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miércoles, 21 de agosto de 2019

¿QUÉ SIGNIFICA ESCRIBIR UN POEMA?



  
¿QUÉ SIGNIFICA ESCRIBIR UN POEMA?

Por Adrián Ferrero
EpA!


     En principio diría que escribir un poema es poner en cuestión el uso instrumental de la lengua. El uso cotidiano, alienado, atravesado por discursos sociales como la publicidad, la propaganda e incluso la misma oralidad contaminada por los discursos de poder. Porque la oralidad en la escritura, esto es, la oralidad que la escritura pone en escena, es otra cosa. La oralidad en la escritura, consiste en un uso particular de los signos y de la sintaxis, consistente en un trabajo casi imposible. Esto es: pasar de un código a otro (del oral al escrito) y crear una nueva clase de discurso. Es, en definitiva, una clase de artificio que se elabora a partir de intervenir la lengua escrita hasta darle una forma que consideramos guarda ecos de los que solemos escuchar y decir. Pero es una construcción no una reproducción. Ese código escrito deviene luego discurso literario porque ¿cómo transformamos la lengua en lengua literaria? ¿tan solo escribiéndola? No lo creo. Porque escribimos y se escriben documentos, artículos científicos en revistas académicas, otros en revistas de espectáculos, afiches, noticia, entre otras formas discursivas.
     De modo que el poema o la poesía (mejor) es un discurso social que articula y desarticula la lengua. Estabiliza y desestabiliza la gramática, conformando una totalidad (cada poema) que a su vez es una entidad que cobra sentidos. Y he aquí el punto. El resto de los discursos sociales suelen caracterizarse por ser unívocos. Por tener un solo sentido. Por admitir un lectura por lo general bastante explícita, clara y nítida. Y solo una. El poema, en cambio, admite, permite y hasta contiene primordialmente, diría yo, lo que se ha dado en llamar “polisemia”. Es decir, la posibilidad de que un texto promueva muchas lecturas. Que un mismo texto admite muchos recorridos, muchos itinerarios. Un texto que pueda significar muchas cosas a la vez y que todas sean igualmente aceptables. El poema es un tipo de texto que despierta a los sentidos, además de despertar los sentidos.
     Un poema no se define solamente por su distribución tipográfica en versos en una carilla. Porque hay muy buena prosa poética (lo sabemos). De modo que su forma no responde tan solo a estar integrado por unidades sintagmáticas breves unas debajo de las otras, o conformando un conjunto distribuido de distintas maneras (pienso en Apollinaire, que realizaba forma circulares) hasta alcanzar una totalidad definitiva. El poema es poema porque la sintaxis que organiza cada uno de sus versos rompe con el uso de ese lenguaje instrumental al que ya me he referido. Desarma la forma convencional (esto es, según una convención, a eso me refiero) a partir de la cual construimos los géneros discursivos como la narración, la descripción, entre otros. Y la buena poesía rompe, naturalmente, con los estereotipos y clichés.
     Y luego llega esa inmensa variedad de registros, tonos, recursos, formas, figuras retóricas, a las que acuden los poetas (que incluso pueden variar mucho de libro a libro o bien tener distintas etapas en sus vidas) y que los va configurando como autores de una poética. Esa poética puede o no ser homogénea. Pero también ese dinamismo dará cuenta de varias cosas. En primer lugar de las tensiones en el seno de su poética. De aquello que lo inquieta que por dentro desde el plano de lo ideológico. Por otro lado, de si un poeta apuesta a la variedad de procedimientos y temas o bien apuesta a una coherencia persistente. Si persiste hasta sus últimas consecuencias en una misma dirección del trabajo poético. Si aspira a ir probando resultados diferentes a lo largo del tiempo o bien si se inclina por insistir en ciertos abordajes y ciertas aproximaciones al fenómeno poético que no someterá a variación. Si hay tentativas en distintas direcciones ligadas a búsquedas. Esto no habla ni bien ni mal de cada poeta, a mi modesto entender. Encontramos poetas que  cuentan en su corpus con etapas en las que apostaron a una cierta manera según la cual concibieron el acontecimiento poético. Y eso fue realizado con excelencia. Y los ha habido con producciones igualmente calificadas que han trabajado a partir de una única clase de procedimientos. En el medio, naturalmente, nos hallamos con todos los matices.
     Lo que sí resulta innegable es que el poema produce, como afirmaban los críticos literarios llamados formalistas rusos, una sensación de “extrañamiento”. El poeta trabaja su idioma de una determinada manera (y no de otras) que consiste en “enrarecer” su uso  cotidiano. El lenguaje poético se experimenta a partir de una percepción distinta de la del lenguaje habitual. Se lo siente como lenguaje prácticamente ajeno a la lengua de uno. Y esta sensación es lo que ciertos teóricos como Gilles Deleuze han definido en términos de que escribir literatura es “inventar una lengua extranjera dentro de una lengua”. Como si uno escuchara hablar a un extranjero pero (he aquí el punto) no en una lengua ajena sino en la propia. En la propia, enrarecida. Esta sensación desconcierta no menos que hasta en los otros casos puede angustiar, producir encantamiento, sugestión, sensualidad, emociones intensas vinculadas a diferentes órdenes de la percepción de la existencia de un sujeto. De modo tal que este es el punto en el que me gustaría poner el énfasis. “Inventar una lengua extranjera dentro de una lengua” tal como afirma Deleuze, es la premisa según la cual un gran poeta logra crear entonces otro universo significante con los significantes y significados de su lengua. Por el otro, atravesar por una experiencia estética según la cual desde lo sensorial (el sonido, la imagen, el ritmo, la puntuación, la cadencia…) hasta el orden de lo intelectual ingresa en una suerte de gran insurrección de los signos al punto de desmantelar y desfamiliarizar toda percepción acostumbrada. El poeta entonces es quien ha llegado para subvertir lo que estaba demasiado ordenado, demasiado mecanizado, demasiado articulado. Un poeta destruye mecanismo arraigados a fondo en la lengua. Incluso en la lengua literaria. Así, en estos términos, sus palabras se vuelven transgresoras, cuestionadoras del orden imperante. A tal punto que grandes poetas han llegado a cambiar puntos de vista y maneras de percibir el mundo que gozaban de una credulidad notable en muchas personas. Los han hecho revisar su concepción del mundo incluso. Este mérito del poema (porque en un gran poeta lo es) considero que viene a traer aires nuevos a una sociedad como la capitalista que se caracteriza por mercantilizarlo todo. Por constituirse en un espacio de intercambio de bienes (también simbólicos, no solo materiales) en el cual aspira hasta a hacer caer en su trampa al mismo poema. El poema debe escapar a esa trampa. No dejarse atrapar para no devenir forma alienada. Forma serial o forma repetida.
     El poeta, si es un verdadero poeta, es de desear no se deje conquistar por la fama fácil, la fatuidad y el narcisismo en el cual el sistema aspira a convertirlo también a él en una figura productora de bienes simbólicos incesante que pierda su capacidad de subvertir. Y a su poema en una figura completamente fuera de todo carácter combativo. Es de desear en un poeta de veras que, en cambio, persista, sin grandes gestos teatrales, en una posición de insubordinación. Una posición según la cual sus discursos, los que él produce, no se vuelvan también complacientes mercancías que dócilmente se pliegan tanto al mercado del libro como a la adulación de los medios o bien de la crítica sino que su poema esté en una constante ebullición. En efecto, la palabra debe de modo permanente ser para dejar de ser. Ser para perder. En un duelo en el que el poeta gane y pierda a la vez tanto lo que suele escribir, lo que ha escrito, como lo que va a escribir a continuación. Quiero decir: la escritura de un poeta no debería ser domesticada en el sentido de estilizarse en forma devenida estereotipo. Debe, por el contrario, luchar contra todo estereotipo. Luchar contra los lugares comunes que son los que primero se le suelen presentar a un escritor (varón o mujer) cuando se sientan a escribir, especialmente si no tienen aún demasiada experiencia. Debe estar atento a que su poesía no se congele en una forma estable sino que sea libro a libro, poema a poema cada vez más desafiante. Y también un poeta debe estar atento a que su creación no se profesionalice como si se tratara de un trabajo meramente burocrático sino un oficio artesanal, cuidadoso, reposado, complejo, en el que cada nuevo poema será un ejercicio de investigación. En efecto, la poesía no solo es escritura, creación, sino investigación creativa. Es un trabajo de innovación a partir, como dije de lo que se ha realizado previamente, pero a los efectos de no ser repetido. La idea es que se convierta en materia renovada. En materia textual que tanto desde la densidad del peso de las palabras. Desde la densidad de sus significados (punto crucial), desde la densidad de sus sonidos  y su musicalidad, su organización visual construya significados y sentidos nuevos. Esto es: una innovación incesante. Llamo “creación” a un objeto estético que ha nacido de modo inédito pero no solo espontánea (a menos que hablemos de un genio). Sino de una materia poética que ha sido trabajada en profundidad y hasta sus últimas consecuencias. Que no existía y ahora sí pero también que existe de un cierto modo y no de otro. Esto es: existe como un material irrepetible, irreemplazable y, por último, un material que induce en el lector (varón o mujer) un efecto determinado. Ese efecto ha sido debidamente calculado por el autor a su debido tiempo. Durante el meditado proceso de génesis. Cada autor deberá tener en cuenta a la hora de trazar la arquitectura de su poema no solo el efecto de recepción que producirá (porque construirá un lector ideal determinado, más o menos exigente según los casos, como afirma Wolfgang Iser) sino también tendrá que tener en cuenta, si es un poeta culto y responsable, la relación que ese poema establece con la tradición. Esto es: con la poesía que le precedió. Un poeta debe (e insisto en este punto) conocer todo lo posible, todo lo que esté  a su alcance de la poesía que le ha precedido y también (si le es posible) de la que se está escribiendo en su presente histórico. Ese poeta, entonces, construirá una poética que entablará lazos, grietas, vínculos, con otros textos anteriores. Dialogará con los contemporáneos. Esos coloquios que establezca resultan cruciales porque también lo inscribirán a él en una determinada tradición (y no en otra u otras) que es desear sea la que él ha elegido o la que más se parezca a la que él ha elegido. Luego habrá, naturalmente, zonas de tradición que existen, con la que nuestra poesía entra en conjunción o disyunción, ignorándolo nosotros. Pero eso está por fuera de nuestros saberes y nuestro alcance. Por fuera de nuestro hacer. Y, sobre todo, por fuera de nuestro reconocer.
     El poema entonces es un dispositivo que nos extraña respecto del uso instrumental de la lengua según su uso habitual en virtud de su composición. Es un dispositivo que articula y desarticula la misma lengua conformando una determinada poética. Y, finalmente, establece una infinita conversación implícita y explícita con un pasado literario del cual solo conocemos una parte. Corresponderá a lectores y, sobre todo, a ciertos críticos, si consideran que nuestra poesía vale la pena ser interpelada, detectar esa zona prácticamente indiscernible según la cual nuestro poema bajo la forma de una genealogía se desprende de esas grandes figuras paradigmáticas y ejemplares. De las cuales todo tenemos para aprender. Entre otras cosas la humildad que nos debe inspirar su genialidad.


