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martes, 1 de febrero de 2011

Juan Sasturain – Thomas Merton por el camino de Chuang Tzú



     Hoy, 31 de enero, cumpliría años Thomas Merton, un escritor, una persona extraordinaria. No soy un experto, ni siquiera demasiado conocedor de su obra densa, variada y extensa, pero con lo que leí, sé y vislumbro en los reflejos múltiples que dejó entre quienes lo trataron me alcanza. Más allá del mito inevitable que lo rodea, Merton es alguien que uno hubiera querido conocer. El célebre y (literalmente) amable monje trapense de la abadía de Getsemaní, Kentucky, autor –entre tantos otros textos– del inusitado best seller La montaña de siete círculos, en el que narraba el arduo camino de su revelación espiritual y que disparó multitud de solicitudes de ingreso a la orden fue antes que nada un hombre entero, saludable y valiente. Poeta, amigo y traductor de escritores que admiramos, Merton fue –famosamente– inspirador vocacional de Ernesto Cardenal y admirador, traductor y difusor de la poesía latinoamericana. El volumen de su correspondencia que reúne sus cartas a algunos de los tantos y tan diferentes escritores con los que se cruzó es realmente admirable. De Evelyn Waugh a Henry Miller; de Milosz y Pasternak a William Carlos Williams y Ferlinghetti; de Victoria Ocampo y Nicanor Parra, a un pendejísimo Miguel Grinberg.

Merton no era yanqui ni católico en origen; lo fue por decisiones ulteriores. Se eligió así. Nació en 1915 en Prades, Francia, donde sus padres –él, neocelandés, ella norteamericana–, ambos pintores, estaban ocasionalmente. Cuando nació, se radicaron en EE.UU. Pero perdió a su madre de niño, y a su padre de adolescente. Mientras, vivió y estudió en Francia e Inglaterra, aprendió francés e italiano. A los veinte volvió definitivamente a Nueva York. Estudió y se graduó en Artes en Columbia, en 1939, con una tesis sobre William Blake. Ya vivía intensamente, escribía y publicaba y daba clase.

Pero la vocación religiosa lo llevó a ingresar a fines de 1941 como novicio trapense en el monasterio de Getsemaní, en Kentucky, donde se ordenó sacerdote en 1949. Ahí vivió y escribió –con pequeños intervalos de salidas autorizadas– durante el resto de su vida. Thomas Merton murió en diciembre de 1968 a los 53 años –electrocutado, un tonto accidente con un ventilador– en Bangkok, Tailandia, de paso, mientras iba y venía en misiones de su oficio y vocación: una reunión de los monjes benedictinos y cisterciences asiáticos. En esos días había tenido la posibilidad de cumplir un anhelo muy particular: se había reunido con el Dalai Lama.

En la obra de Merton hay para elegir. Desde mediados de los años cuarenta –La montaña de los siete círculos es de 1948– hasta el fin de la década siguiente, escribe, por impulso propio o por necesidades de la orden, maravillosos textos de meditación espiritual, y algunos más o menos burocráticos de historia religiosa y de reflexión sobre la vida monacal. Semillas de contemplación y Las aguas de Siloé son, entre tantas, obras características de ese momento. En la Argentina los fue publicando Sudamericana en su momento.

Ya en los sesenta, y acaso a partir de Cuestiones discutidas, sin abandonar la reflexión espiritual y religiosa, Merton comienza a involucrarse cada vez más en las cuestiones del “mundo” y de su dramático tiempo, produciendo, sobre todo por afuera o al costado de los canales autorizados de la orden, artículos, cartas, análisis, poemas y manifestaciones sobre los temas clave de la época: la perversa Guerra Fría, la irracionalidad de la amenaza nuclear, la locura de Vietnam, la segregación racial y la lucha por los derechos civiles. Esos son los textos y las actitudes –sabias, reflexivas, firmes pero nunca desmadradas, siempre desde un pacifismo alerta– que lo acercan a los jóvenes radicales sesentistas de todo el mundo, y sobre todo con Latinoamérica. Ese es el Merton que leímos / descubrimos en Eco Contemporáneo, El Corno Emplumado y las revistas de la vanguardia poética del Movimiento Nueva Solidaridad, con su emblemático Mensaje a los poetas, de 1964.

