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domingo, 9 de julio de 2023

YORGOS SEFERIS Debajo del castaño




DÍAS DE JUNIO DEL 41 

Asomó la luna nueva en Alejandría 
llevando la luna vieja en sus brazos 
mientras caminábamos hacia la Puerta del Sol 
con el corazón sombrío -tres amigos. 

¿Quién quiere ahora bañarse en las aguas de Proteo? 
Buscamos la metamorfosis en nuestra juventud 
cuando los deseos jugaban como grandes peces 
en mares que se evaporaban repentinamente; 
creíamos en la omnipotencia del cuerpo. 
Y ahora asomó la luna nueva abrazada 
a la luna vieja; con la hermosa isla herida 
y sangrando: la isla apacible, la isla fuerte, la inocente. 
Y los cuerpos como ramas quebradas, 
como raíces arrancadas. 
                                       Nuestra sed 
como un centinela ecuestre petrificado 
en la oscura Puerta del Sol 
nada sabe ya pedir: vigila 
desterrada aquí alrededor 
junto a la tumba de Alejandro Magno.


HELENA 

TEUCRO: …a la tierra de Chipre, en medio del mar, donde 
Apolo dispuso mi nuevo hogar. La llamaré Salamina, 
en memoria de mi isla, de mi patria perdida. 
HELENA: Jamás estuve en Troya: fue un simulacro. 
EL MENSAJERO: ¿Qué dices? 
¿Entonces hemos sufrido por una nube? 
Eurípides, Helena 

“Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres.” 

Tímido ruiseñor, escondido en la respiración de las hojas, 
tú que regalas la frescura musical del bosque 
a los cuerpos separados y a las almas 
de aquellos que saben que no regresarán. 
Ciega voz, que tanteas en la memoria nocturna 
pasos y gestos, no me atrevería a decir besos; 
y la amarga agitación de la furiosa cautiva. 

“Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres.”  

¿Qué es Platres? ¿Quién conoce esta isla? 
He pasado mi vida oyendo nombres desconocidos: 
nuevos lugares, nuevas locuras de los hombres 
o de los dioses; 
                           mi destino, que oscila 
entre el último golpe de la espada de un Ayax 
y una nueva Salamina, 
me trajo aquí a esta playa. 
                                          La luna 
surgió del mar como Afrodita; 
ocultó las estrellas de Sagitario, va ahora a encontrar 
el corazón de Escorpio, y todo lo cambia. 
¿Dónde está la verdad? 
Yo también fui arquero en la guerra: 
mi destino, el de un hombre que no dio en el blanco. 
Ruiseñor, juglar, 
en una noche como ésta en la playa de Proteo 
te escucharon las esclavas espartanas y prorrumpieron en lamentos, 
y entre ellas -quién diría- ¡Helena! 
Aquella que perseguimos durante años junto al Escamandro. 
Estaba allí, al borde del desierto; la toqué, me habló: 
“No es verdad, no es verdad”, gritaba, 
“No entré en la nave de proa azul. 
Nunca pisé la valiente Troya”. 

Con el cóncavo corpiño, el sol en los cabellos y aquel talle, 
sombras y sonrisas por todas partes, 
en los hombros en los muslos en las rodillas; 
fresca la piel, y los ojos 
de largas pestañas, 
estaba allí, a orillas de un Delta. 
                                                 ¿Y en Troya? 
En Troya nada -un simulacro. 
Así lo quisieron los dioses. 
Y Paris se acostaba con una sombra como si fuera un cuerpo sólido; 
y nosotros matamos durante diez años por Helena. 

Un gran dolor había caído sobre Grecia. 
Tantos cuerpos arrojados 
a las fauces del mar, a las fauces de la tierra; 
tantas almas 
entregadas como trigo a la piedra de los molinos. 
Y los ríos se henchían de sangre y de lodo 
por una onda de lino por una nube 
por el aleteo de una mariposa por un plumón de cisne 
por una túnica vacía, por una Helena. 
¿Y mi hermano? 
                         Ruiseñor ruiseñor ruiseñor 
¿Qué es un dios? ¿qué no es un dios? ¿y qué entre los dos? 

“Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres.”  

Ave llorosa, 
                  en Chipre la besada por el mar 
donde fue dispuesto que me acordara de la patria, 
anclé sólo con esta fábula, 
si en verdad esto es fábula, 
si en verdad los hombres no volverán a morder 
el viejo cebo de los dioses; 
                                         si en verdad 
otro Teucro, después de años, 
o algún Ayax o Príamo o Hécuba 
o algún desconocido, alguien anónimo, que sin embargo 
vio un Escamandro rebosante de cadáveres, 
no tiene en su destino oír 
al mensajero que viene a decir 
que tanto dolor tanta vida 
fueron al abismo 
por una túnica vacía por una Helena.


EURÍPIDES, ATENIENSE 

Envejeció entre el fuego de Troya 
y las canteras de Sicilia. 

Le gustaban las cuevas en la playa y las pinturas marinas. 
Vio las venas de los hombres 
como una red donde los dioses nos prendían como fieras: 
trató de romperla. 
Era hosco, tenía pocos amigos; 
vino el tiempo y los perros lo despedazaron.


TRES POEMAS SECRETOS (Fragmento)

I


¿Qué río fangoso nos arrebató? 
Permanecemos en el fondo. 
La corriente pasa sobre nuestra cabeza 
dobla las rígidas cañas. 

Debajo del castaño 
las voces se convirtieron en guijarros 
y los niños los arrojaron.



En Seis poetas griegos, Ediciones Colihue, 2000 / Selección, prólogo y traducción directa del griego de Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 - La Plata, 5 de julio de 2010) / 
Yorgos Seferis (Smyrna, Grecia, 29 de febrero de 1900 - Atenas, 20 de septiembre de 1971) / Fotos: jmp / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

martes, 15 de septiembre de 2015

Horacio Castillo, El último aire que me queda




LA MÁQUINA DE PICAR ALMAS

Soplo con el último aire que me queda
y la corriente que se forma boquea
y aventa: lo que tuvo peso, lo que tuvo forma,
lo que se hizo sutil para evitar lo sólido.
Fracciones de armonía hacia futuras combinaciones,
levadura de alma en el altar vacío.



En Revista de poesía de las cuatro estaciones “El espiniyo”, número 01, otoño 2005. Director: José María Pallaoro.
Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 – La Plata, 5 de julio de 2010).
Más poemas de Horacio Castillo en POESÍA LA PLATA.

sábado, 11 de julio de 2015

Takis Varvitsiotis, dos poemas


SIN MÚSICA

En las hojas marchitas
Se balancea la estación

El jardín está lleno de manos cortadas

Cerradme el corazón
Cerradme los ojos

Estoy harto de recoger muertos

Ay
Sólo las amapolas
Vuelven a encontrar
Su sangre en la hierba

Los hombres ya no conocen la música

Los árboles han desaparecido

Sólo quedó el cielo



QUIÉN ESCONDIÓ EN NUESTRAS VENAS

¿Quién escondió en nuestras venas
Sonidos de palomas?

En los muros crecieron alas

Esta noche el tiempo ha enmudecido
Y todas nuestras palabras se hacen trizas
En el cristal del vacío

Los postigos crujen abiertos de par en par
El viento relumbra
Trae hasta aquí el perfume de la hierba

En la proa del barco se izó
Como un blasón
Nuestro destino


En: “Seis poetas griegos”, versiones directa del griego de Horacio Castillo, Ediciones Colihue, 2000.
Takis Varvitsiotis (Tesalónica, Grecia, 1916 – 2011).
Foto: TV, s/d. 

miércoles, 13 de febrero de 2013

Horacio Castillo, viva el sol degollado al mediodía


Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004




Inscripción

Viva el sol degollado al mediodía,
viva el aroma de los eucaliptos,
viva el cuello del ánade,
viva el color del azafrán,
viva la cólera del sueño,
viva el pie desnudo sobre la nada.