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970)
Doctor en Letras. Poeta, narrador y ensayista
Fotos: Jmp. Archivo de la talita dorada

lunes, 21 de mayo de 2018

César Vallejo, El primer sacudimiento creador



ESTADO DE LA LITERATURA ESPAÑOLA


          La juventud literaria de España y América carece en estos momentos de maestros. Ni Unamuno, el más fuerte de los viejos escritores, logra inspirar una dirección a los muchachos. Ningún joven le ama hasta erigirle en mentor. ¿Dónde se ha invocado siquiera una palabra de Unamuno, como pauta de generación? ¿Dónde están los dos apóstoles de Unamuno? ¿Dónde está ese Estado Mayor, que vea en él al orientador? Cuando habla, se le aplaude; cuando grita o blasfema o va a la cárcel, se le aclama y se le hecha flores, pero no suscita el hombre o los hombres que, bajo su contagio de iluminado, embracen todo el peso, toda la responsabilidad del porvenir. La propia admiración y entusiasmo que Unamuno despierta en la generalidad de las gentes, prueba su mediocridad. En cuanto a Ortega Gasset, creo no me equivoco si le niego el más mínimo adarme de maestro. Ortega Gasset, cuya mentalidad mal germanizada se arrastra constantemente por terrenos de mera literatura, es apenas un elefante blanco en docencia creatriz. En América hispana la falta de maestros es mayor.

     Ciertos hechos de feria y de guiñol, ocurridos últimamente entre Chocano, Lugones y Vasconcelos, demuestran palmariamente que nuestros mayores pretenden inspirarse ¡a estas horas! en remotos y fenecidos resortes de cultura. Unos, movidos por un neopuritanismo, con asomos de indudable tartufismo y otros, agitados de un nietzchieismo bastardo y en bruto y no primitivo, ―que es otra cosa― todos esos actores de idealismo van, cada cual por su vía, tras de métodos advenedizos, aparte de ser gastados y estériles. Además, nadie allá sabe lo que quiere, adonde va ni por donde va. Los más son unos magníficos arribistas. Los otros, unos inconscientes. En cada una de esas máscaras está pintado el egoísta, amarillo de codicia, de momia o de vesánico fanatismo.

          Los demás escritores de España y América se quedan en la novela naturalista, en el estilo castizo, en el verso rubendariano y en el teatro realista. Es curioso advertir que aún dentro de estas orientaciones de cliché, ninguno de esos escritores seduce a la juventud ni le señala un rumbo siquiera sólo fuese literario.

          En medio de esta falencia de comando espiritual, los nuevos escritores de lengua española no dejan mostrar su cólera contra un pasado vacío, al cual se vuelven en vano para orientarse. Tal cólera aparece en los más dotados, que casi nunca son los más espectaculares. Reniegan de sus mayores y otras veces los niegan de raíz.

     De la generación que nos precede no tenemos, pues, nada que esperar. Ella es un fracaso para nosotros y para todos los tiempos. Si nuestra generación logra abrirse un camino, su obra aplastará a la anterior. Entonces, la historia de la literatura española saltará sobre los últimos treinta años, como sobre un abismo. Rubén Darío elevará su gran voz inmortal desde la orilla opuesta y de esta otra, la juventud sabrá lo que ha de responder.

          Declaramos vacantes todos los rangos directores de España y de América. La juventud sin maestros, está sola ante un presente ruinoso y ante un futuro asaz incierto. Nuestra jornada será, por eso, difícil y heroica en sumo grado.

          Que esa cólera de los mozos, manifestada de hora en hora, por los más fuertes y puros vanguardistas, se convierta cuanto antes en el primer sacudimiento creador.


