LA FRASE

"Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad."

Sir Arthur Conan Doyle
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martes, 9 de enero de 2007

Marcelino, el insensato


Pero no era un escritor, se me dirá tal vez, tan sólo un erudito, un sabio si se quiere, un polígrafo, el polígrafo montañés, según la reiterada y socorrida perífrasis antonomástica, y toda erudición, como él mismo había dicho, lleva grabada su fecha de caducidad… Y sin embargo, sí, firmemente está uno convencido de que don Marcelino era, ante todo y sobre todo, un escritor. Un soberbio escritor. Entienden algunos que escritor es aquel que escribe novelas, dramas o poemas. Para mí, escritor es aquel que dialoga en voz alta —quiero decir: en letra impresa— con la tradición. Dialogar quiere decir escuchar, atender, recibir, pero también razonar, hablar, poner nuevos datos y argumentos sobre la mesa. A través de sus novelas, Pérez Galdós, Clarín, Alarcón, Valera, Palacio Valdés o Pardo Bazán armaban un discurso sobre la España contemporánea; Menéndez Pelayo hacía lo mismo a través de la erudición, del ensayo, de la crítica.

No era un gramático, sino un estético. Despreciaba, o apreciaba poco, o quizás fuera mejor decir que apreciaba en su justa medida, las cominerías del filólogo, siendo así que era él un consumado y pertinaz revolvedor de archivos, códices y cartapacios. Por eso, para historiar nuestra literatura, se decide antes, y como paso necesariamente previo, a hacer la historia de las ideas estéticas. Por eso, en su temprana juventud, comienza fijando posiciones estéticas, que sustancialmente no variará jamás. Su crítica es siempre crítica artística, literaria, no lingüística, ni filológica, ni gramática, ni pedantesca.

Lo que a primera vista primero sorprende de Menéndez Pelayo es la precocidad de sus talentos, la vastedad de sus lecturas, el inmenso caudal de su erudición, pero no es eso lo esencial ni lo más importante, ni desde luego lo perdurable de su obra. Azorín, en un artículo escrito poco después de su muerte, sentenciaba: «Cuando se haga un estudio desapasionado de Menéndez y Pelayo habrá que contar sus grandes excelencias, pero habrá que decir otras cosas. Habrá que decir que su estilo es más oratorio, prolijo y redundante que analítico y de menudas pinceladas, sobrio y preciso; que le ha faltado amor a las manifestaciones nuevas de la estética; que, en suma, su crítica ha sido erudita, enumerativa, y no interna, interpretativa, psicológica.» Doce años más tarde, en 1924, Azorín evoca la figura del maestro con muy distinto tono, exactamente el contrario: «Menéndez y Pelayo —dice ahora el de Monóvar— no es un autor muerto; su prosa y sus obras están vivas, y su estilo, admirable, es como un venero donde hay que ir constantemente en busca de riqueza.» Y es que Menéndez Pelayo suscitaba la polémica, la adhesión o el rechazo, desde el primer momento. Y hasta el final. Aún estaba caliente su cadáver, y un juvenil Andrés González Blanco informa: «Yo recuerdo que en estos días subsiguientes a la muerte de Menéndez Pelayo se dijo con desdén que, así como el maestro guardaba con amor un libro viejo, así nosotros los jóvenes guardaríamos los suyos como libros viejos también que ya no queríamos leer…» Y es que el vaivén comenzaba, de críticas acerbas y elogios desmedidos, donde no es fácil deslindar los campos. La apoteosis del llamado polígrafo montañés parece llegada, o renovada, cuando, en los años de la postguerra, el franquismo simuló, en bien urdida operación de imagen, que alzaba a don Marcelino a la categoría de intelectual de guardia, con la Edición Nacional de sus obras y otros fastos y liturgias. No extraña que un atrabiliario y apresurado Luis Cernuda le retratase por entonces en el poema “Góngora” de Cómo quien espera el alba con aquel vitriólico verso de «el montañés henchido por sus dogmas». Pero un más ecuánime Enrique Díez-Canedo, e igualmente desde el exilio, denunciaba la apropiación indebida de su figura por uno de los dos bandos, y el intento de hacerle entrar, como con calzador, en la pugna (que, por otra parte, don Marcelino no pudo ni intuir, pues había fallecido en 1912), «representando a una facción, a él, que pudiera ser piedra angular y cifra perfecta de un entendimiento entre todas». Pero de todo esto estamos hoy muy lejos.