En “Alaska”, Libros de Tierra Firme, 1993.
Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 - La Plata,  5 de julio de 2010).


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martes, 12 de febrero de 2013

Horacio Castillo, toma una piedra



Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004



Omphalos

Toma una piedra – dijo el mensajero – y marca el centro del mundo.
Pregunté de puerta en puerta, de plaza en plaza, de ciudad en ciudad,
pero nadie sabía responder. Y seguí a tientas el camino,
perdiendo a veces el rumbo, volviéndolo a encontrar,
confiando solamente en las palabras de los mensajeros:
Toma una piedra y marca el centro del mundo.
Más de una vez estuve a punto de renunciar,
de echarme para siempre junto al sueño de los padres,
pero de pronto el corazón comenzaba a saltar dentro del pecho,
venían a mi boca palabras de una lengua desconocida,
y apresurando el paso exclamaba: Antes de que se vaya la estrella.
Así llegué a una tierra donde lo primero que vi
fue un hombre que había hecho un agujero en una tumba
y echando agua fresca, repetía: Bebe, hijo mío.
Después vi una multitud que excavaba el lugar
y sacando los huesos de los muertos los llevaba en un carro,
delante del cual iba una mujer arrojando piedras al sol
y gritando: Ocúltate, para que la muerte no encuentre el camino.
También vi un pájaro que había salido de un pozo
y estaba sobre el brocal, junto al cual las mujeres
se habían congregado para interrogarlo:
¿Qué has visto allá abajo? – decían.
Y el pájaro contestaba:
He visto hombres rapados, muchachas despeinadas,
niños mordiendo la manzana oscura de la nada.
Entonces las mujeres se asomaban a la boca del pozo
y arrojaban, gimiendo, grandes ramos de albahaca.
Había allí un árbol gigantesco, un tronco petrificado
junto al cual las muchachas llenaban de lana las almohadas
y colchones, y trenzando los cabellos de la novia, cantaban:
“Oh mi blanco algodonero, nadie te arrebatará,
y nuestro patio tendrá gracia, nuestra casa luz”.
Los hombres bailaban gravemente en círculo
y el que llevaba la ronda, golpeando el suelo con el pie,
cantaba: “Esta es la tierra que nos comerá,
esta es la tierra que come niños, flores y muchachas”.
Llegué junto al árbol y bailé con aquellos hombres,
tomados del hombro bailamos toda la noche,
hasta que mi boca empezó a balbucear una lengua desconocida
y volví a oír la voz del mensajero:
Toma una piedra y marca el centro del mundo.
Tomé una piedra y la puse junto al árbol
y la piedra se llenó de hojas, el árbol de sol.



En “Alaska”, Libros de Tierra Firme, 1993.
Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 - La Plata,  5 de julio de 2010). 

lunes, 11 de febrero de 2013

Horacio Castillo, aquí la boca se llena de espuma


Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004


Mono llorando sobre una tumba

Aquí la boca se llena de espuma, el oído de truenos,
aquí fracasa la lengua prensil.
¿Pero qué prueba esta piedra? Esta opacidad, ¿qué protege?
La mano que ardió en el interior del hormiguero
acaricia ahora el lomo pardo de lo inerte,
y debajo o detrás, hondo o lejos, algo se eriza,
demasiado callado para no ser, demasiado vivo para ser,
eso que viaja para siempre de silencio en silencio,
hacia silencios que jamás acabarán.