De revista Favorables París Poema, número 1, París, julio de 1926. Directores: César Vallejo y Juan Larrea. Facsímil en Vanguardistas en su tinta (Documentos de la Vanguardia en América Latina), Corregidor, Buenos Aires, 2008.
César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 16 de marzo de 1892 – París, Francia, 15 de abril de 1938). Foto: Jmp

miércoles, 2 de agosto de 2017

John Berger, El viento se levantó en la noche, y lejos llevó nuestros planes



DIEZ COMUNICADOS ACERCA DE LA ENTEREZA ANTE LOS MUROS
(octubre de 2004)

1
     Dice un proverbio chino: “El viento se levantó en la noche, y lejos llevó nuestros planes”.

2
     Los pobres no tienen residencia. Tienen hogares porque recuerdan a las madres o a los abuelos o a la tía que los crió. Una residencia es una fortaleza, no un relato; mantiene a los salvajes a raya. Una residencia requiere muros. Casi todos los pobres sueñan con una pequeña residencia. Es como soñar un descanso. No importa cuán enorme sea la congestión, los pobres viven en lo abierto donde improvisan lugares para sí mismos, no residencias. Estos lugares son tan protagonistas como sus ocupantes; tienen vidas propias que vivir y no esperan, como las residencias, la llegada de otros. Los pobres viven con el viento, con la humedad, con el volátil polvo, con el silencio y el ruido intolerable (a veces con ambos: sí, eso es posible), con hormigas, con animales grandes, con olores que vienen de la tierra, con ratas, humo, lluvia, vibraciones de otras partes, rumores; con la caída de la noche, y unos con otros. Entre los habitantes y estas presencias no hay líneas divisorias claras. Confundidos inextricablemente, juntos forman la vida del lugar.
     “Caía el crepúsculo; el cielo envuelto en una fresca niebla gris empezaba a cerrarse en lo oscuro; y el viento, después de pasar el día haciendo crujir el rastrojo y los arbustos desnudos, muertos en preparación del invierno, ahora se posaba en las partes bajas, quietas, de la tierra…”.
     Colectivamente, los pobres son inasibles. No sólo son la mayoría del planeta, están por donde quiera y el suceso más diminuto habla de ellos. Es por esto que la actividad esencial de los ricos de hoy es construir muros -paredes de concreto, vigilancia electrónica, barreras de misiles, campos minados, controles fronterizos y opacas pantallas mediáticas.

3
     En la vida de los pobres casi todo son penurias, interrumpidas por momentos de iluminación. Cada vida tiene su propia propensión a iluminarse y no hay dos iguales. (El conformismo es un hábito que cultivan los acomodados.) Los momentos de iluminación arriban por medio de la ternura y el amor -el consuelo de ser reconocidos, necesitados y abrazados por ser lo que repentinamente uno es. A otros momentos los ilumina la intuición, pese a todo, de que la especie humana sirve para algo.
     “Nazar, dime cualquier cosa -algo que sea más importante que lo demás".
     Aidym bajó el tamaño de la mecha en la lámpara para usar menos parafina. Comprendió que, ya que en la vida había algo más importante que lo demás, era esencial cuidar de todos los bienes que existieran.
     ''No conozco eso que realmente importa, Aidym", dijo Chagataev. ''No lo he pensado, nunca tengo tiempo. Pero si ambos nacimos, debe haber algo en nosotros que de verdad importa."
     Aidym coincidió: ''Es poco lo que importa... y mucho que no".
     Aidym preparó la cena. Sacó pan plano de un costal, lo embarró con manteca de cordero y lo partió a la mitad. Le dio a Chagataev la mitad más grande y se quedó con la chica. En silencio masticaron su comida a la débil luz de la lámpara. En el Ust-Yurt y en el desierto, todo estaba quieto, incierto y oscuro.”

4
     En las vidas donde casi todo son penurias penetra de tiempo en tiempo la desesperanza. Esta es la emoción que acomete tras sentir una traición: al derrumbarse la posibilidad erguida contra toda probabilidad (algo todavía lejos de ser una promesa) la desesperanza inunda el espacio del alma que antes ocupaba el confiar. La desesperanza nada tiene que ver con el nihilismo.
     En su sentido contemporáneo, el nihilismo es negarse a creer en cualquier escala de prioridades más allá de la búsqueda de ganancias; es considerar que ésta es el fin último de toda actividad social, de tal modo que, precisamente: todo tiene precio. El nihilismo es la forma más actual de la cobardía humana, la resignación ante el alegato de que el precio lo es todo. No es frecuente que los pobres sucumban ante esta cobardía.
     “Comenzó a compadecer su cuerpo y sus huesos; su madre los había juntado para él a partir de la pobreza de su propia carne -no por amor o pasión, tampoco por placer, sino a causa de las más cotidianas necesidades. Se sintió como si le perteneciera a otros, como si fuera la última posesión de aquellos que no tenían ninguna. Sintió estar a punto de ser despilfarrado sin propósito, y lo acometió la más grande y vital furia de su vida.”
     Una nota explicando estas citas. Provienen de los relatos del gran escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951), quien escribió acerca de la pobreza durante la guerra civil y luego durante la colectivización forzada de la agricultura soviética a principios de los años 30. Lo que hizo de esta pobreza algo diferente de las anteriores, fue que su desolación traía consigo muchas esperanzas rotas. Era una pobreza que rodaba por el suelo extenuada, se levantaba, se tambaleaba, proseguía por entre los fragmentos de las promesas traicionadas y las palabras aplastadas. Platónov usó con frecuencia el término dushevny bednyak que significa, literalmente, pobres almas: aquellos a quienes les habían arrancado todo, de tal suerte que era inmenso su vacío interior. En esa inmensidad sólo quedaba su alma -es decir su capacidad de sentir y aguantar. Pero sin sumarle penurias a lo vivido, los textos de Platonov salvaban algo. ''De nuestra fealdad surgirá el corazón del mundo", escribió a principios de los años veinte. Los textos de Platónov salvaban algo sin sumarle penurias a lo vivido.
     El mundo de hoy sufre otra forma moderna de la pobreza. No es necesario citar datos. Se conocen ampliamente y repetirlos una vez más sólo levanta otro muro, de estadísticas. Más de la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios. Las culturas locales, con sus remedios -físicos y espirituales- para algunas de las aflicciones de la vida, son sistemáticamente destruidas y atacadas. La nueva tecnología y los medios de comunicación, la economía de libre mercado, la abundancia productiva, la democracia parlamentaria, no están cumpliendo, por lo menos en lo concerniente a los pobres, con ninguna de sus promesas, más allá del suministro de ciertos bienes de consumo baratos, que los pobres pueden comprar cuando roban.
     Platónov entendió la pobreza moderna más profundamente que ningún narrador con quien me haya topado.

5
     El secreto del impulso narrativo de los pobres yace en la convicción de que contar historias permite que se escuchen en algún otro lugar donde alguien, o tal vez una legión de personas, entiendan mejor que el narrador o los protagonistas lo que la vida significa. Los poderosos no pueden contar historias: un alarde es lo opuesto a un relato. Cualquier historia, por afable que sea, tiene que ser valiente, y los poderosos de hoy viven con nerviosismo.
     Una narración remite la vida a un juez alternativo o más concluyente, que está lejos. Tal vez ese juez se sitúe en el futuro, o en un pasado pendiente, o quizá en otro lugar, tras de la loma, donde el sino del día cambió (los pobres tienen que referirse con frecuencia a la buena o mala suerte) y donde los últimos son ya los primeros.
     El tiempo de los relatos (el tiempo dentro de la narración) no es lineal. Los vivos y los muertos se reúnen como oyentes y jueces dentro de este tiempo: mientras más hagan sentir su presencia ahí, lo narrado se vuelve más íntimo para quien escucha. Los relatos son una manera de compartir la convicción de que la justicia es inminente. Apelando a tal convicción, los niños, las mujeres y los hombres lucharán con ferocidad sorprendente llegado el momento. Es por eso que los tiranos temen el acto de narrar: de alguna manera, todas las historias aluden a la historia de su caída.
     “Adondequiera que iba, bastaba que prometiera contar alguna historia, y la gente le permitía quedarse por la noche: un relato es más fuerte que un zar. Pero ocurría algo: si comenzaba a contar historias antes de la cena, nadie sentía hambre y no le daban de comer. Por eso, primero que nada, el viejo soldado pedía un tazón de sopa.”

