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lunes, 25 de abril de 2011

Antonio Moro – Javier Adúriz mira los samurai



Javier Adúriz mira los samurai, esos guerreros japoneses iniciados en el budismo zen que sabían, saben, mirar los límites de lo humano. El también sabía. Allí están sus poemas en los confines de muchas experiencias y el asombro: "Querido escuerzo / no me mires así / estoy de paso”. Los mira en esta ubicuidad que asumo para hablar sobre su generosa vida. Dadivosa, podría bien decir, para dar con el talante de este heredero de los bardos, ya que el humor de su corazón y los dones de la palabra rebasaron su apasionado cuerpo y con calma y dedicación abrazó no sólo el destino de la poesía, sino la complicidad de la amistad y su lugar en la tribuna, en el tablón. Sus amigos están de duelo, guardan silencio, tal vez escriban también su homenaje, aunque saben, con Javier, que... "A cada paso / vas hundiendo tus pies / en otra carne".

Apenas disfruté tres años de su cariño. Y parte del último sólo con noticias sobre su salud. Estaba consternado, el camión de la enfermedad se lo había llevado por delante. Pero no cedía, seguía planeando libros que publicó con sus amigos Pereiro, Sylvester, Oteriño y muchos más. Su familia excedía con creces el círculo íntimo de su querida Ana y sus hijos, a quienes les legó en vida:

"EL ATÓMICO" DECLARA SU DESEO

Dejo dicho, en caso de no atinar al piletón,
que lego mi flamante casco de corcho
a Agustín, y también las antiparras.
Para Isidro, el overol de loneta reforzada

amén de la flexible bigotera del abuelo:
Para Julieta el maillot, que aunque gordo
y con costuras, ella sabrá ajustarlo.
Para Román, el capirote de hule y los botines

que trajinados y todo, aún son de largo uso.
Para Lucía, el arnés y la mochila de lastre
que habrán de serle fieles para acunar los hijos.

A la señora, en cambio, mi dama, testo y dejo
que me dejo de joder con estos trastos.
Los amo, amigos, porque hicieron el significado.



La última vez que lo vi nos despedimos en la parada de un colectivo. Me fui extrañándolo en un silencio donde las vivencias compartidas y sus poemas gravitan.
Cuando lo conocí, nos bastó unos minutos para sondear los andariveles inciertos de los poemas cumpas, para encontrar los guiños de la noche. Cuando le dije que viajaba a menudo a Buenos Aires, desde mi Córdoba, ahí mismo me ofreció hospedaje en su departamentito de Peña, donde tenía el taller de escritura. Allí, hay varias imágenes budistas. Le fascinaba ese mundo habitado de aire y bruma, en una danza perpetua, que lentamente el vacío rodea. La respiración a él se le antojaba con tabaco, y así teñida encontraba su norte, su pálpito, sus goles.

En La verdad se mueve, un proverbio zen que cita al comienzo del libro, escribió:

"Oís el río, Okusai? No está lejos.
Tiene el sonido ambiguo de la vida.
Son como cascotitos limpiándose
con la corriente, algo múltiple.

Prestá atención. Detrás del ruido
se ve el nacimiento rudo de las cosas,
eso íntimo, desesperado casi, casi
enorme en su notoria nimiedad.

¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito
que me pongas esa cara de tintorero
feliz. Dejate ir nomás, un poco.
¿O vinimos nada más que para esto?
"


Gracias Javier por tanta vida!


"Antes de irme / voy a colgar la ropa / en una percha"


Breve Noticia Bibliográfica: Javier Adúriz se dedicó a la docencia y colaboró en varias publicaciones de poesía. Fue director de la publicación León en el Bidet. La revista Omero/poesía le dedicó un número monográfico con antología: Vámonos con Pancho Villa y otros poemas, en 2002. Colaboró regularmente desde su fundación en la revista “Hablar de poesía”. Ha escrito numerosos ensayos sobre literatura argentina y realizado versiones de poesía inglesa en la colección “Traducciones del Dock”, que dirigió hasta su fallecimiento. Codirigía con Oteriño y Sylvester la colección "Época", en Ediciones del Dock, donde publicó textos sobre la poesía. Varios poemas de Javier Adúriz han sido musicalizados por el compositor Juan María Solare, como: * Más allá del amor (mezzosoprano, clarinete, viola, cello) / * Mala leche (canto y piano) / * Tiempo (para coro) / * Sombra (para coro).