Pero a mí en particular, y pienso que a muchos y cada vez más, el aspecto de la obra de Merton que más nos motiva hoy a la lectura y relectura es aquello que produjo sobre todo en el último tramo de su peregrinación espiritual: su acercamiento a Oriente. Hemos escrito al respecto. Uno de sus últimos libros originales, escrito en los primeros sesenta y publicado por la renovadora editorial norteamericana New Directions en 1965 es The Way of Chuang Tzú, Por el camino de Chuang Tzú, en la versión castellana publicada por la colección Visor de poesía en los setenta y reeditada por Lumen de Argentina hace unos años. Es un texto maravilloso.

Hay que subrayar que se trata de una traducción libre o –mejor dicho– de una recreación abierta –“imitaciones”, dice el autor– de muchos de los escritos y enseñanzas del “más espiritual de los filósofos chinos”, Chuang Tzú (o Tchuang Tsé, el del cuento de la mariposa soñada o soñadora que retoman Borges y otros), un maestro taoísta tan sabio como serenamente burlón que vivió hace casi dos mil quinientos años.

En el prólogo, Merton, que no sabía chino pero que estudió con maestros –como el idóneo Suzuki– que sí lo sabían, y que como Ezra Pound poseyó la sintonía espiritual adecuada para conectarse con el original tan distante, explica qué lo acercó al discípulo de Lao Tsé. Describe las afinidades profundas que lo llevaron a sentirse tan cerca de alguien que, como él y otros, eligieron alguna vez el retiro del mundo, la desconfianza en “una vida sometida por completo a presupuestos seculares arbitrarios, dictados por las convenciones sociales y dedicados a la consecución de satisfacciones temporales, que tal vez no sean más que un espejismo”.

Según Thomas Merton, el “camino” de Chuang Tzú, es decir: la elección del silencio, la simplicidad y la negativa a tomar en serio la agresividad, el empuje y la prepotencia que se supone que uno debe exhibir para funcionar en sociedad, mantiene una vigencia absoluta. El camino de Chuang Tzú –siguiendo el Tao Te Ching– prefiere no llegar a ninguna parte en el mundo, ni siquiera en el terreno de algún logro supuestamente espiritual. Y concluye Merton: “Chuang Tzú habría estado de acuerdo con San Juan de la Cruz en que se entra en este tipo de camino cuando se abandonan todos los caminos y, en cierto modo, uno se pierde”. Una perturbadora y hermosa propuesta de vida.

Por el camino de Chuang Tzú, de algún modo la última síntesis, el pensamiento decantado de Thomas Merton, es uno de esos libros conmovedores en sentido literal, pero no como los terremotos espirituales que producen en la adolescencia y juventud Dostoievski, Camus o Nietzsche. Merton-Chuang Tzú requieren haber vivido un poco más. Lo hemos dicho: uno se acerca a esos textos –poemas, breves cuentos, casi chistes– como si fuera a tomar agua. No tienen contraindicaciones. “El gallo de pelea”, “Medios y fines”, “Lo inútil”, “Las tres de la mañana”, “La importancia de no tener dientes”... se le puede entrar por cualquier parte.

El último texto, por ejemplo, “El funeral de Chuang Tzú”:

     “Cuando Chuang Tzú estaba al borde de la muerte, sus discípulos empezaron a planear un espléndido funeral. Pero él dijo: ‘Tendré por ataúd el cielo y la tierra; el Sol y la Luna serán los símbolos de jade que pendan junto a mí; los planetas y las constelaciones brillarán como joyas a mi alrededor, y todos los seres estarán presentes como comitiva fúnebre en mi velatorio. ¿Qué más hace falta? ¡Todo está suficientemente dispuesto!’. Pero ellos dijeron: ‘Tememos que los cuervos y milanos devoren a nuestro Maestro’.
‘Bien’, dijo Chuang Tzú, ‘sobre la tierra seré devorado por cuervos y milanos, debajo de ella por hormigas y gusanos. En cualquier caso, seré devorado. ¿Por qué tanta parcialidad contra las aves?’”.