6
     Las peores crueldades de la vida son sus injusticias asesinas. Casi todas las promesas están rotas. La aceptación que muestran los pobres ante la adversidad no es ni pasiva ni resignada. Es una aceptación que atisba tras la adversidad y descubre algo innombrable. No es una promesa, porque (casi todas) las promesas se rompen; es más bien una especie de corchete, de paréntesis en el flujo irremisible de la historia. La suma total de estos paréntesis es la eternidad.
     Esto puede plantearse desde otro lado: en esta tierra no existe la felicidad sin anhelo de justicia.
     La felicidad no es una búsqueda, uno se topa con ella, es un encuentro. Casi todos los encuentros, sin embargo, tienen una secuela; ésta es su promesa. El encuentro con la felicidad no tiene secuela. Todo está ahí, al instante. La felicidad perfora las penurias.
     “Pensábamos que no había nada más en este mundo, que todo había desaparecido hace mucho. Y si fuéramos los últimos, ¿para qué seguir viviendo?
     Fuimos a ver, dijo Allah. ¿Había alguna otra persona por ahí? Queríamos saber.
     Chagataev los comprendió y preguntó si esto significaba que estaban convencidos de la vida y que ya no insistirían en morir.
     Morirse no tiene caso, dijo Cherkezov. Morir una vez, bueno, puede uno pensar que es útil y necesario. Pero morir sólo una vez no te hace entender tu propia felicidad -y nadie tiene la oportunidad de morir dos veces. Así que morir no te lleva a ningún lado.”

7
     “Mientras los ricos bebían té y comían cordero, los pobres estaban a la espera de algún calorcito, y de que las plantas crecieran.
     La diferencia entre las estaciones del año, la diferencia entre el día y la noche, el sol y la lluvia, son vitales. Es turbulento el flujo del tiempo. La turbulencia hace que los tiempos de vida se acorten -de hecho y subjetivamente. La duración es breve. Nada se prolonga. Esto es una plegaria, pero también un lamento.
     La madre lamentaba haber muerto y haber forzado a sus hijos a llorar por ella; si hubiera podido, habría seguido viviendo por siempre para que nadie sufriera por su causa, para que nadie desgastara, por su culpa, el corazón y el cuerpo que ella les diera al nacer... pero la madre no había podido aguantar la vida por mucho tiempo.”
     La muerte ocurre cuando la vida no tiene ya un solo jirón que defender.

8
     “…era como si estuviera sola en el mundo, liberada de la felicidad y el sufrimiento, y quiso bailar un poco, de inmediato, y oír música, y tomarse de la mano con otras personas...”.
     Los pobres están acostumbrados a vivir en proximidad cercana unos con otros, y esto crea su propio sentido espacial; el espacio no es tanto un vacío sino un intercambio. Cuando la gente vive apiñada, cualquier acción que alguien emprenda tiene repercusiones sobre los demás. Repercusiones físicas inmediatas. Todos los niños aprenden esto.
     Hay entonces una incesante negociación espacial que puede ser cruel o considerada, conciliadora o dominante, espontánea o calculada, pero que reconoce que un intercambio no es algo abstracto sino un acomodo físico. Sus elaborados signos o gestos de lenguaje son una expresión de ese compartir físico. Fuera de los muros colaborar es tan natural como luchar; las bribonadas son frecuentes, pero la intriga, que implica tomar distancia, es algo raro.
     La palabra privado tiene una resonancia totalmente diferente de ambos lados del muro. De un lado denota propiedad; del otro, reconocer la necesidad temporal de alguien, de que lo dejen a solas por un rato. Dentro de los muros todo sitio es rentable -cada metro cuadrado cuenta. Fuera, como todo lugar corre el riesgo de volverse ruina, vale cualquier rincón de refugio.
     El espacio de las opciones es también limitado. Los pobres escogen tanto como los ricos, tal vez más porque cada decisión es más tajante. No existen catálogos de colores que ofrezcan alternativas entre 170 matices diferentes. La opción está cerrada entre esto o aquello. Con frecuencia esto se hace vehementemente, porque entraña la negación de lo que no se escogió. Cada decisión es muy cercana al sacrificio. Y la suma de decisiones es el destino de una persona.

9
     De aquel lado de los muros no se otorgan seguros, no se dan garantías, sin desarrollo (la palabra se escribe con D mayúscula, como artículo de fe, muros adentro) no hay seguridad. No existe un futuro abierto ni asegurado. El futuro no se aguarda. Y no obstante, hay continuidad; cada generación se vincula con otra. Es por eso que hay un respeto hacia la edad de las personas, pues los viejos son la prueba de esta continuidad -o incluso la demostración de que hubo un tiempo, hace mucho, en que existía el futuro. Los niños son el futuro. El futuro es la lucha incesante por ver que tengan suficiente para comer y la posibilidad azarosa de aprender, con la educación, algo que los padres nunca aprendieron.
     “Cuando terminaron de hablar, extendieron sus brazos mutuamente. Quisieron ser felices de inmediato, ahora, sin esperar a que su futuro y celoso trabajo les trajera una felicidad general o personal. El corazón no admite demoras, enferma, como si no fuera posible creer en nada.”
     Aquí, el único regalo del futuro es el deseo. El futuro induce el brote del deseo en sí mismo. Los jóvenes son más flagrantes en su juventud que dentro de los muros. Este regalo es como un don de la naturaleza en toda su urgencia y suprema reafirmación. Las leyes de la comunidad y de lo religioso siguen vigentes. De hecho, en medio del caos, más aparente que real, estas leyes se vuelven reales. Y con todo, el silencioso deseo de procreación es incontrovertible y avasallador. Es el mismo deseo que buscará comida para los niños y luego buscará, tarde o temprano (mientras más pronto, menor) el consuelo de fornicar de nuevo. Este es el regalo del futuro.

10
     Las multitudes tienen respuestas a preguntas que nadie ha formulado aún, y la capacidad de sobrevivir a los muros.
     Las preguntas aún no se han planteado porque hacerlo requiere palabras y conceptos que resuenen con la verdad, y los que se utilizan actualmente han quedado vacíos: Democracia, Libertad, Productividad, etcétera.
     Con nuevos conceptos pronto se propondrán las preguntas, porque la historia entraña precisamente un proceso de cuestionamiento. ¿Pronto? En el lapso de una generación.
     Entretanto, las respuestas abundan en los múltiples ingenios de las multitudes para ir tirando, en su rechazo a las fronteras, en su búsqueda de agujeros en los muros, en su adoración por los niños, en su premura cuando es necesario ser mártires, en su creencia de una continuidad, en su reconocimiento recurrente de que los dones de la vida son pequeños y no tienen precio.
     Esta noche, sigan con un dedo la línea de su pelo (de ella, o de él) antes de dormir.