En “Alaska”, Libros de Tierra Firme, 1993.
Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 - La Plata,  5 de julio de 2010).

martes, 6 de julio de 2010

Horacio Castillo (1934-2010) – Duelo a la hora en que canta el gallo


Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004


PRIMER GALLO

El deseo hizo su obra, pero excediéndose
promovió la guerra santa de la negación.
Estopa en la boca, el alma sobre clavos,
todo perdido antes de la estrella matutina.
Y la materia, un bien menor, híbrido,
Precipitándose en la comarca de las madres mudas.



SEGUNDO GALLO

El alba viene y vendarán tus ojos, a empujones
tropezando hasta las largas mesas de pescado,
nuca desierta, láudano trágico, hasta el cuchillo
descamado, despinado, y el ojo –bizco–
extraviado en la más completa lasitud.
El alma, el alma, dijo arrojando las vísceras.
El alma, contestó pisando el ruedo de su vestido
de novia y corriendo hacia el resumidero,
meca de gatos ejerciendo también sus derechos.



TERCER GALLO

Gracia rebosante, atolladero del rocío,
martirio en los rápidos del jamás,
todos al funeral, todos al funeral,
a ciegas frente al acecho del aguijón.
Hola, señuelo del penacho rosa,
nudo cerrándose por el peso de lo inminente.
Y tú, diamante ebrio, mito y naturaleza del pedernal.

De “Música de la victima y otros poemas”, 2003


Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 – La Plata, 5 de julio de 2010).

Más poemas en POESÍA LA PLATA y en Aromito
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lunes, 5 de julio de 2010

Horacio Castillo (1934-2010) – Un tallo que nadie hubo tocado


Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004


HICE UN HOYO

Hice un hoyo en la tierra
y lloré dentro de él; lloré de bruces,
hasta que el llanto llegó al fondo,
hasta que todo se anegó,
hasta que brotó de la profundidad
un tallo que nadie hubo tocado.

De “Tuerto rey”, 1982


Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 – La Plata, 5 de julio de 2010).

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Horacio Castillo (1934-2010) – Lo lejano, sólo lo más lejano perdura


Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004


DICE EURÍDICE

La ansiedad me dominó, y luego la inquietud, cuando supe que venías:
horror de que me vieras así, con este tocado de sombra,
el pelo sin brillo -el pelo, que el sol no se cansaba de dorar.
Terror también de que no fueras el mismo -el que permanecía en mi memoria-
y al mismo tiempo curiosidad por ver de nuevo un ser vivo.
Hace tanto que nadie venía por aquí,
tanto que nadie se llevaba un alma o un perro,
que cuando oí tus pasos y tu voz llamándome,
cuando por fin te estreché, más que a ti estaba abrazando a la vida.
Después tu calor me condensó, me secó como una vasija,
y caminé por el sombrío corredor
otra vez con aquella máquina atronadora dentro del pecho
y un carbón encendido en medio de las piernas.
Caminé de tu brazo, imaginando ya la luz,
los árboles junto a los cuales caminábamos,
aquella habitación llena de espejos
donde flotábamos como dos ahogados.
Hasta que de pronto tu paso se hizo nervioso,
tu pensamiento se espantó como un caballo,
y vi que tratabas de desprenderte de mí,
de librarte de la trampa de la materia mortal.
"No te vayas -supliqué- no me dejes aquí,
déjame ver de nuevo las nubes y el sol,
suéltame por el mundo como una potranca tracia."
Pero tú ya corrías hacia la salida,
y durante siete días y siete noches oí cómo llorabas,
cómo cantabas en la ribera del río infernal
nuestra vieja canción: "Lo lejano, sólo lo más lejano perdura."

De “Alaska”, 1993


Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 – La Plata, 5 de julio de 2010).