Hoy quizás, a Menéndez Pelayo se le lee muy poco y se le tiene por cosa del pasado, sin ninguna influencia ni interés para el presente. La polémica sobre si era o no poeta, en la que terciaron muchos, entre ellos Clarín, ya no interesa a nadie. En vano Andrés González Blanco resaltaba la buena hechura de unos versos:

Puso Dios en mis cántabras montañas

auras de libertad, tocas de nieve,

y las venas del hierro en sus entrañas…

o la veta amorosa de Remember, Sus ojos, o de los versos a Epicaris y a Lidia, o la celebridad de su Epístola a Horacio:

Yo guardo con amor un libro viejo,

de mal papel y tipos revesados…

Todo en vano, porque nadie habla ya en serio de Menéndez Pelayo como poeta, ni nadie lo antologa (salvo alguna excepción, como la de Jorge Urrutia). Claro que él mismo se había jubilado como poeta, desde muy pronto (como se apartó en un momento dado del amor), para dedicarse full time a su titánica empresa.

Y, sin embargo, hay un poeta en Menéndez Pelayo, que no sólo está en sus versos, sino en su prosa, y sobre todo, en su viva sensibilidad y en su genial intuición para valorar la obra de los demás, antiguos y modernos. Precisamente porque no era sólo un mero bibliófilo ni un atiborrado erudito, sino que poseía en alto grado dotes de comprensión poética, es por lo que Dámaso Alonso destacó lo que le hace más perdurable y le mantiene imprescindible todavía hoy: «Para mí —decía Dámaso— Menéndez Pelayo fue un gran estilista... Porque entiendo por estilista el hombre que logra conllevar rápida y directamente las intuiciones, las ideas y los sentimientos que desea a la mente del lector. Menéndez Pelayo, como crítico, ante una obra literaria, con un instinto prodigioso sabía apoderarse (quizá entre cientos de páginas o versos) de lo más característico, de lo más intenso, y presentarlo al lector y ofrecerle las épocas, los hombres, los modos y modas literarias, los rasgos de una obra, de tal manera concentrados y potencializados, que penetran en el cerebro y nunca se olvidan.» Y añadía el autor de Hijos de la ira (creo que la valoración es definitiva): «…tuvo una extraña potencia: la de “plasmar” rápidamente sus lecturas. Su talento crítico estaba en la iluminación, en la rapidez de intuición conjunta de enormes zonas exploradas, en la constante fluencia de la justa expresión.» Y Dámaso no hacía sino coincidir con Guillermo de Torre cuando éste remarcaba lo medular y permanente de su obra: «el nervio vivo de su estilo» y «la hondura de su penetración artística».

Es verdad que quizás no comprendió a Bécquer, que no seleccionó ninguna de las de Rosalía en sus Cien mejores poesías líricas, que sólo algo tardíamente supo reconciliarse con la lírica de Heine... Pero no se le puede pedir todo a uno. «Al hablar de literatura contemporánea, yo vengo como caído de las nubes», dijo una vez, con modestia algo exagerada, pero no demasiado.

A los jóvenes actuales, el nombre de Menéndez Pelayo tal vez les suene a rancio, a caverna, a cosa carca y amojamada, completamente anacrónica. Un señor que defendía la Inquisición… Pero que también fue de los pocos que defendió la frustrada candidatura de una mujer, la Pardo Bazán, para su ingreso en la Real Academia, frente a tanto artrítico machista, o la de un heterodoxo como Galdós, de quien supo ser amigo «a pesar de nuestra pública y notoria discordancia en puntos muy esenciales», y a quien él mismo recibió con un, todavía hoy, imprescindible discurso.Y pocos como él, que alardeaba de «español incorregible», se acercaron con tanto amor y tanta comprensión a la lengua y cultura catalanas.

Si Menéndez Pelayo es escritor, y no sólo por el estilo, es por su vida. Por su leyenda. Desterremos infundios, como el de su supuesta, indemostrable e inverosímil dipsomanía. Su leyenda está en otra parte. En sus amores, tan frívolos como trágicos. En sus duelos y hasta cachiporrazos (es fama que partió un paraguas en las espaldas de Cotarelo). En sus distracciones de sabio, en su incapacidad para la vida cotidiana, en su bohemia de tertulia aristocrática y académico solterón. En su extraña y paradójica, o no tan paradójica ni extraña, conciliación entre paganismo y catolicidad. Pero, sobre todo, en su titanismo, por el que acabó sucumbiendo cuando apenas había cumplido los cincuenta y seis años. Así, «El Titán», se titulaba el artículo que sobre el santanderino publicó en La Nación de Buenos Aires Guillermo de Torre. El Titán de los libros. El Hombre que Lee, y a esta pasión, la de leer, la de hablar con los muertos y algunos pocos vivos, lo sacrifica todo. Vida sedentaria y antihigiénica; paseos, sí, pero en tranvía… y leyendo. Leía hasta mientras dormía, que dijera Clarín, aunque más exacto fuera decir que leía… cuando debería dormir. De ahí los raudales de café que ingirió, como Balzac, toda su vida. Su cuerpo, al fin, tan maltratado, se derrumbó: «Qué lástima tener que morir cuando me faltaban tantas cosas que leer». Y es ésa otra frase para marmorizar su leyenda. Guillermo de Torre lo llamó Titán, el Titán de los Libros. Su madre, menos letrada que el crítico ultraísta, le llamaba el insensato. Era ella la que, siendo aún niño, le apagaba o le escondía las bujías para que no leyese de noche, la que le aconsejaba que se casase, que no trabajase tanto, que no fuera tan insensato. Y algo de insensatez hay en el hombre que se entrega tan encendida, tan exclusivamente a una sola pasión. O algo de titánico, que todo es según y conforme. Hay cosas tal vez que no se deciden, que nos vienen rodadas o empujadas por los tercos y lentos bueyes del carro de la fortuna, próspera o adversa, aunque creamos que la decisión la tomamos nosotros. Menéndez Pelayo es, sí, un sabio de novela, o de leyenda, o de tragedia. Un sabio con sangre, aunque la sangre se le fuera trasfundiendo en tinta, esas manchas de tinta en la cama de su cuarto en la madrileña Fonda de las Naciones.