En: Con la esperanza entre los dientes, Alfaguara, 2011. Traducción de Ramón Vera Herrera. Todo lo encomillado es de Soul, y otros textos de Andréi Platónov.
John Berger (Londres, Inglaterra,  5 de noviembre de1926 – París, Francia, 2 de enero de 2017). Foto: Jmp

domingo, 4 de noviembre de 2012

Miriam Cairo, la poesía será inútil pero no cobarde



LA POESÍA SERÁ INÚTIL PERO NO COBARDE

La poesía no te da de comer, no asfalta las calles, no paga el boleto de colectivo. Con un verso no abonás los impuestos. Un poema escrito en una hoja de papel no sirve para abrigarte en las noches de invierno. La metáfora no entra en el mercado cambiario. Nadie pensaría en hacerle un cepo a la metáfora. Es más, la poesía ni siquiera nos salva de los preconceptos. Cualquiera que quisiera escuchar poesía, por ejemplo, iría a los grandes salones de la zona céntrica de las grandes o pequeñas ciudades, o bien, a los tugurios y fumaderos de la poesía under, también ubicados en las mismas zonas céntricas de las mismas grandes o pequeñas ciudades. Sin embargo, la poesía es un animal difícil de dominar. Un bicho escurridizo. Un perro sin dueño. En ocasiones, no he encontrado poesía en los lugares donde se suponía debía estar, y sin embargo, ella apareció en el patio trasero de las grandes o pequeñas ciudades, de la mano de poetas insospechados:

Gabriel tiene 15 años, fracasó en una escuela del centro y volvió a la del barrio. Puede escribir estos versos: "La mano/ distraída/ juega con mi dolor".

*
Nico, del mismo barrio y de la misma edad, dice: "El pánico/ dulcemente/ llena de gritos/ las rosas".

*
Marcos tiene diecisiete años. No encuentra un espacio para él en el aula. Prefiere leer a escribir. Le gustan los poemas de León Felipe y Atahualpa.

*
Matías, vecino de Gabriel, por su parte, escribe: "El vino es/ la sangre indefensa/ que beben/ fácil".

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Franco, "Ananá" para los amigos, dice: "Los pechos/ caían/ pensándose hacia el mar".

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Mailén hacía dos meses que no venía a la escuela. Ahora ha vuelto con los ojos delineados, el cabello renovado con mechas de colores, y sin ningún deseo de enterarse sobre nada que no sea "esos cuentos raros" que leíamos. Su fuerte es la lectura en voz alta.

*
Tami, la risueña, es modelo y escribe: "Los versos/ indefensos/ comienzan a extrañarte".

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Nilce, 15 años, poetisa de extensa producción y compañera generosa, es capaz de decir cosas como éstas: "La oscuridad del universo/ regresa/ a gran velocidad/ desde la luna".

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Roberto, 17 años, no tiene carpeta porque dice que todo le queda en la cabeza. Es verdad. Sólo vino un par de meses a la escuela y todo lo que leemos ahora lo relaciona con los bestiarios de Arreola, leídos por entonces. Es un gran narrador oral.

*
Angel va a la escuela porque lo obligan. Tal vez este año pueda pasar a cuarto, mientras tanto escribe versos como éstos: "Desearía que fueras/ como una estrella/ hermosa/ brillante/ perfecta".

*
Lucila es la niña más silenciosa que conozco, y he descubierto que desde su silencio pueden salir versos inquietantes: "Alguien/ ha dejado diamantes/ en el infierno".

*
Alberto, presidente del centro de estudiantes, es el vocero de la escuela y dice: "El mar/ se perdía/ en la torturada noche".

*
Marquitos sueña con ser ingeniero, pero eso no lo priva de soltar el pulso poético: "Las voces/ oscuras/ apagan la noche".
*
Martín dice de sí mismo que es un matemático natural (su profesora de matemáticas no opina lo mismo), sin embargo nadie lo iguala a la hora de inventar historias de terror.

*
Elda escribe acrósticos y cuentos de amor.

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Dana quisiera que lo único que hiciéramos en el aula fuera leer a Silvina Ocampo. Yo también, por eso la consiento a menudo.

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Mariana escribe cuentos. Tamara escribe cartas de amor. Estefanía tuvo un bebé y escribe relatos de aventuras.

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Miqueas espera un trasplante de riñón y se inspira con los cuentos de Silvina. Su último relato se titula "Pez puñal".

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Carlos escribió un cuento sobre un niño triste que luego encontró un amigo y ya no estuvo solo.

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Nahuel vive bastante lejos de la escuela, cuando llueve se le complica llegar porque en las calles de los barrios no hay asfalto. Su último relato se titula "Cuento con muñeco".

Como vemos, la poesía será inútil pero no cobarde. No dará de comer, pero propaga belleza. No pagará el boleto de colectivo, pero transporta a lugares a los que ninguna nave espacial, transatlántico o colectivo llegará jamás. La poesía no tendrá la facultad de abrigarnos en invierno pero nos enciende una llama.

Es cierto que en el mundo hace más falta un plomero, un carpintero, una enfermera, una taxidermista que un poeta. Pero, ¿qué sería del mundo sin poesía? Más aún, ¿qué sería de la poesía sin estos chispazos de vitalidad?


Miriam Cairo (San Nicolás, provincia de Buenos Aires, 21 de diciembre del 1962).
Foto: MC en FB.

domingo, 22 de abril de 2012

Rodolfo Alonso – Historia de Juan Antonio Vasco



HISTORIA DE VASCO


Es con profunda, tocante emoción que recibo la anhelada y bienvenida noticia de que Ediciones En Danza, de Buenos Aires, va a lanzar finalmente en 2012 la poesía completa de Juan Antonio Vasco (1924-1984). No sólo porque, como les consta a su mujer y a sus dos hijas, hace ya mucho tiempo que aquí y allá, donde y cada vez que pude, venía insistiendo en la imperiosa necesidad de hacerlo. Sino también porque, en todos los ámbitos de nuestra lengua, pero sobre todo en aquellos donde se produjo y donde se incluye: Argentina y Venezuela, la palabra vivaz y honda, vivificante y tañedora de este gran poeta latinoamericano, precisamente hoy debía volver a preñar el castellano con su timbre tan legítimo, con su tonada en que confluyen resonando el Plata y el Caribe.

Ya me había resultado particularmente alucinante tener que enfrentarme por escrito, en aquel panorama antológico de Juan Antonio Vasco que fue titulado como uno de sus mejores poemas: Déjame pasar (Último Reino, Buenos Aires, 1988), con el amigo ya muerto que sin embargo sigue viviendo, hablando, mirándome y gesticulando desde nuestra propia memoria, literalmente desde su imagen todavía activa y movediza, indeleblemente grabada en el fondo de nuestras retinas.

            Extraño fue entonces para mí toparme hecho lectura a un Juan Antonio Vasco que dentro mío conservo tan vivo y fresco como cuando lo conocí, apenas poco tiempo antes de su primera larga estadía en Venezuela, o cuando volvió de allí, unos diez años después, antes de comenzar a caer postrado en su trágico lecho de enfermo, donde lo esperaba otro largo viaje, quizás hacia sí mismo. Era unos diez años mayor que yo, pero esa distancia no existía en mi trato con él, a la vez exigente y fraternal. Al envío de mi cuarto librito, allá por 1959, respondió con unas líneas donde adoctrinaba amistosamente algo así como: “Desmelénate, chico. A ver qué barro arrastras”. Es que ya había dejado Chascomús y tomado contacto con el surrealismo porteño. Pero esas palabras suyas, a la vez toda una estética (y también toda una ética), nos testimonian y nos adelantan que su sincera adhesión a los postulados de André Breton y sus amigos no era en absoluto, de ningún modo, apenas intelectual.

            El choque de aquella imagen íntima, privada, con el redescubrimiento que supuso entonces aquella antología preparada por Ricardo Herrera, fue capaz de producirme ciertas reverberaciones que quizá superaban, intuyo, el caso particular. Porque la palabra escrita, la palabra poética (y muy especialmente esta palabra), no es por supuesto meramente el reflejo, digamos especular, de una personalidad. No es, apenas, un instrumento, y mucho menos un utensilio. Aun para quien no acepte que el lenguaje tenga una vida propia, y se niegue entonces a imaginar que podamos ser nosotros su instrumento y no sólo a la inversa, difícil será negarse a la evidencia de aquello a lo que tan bien aludió el límpido Pedro Salinas: que el lenguaje tira de uno.
 