Las cartas, los testimonios de Ernesto Cardenal en los dos primeros tomos de sus memorias –Vida perdida y Las ínsulas extrañas– y el hermoso texto que le dedicó su amigo y editor, James Laughlin, en Ensayos fortuitos, nos aseguran que el tío Tom Merton no hubiera desentonado junto a aquel burlón maestro chino de la vida.




Thomas Merton (1915-1968), monje trapense, escritor y poeta religioso. Publicado ayer en contratapa de Página/12.

lunes, 24 de enero de 2011

Juan Sasturain – Veinte motivos para leer a Oliverio Girondo


VEINTE MOTIVOS PARA LEER A OLIVERIO GIRONDO

CINCO POR LA NEGATIVA: LAS CARENCIAS

Uno. No saber quién es. Es el mejor motivo y el que a él más le hubiera gustado. Enterarse de que es –para muchos– el mejor poeta argentino del siglo XX es un dato que puede despertar al menos la curiosidad, primer paso hacia la posibilidad de tener una aventura; quiero decir: una experiencia que nos cambie la vida. Conocer a Girondo vale la pena precisamente por eso: te deja diferente de cómo te encontró.

Dos. No haberlo leído. Es una suerte, como no haber leído todavía a Pessoa o a Pound. O no haber ido a China o no conocer Africa. Se te abre un mundo desconocido, una puerta. A mí me pasó cuando tenía algo más de veinte, en la segunda mitad de los ‘60, y el Centro Editor lo reeditó en una colección barata y popular. Después encontré la edición de Losada de Persuasión de los días, de 1942, en Fray Mocho. Es lo que más me gusta de él. La tengo todavía.

Tres. No leer poesía en general. Oliverio está especialmente indicado para los prejuiciosos o escaldados por algún contacto negativo con textos poéticos que les provocaron desconcierto/rechazo/alergia/fastidio. Girondo se entiende y se disfruta. No necesita exégetas ni mediadores letrados (que los hay, casi en exceso). Jamás un libro suyo se te cae de la mano. Reconcilia con la poesía.

Cuatro. Estar amargado / estar engrupido. La lectura de Girondo (como la de Drummond de Andrade, por ejemplo) vacuna contra la estupidez de la queja sistemática y/o la autosatisfacción del acomodado en su molde comprado a plazos. Ni la hipocresía ni la autoconmiseración.

Cinco. Querer amasijarse / ser un boludo alegre. Incluso en sus momentos más jodones y festivos, Girondo habla en serio: nunca es solemne; y en los momentos de mayor desesperación –que los tiene– tiene la humildad de admirar el Misterio de lo dado y reconocer el Error, la soberbia pretensión manipuladora de saberes e instituciones (incluso el mismísimo lenguaje). Por eso nunca es patético. Te cura de la soberbia elocuente (regodeo en el sinsentido) y de la ignorante (hacerse el boludo).


CINCO POR LA POSITIVA: LOS LIBROS

Seis. Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) y Calcomanías (1925). Su primer libro, desprejuiciado fundador de la vanguardia argentina de los ‘20, son viñetas, croquis, apuntes tomados al paso de Mar del Plata a Venecia, de Buenos Aires y Río de Janeiro a Venecia. Ahí está el “Exvoto”: “Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos para transmitirse los estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas del miedo de que el sexo se les caiga en la vereda”. Famoso. El segundo salió en España, con dibujos suyos. “Calle de las sierpes”, Sevilla, 1923: “Cada doscientos cuarenta y siete hombres / trescientos doce curas / y doscientos noventa y tres soldados / pasa una mujer”.

Siete. Espantapájaros (1932). El primero editado en Buenos Aires, y el más perfecto hasta entonces. Dos docenas de breves prosas inolvidables, algunas inquilinas habituales de toda antología: las setenta y dos acciones amorosas del texto 12. “Se miran se presienten se desean / se acarician se besan se desnudan / se respiran se acuestan se olfatean”. Las maravillosas maldiciones del 21: “Que te enamores tan locamente de una caja de hierro que no puedas dejar, ni un momento, de lamerle la cerradura”. Qué bárbaro.