Sus ojos nunca necesitaron de espejuelos, a pesar de tanto haber fijado la vista en manuscritos e impresos. Sus ojos oscuros, algo saltones, vivísimos hasta el final, aún nos miran. Desde el grabado de Bartolomé Maura, el catedrático a los veintidós años, desde la fotografía en el jardín de los duques de Villahermosa, desde el retrato de Kaulak, ya encanecido, desde el óleo de Sorolla, que lo pinta orondo y jovial, niño viejo o viejo aniñado. Nos miran desde el pasado, cierto, y de un pasado cada vez más lejano. Leer a Menéndez Pelayo es empresa que arredra: basta contemplar, puestos uno tras otro, los sesenta y seis nutridos volúmenes de sus obras completas en la llamada edición nacional, más los veintitrés de su epistolario. No hay que leerlos todos, tal vez necesitaríamos hoy unas obras selectas, o una antología generosa pero bien escogida y, desde luego, actualizada. Que no la hay, que quizás no vaya a haberla, porque Menéndez Pelayo parece haber entrado en la categoría de los raros y curiosos, de los olvidados, de los preteridos cuyos libros no se encuentran sino en rastros y almonedas, en librerías de lance y en las bibliotecas comidas de ratones.

No sé si aconsejar el titanismo, o la insensatez, pero si de algo estoy seguro es de que Menéndez Pelayo hizo de la erudición una novela: la novela de España. Y de su vida, un drama: el del gigante vencido por los enanos. Se lamentó, al morir, tan sólo de lo que le quedaba por leer. Borges lo dijo después de otra manera, al contemplar, o al palpar, los volúmenes de la biblioteca: «alguno habrá que no leeremos nunca». Y esa es la tragedia, la tragedia titánica de tantos letraheridos lectores, como aquel Marcelino, el insensato (según le llamaba su mamá de él).

[Publicado en Galería de Retratos, selección y prólogo de Fruela Fernández, Gijón, Llibros del Pexe, 2004]

martes, 30 de mayo de 2006

Un proteccionista del Volkgeist (y III)



Hubo un tiempo en que todo el mundo sabía lo que era la enseñanza primaria. Hoy tal cosa no está ni mucho menos clara. En su manía por rebautizar las cosas y desnaturalizar las palabras, los pedagogos de la progresía crearon la llamada Educación Secundaria Obligatoria, un oxímoron de no te menees. ¿Secundaria y obligatoria? En realidad, lo que hicieron fue crear una Enseñanza Primaria Prolongada en el tiempo y Desnaturalizada en su concepto.

Se planteaba Valera qué debía entenderse por enseñanza primaria, o básica, o fundamental. La pregunta, ayer como hoy, es ésta: ¿qué es lo que cualquiera debería saber?

Valera arroja algunas propuestas que como mínimo pueden calificarse de campanudas y estupendas. Dice, por ejemplo, que la educación general, fundamental o común (estos son los adjetivos que emplea), es “la que tiene por objeto hacer de cada ser humano una persona, tal como debe ser la persona en el más alto grado de civilización a que hemos llegado”. ¿Algo ambiciosillo, no? Y también algo vago e inconcreto. Y también, también, contradictorio: al ser humano no hace falta hacerlo persona, ya lo es, desde su concepción o desde su nacimiento (que ahora no vamos a discutir esa cuestión). El hombre más inculto, el más ignorante, el más intelectualmente desvalido, es una persona.