Y ya que estamos hablando de surrealistas, recordemos que la ortodoxia de ese movimiento quiso liberarse de los imperativos de la razón e imaginó –Breton dixit un “automatismo psíquico puro” que permitiría la libre expresión del inconsciente. Pues bien, tal automatismo entonces considerado archi-revolucionario, a mi modesto entender no deja de seguir considerando al lenguaje como un instrumento, en este caso del inconsciente en lugar de la razón. Pero, a la vez, también resulta llamativo que, en una literatura como la argentina, donde prácticamente no ha tenido asidero el llamado “realismo mágico”, haya sido de los integrantes del pequeño grupo filosurrealista de donde surgieron voces tan hondamente, tan íntegramente latinoamericanas como las de Enrique Molina, Francisco Madariaga o Juan Antonio Vasco. Así como no es menos llamativo que, en todos ellos, cada cual a su modo, el esplendor de los paisajes soñados o entrevistos se haga uno, se haga carne en el esplendor de los lenguajes, orgánicamente espontáneos y, sobre todo para el caso de Vasco, sabiamente, sagazmente populares, en el mejor sentido.

            Aquella selección de 1988, que creyó conveniente dividir su contenido entre poemas, cuentos, ensayos y traducciones (coincido en que no he leído mejor traducción castellana de Gottfried Benn), además de su loable intento (que recién ahora se va a cumplir en plenitud) de poner en circulación la personalidad de un poeta absolutamente singular y a la vez también significativo como vimos de ciertas actitudes más generales, ostentó asimismo otros méritos. Que comenzaban directamente por Historia de Vasco, título homónimo de aquel drama del luminoso Georges Schehadé que tan bien le sirvió allí a Herrera, en un lúcido hallazgo, (y me sirve ahora a mí) para denominar igualmente a su atinada introducción. En la que seguía en gran medida el itinerario vital de nuestro poeta: su infancia de huérfano a quien llevan a vivir al campo, su adolescencia en Chascomús, el encuentro con los surrealistas porteños, los diez largos años en Venezuela, esa larga y lenta agonía de su maldita enfermedad (sobrellevada con tanta entereza, con tanto valor, realmente ejemplares).

            Algunas claves se acentúan cuado vuelvo a leerlo: en primer lugar, la honestidad absoluta –doy fe--, la absoluta inocencia con que Vasco vivió y nunca trató de ocultar sus contradicciones (esas contradicciones que alguna vez comparé con señales de estar vivo), principalmente entre las antónimas poesía y publicidad, sin duda como agua y aceite para quien adhiriera al ideario surrealista que, bien sabemos, no era revolucionario apenas en literatura, y el ejercicio de altos cargos directivos en una desmedida multinacional. Pero también, y de un modo cabalmente relevante, su fidelidad, su pasión, su entrega a esa dicha del lenguaje que la poesía es según Wallace Stevens (su hermano también en contradicciones similares). Si Vasco inicia su producción en forma magistral a través de las formas clásicas castellanas, y aunque después tomara caminos bien opuestos, también es verdad que nunca las despreció, especialmente en el sentido de que él sabía que no debían considerarse una finalidad, sino un medio. Uno de los instrumentos posibles para ese verdadero fin que es el lenguaje, el genio de la lengua que tanto le conmovió a él mismo descubrir vivo y contagioso en su itinerario latinoamericano, y sobre todo en su contacto tan fraternal con el pueblo venezolano.

            Si hoy puedo continuar afirmando que, especialmente su imborrable Hay que pagar, pero también su sintomático Prohibido pasar, me siguen pareciendo absolutamente  imprescindibles cuando se quiera hacer una muestra certera de la poesía latinoamericana contemporánea, bien sabemos que ello no es así tan sólo por sus evidentes, inclusive sonoros hallazgos verbales, por sus peculiares logros digamos estilísticos (que los tiene, y muchos), sino también por la forma en que, al hacerlo, allí quedan encarnados asimismo de manera inefable, indiscernible, su denuncia del hambre y la injusticia que soportaron y aún soportan tantos humildes de estas tierras, aquella otra idea de la poesía que “se hace negación de la iniquidad” que enarbolara nada menos que Baudelaire. Belleza que es verdad, y también viceversa, la palabra de Juan Antonio Vasco no seduce, enuncia; no propone, no discurre: evidencia. Como la indeleble “rosa de fuego” que él supo entrever y enaltecer también en don Antonio Machado, el fuego de su verdad y el fuego de su belleza vivirán hechos uno en el poema logrado, seguirán viviendo en otros, en quienes sean dignos de ellos.



Juan Antonio Vasco (Buenos Aires, 1924-1984).

Rodolfo Alonso (Buenos Aires, 1934). Poeta, traductor, ensayista.
Foto: JAV, archivo Carmen y Clara Vasco.

lunes, 19 de marzo de 2012

Roberto Malatesta – Centralizado



CLICKS MODERNOS O LA CALAMIDAD DEL CENTRALIZADO

A inicios del siglo XX Guillaume Apollinaire deslumbró al mundo poético con sus caligramas, e hizo que las palabras llovieran para formar la lluvia o danzaran como una fuente entre distintas formas representadas. Hubo otros intentos vanguardistas que combinaron las formas externas, diseño de letras, (también utilizados por Apollinaire) espacios que indicaban silencios. Cada intento acaparó la atención del momento para disiparse luego quedando quizás, entre las formas más logradas, las del citado poeta francés.

El mundo pasó de la piedra al papel, del lápiz a la máquina de escribir, hasta llegar a la PC, tan útil como inquietante, con sus particularidades para organizar el trabajo y corregir errores de ortografías que hubiesen maravillado a Vélez Sarsfield, pero entre su parafernalia técnica está el famoso Word, como mayor exponente entre los llamados procesadores de texto y una posibilidad insospechadamente peligrosa: el centralizado.

Tratándose de la poesía de hoy y admitiendo que el verso libre es el que mayor atención ocupa, considerando que este forma, más ardua que las formas cerradas según Borges, exige cierta técnica, cierta atención a la respiración, cierto obligación para el oído, qué tenemos entonces si esta exposición en la página que nos permitirá llevarla del silencio a la voz (todo poema que se precie debe ser leído en voz alta, también nos decía Borges) es expuesta en verso centralizado. Posiblemente una gran confusión, ya que el mismo nos está mostrando una prolija imagen, un dibujito lindo, pero probablemente nada más.

He observado que la mayoría de los poemas expuestos en verso centralizado no son leídos tal como son volcados a la página, paso a un ejemplo: el poema dibuja su hermosa paloma de palabras y uno de los versos es: “de”, el que le sigue tiene no menos de dieciséis sonidos, es obvio que al leerlo su autor incorpora el “de” al verso posterior, o al verso anterior, de esta forma la lectura no se corresponde a lo escrito, el corte de verso pierde absolutamente el sentido, podemos decirlo de otra forma: la distribución en la página es falsa. Además uno se pregunta escribiendo desde el margen izquierdo ¿a quién se le ocurriría escribir un verso como: “de”?; es decir, sólo su ubicación dentro del dibujito del centralizado lo salva, a medias, de la catástrofe. De esta forma se advierte que, mayormente, no se trata de una escritura natural, versos que nacen del margen izquierdo y luego son sometidos a la operación que mecánicamente desarrolla el ordenador de textos, sino que ya al escribir, quizás directamente sobre la PC, se presupone que el resultado será el verso centralizado perdiendo, de esta forma, toda significación el tamaño y el corte de los versos, o bien, un poema que quizás fue escrito con coherencia rítmica, al centralizarse, su dibujo no conforma y se introducen cambios para mejorarlo, al dibujo, claro está, nunca al poema.