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Horacio Castillo (1934-2010) – Nuestros ojos se volvieron como los ojos de las estatuas


Foto: Horacio Castillo. Archivo de la talita dorada, 2004


TREN DE GANADO

Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?
Asomados por el tragaluz mirábamos la inmensa llanura.
De pronto un mugido nos traía el recuerdo de Ifigenia
y volviéndonos hacia nuestros hijos los apretábamos contra el pecho.
¿Qué es aquello? El sol. ¿Qué es aquello? Una nube.
Habíamos olvidado el color del mar, el olor de la lluvia.
Los que sabían de estrellas habían olvidado sus nombres
y les dábamos los nombres de nuestros hijos para orientarnos al regreso.
¿Qué es aquello? Un árbol. ¿Qué es aquello? Un río.
Y un canto gregoriano se elevaba a nuestro alrededor,
hablaba por todos los destinados al sacrificio.
Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?
La leche se había agriado en los pechos de las madres,
peinábamos nuestro cabello y se convertía en ceniza.
¿Qué es aquello? Un pájaro. ¿Qué es aquello? Una piedra.
Y bajando la cabeza ocultábamos nuestro rubor,
cortábamos en silencio las uñas de los muertos.
Somos inocentes, gritábamos desde los trenes.
¿Era de noche o de día? ¿Estábamos vivos o muertos?
Bebíamos al atardecer el vino de los ciegos,
soñábamos todavía con un bosque de orquídeas.
¿Qué es aquello? Arena. ¿Qué es aquello? Niebla.
Y la vida escapaba como un murciélago entre las sombras
y nos dormíamos con una inusitada mansedumbre en la mirada.
Después nuestros ojos se volvieron como los ojos de las estatuas,
miramos nuestras manos y había desaparecido la línea de la vida,
y desde la estiba se elevó el ronco yambo
gimiendo por ti, por mí, por todos nuestros compañeros.
Sólo quedaron detrás nuestro líneas etruscas,
cantos de cera navegando hacia el sol,
y a nuestro lado siempre tú, piadoso coro,
tú, alma mía, vaca coronada de nardos y violetas.

De “Alaska”, 1993


Horacio Castillo (Ensenada, 28 de mayo de 1934 – La Plata, 5 de julio de 2010).

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miércoles, 27 de enero de 2010

Horacio Castillo – Dos poemas



ARTE POÉTICA

Soltar la lengua, de manera que no trabe el producto
que viene desde adentro, impulsado
por una fuerza superior
y el hábil juego de riñón y diafragma;
insistir presionando los músculos
como para expulsar
un caballo o un cíclope;
repetir el procedimiento
provocándolo inclusive con los dedos
o una materia acre,
hasta quedar vacío, sólo reseca piel,
odre para colgar del primer árbol,
extenuada matriz de lo volátil, acaso de la luz.

De: Materia acre, 1974


CROAR DEL ALMA

Cuando mi alma, como una rana, salte a la nada,
la oirán croar, croar toda la noche,
croar arriba y abajo, al este y al oeste,
hasta que el ojo monótono de la luna llore en los pantanos,
hasta que cese el espanto y empiece la eternidad.

De: Alaska, 1993

Foto: archivo de la talita dorada

Horacio Castillo, Ensenada, 1934.
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lunes, 10 de agosto de 2009

Horacio Castillo – Visita al maestro



VISITA AL MAESTRO


Llueve sobre colinas y jardines.
Allí, junto a la ventana, está el fuego.
Hablar o callar, ¿qué es lo mejor?
Preguntar o responder, ¿qué es lo peor?
Llueve sobre colinas y jardines,
El agua salmodia en la penumbra.
¿También el callar es un hablar?
¿También el hablar es un callar?
Llueve sobre colinas y jardines.
Un caballo negro viene como volando.
¿La respuesta es entonces la pregunta?
¿La pregunta es entonces la respuesta?
Llueve sobre colinas y jardines.
El silencio del cuarto es el silencio del mundo.


De: Alaska, Libros de Tierra Firme, 1993.


Horacio Castillo, Ensenada, 1934. Otros poemas de Castillo en POESÍA LA PLATA.
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