Y la segunda parte de la proposición, “el más alto grado de la civilización a que hemos llegado”… ¿Vaya, le exigiremos a cualquiera que conozca la teoría de la relatividad, la física cuántica, el lenguaje de programación o el código genético? Iluso propósito: mis alumnos de la Facultad (bien es cierto que son de letras) no saben explicar lo que es un algoritmo, ni una proteína, ni una célula procariota… Por Einstein ni les preguntes…

Luego, paradójicamente, Valera baja bastante el listón, y desde las alturas del más alto grado de civilización desciende a las llanuras domésticas de la realidad visible y afirma impertérrito que “lo primero que hay que saber y lo primero que hay que ser es hombre o mujer de su casa.” ¡Pues acabáramos!

Pero hay un pasaje de su ensayo en que Valera se muestra muy concreto y señala cuatro principales objetos de la primera enseñanza. Estas son las palabras de Valera, señalando “lo que es menester que todos sepan”:

“Hablar, leer y escribir la propia lengua con corrección y propiedad; algunos rudimentos de geografía y de historia, aritmética práctica para los usos diarios de la vida, y principios de moral sostenidos en una base sólida, que se apoye, no en razonamientos filosóficos, para los que la mocedad temprana carece aún de madurez suficiente, sino en la creencia tradicional, cuyo valer legítimo la razón del adulto podrá examinar y hasta contradecir más tarde.”

Esto sí que parece realista. En contraste con la sencillez de este programa, véase lo que propone como objetivos para la ESO la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía:

§ Conocer y comprender los aspectos básicos del funcionamiento del propio cuerpo y la incidencia que tienen los diversos actos y decisiones personales, tanto en la salud individual como en la colectiva.(Vamos, que fumar es malo, drogarse no digamos, y que hay que hacer gimnasia... ¿cuatro años de eso para eso?)

§ Formarse una imagen ajustada de sí mismo, de sus características y posibilidades y actuar de forma autónoma valorando el esfuerzo y la superación de dificultades. (Uno puede llevarse cuarenta años procurando obtener una imagen ajustada de sí mismo…)

§ Relacionarse con otras personas e integrarse de forma participativa en actividades de grupo con actitudes solidarias y tolerantes, libres de inhibiciones y prejuicios. (Sobre todo, libres de inhibiciones).

§ Analizar los mecanismos y valores que rigen el funcionamiento de las sociedades (¿se han puesto ya de acuerdo los sociólogos sobre esto?), especialmente los relativos a los derechos y deberes de los ciudadanos.

§ Analizar los mecanismos básicos que rigen el funcionamiento del medio físico y natural, valorar las repercusiones que sobre él tienen las actividades humanas y contribuir activamente a la defensa, conservación y mejora del mismo como elemento determinante de la calidad de vida. (Y que se apunten a Greenpeace).

§ Conocer y apreciar el patrimonio natural, cultural, e histórico de Andalucía y analizar los elementos y rasgos básicos del mismo, así como su inserción en la diversidad de Comunidades del Estado. (Ah, pero ¿esto hacía falta enseñarlo?)

§ Conocer y valorar el desarrollo científico y tecnológico, sus aplicaciones e incidencia en el medio físico, natural y social.

§ Conocer y valorar el patrimonio cultural y contribuir activamente a su conservación y mejora, entender la diversidad lingüística y cultural como un derecho de los pueblos y de los individuos, y desarrollar una actitud de interés y respeto hacia el ejercicio de este derecho.

§ Comprender y producir mensajes orales y escritos en castellano, atendiendo a las peculiaridades del habla andaluza, con propiedad, autonomía y creatividad, utilizándolos para comunicarse y organizar el pensamiento. (Escribir “con propiedad, autonomía y creatividad” le ha costado a uno, si es que lo ha conseguido, lo menos treinta años… Valera era mucho más modesto, sólo pedía corrección y propiedad. Pero nótese que aquí la palabra propiedad desaparece).

§ Comprender y expresar mensajes orales y escritos contextualizados, en una lengua extranjera. (¿Y por qué precisamente contextualizados?)

§ Interpretar y producir con propiedad, autonomía y creatividad mensajes que utilicen códigos artísticos, científicos y técnicos. (Jo, pues esto no sé lo que significa).

§ Elaborar estrategias de identificación y resolución de problemas en los diversos campos del conocimiento y la experiencia, contrastándolas y reflexionando sobre el proceso seguido. (Anda… ¡y eso a los 16 añitos!)

§ Obtener y seleccionar información, tratarla de forma autónoma y crítica y transmitirla a los demás de manera organizada e inteligible. (Los graduados en ESO, ¿deberán ser todos periodistas, o conferenciantes, o escritores, o líderes de opinión?)

§ Conocer las creencias, actitudes y valores básicos de nuestra tradición y patrimonio cultural, valorarlos críticamente y elegir aquellas opciones que mejor favorezcan su desarrollo integral como persona. (¡El programa de toda una vida!)