Otra observación que hacer, la costumbre se ha extendido como una marea, sino como un tsunami, y hay publicaciones que impiadosamente transforman todo lo que tocan en verso centralizado, y el pobre y esforzado poeta, que quién sabe cuantas disquisiciones debió atravesar para que su poema sea digno de un sonido, de pronto, encuentra su trabajo convertido en un nido de loros.

Con respecto al corte de verso, y a todo el verso libre en general, hay un trabajo muy completo realizado por la poeta y catedrática norteamericana Denise Levertov, existe una traducción al castellano del mismo hecha por Patricia Gola,(1), entre los ejemplos, obviamente los poemas están en Inglés, se encuentran estos versos de su compatriota William Carlos Williams:

“They taste good to her.
They taste good
to her. They taste
good to her.

Nos dice Levertov: “Primero se construye la afirmación; luego la palabra good es (sin el énfasis torpe y exagerado que daría un cambio de tipografía) trasladada, por un instante, al centro de nuestra (y su) atención; luego se le da a la palabra taste una prominencia momentánea similar, con good sonando en una nueva nota, reafirmada –de modo tal que tenemos primero el reconocimiento general de la satisfacción, luego la intensificación de esa sensación, más tarde su voluptuosa localización en el sentido del gusto. Y todo esto es presentado por medio de los tonos indicados, es decir, por la melodía y no sólo por el ritmo.” Está claro que todas estas consideraciones no son tenidas en cuenta ante la “técnica” del centralizado, y aún considerando que los versos aquí expuestos son de longitud pareja, el intento de centralizado ya produciría cierta pérdida del efecto buscado.

En cuanto a la longitud de los versos, ni hablar, he observado que los mejores dibujitos se fabrican intercalando versos largos y cortos, peligrosa forma de escribir si es que vamos a leerlos en voz alta (a esta altura uno supone que esta operación nunca se presume) ya que su lectura produce un efecto artificial, sino, como decíamos, la lectura falsifica la posición que realmente tienen los versos en la página y se aproxima más a la forma en que deberían haberse escrito. Nos dice también Levertov “La ruptura del verso es una forma de puntuación que forma parte de la lógica de los pensamientos”.
Claro está que el verso centralizado sólo busca la lógica de dar prolijidad y está más acorde con la gráfica que con la respiración. También debería decirse que en muchísimos casos puede ocultar un poema deficiente y/o aún no terminado bajo esta supuesta “prolijidad”, pero el engaño no resiste una buena lectura.

También habría que agregar que la lectura del verso que nace del margen izquierdo y se corta en el derecho exige un movimiento en la lectura el cual precisamente origina esa puntuación de la que hablaba Levertov al tener que volver la vista sobre el margen izquierdo al terminar cada verso. Se ha utilizado mucho los espacios, sangrías y demás para indicar silencios, esto se puede admirar en la última poesía de Juan L. Ortiz, en aquellos poemas que parecían deshacerse en signos de pregunta, dando una sensación de fragilidad e imposibilidad del lenguaje para abarcar el significado final, esto no tiene mucho que ver con esa tiranía del “word” que se adueña de los espacios y ritmos y por lo tanto de los significados.

Y ya que dijimos, ritmo, insistimos con el tema, la lectura mental y lo que pareciese ser una nueva operación, la lectura sobre la pantalla de la computadora, esta hace que la mente opere como un espejo y lo que se lee ya no pertenezca al sonido sino a ese espacio virtual que quién sabe qué es y significa, pero la poesía es ante todo eso: sonido, más allá de las discusiones que se puedan generar entre los cultores del verso medido y verso libre, un Withman o un Manuel J Castilla (entre los nuestros, que dominó ambas técnicas) sólo se puede disfrutar si se los “oye”, esas extensísimas enumeraciones de Withman que pueden aburrir si uno no representa su voz, la torrencialidad de los “cantos del gozante” del poeta salteño exigen ser leídos en voz alta.

Para terminar, otra vez Denise Levertov desde el mismo trabajo mencionado “El exceso de subjetividad en la elaboración de las decisiones estructurales en las formas abiertas es un problema solo cuando el escritor tiene un inadecuado sentido de la forma” demás esta decir que, subjetividad, elaboración, decisiones estructurales, todo parece haberse dejado, en el caso del verso centralizado, en manos de ese producto, el word, que todo nos resuelve y transforma lo profundo en divertido.

Roberto Daniel Malatesta,
Santa Fe, 1961. Poeta.

(1)   Dos ensayos sobre el verso libre,
Denise Levertov, traducción de Patricia Gola.
Diario de Poesía Nº 25. 

Foto: Jmp, 33 papelitos y una mora occidental, 
publicado en suplemento Letras 
del Diario Diagonales, La Plata, 2011.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Poesía ante la incertidumbre, antología de nuevos poetas en español: Una de las misiones de la poesía es enfrentarse al poder

DEFENSA DE LA POESÍA


El momento de la Historia que nos ha tocado vivir está marcado por la incertidumbre en todos los sentidos. Cuando pensábamos que el siglo XX agonizaba y con él los grandes temores y catástrofes capaces de minar la fe en la humanidad, no han surgido los puentes que destruyan nuestros precipicios. Al contrario, resulta más difícil intuirlos, imaginarlos. La incertidumbre parece abarcarlo todo: la política, la moral, la economía, las nuevas formas de comunicación que paradójicamente han provocado una mayor incomunicación… También las viejas utopías que parecieron realizables y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado mostrando sus miserias cuando han sido suplantadas por los hombres, añadiendo aún más incertidumbre a todo lo que nos rodea.
Nuestra generación está marcada por esta incertidumbre y creemos que es necesario hacer un alto en el camino, reflexionar, mirarnos a los ojos, establecer una cercanía menos artificial, más humana. La poesía puede arrojar algo de luz para alcanzar algunas certidumbres necesarias.
“La poesía es un modo de ajustar cuentas con la realidad”, ha repetido muchas veces el poeta español Luis García Montero. Sin duda sucede así en los buenos poemas, aquellos que son capaces de provocar emoción, de conmover, de hacer pensar, de llenar un vacío que nos acompaña.
“Deseo expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”, escribió el mexicano Ramón López Velarde en 1916. Casi un siglo después, el poeta Joan Margarit trataba de explicar, porque realmente se hacía de nuevo necesario, que el límite de la poesía es el de la emoción.