Ocho. Persuasión de los días (1942). Son poemas existenciales, si cabe; la pura intemperie espiritual sin ningún tipo de franela compensatoria. “Dicotomía incruenta”: “Siempre llega mi mano / más tarde que otra mano que se mezcla a la mía / y forman una mano (...) Por eso es muy posible que no acuda a mi entierro / y mientras me riegan de lugares comunes / yo me encuentre en la tumba / vestido de esqueleto / bostezando los tópicos y los llantos fingidos”.

Nueve. Campo nuestro (1946). Ya a fines del ’30 había vuelto –con la crisis, con la guerra, con el desastre europeo– a mirar para adentro, a reflexionar sobre la cuestión nacional: la cultura, la economía, incluso el paisaje. Hay varias versiones, hasta el cincuenta, de sus poemas a la (redescubierta) pampa primordial, vaca madre, plana nada elocuente. Es el Girondo menos conocido y manipulable.

Diez. En la masmédula (1956). Es el final, el salto en el vacío experimental, la ruptura de las palabras y de la sintaxis, la busca absoluta. Es el Girondo que seduce a surrealistas tardíos (Molina) y marca el camino de la puesta en tensión extrema del instrumento que empujará a la larga a algunos de los mejores, como Lamborghini, a sus propios confines. “El puro no”: “El no / el no inóvulo / el no nonato / el noo (...) / el macro no ni polvo / el no más nada todo / el puro no / sin no”. Apaga y vámonos.


CINCO POR CUESTIÓN DE SALUD

Once. Saber reír. Con Girondo, el humor irrumpe en la poesía argentina como un pedo en misa, un chiste verde en un velorio, un codazo en un desfile. Se da y concede permisos. Del humor ingenioso –que comparte con Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo– saltará al humor negro y escatológico. No es un adorno, ni un chiste. Es una manera (la única digna) de mirar el mundo.

Doce. Cagarse en (casi) todo. La irreverencia (“¡Se celebra el adulterio de la Virgen María con la Paloma Sacra!”, de “Verona”) y la provocación iconoclasta que picotea los bordes de los tabúes con ingenio y desparpajo tienen una violencia corrosiva inusitada. Espantapájaros, por ejemplo, no es sólo una provocación sino un libro memorable, único para su época y para nuestra cultura.

Trece. Saber enojarse. Girondo no es un ruidoso payaso oportunista íntimamente integrado sino un observador feroz de la sociedad y las costumbres perversas de su tiempo. “Lo que esperamos”: “Yo sé que todavía / los émbolos / la usura / el sudor / las bobinas / seguirán produciendo / al por mayor / en serie / iniquidad / ayuno / rencor / desesperanza / para que las lombrices con huecos portasenos / las vacas de embajada / los viejos paquidermos de esfínteres crinudos / se sacien de adulterios / de hastío / de diamantes / de caviar / de remedios”.

Catorce. Celebrar la vida. Porque a la hora de reconciliarse con el mundo, ya despojado del “miasma” del comercio humano, a contrapelo de una “civilización” descaminada, Girondo descubre –y sabe revelar para nosotros– el soberano estupor ante lo natural visto con mirada adánica. “Inagotable asombro”: “Este perro / este perro / ¡Indescriptible! / ¡Unico! / (...) Cotidiano, inaudito / que demuestra el milagro / que me acerca al Misterio / que dan ganas de hincarse / de romper una silla”.

Quince. Angustiarse en serio. Pocas veces en la poesía contemporánea –en la latinoamericana, sólo en Vallejo– la expresión de la angustia ante las cuestiones de sentido que atraviesan al poeta en vida y muerte, alcanza la radicalidad –sin clichés ni recetas verbales o existenciales– del último Girondo. En la masmédula es, como sucede con un solo de Parker, un gesto definitivo e irreductible.