Bueno, acabo para no cansar(me). En resumen, yo acuso a la LOGSE de pretenciosa, de carente de realismo, de ignorar la naturaleza humana (o de negarla), además de intervencionista, ideológicamente sesgada e innecesariamente cara. Si sus objetivos se pudieran cumplir, los graduados saldrían con saberes enciclopédicos. Pero, sencillamente, no se pueden cumplir. Y por eso hay fracaso escolar. Es que es inherente y consustancial con el sistema, tal y como está concebido.

¿Qué tal si pidiéramos a todos —o a casi todos— menos cosas pero mejor aprendidas? ¿Y si no confundiéramos la enseñanza primaria con la secundaria?

Pues con estas preguntas lo dejamos.

martes, 23 de mayo de 2006

Un proteccionista del Volkgeist (II)

Al renegar de su liberalismo en materia educativa, abrazando con entusiasmo la idea del Estado docente, don Juan Valera se metió en unos jardines de los cuales era dificilísimo salir. Porque, ¿quién dirá lo que hay que enseñar y lo que no? ¿No se lesiona de manera gravísima la libertad de cátedra, que queda reducida a mera apariencia o fantasmagoría, por completo desnaturalizada y prostituida? Valera se mueve aquí entre Escila y Caribdis. Por un lado, niega la libertad de cátedra a los profesores funcionarios: “tampoco apruebo —dice— que los profesores y maestros que el Estado nombra y paga tengan libertad para enseñar y difundir doctrinas contrarias a las bases fundamentales en que el Estado se sustenta.” Pero luego cae en que el Estado no es nadie, es decir, que al final el Estado o son los güelfos o son los gibelinos, y es el gobierno de turno, y el ministro fulano o zetano, y que la ciencia no puede estar al albur del turno de partidos, y escribe esto otro:

“Parece absurdo que cualquier ministro de Instrucción Pública, tal vez ayuno de ciencia, perteneciente ora a un partido, ora al partido contrario y venido al poder merced a una crisis constitucional o parlamentaria, se erija en juez supremo por cima de la ciencia y de los hombres científicos, y los amoneste, y los reprima, y tal vez los amenace, marcándoles el camino que deben seguir para no extraviarse ni incurrir en su enojo.”

Valera era consciente de la contradicción en que incurría, y para solucionarla no se le ocurría otro remedio más que la “buena fe” y la “exquisita prudencia”. Lo que, cuando menos, parece un exceso de optimismo. O de voluntarismo.

Traída esta cuestión a día de hoy, es innegable que sigue vivita y coleando. Es el Estado quien decide lo que se enseña y lo que no se enseña, lo que debe estar y lo que no debe estar en los programas o curricula, como se dice ahora. Jibariza la religión, un incómodo estorbo que no sabe cómo quitarse de encima. Quita la filosofía, porque decide que la filosofía no es necesaria, que lo necesario es la “Educación para la Ciudadanía”. Propugna la geografía cantonalista, porque es más importante el pequeño Segre que el inmenso Amazonas. Y no sólo el contenido de las asignaturas, sino todo el diseño del sistema educativo es pura ideología (escuela comprehensiva, psicología constructivista…). Un profesor de Historia que proponga una interpretación distinta a la políticamente correcta de, pongamos, la guerra civil, o un profesor de Biología que ponga reparos razonables o tan siquiera dudas al evolucionismo, sólo serán outsiders, y ya veremos a qué precio. ¿Y quién decide en qué lengua se enseña (por lo visto, los padres no)? Etc., etc.

En esta cuestión no hay paños calientes ni términos medios: o la responsabilidad de la educación de los hijos recae en los padres, o recae en el Estado. Y está claro que en la vigente Constitución socialdemócrata que nos rige recae casi exclusivamente en el Estado, y sólo los que puedan pagársela, y sin que esto les exima de pagar impuestos, por supuesto, disfrutarán de una enseñanza que, después de todo, y a pesar de ser privada, también deberá ajustarse al diseño general que el Estado haya hecho del sistema educativo.

Si se ha privatizado el sector eléctrico o las comunicaciones, ¿por qué no privatizar —es decir, devolver a la sociedad, restituir a los particulares— la educación? Creerán algunos que esto es una solución radical, o que es inviable, o que aumentarán las desigualdades. Yo creo que esto es radical, sí, pero que es viable y que las desigualdades no serán mayores de las que hoy existen (porque existen ya hoy). Y, sobre todo, creo que es algo deseable, en la perspectiva de una Sociedad fuerte y un Estado mínimo.