La emoción no puede estar de moda. La emoción es universal e intemporal. Y la poesía tiene que emocionar. Ante tanta incertidumbre, para nuestra sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura. Como los hombres que rodeaban a Orfeo para escucharlo tocar su lira y de ese modo hacer descansar su alma, asisten a las preguntas de nuestro tiempo tratando de ignorarlas, entregándose al arte por el arte, renunciando a las preocupaciones que conmueven a la gente normal, a las almas que buscan respuestas, que rozan el milagro de la supervivencia y que se hacen preguntas, que sienten la incertidumbre en sus manos y en sus aspiraciones. Esa reacción de los artistas, de los poetas en particular, no es nueva. Los jóvenes siempre han tenido la tentación de contradecir a sus mayores en un arrebato adolescente en busca de construir sus identidades. En la poesía actual, ese camino supone oponerse a quienes tanto han trabajado para que la poesía se entienda, se humanice, se aproxime a la gente corriente. Si en la segunda mitad del siglo XX los mejores poetas de nuestra lengua abandonaron las liras y las torres de marfil, la poesía última, en busca de un nuevo camino, de una nueva actualidad literaria, se ha subido a un pedestal. En esta tarea se han visto legitimados por algunos poetas cuyos proyectos literarios fracasaron de manera estrepitosa precisamente por abrazar el barroquismo gratuito y la frivolidad de la moda literaria. Ahora buscan una segunda oportunidad elogiando lo que precisamente les condujo al callejón sin salida de las palabras huecas.
Queremos mostrar nuestra desolación ante esta dinámica que nos parece destructiva para la poesía porque conduce, de manera inevitable, a su deshumanización. Admiramos a poetas a los que hemos tenido o tenemos la suerte de conocer, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Gonzalo Rojas, Claribel Alegría, José Hierro, Luis García Montero, Benjamín Prado (y los poetas de la conocida como Poesía de la Experiencia), Juan Manuel Roca, Marco Antonio Campos, Jorge Boccanera, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Gioconda Belli, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo Leyva, Piedad Bonnett… Ellos siguieron el camino, la tradición literaria de Rafael Alberti, Antonio Machado, César Vallejo, el primer Octavio Paz, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Luis Cernuda… Son muchas las lecciones que pueden desprenderse de ese largo camino. Han escrito una poesía perfectamente entendible, han procurado reflexionar sobre el mundo que los rodeaba tratando de ordenarlo en un poema, han dialogado con sus fantasmas y con sus lectores, estableciendo una comunicación imprescindible en cualquier género literario, y han huido de las modas y de la actualidad poética, es decir, nunca han escrito contra nadie, no han tratado de ser novísimos. Estamos convencidos de que no se puede escribir poesía contra alguien, del mismo modo de que la peor idea de todas es escribir un poema sin ideas.
Los discursos fragmentarios, el irracionalismo como dogma y el abuso del artificio han supuesto la ruina de la poesía en muy diferentes etapas de la historia de la literatura. Han hecho tanto daño, que hoy la poesía está considerada como un género difícil que sólo leen los poetas, porque sólo parecen entenderse entre ellos como los habitantes de unas ínsulas extrañas.
Prueba de ello es el estado comatoso que tiene el panorama poético en la mayor parte de los países europeos, algunos de ellos con tradiciones literarias tan importantes como Italia o Francia. También es evidente la marginación que sufren los libros de poesía en cualquier espacio, ya sea una librería, un suplemento cultural, un periódico, una biblioteca… Los lectores empiezan a alejarse peligrosamente de la poesía, entre otras cosas porque cuando empezaban a intuir que se trataba de un género accesible, que transmitía emociones, algunos poetas de las nuevas generaciones están sembrando la oscuridad en la incertidumbre, eso por no mencionar las poéticas del silencio.

Cuando un poema no se entiende, el lector suele culparse a sí mismo, inducido por la idea generalizada de que el poeta es un ser con una sensibilidad diferente, superior. Una idea tan falsa como interesada. Si un poema no se entiende el único responsable es quien ha tratado de establecer la comunicación. O bien no ha sido capaz por sus limitaciones, o bien no lo ha conseguido porque no era su propósito, porque sólo buscaba la erudición y el artificio, algo que está bien visto, que tiene buena prensa y que provoca una palmadita en la espalda de la crítica, sumida en gran parte en la misma torpeza. Si un poema no se entiende, por lo general lo que sucede es que el poeta no ha hecho bien su trabajo. Los poetas somos personas normales, con los mismos temores y preocupaciones que el resto de los seres humanos, aunque tratemos de mirar con atención lo que nos rodea, buscando lo que hay detrás de la apariencia, para después afrontar el acto de incertidumbre que es escribir un poema que pueda arrojar algo de luz a la realidad.
Por estos motivos, todos los inventarios simbólicos artificiales que alejan a la poesía de su consustancial sentido comunicativo no hacen sino ocultar una falta de latido vital o de auténticas ideas. Los versos puros no necesitan disfraces ni simulada complejidad, simplemente redefinen las peculiaridades de la realidad sin abandonar jamás la atalaya de los sueños.
“Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, / y una voz cariñosa le susurró al oído: / –¿Por qué lloras, si todo en ese libro es de mentira? / Y él respondió: / –Lo sé; / pero lo que yo siento es de verdad”. Este poema de Ángel González resume de forma excepcional lo que entendemos como el milagro de la poesía, la capacidad de transmitir un sentimiento gracias al idioma y a los diferentes recursos que ofrece el género. Sin ese intento de transmitir emociones, de llenar un vacío, de reflexionar sobre el mundo, de convertirse en mil hombres; el poema está hueco, no tiene vida.

Hoy es necesario superar el artificio estéril y soso, el poema que no dice nada, el poema que enuncia y enuncia y jamás encuentra el sentido, la histeria por el experimento per se, la ingenua búsqueda de una “novedad” que jamás se halló.
La poesía nace, como todo arte, de un sentimiento humano universal como es el anhelo trascendente. Va mucho más allá de los atrevidos juegos de estilo o las oscuras construcciones lingüísticas que parecen facturados sólo para un selecto grupo de iniciados. La poesía ha pertenecido y pertenecerá siempre a la humanidad entera, es un calidoscopio luminoso y claro que se adentra en los recovecos más recónditos de nuestra conciencia. Nace desde un yo poético pero se remansa indefectiblemente en el nosotros, creando ese espacio de comunicación universal que puede existir tan sólo entre corazones humanos liberados de escudos y armaduras. La poesía no encadena ni encorseta a su lector u oyente con fingimientos prefabricados o yuxtaposiciones carentes de significado íntimo. Al contrario, la poesía nos libera y nos reviste de nobleza, pues propicia la sensibilidad a los estímulos del mundo exterior.
En definitiva, somos partidarios de una poesía que formalmente incluso alcance el preciosismo. Pero creemos en una poesía que además comunique, que diga algo, que porte sentido. Una poesía que conmueva y, en el mejor de los casos, estremezca, cimbre, cumpla con el rigor de lo poético que pedía Robert Graves, cuando se refería a la diosa blanca: “El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca”. El poema entonces, también es un dictado, un puente hacia lo otro, hacia lo más. Quizá Borges, mitad con ironía, mitad en serio lo explique mejor cuando contaba lo siguiente: “Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron:
“¿Usted cree realmente que el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?”, y Bernard Shaw contestó: “No sólo la Biblia, sino todos los libros que vale la pena releer.” Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que antiguamente llamaban la Musa.”
Pero, a fin de cuentas, ¿la musa para qué y por qué? Porque todo se hace para alguien, y la musa es la emoción y el talento, una metáfora de la necesidad de comunicación que tienen todas las personas, de sentirse comprendidas, de encontrar respuestas. Y también para dar cuenta de nuestra existencia concreta, del aquí y el ahora, de la manera en que participamos del mundo. Para mostrar la sensibilidad de nuestro tiempo, un tiempo lleno de incertidumbre sobre el que la poesía puede seguir arrojando algo de luz si los poetas quieren.
Seguimos creyendo que una de las misiones de la poesía es enfrentarse al poder. Y el poder de hoy no hace más que invitarnos al silencio, al fragmento, a las subjetividades ensimismadas y a la pérdida de diálogo entre las conciencias. Queremos decirle adiós a todo eso.

Prólogo a “Poesía ante la incertidumbre, antología de nuevos poetas en español”, El suri porfiado / Visor, 2011.
El suri porfiado / en La Plata: Presentación el viernes 9 de diciembre, Centro Cultural Islas Malvinas (Calles 19 y 51), 19:30 hs, La Plata.
Leen los poetas de Poesía ante la incertidumbre: Fernando Valverde (España), Alí Calderón (México), Raquel Lanseros (España), Federico Díaz Granados (Colombia), Carlos Aldazábal (Argentina), Jorge Galán (El Salvador) y Ana Wajszczuk (Argentina).
Anfitriones: Julián Axat y José María Pallaoro
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