Antonio Moro nació a la vera del Río Suquia, Córdoba, en 1955. Poeta, actor y librero.

Dos poemas a Javier Adúriz


EL SAMURAI ESCUCHA…


El samurai escucha atentamente.
Fuma y revuelve el café. Abre los ojos.
Fuma y revuelve los ojos. Escucha.
Ahora, sonríe. El humo le anda cano
en el pelo; disperso, percusivo, lírico.
Le anda la savia subiendo ahora. Fuma.
Pronto cantará el sapukai, dirá la risa.
Se irá con su piloto amarillo de pescador,
contando sonetos, cantando sonatas.
Pero ahora vuelve a fumar, a revolver.
En la esquina, se da vuelta, mira, sonríe, y
aplaude con una mano, el próximo sapukai.

Santiago Espel (Buenos Aires, 1960)




PUERTOS Y PUERTAS DEL LEÓN


che javier decime
me diste al nono y al momo
y me dejás lucubrando
el final de baltimore
el gambito staunton
y la belleza del mate
en el patio de delgado
dos viejos hipnotizados
que creemos en el poema
como si cada palabra
fuera frutillas con crema
dos viejos casi activos
que decimos y nos plantamos
en lo que es más divertido
tu silla no es sevilla
otro alfil sin casilla
colegiales nos desbrocha
la imaginación de la historia
don adúriz qué memoria!!!...
si pasamos por los bares
doblando tintos por mares
como alegres mariposas
nos devoramos las rosas
y en cada partida amiga
nos robamos la vigilia
querido poeta eterno
vos siempre sos un virgilio
modificando el infierno

Jorge Rivelli (Buenos Aires, 1954)




Poemas de Javier Adúriz (Buenos Aires, 16 de abril de 1948 - 21 de abril de 2011) en Aromito.
Imagen: Tres Samurai.

viernes, 14 de enero de 2011

Javier Adúriz – Colgar la ropa en una percha


SENDA

A cada paso
vas hundiendo tus pies
en otra carne.



ORÁCULO PORTÁTIL

Tu impavidez
no la toques ya más,
ojetevismo.



NOCHE

Aquí también
mordisquea su sueño
la pobre rata.



PALABRA DE HONOR

Antes de irme
voy a colgar la ropa
en una percha.



En “Canción del Samurai”, Ediciones del Dock, 2004.
Javier Adúriz nació el 16 de abril de 1948 en Buenos Aires. Poeta y ensayista.
Imagen: Tres Samurai.

Javier Adúriz – Cielito, pucha qué sueño


CIELITO
(Canción)

1

Cielito, pucha qué cielo
cielo amargo del país,
ojalá pudiera verte
como alguna vez te vi:

cielo, cielito y más cielo,
algo grande de vivir,
callecitas trabajadas,
campos para sonreír.

Es un témpano de sombras
tantas penurias así;
adónde este sueño, adónde,
¡qué lejos está de aquí!


2

Sueño, sueño, sueño, sueño
algo grande de sentir,
callecitas trabajadas
como alguna vez las vi:

cielo, cielito y más cielo,
algo noble de vivir;
callecitas de nosotros
campos para sonreír.

Sueño, sueñito y más sueño.
cielo dulce del país,
adónde, esta tierra, adónde,
que pronto me iré de aquí.


3

Es un témpano de sombras
tantas penurias así:
adónde, este sueño, adónde,
qué lejos estás de aquí.

Cielito, pucha qué sueño.


En “Canción del Samurai”, Ediciones del Dock, 2004.
Javier Adúriz nació el 16 de abril de 1948 en Buenos Aires. Poeta y ensayista.
Imagen: Tres Samurai.

Javier Adúriz – Cuánta gloria en cada atardecer



ATARDECER EN PUENTE MÁRQUEZ

Gaona era de tierra entonces…
A la izquierda se alzaba el paradero
donde se reunía la humanidad
conspicua del lugar: quinteros y linyeras.

Cuánta gloria en cada atardecer.
El olor a eucalipto lo invadía todo
con persuasión invariable, lo mismo
que el rojo derrumbándose al oeste.

Parar ahí se parecía a comprender.
La Tierra era un planeta ingrávido
donde no aflojaba el honor de estar vivo.