Pero dejemos esto y vayamos a otra cuestión suscitada por Valera y que está hoy más candente que nunca. ¿Cuál debe ser el contenido de la enseñanza primaria o básica? O dicho de otro modo, ¿qué es lo que cualquiera debería saber? La cuestión es más difícil de lo que parece. Por eso la dejaremos aquí hoy sólo apuntada y planteada, para ocuparnos de ella por lo menudo en un próximo apunte.

martes, 16 de mayo de 2006

Un proteccionista del Volkgeist

Meditaciones utópicas sobre la educación humana se titula uno de los últimos trabajos que don Juan Valera entregó a los lectores de la prensa madrileña. Forman estas meditaciones dieciséis artículos que don Juan fue publicando en El Heraldo en el año 1902, tres años antes de su muerte. No se leen hoy los ensayos de Valera, aún vigente como novelista, pero olvidado como dramaturgo y poeta, y casi desconocido, e incluso despreciado, y quizás esto segundo en gracia a lo primero, como ensayista y pensador. Por frívolo y ambiguo se le tiene, y se le acusa de ocultar o, al menos, de velar, por conveniencia social, por no perjudicar su medro personal, su verdadero pensamiento. Que en su obra se encuentren contradicciones notables no implica ambigüedad alguna. Que procurase unir lo útil con lo dulce, muy horacianamente, no quiere decir que fuese frívolo. Valera es tanto o más interesante como pensador que como novelista. Era un espíritu curioso, y si filósofo quiere decir el que busca y ama la sabiduría, no cabe duda de que Valera lo fue. Claro que Valera era hombre… ergo se equivocaba, no cada vez que hablaba, pero sí de vez en cuando.
Las Meditaciones utópicas sobre la educación humana, como lo deja entender su propio título, no son un tratado sistemático de pedagogía, sino reflexiones hilvanadas a vuelapluma, aunque en ellas se reflejen muchos años de cavilación sobre el asunto. Valera no es Comenius, ni Vives, ni Jean Paul… pero no deja de tener interés, y mucho. Confrontar sus ideas con la situación presente de la educación en España puede resultar ilustrativo.
Para empezar, ¿cuál es el papel del Estado en la educación? Valera se declara liberal, y sólo desearía que el Estado se ocupase de la seguridad, de la justicia y de la diplomacia. Quiere que «el Gobierno entienda que no estorbar ni reglamentar, ni competir con los particulares, como fabricante, agricultor o comerciante, es la mejor manera de proteger y de fomentar la industria, el comercio y la agricultura.» Hasta cree que «caminos y canales», o sea, carreteras, autopistas y otras obras civiles, «se dejen a la iniciativa individual». Un programa revolucionario: todavía no se ha conseguido.
Pero… nuestro liberal Valera cree en el Gobierno docente, y no sólo admite sino que reclama que el Estado meta sus sucias manos en la educación. ¿Y cómo lo justifica? Porque cree en el espíritu nacional, en el dichoso Volkgeist. Y eso que afirma que cree poco en él… Oigamos el razonamiento entero:
«No quiero yo suponer —escribe Valera—, como Emerson, pongamos por caso, que hay lo que él llama sobrealma o alma suprema y colectiva del género humano. Ni menos aun concederé yo existencia real al alma o espíritu de cada nación o pueblo. Mas a pesar de todo, e imaginándolo como se quiera, como genio tutelar, como ángel custodio, como resultante o suma de gran multitud de entendimientos y de voluntades, o como algo que persiste y da cohesión a la colectividad sin que se disgregue y desbarate, considero absurdo negar que cada nación tiene o debe tener espíritu propio. Y el cultivo de este espíritu, manteniendo su pensamiento en la dirección que tradicionalmente lleva, sin impedir su progreso y su elevación y mejora, no puede ni debe confiarse al cuidado o al antojo de los particulares, y debe ser función del Estado o del Gobierno que lo representa y ejerce el poder en su nombre.»
Pero, ¿en qué quedamos señor Valera? ¿Tienen o no tienen alma las naciones? Y en el supuesto de que la tengan, y sea ésta lo que sea, ¿por qué no le permitimos a este alma desarrolllarse y expresarse libremente? ¿Tan poca confianza tiene en esa «resultante o suma de gran multitud de entendimientos y de voluntades», o sea, en la gente, o sea, en la suma de las iniciativas individuales? ¿Pero no se declaraba Vd. liberal? Con liberales como estos, ¿qué falta nos hacían los socialistas?
Más de un siglo ha transcurrido desde que Valera contradijese así su liberalismo, al menos en el sector educativo. Los liberales de hoy a lo más que aspiran es al cheque escolar o a defender la concertada de las garras o de las pezuñas de los distintos reinos de taifas de la España autonómica. Yo aspiro a que el Estado retire del todo y por completo sus sucias manos de la educación, desde la primaria hasta la universidad, y no tenga en ella ningún papel, ni siquiera in loco parentis. ¿Utopía? Pues, sí, pero una de esas utopías —pocas— por las que merece la pena luchar.

