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sábado, 2 de diciembre de 2023

MARIO JORGE DE LELLIS Los hombres del Pan Duro





CANTO A LOS HOMBRES DEL PAN DURO 

Nacen, se reproducen, después mueren. 
De cobre son y el cobre los golpea. 
Llevan de cobre el corazón y la camisa. 
Llevan de cobre las mujeres recias. 
Llevan de cobre el ojo y los abuelos. 
De cobre son y suenan.

Nacen, se reproducen, después, mueren. 
Y es de cobre el vapor del caldo escaso, 
de cobre el duro tálamo, la higuera, 
el defendible hinojo, 
la charla sobre el pan, el hasta cuándo, 
las mesas de hule roto, la impaciencia 
por ver caras alegres, frutillas, casas propias, 
amigos bajo el sol, bajo la siesta. 

Nacen, se reproducen, después, mueren. 
Fueron cadetes de la industria, 
albañiles de andamios, 
fabricantes de cosas inútiles modernas, 
paladines del aire y del martillo, 
fregadores de pisos, humo de chimeneas. 

Nacen, se reproducen, después mueren. 
¿Quién obtuvo sus sangres? 
   ¿Quién destinó sus vértebras? 
¿Quién los puso de gallos en la aurora 
caminando y gritando, pateando y acatando, 
hirviéndoles la sangre compañera? 

Yo los he visto hastiados hasta decir no quiero, 
los he visto matando en frigoríficos, 
   matando en primaveras 
en que todo nacía sin motivo aparente 
   como nacen las flores; 
los he visto con bolsas, 
   moverse, trabajando, cuando era 
la hora de comer, 
   la hora egregia del amor y del descanso; 
los he visto trepados a las torres, 
   trepados a las viejas 
torres, dándoles cal, charlando con los ángeles, 
mirando un punto de la tierra, 
un solo punto vivo 
al cual pertenecían 
y por el cual hilaban sus días, sus esencias. 

Los he visto volviendo a sus hogares 
con la honradez al hombro, mirándose las piernas, 
detallándose niños y costumbres, 
   algunas cosas que suceden, 
pisándose las huellas, 
hollándose los marzos, los octubres, 
los panes sin almuerzo, las amargas cosechas 
del frío, las amargas recolecciones para otros 
y las amargas siembras 
del cobre que resuena en el alma 
como un gran acordeón tocando a fiesta. 

Yo sé que nacen, sí. 
   Yo sé: se reproducen. Yo sé: se mueren. 
Sé que suenan a cobre, sé que suenan 
a rasgadoras fiebres, a pan hermoso y triste. 
Tienen hijos de cobre, muy sonoros; 
   tienen mujeres recias, 
cigarrillos baratos en los dedos, 
hondas causas vitales manchando sus ojeras. 

Están aquí y allá. 
Suenan, resuenan. 

Son de una gama gris. 
Andan y trepan.

Naturalmente cobres, naturalmente solos, 
tienen el sol cerrado sobre la mano abierta. 

Y un día caen trizados por el tiempo, 
con unos ojos amplios hacia el norte 
y un pan duro indicando sus presencias. 

Son esos hombres duros como el cobre. 
Suenan, resuenan.


En Cantos humanos, Ediciones El Escarabajo de Oro, 1966 /  
Mario Jorge de Lellis (Almagro, Buenos Aires, 14 de mayo de 1922 - 14 de noviembre de 1966) / Fotos: jmp / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mario Jorge de Lellis, Los ricos mercaderes que creyeron que América no es de carne y hueso


CANTO A LOS HOMBRES DEL DÓLAR

                                                                
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
                                                                                        Hay mil cachorros sueltos del león español.
                                                                                                                                     Rubén Darío

Por suerte están muy lejos.
Por suerte se terminan poco a poco,
declinan sus abyectos cauces,
se anuncian como son —monedas—,
escupen chicles, tienen guatemalas.

Porque donde fueron posible intervención,
donde vieron la fruta sazonada
al alcance del brazo que encajona,
no dudaron de hacerlo.

Porque donde se hallaron
     con guano, con petróleo,
con estaño sudado,
con cajeras bonitas y fábricas textiles,
con sucios pescadores de lampreas,
con terrenos de caucho
o magros buscadores de oro en las riberas,
o pequeños patrones de chatas en los puertos,
o aun con simples piedras del paleolítico;
donde hallaron lo útil,
la clásica ganancia para su impavidez,
lo embarcaron en anchas bodegas trasatlánticas,
lo custodiaron mucho
y le dieron destino de usinas o de acciones.

Por suerte están muy lejos.
Por suerte ya no tienen talismanes que los salven
y hacen que otros abran sus ventanas,
sus viejas banderolas,
vean de lleno el sol que fecundó las mieses,
vean de lleno obreros, cargadores,
     muchachos sin comer,
jerárquicos pastores con la biblia al hombro,
católicos creyéndolos
y raspajes de muerte
     en mujeres queridas de turismo,
y entonces es posible que esos otros
los vean como son
y piensen libertades
y crean en el unto de amor de las familias
y busquen desprenderse.
(Se desprenden).

Porque ellos caen de pronto
—felices capataces de las tierras volcánicas,
de las islas varadas en medio del océano,
de las quintas cargadas de rocío
donde crece el tomate como un coágulo,
de la locomoción,
     de la primera plana y el teléfono—
caen sin que nadie diga qué importancia
tendrá darles, de más, metros de tierra.

Pero al caer transforman, miden, quitan.
Y con la venia dulce de la luna
se instalan mercaderes de los sueños.
Porque acabadamente,
con letreros y avisos y empresarios
se hicieron democracia en el ocaso
y en el duro maíz
y en la sal de los trópicos.

Porque rastreramente,
con la corbata chic del diplomático
intervinieron muelles, jeroglíficos,
lugares donde matan a cuadrúpedos,
tallarines cantados, ejércitos de negros.

Porque impecablemente
vinieron a llevarse bandoneones
y se fueron.

Porque tardíamente
dieron el oro a cambio del obrero
y con sus duros ganglios de bandidos
después de comprobarnos el declive
se nos fueron.

Porque pusieron pie y robaron tierra.
Porque nosotros somos
ese ejército limpio de cachorros
con un diente en la lengua y un puño en cada lance
y un amargo sudor donde acabadamente
han de caer los hombres de los dólares,
los cajeros del caucho y del petróleo,
los que nos dieron luz sin alumbrarnos,
los ricos mercaderes que creyeron
que América no es de carne y hueso.


En: “Cantos humanos”, Edición El escarabajo de oro, 1966. Colección dirigida por Liliana Hecker. Cuidado de la edición: Vicente Battista.
Mario Jorge de Lellis (Buenos Aires, 1922-1966). Imagen: Detalle tapa “Cantos humanos”.