Y CINCO PORQUE SÍ

Dieciséis. El nombre que le pusieron. Llamarse así no suele ser gratis. Qué hace alguien que se llama así. Y de chiquito. Hay que bancársela. Creo que en su caso fue un estímulo: debió estar a la altura, con ese nombre de payaso, equilibrista o político radical al estilo Crisólogo Larralde. Toda su obra es un comentario, una prolongada digresión tragicómica a partir de su nombre.

Diecisiete. La cara que tenía. También tuvo que hacer algo con la cara, remontarla. En eso, como Macedonio (otro que vino con un plus nominativo), ganó cara y equívoca venerabilidad con el tiempo. Era de ojos saltones, dientudo y con mentón fugitivo: las caricaturas de la época son alevosas. La barba lo disfrazó, pero operando al revés de las caretas: lo puso grave, reservando la gracia y la ironía para los ojos.

Dieciocho. Las cosas que hacía. Las jodas famosas, la prolongada estudiantina, su espíritu juguetón, iconoclasta. El memorable lanzamiento por calle Florida, en coche fúnebre, de Espantapájaros, con el muñeco de la tapa, dibujado por Bonomi, convertido en escultura de papel maché, y con chicas vendiendo el libro.

Diecinueve. La mujer con la que se casó. Un hombre también se justifica/explica por las mujeres que amó y lo amaron. Oliverio conoció a la brillante colorada Norah Lange en 1926 y se casaron en el ‘43. Fue su mujer, su amiga, su cómplice talentosa. La oradora de banquetes que supo reunir en Estimados congéneres, la memoriosa de Cuadernos de infancia, la novelista de Personas en la sala.

Veinte. Las fechas del almanaque. Acaso sea un pretexto que hoy, 24 de enero, se cumplan 44 años de la muerte de Oliverio, en el verano de 1967. Norah lo sobrevivió sólo cinco más. El otro pretexto que nos da el almanaque para leer a Girondo es que este año, el 17 de agosto, se cumplen 120 de su nacimiento en 1891. A ver si nos acordamos.



Juan Sasturain (Adolfo Gonzales Chaves, provincia de Buenos Aires, 1945)
Periodista, guionista, escritor
Oliverio Girondo (Buenos Aires, 17 de agosto de 1891 
- Buenos Aires, 24 de enero de 1967)

En contratapa de Página/12, 24 de enero de 2011

lunes, 13 de diciembre de 2010

Juan Sasturain – Acá, como sabrá, la lucha continúa



CARTA AL INGENIERO FAVALLI
Fac. Ing. UBA. Buenos Aires


Para Mario Morán


Estimado Favalli, disculpe
que me dirija a usted
en estos términos formales
pero durante los años que
lo frecuenté cada miércoles
–aunque usted no me conoce–
nunca supe más que su apellido.
Y éramos muchos los pibes que
seguíamos sus idas y venidas
junto a Juan, Franco, Mosca y
el resto, bajo la muda nevada en
blanco y negro, dibujada por Solano
en el Hora Cero Semanal.

Desde entonces, nadie puede
sentarse a jugar un truco de cuatro
a la noche en la Argentina sin
mirar de reojo a la ventana,
a la espera de que pase o que no
vuelva a pasar lo que pasó.
Nadie puede cruzar la General Paz
viniendo por Maipú sin esperar
que asomen las antenitas de
los cascarudos en el terraplén,
tiemble el suelo de Plaza Italia
con la llegada de los gurbos,
nos espere el mano tenebroso
en la glorieta iluminada de Barrancas.

Para nosotros, profesor, usted era
simplemente Favalli, ese gordo
serio y un poco cabrón con pulóver
de cuello alto y anteojos gruesos que
siempre sabía –y en eso resultaba
un poco hinchapelotas– lo que
pasaba, por qué pasaba y lo que
había que hacer en cada caso.
Y si no tenía razón, al menos
tenía una teoría razonable, una
versión de la vida que no incluía
los consejos del miedo ni el
cálculo mezquino. Claro que,
a veces, con eso no alcanzaba.