miércoles, 7 de diciembre de 2005

Valera, moderno

«Valera es más moderno que Galdós», ha dicho alguien. Y siento no recordar ahora el nombre de ese alguien. Pero, sí, Valera es más moderno que Galdós, por lo mismo que Galdós intentó como fuera y al precio que fuera ser moderno en su tiempo, seguir rabiosamente todas las modas, estar à la page a toda costa. Galdós, por ejemplo, sucumbe al naturalismo; Valera, no. Por eso se pudo pensar que Valera se quedaba antiguo, defendiendo periclitadas teorías del arte por el arte, la visión optimista de la vida, pese a todo, y otras cosas por el estilo. Pero no hay tal.
La actualidad, la modernidad de Valera me sigue asombrando. Ante Nietzsche y Schopenhauer tampoco se rinde, como se rindieron poco después los jóvenes noventayochos. En el prólogo a sus Tentativas dramáticas (¡de 1878!) escribe por ejemplo:
«Estos señores (se refiere a Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Renan, David Friedrich Strauss…) son unos Budas cómicos y sin caridad, que por único consuelo a nuestros males nos ofrecen la muerte, y por único freno de crímenes y pecados el progreso futuro, que ya entrevén, el cual ha de llegar a tanta perfección, que habilite a los sabios para destruir el Universo y acabar así con nuestras maldades y miserias. Dios quiera que tarden en conseguirlo, pues lo que es a mí no me parece todo tan pésimo»
Tengo que frotarme los ojos para comprobar que es verdad que estoy leyendo lo que estoy leyendo. Valera, ¡en 1878!, predice la bomba atómica. No, claro está, que él la imaginara tal y como luego fue, pero sí que la intuyó. Vio perfectamente que la conjunción de una ciencia convertida en puro positivismo y una metafísica decaída en pesimismo ateo no podían conducir a otro lugar que a la destrucción de la Humanidad por sus propias manos. Destrucción científica y planificada. Que se ha logrado evitar, por el momento. Pero que sigue ahí, como una pesadilla de ojivas pesando sobre nuestras cabezas.
En otra página olvidada (La terapéutica social y la novela profética, 1904), intuye, o mejor dicho, ve nítidamente don Juan lo que serán más tarde los regímenes totalitarios, a los que él llama panarquías:
«Por tener seguras la posesión y el goce de lo que el Gobierno les deja, consienten sin duda los gobernados en que la mitad, o por lo menos la tercera parte de lo que producen, se lo lleven los gobernantes. Pero si los gobernantes se lo llevasen todo para repartirlo luego, según cierto sistema socialista o comunista, por muy sabio que fuese, ¿qué imperio, qué autoridad despótica no tendría que poseer? ¿Cómo sometería a los que se rebelasen?»
¿Que cómo los sometería? Véase la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Cuba del Comandante, la Corea del sátrapa comosellame…
Reflexiona Valera:
«Basta el sentido común para afirmar, contra todo sistema socialista o comunista, por alambicado que sea, que no es anarquista, sino panarquista quien le sigue. Para elevarse por cima de todos los hombres, imponer una absurda nivelación, recoger el fruto del trabajo de todos y repartirle luego, no es posible la anarquía: es indispensable la panarquía más espantosa, el más enorme y omnímodo despotismo…»
Sí, Valera se adelantó, y mucho, a su tiempo. Veía la bomba atómica y veía el Gulag. Todo esto, Galdós ni lo olía.

lunes, 18 de julio de 2005

Lo que pensaba don Juan

"No es fácil averiguar lo que, en lo íntimo, pensaba, sentía Valera", escribe Azorín en su "Nota a Valera", un artículo publicado en el ABC del 6 de junio de 1952, luego recogido en el libro misceláneo De Valera a Miró (Madrid, Afrodisio Aguado, 1959). "Hay textos de Valera -añade Azorín- en pro y en contra de una idea, de una cosa, de un hombre, de una institución."
Pues esa misma es la tesis que Andrés Amorós sustenta en su reciente libro, La música de la vida, consagrado al escritor egabrense. Sólo que más de medio siglo después de que ya lo dijera Azorín. Lo que pasa es que Amorós lo ejemplifica. Véanse por caso las páginas 97 a 102, sobre el pensamiento religioso. ¿Era Valera agnóstico? ¿Creyente? ¿Acaso ateo? ¿Católico liberal o católico de boquilla y por conveniencia? Amorós amontona las citas para todos los gustos.
¿Era Valera un hombre que pensaba tanto que no pensaba nada?
Me resisto a la paradoja.
A alguien que a estas altura diese en la feliz idea, y la llevase a cabo, de escribir un libro sobre don Juan Valera se le debería exigir algo más que acumular citas contradictorias. Tendría que cernirlas y discriminarlas, contextualizarlas y jerarquizarlas. Cruzar los datos. En suma, interpretar. Reconstruir una vida, su sentido. Dentro de una época.
¿Tiene el mismo valor una observación al vuelo en una carta privada (y luego, habría que ver a quién va dirigida, porque a veces decimos lo que al otro le gustaría escuchar) que un artículo o un discurso o una novela? ¿No se ha de notar el paso del tiempo?
Andrés Amorós, brillante divulgador (su Introducción a la literatura aún me sigue pareciendo de lo mejorcito), es también profesor noticioso y erudito. Aficionado a la tauromaquia, es fino con el capote, pasable con la muleta, desesperante con la espada.
Me temo que después de Amorós (peor aún: después de Lombardero) don Juan Valera tendrá que seguir esperando el libro que nos lo explique de veras.

