, "Ananá" para los amigos, dice: "Los pechos/ caían/ pensándose hacia el mar".

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Mailén hacía dos meses que no venía a la escuela. Ahora ha vuelto con los ojos delineados, el cabello renovado con mechas de colores, y sin ningún deseo de enterarse sobre nada que no sea "esos cuentos raros" que leíamos. Su fuerte es la lectura en voz alta.

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Tami, la risueña, es modelo y escribe: "Los versos/ indefensos/ comienzan a extrañarte".

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Nilce, 15 años, poetisa de extensa producción y compañera generosa, es capaz de decir cosas como éstas: "La oscuridad del universo/ regresa/ a gran velocidad/ desde la luna".

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Roberto, 17 años, no tiene carpeta porque dice que todo le queda en la cabeza. Es verdad. Sólo vino un par de meses a la escuela y todo lo que leemos ahora lo relaciona con los bestiarios de Arreola, leídos por entonces. Es un gran narrador oral.

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Angel va a la escuela porque lo obligan. Tal vez este año pueda pasar a cuarto, mientras tanto escribe versos como éstos: "Desearía que fueras/ como una estrella/ hermosa/ brillante/ perfecta".

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Lucila es la niña más silenciosa que conozco, y he descubierto que desde su silencio pueden salir versos inquietantes: "Alguien/ ha dejado diamantes/ en el infierno".

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Alberto, presidente del centro de estudiantes, es el vocero de la escuela y dice: "El mar/ se perdía/ en la torturada noche".

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Marquitos sueña con ser ingeniero, pero eso no lo priva de soltar el pulso poético: "Las voces/ oscuras/ apagan la noche".
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Martín dice de sí mismo que es un matemático natural (su profesora de matemáticas no opina lo mismo), sin embargo nadie lo iguala a la hora de inventar historias de terror.

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Elda escribe acrósticos y cuentos de amor.

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Dana quisiera que lo único que hiciéramos en el aula fuera leer a Silvina Ocampo. Yo también, por eso la consiento a menudo.

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Mariana escribe cuentos. Tamara escribe cartas de amor. Estefanía tuvo un bebé y escribe relatos de aventuras.

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Miqueas espera un trasplante de riñón y se inspira con los cuentos de Silvina. Su último relato se titula "Pez puñal".

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Carlos escribió un cuento sobre un niño triste que luego encontró un amigo y ya no estuvo solo.

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Nahuel vive bastante lejos de la escuela, cuando llueve se le complica llegar porque en las calles de los barrios no hay asfalto. Su último relato se titula "Cuento con muñeco".

Como vemos, la poesía será inútil pero no cobarde. No dará de comer, pero propaga belleza. No pagará el boleto de colectivo, pero transporta a lugares a los que ninguna nave espacial, transatlántico o colectivo llegará jamás. La poesía no tendrá la facultad de abrigarnos en invierno pero nos enciende una llama.

Es cierto que en el mundo hace más falta un plomero, un carpintero, una enfermera, una taxidermista que un poeta. Pero, ¿qué sería del mundo sin poesía? Más aún, ¿qué sería de la poesía sin estos chispazos de vitalidad?


Miriam Cairo (San Nicolás, provincia de Buenos Aires, 21 de diciembre del 1962).
Foto: MC en FB.

domingo, 22 de julio de 2012

Miriam Cairo, mi amiga se baña desnuda en el mar


SENO SOBERBIO


Fulminante.

Mi amiga se baña desnuda en el mar. Se ha quitado la ropa interior y grita a los peces, a las medusas, a las algas marinas. Llama por su nombre a Alfonsina y a todos los muertos del amar. Usando sus pies como un tentáculo siembra pozos en el lecho del océano. No hay motivo para pensar que es un trabajo superior a sus débiles fuerzas.

La desnudez.

La soledad.

Llama a todos los que han salido de su memoria. El mar la mira cuando viene, la sigue mirando cuando se va. Por momentos se detiene ante ella para mirar esa breve esperanza de la desnudez y sigue su camino de mar para no detenerla en su caída o en su ascensión.