Me acuerdo, justamente,
cuando estaban refugiados en
la casa, amargados de pelear
a los tiros con vecinos envidiosos,
y su diagnóstico fue que se venía
la ley de la selva –el todos
contra todos– y que sólo cabía
tomárselas a un valle aislado en
Mendoza o la loma del carajo
para empezar de nuevo, desde cero.
Era el fin de la Historia, si se quiere.

Y fue entonces, ingeniero,
que les golpearon a la puerta del
chalet y esa vez no fue para
matarlos ni quitarles lo poco o mucho
–los bienes y saberes– que tenían
sino para contarles, simplemente,
que la Historia –como siempre– continúa,
que había una invasión, no una desgracia,
y que había que luchar, sin ir más lejos.

Y ahí le digo, profesor, que usted supo
adaptarse a la nueva situación
–al nuevo escenario dirían hoy–
e incluso a la nueva ideología.
Que al salir a la calle aprendió de
los que hacían y se sumó a una pelea
que no tenía prevista en los papeles.
Quiero decir –y perdóneme, Favalli–
que fue más allá de sus libros y su clase,
y se puso del lado que debía.

Tal vez por eso, ingeniero,
el costo pagado fue tan alto.
La última vez que lo vimos –no incluyo
aquella aparición en la vereda
del final circular que inventó
Oesterheld– la imagen fue atroz.
Marchaba junto a Franco, un
arma en la mano y el control
en la nuca: hombre robot con
la mirada y el alma perdidas en un
descampado del Gran Buenos Aires
que si no era José León Suárez
tenía una tristeza parecida.

Así, viejo Favalli, si le escribo
ahora, precisamente en estos días
de saludable pelea, es para decir que
lo extrañamos. Todos, hasta los pibes
que lo conocieron hace poco,
ladero gordo, sabihondo amargo,
junto al famoso Eternauta, extrañamos
su gesto, su convicción a la hora
de elegir de qué lado ponerse,
para qué usar lo que se sabe
cuando uno sale o lo arrastran
a la calle, a la Historia, a la
arena política, que le dicen.
Parece que ya no vienen así,
los ingenieros.

En fin, gordo querido –y disculpe
esta confianza tal vez desubicada–
espero que esté bien y acompañado
de los suyos que son nuestros:
los compañeros del truco y de
la lucha, los vivos y los muertos
de papel y carne y hueso.
Acá, como sabrá, la lucha continúa.

Un abrazo
Sasturain, su amigo viejo.


En contratapa de Página/12, 13 de diciembre de 2010.

Juan Sasturain (Adolfo Gonzales Chaves, provincia de Buenos Aires, 1945). Periodista, guionista, escritor.

lunes, 15 de febrero de 2010

La puta que los parió


The Carne Blues - Juan Sasturain

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EXHIBICIÓN DE LAS TERNERAS

“La carne es triste, ay... Y ya he leído todos los libros.”
Stéphane Mallarmé.


(Fragmento)

(…)
Las vaquitas argentinas / engrupidas putas caras
con sus pérfidos cafiolos / con sus lúgubres carnizas
se van / frías y distantes / a otras tierras y otros precios.

Este pueblo los saluda:
La puta que los parió.

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Exhibición de las terneras
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Cabecera: "Madre de corazón atómico", Pink Floyd
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lunes, 11 de enero de 2010

Juan Sasturain – Soneto con reservas


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SONETO CON RESERVAS

In memoriam Miguel Gila

Brecht, el de la gorra, y Ezra, el loco,
encarnan al poeta como artista
jugado. Uno era comunista
y el otro casi facho, que no es poco.

Pound puso a la usura como foco
del falaz desorden capitalista.
“El que asalta un banco es un punguista
comparado al fundador, que roba un toco”

dijo Bertolt. Le creo a la poesía,
aunque en terreno ajeno se inmiscuya.
Tengo reservas de la sabiduría

de los doctos augures que hacen bulla:
no están hablando de la economía,
están hablando de la econosuya.

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En: CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR Página/12 de hoy
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Foto: Enredrados en adrogué
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