viernes, 24 de junio de 2005

Una vida inmortal

Como Max Aub, también Jean Paul Sartre creía que se escribe para quedar:
"La vida no acaba. Después de la muerte sobrevivo en mis libros. Es una
vida inmortal. La verdadera vida en la que no es necesario poseer un cuerpo y
una conciencia, pero en la que uno revela hechos." (Cartas al Castor)

No era el primero, ni sería el último. Los ejemplos de esta creencia en que la gloria literaria produce una suerte de inmortalidad podrían multiplicarse.

"Me pesa la vida, me canso de vivir y tengo miedo de morirme -le confiesa don Juan Valera a Gumersindo Laverde en una de sus cartas-. Creo que he consumido inútilmente mi vida y siento vehemente deseo de hacer algo antes de morir. Contento moriría yo si dejase un libro siquiera; algo que me satisfaciese y por donde yo pueda pensar, sin mucho amor propio, que no todo yo moriría: algo, sobre todo, que valiese la pena de haber vivido."

Y a otro corresponsal -Alcalá-Galiano- le cuenta que se propone seguir escribiendo "a ver si logro no morir del todo."

Pero la muerte es un hecho absoluto. No es posible morirse un poco, como no es posible estar un poco embarazada. Sobre los muertos los que deciden son los vivos. Son los vivos los que guardan la memoria de los muertos, si es que la guardan, los que aprecian su obra, si es que la aprecian.

Para el creyente, todos los hombres, desde el ilustre artista o el encumbrado político hasta el humilde labrador o el anónimo oficinista, tienen garantizada la inmortalidad. El alma no muere, aunque haya sido un alma ágrafa.

Para el ateo, que sólo cuenta con este mundo, lo que importa es quedarse en él de algún modo, aunque sólo sea en rótulo de calle o en papel impreso. Que alguien hable de nosotros cuando hayamos muerto.

A ambos les une el deseo de no pasar del todo, de quedar, de permanecer, de no ser sólo carne mortal, perecedera.

viernes, 10 de junio de 2005

Don Miguel y don Juan

Nada nuevo se puede decir ya del Quijote, quizás tampoco de su autor. Nada nuevo, en todo caso, se está diciendo en este centenario, cansino, reiterativo, protocolario. En cambio, casi todo está por decir de don Juan Valera, de su figura enigmática y aparentemente contradictoria. Se me dirá que don Juan no llega a la genialidad de don Miguel, que no son magnitudes comparables. No es mi intención comparar. Pero mucho más fresca, mucho más viva, más cercana a nosotros está la obra de don Juan que la de don Miguel, porque no en vano pasa el tiempo, y no es lo mismo un siglo que cuatro. En cierto sentido, Valera es más moderno que Galdós, tan atenido el canario al documento de época, a la moda del momento, llámese naturalismo o socialismo. Yo releo dos preciosas novelitas de don Juan, Pepita Jiménez y Juanita la Larga, y las encuentro vívidas y lozanas, más vivas aún que cuando se escribieron. En ellas no habla Valera de luchas sociales, ni sus personajes simbolizan corrientes políticas. Nos habla de la vida. Delicioso es el epistolario de Valera, pero no menos atractiva es su obra ensayística, tan olvidada, tan necesitada de una buena antología. Pero Valera no tiene mucha suerte. El libro de Lombardero parece haberse escrito de broma, y desde luego con muy poca simpatía por el autor andaluz. El de Andrés Amorós, La obra literaria de don Juan Valera: la "música de la vida", que comienzo a leer ahora, parece interesante, aunque la primera impresión es que Amorós nos pinta un Valera demasiado contradictorio y demasiado ambiguo. Y contradicciones hay en Valera, como en cualquier hijo de vecino, y más si se llega a una edad provecta, pero, ¿no hay, con todo, un hilo conductor? La respuesta, en breve. Por el momento, una convicción personal: don Juan no es una figura menor, por debajo de Galdós o de Clarín, ni por su pensamiento, ni por su obra.