Si hasta los perros ladraban ganosos
cuando pasaba la chata de Ortuño.
Ahora hay una ruta, nada más.


En “Canción del Samurai”, Ediciones del Dock, 2004.
Javier Adúriz nació el 16 de abril de 1948 en Buenos Aires. Poeta y ensayista.

Imagen: Tres Samurai.

Javier Adúriz – El puerto se disolvió con ella como si fuera de humo


DESPEDIDA
(homenaje inmigrante)

Acodada sobre la pared veía el moroso ajetreo de los barcos en la bahía, mientras los hombres, de espaldas al mar, se movían con avidez, acarreando bultos como hormigas de verano. Jamás había salido de su tierra: llevaba todavía próximo el aroma de las manzanas en sazón, la aspereza del monte empinado, la severidad de los hórreos guardando su tesoro de semillas. Y sin embargo, estaba ya lejos; cerca de ese mar desmesurado y monótono, más cerca del cielo y del futuro, mareada de fatiga, como si hubiera trabajado al sol en las eras. Y sin embargo, casi había olvidado su casa de apenas ayer, las caras que mucho había querido, los quehaceres del año e incluso, el ahora remoto día de fiesta, el día memorable que la acompañó durante meses de impaciencia. Por fin llegaba la hora: sólo deseaba apartarse de esa orilla natal, abrirse paso en el horizonte, presentarse sin demora al reclamo de otra costa y otro amor. Con premura subió al barco; desde la cubierta sus ojos rechazaban el paisaje, desbordado de melancolía. Nada le decía adiós, ningún temblor de la brisa la retuvo. Partió nada más y el puerto se disolvió con ella como si fuera de humo.

En “Canción del Samurai”, Ediciones del Dock, 2004.
Javier Adúriz nació el 16 de abril de 1948 en Buenos Aires. Poeta y ensayista.

Imagen: Tres Samurai.

Javier Adúriz – Al centro de la herida


Y LA BOCA ME DIJO *

Will yearley celebtrate my second birthday.
J.D.


No llores, nadie oye. - Del cielo de la isla
no queda casi nada. - La mañana está cerca.

No llores, no te quiebres. - Si cada uno es siervo
de lo quiso ser. - La noche ya termina.

No te arrepientas, digo, - vas a cruzar el río
como se cruza un sueño. - Celebrarás tan pronto…

¿Qué importan que hayan dicho - lo que dicen que dicen?
Lo tuyo fue algo más - que las pobres palabras.

Brillen, brillen sin término - las hachas de la fiesta,
gocen tu vejación - hasta el duro apogeo:

cada fuego de luz - es una luz imbécil,
la terca tiranía - de una mente deforme.

¿Que triscaba la oveja - pasto hasta la raíz?
¿Que mudan de opinión - de parado a sentado?

y bien, qué más te da, - tu ilusión era el alba.
Pronto celebrarás - un nuevo nacimiento.

La música está hecha, - queda escrita en el agua,
en el color del tiempo, - sin pulso de codicia.

Hubo que ver y verse - colgado de los árboles
para cruzar las sombras, - las efímeras sombras.

La noche es esta boca - turbia que te mastica,
aunque haya luna ahora - como para unas bodas.

Vas a cruzar el río - y también la esperanza
en nave de dos filos. - En nave de dos filos

de golpe, con el viento, - vas a cruzar tu rostro:
el deseo de ser - que pide lo imposible.

Llegaste a lo más tenso, - al centro de la herida.
No desesperes, - sólo un reino nos hiere.

Moro móriae, dónde - está tu honor ahora,
vos que sentiste siempre - su gracia sobre el hombro.

Algo abisal te llama. - Hacé crujir el seso
hasta encontrar el chiste - hundido en la mollera.

Si tan cerca, en la furia - del alba (oí, oí
el aire atruena afuera)

absurda majestad, - sonriendo entre caries
vas a tirarte
y rodar de cabeza.



para Enrique Butti



* A Tomás Moro le cortaron la cabeza por haber mantenido su palabra. Tal vez su santidad esté en su humor y en su silencio; alguien que combinó política y escritura, con una mente deslumbradoramente abierta.

En “Canción del Samurai”, Ediciones del Dock, 2004.
Javier Adúriz nació el 16 de abril de 1948 en Buenos Aires. Poeta y ensayista.
Imagen: Tres Samurai.