La mirada.

Los peces.

Mi amiga desnuda en el mar abraza con inmenso amor su seno soberbio de amazona. La luz del amanecer la cubre y la descubre. El viento la toca. Grita el nombre de todos los que salieron de su memoria. Sigue entrando en el mar presintiendo peces, vagando entre medusas hechas de delirios atroces y miradas obscenas.

La hermosura.

La memoria.

Los médicos pueden curarla. No se arrepiente de nada. En sueños mató a su amante. Su sangre temerosa apenas quería salir. Tuvo que hundir los dedos una y otra vez en el pequeño corazón para que deje de latir. Ella soñó hasta volverse loca. Mientras moría, el amante le sonreía con una ternura inimaginable. Demasiada sonrisa para quien está muriendo de ese lado por donde sólo llueve sal.

El amante.

El sueño.

Luego se acercó a su cadáver y le dijo: estás muerto. Y aunque él ya no podía escucharla lo sabía. Mi amiga le entregó su seno al amante que moría. El amante muerto lloraba deslizándose como un canto rodado llevado por la corriente. Las mujeres son sensibles a los coitos deslumbrantes y terroríficos. Mi amiga exhala un liviano olor a sangre y a menta. El aire la respira.

El seno.

El aire.

Ella levanta las manos hacia la peluca que es su cabello y la arranca suavemente. La cabeza desnuda y misteriosa como una runa. La cabeza apenas cubierta por un bozo de muchacho. Más hermosa que la noche. Más fuerte que un vendaval. Ríe. Delata. Eros, breve y mucilaginoso cae desprendido del pedestal.

La runa.

El viento.

Fulminante.

Mira hacia atrás. Aprecia la distancia que la separa de la costa. El amante quería más explicaciones antes de morir. Un ángel de papel atravesó el sueño riendo a fuego vivo hasta quemarse. Mi amiga apretó las manos y fue a mirarse en el espejo. Moriré de amor, pero no de cáncer. El amante muerto, al escucharla, se puso de pie y lloró. Recordaba la hora de la ambulancia, el camillero, el cuarto blanco. Cuando otra vez la llamó en sueños, ella llevaba efímeras flores sobre el pecho. A simple vista uno puede notar que el amante está muerto.

El ángel.

El espejo.

Los seres de los sueños no hablan entre sí cuando se encuentran en otros sueños. Las mujeres de dos senos estaban serias. Llevaban vestidos claros, discretamente floreados. Mi amiga miraba esas mujeres con una especie de fascinación. Atravesó desnuda toda la extensión del sueño, salvaje y dulce, aullante y murmurada. Llevaba en su pezón soberbio una cuenta de suspiros inaudibles. Un primer y un último milagro. Hacia arriba, abajo, a un lado y otro, atrás, adelante, un oscilar de los niveles de lo cierto y de lo constante.

La extensión.

Los suspiros.

Quizás en eso consiste la desnudez: sentir que te pertenece algo hermoso. Hay cosas que en la vigilia se nos escapan pero en sueños no. La vigilia ignora el vello del pubis, ignora el grito que sale del esternón. Con el cabello en la mano, mi amiga agita su cabeza de muchacho con pubis de mujer y llama por su nombre a todos los muertos del mar.

El esternón.

El pubis.

Hay que decirlo: mi amiga es un enjambre de alas frescas bajo el cielo desplumado. Puñados de sol se derraman sobre la vanidad bien llevada de su cuerpo. Unas lenguas de sirenas disimulan la emoción a fuerza de tragarse la espuma. Todos los muertos del mar se sientan sobre una lágrima y la observan cantar o bailar con ritmo de desnuda estrella. Hay que decirlo: para llegar a esto fue necesario estirar el miedo hasta el otro lado de la noche y someterse a las rigurosas leyes de un amor que no muere.



Miriam Cairo (San Nicolás, provincia de Buenos Aires, 21 de diciembre del 1962).