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lunes, 6 de mayo de 2013

“Una especie de persecución religiosa”

El lector habrá notado que hace cierto tiempo que no escribo. En parte esto es porque los temas, a fuerza de repetirse, pueden cansar. La noticia de la que voy a hablar a continuación es además un asunto bastante menor. Pero pensé que puede resultar interesante para ilustrar un tema que, justamente por ser menor, casi no he tratado nunca en este blog. Se trata de la cuestión de los símbolos religiosos en los espacios públicos.

Hace un tiempo los trabajadores del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec), en Perú, recibieron una comunicación de parte de la presidenta de esta institución, Gisella Orjeda, prohibiéndoles tener imágenes religiosas en las oficinas, dado que se trata de una institución pública laica y esas manifestaciones de fe corresponden a la vida privada. Los trabajadores, en un gesto que debería ser extraño pero desgraciadamente no lo es, se quejaron ante el cardenal Juan Luis Cipriani, que es el Arzobispo Metropolitano de Lima y Primado del Perú. Digo que debería ser extraño porque Cipriani es un funcionario de un estado extranjero que no tiene ninguna injerencia formal en las instituciones públicas de Perú. La apelación al cardenal es, entonces, síntoma del preciso problema que se buscaba atacar. La Iglesia Católica no es parte del Estado. El cardenal puede opinar sobre el tema pero no tiene por qué ser escuchado. El cardenal es un funcionario que trabaja por los intereses del estado del Vaticano y que es nombrado a dedo por el líder absolutista de dicho estado.

El diario El Comercio, que reporta la noticia, solicitó y/u obtuvo las declaraciones de un sacerdote, Gastón Garatea, quien manifestó que la medida era “una especie de persecución religiosa” y “buscar pleito por gusto”.

Es mi experiencia personal que acusar a alguien de crear conflicto “por gusto” es signo de pereza intelectual y de una incapacidad, de parte de los privilegiados, de ponerse en el lugar de los que no lo son. Garatea, como todos los creyentes, es un privilegiado. Como sacerdote entre creyentes, es más privilegiado aún. A los ateos, en la prensa latinoamericana, no se les pide opinión sobre asuntos religiosos. A los laicos no se les pide una opinión si hay un sacerdote que pueda darla. Garatea, como sacerdote católico, puede decir todo tipo de cosas (tontas, insensibles, brutales) a sabiendas de que su investidura lo protege, al menos en la apreciación de una buena parte del público. La religión provoca esa clase de ceguera. Si la presidenta del Concytec hubiese prohibido tener plantas o fotos familiares o casas de muñecas en las oficinas, ningún iluminado con privilegios culturales habría salido a decir que se trataba de una persecución o de buscar pleito por gusto; o al menos, ninguna persona que los medios se habrían dignado a escuchar.

Garatea: “Somos un país religioso, un país creyente.” Error. Los países no son religiosos ni creyentes. Una mayoría contingente de la población puede profesar una religión determinada, pero los países no son inherentemente de ninguna religión. Los estados, a veces, sí lo son (generalmente se trata de los estados más desagradables del planeta). Si Perú es creyente, ¿qué significa eso para un ateo o agnóstico? Hay creyentes para los cuales las imágenes de la figura humana representan idolatría. Sólo los privilegiados pueden decir “somos un país así y asá”.

Garatea: “Yo no creo que la gente sea más o menos creyente por las imágenes que tiene. Sin imágenes, el modo de la creencia es igual.” Entonces, ¿por qué tanto escándalo? Ir a llorarle al cardenal, darle prensa al padre Garatea, ¿no es “buscar pleito por gusto”?

El Arzobispo de Piura y Tumbes, José Antonio Eguren, no pudo dejar pasar la oportunidad para buscar pleito por gusto, sin embargo. “Tratándose de una institución del estado, esta medida es gravísima, porque marca el inicio de la discriminación de la fe en el Perú y su identidad católica.” ¿Qué es la “identidad católica” de Perú? La identidad es un derecho de las personas, no de los países. Identidad es ser quien uno es. Perú no es uno. Perú es sus ciudadanos, cada uno de ellos con su identidad propia. Perú no se define por su catolicidad. Crucialmente, ser peruano no es ser católico. La catolicidad no brota del suelo ni se inhala con el aire de Perú. Si la identidad de Perú es católica, lo es de manera contingente e histórica, pero no es sagrada ni digna de respeto en sí, como lo es la identidad de una persona. Discriminatorio sería, precisamente, suponer que todos los peruanos son católicos y además uniformemente católicos (no católicos laicistas, no católicos moderados, no católicos de los que no acostumbran llenar casas y oficinas de santos, crucificados o vírgenes llorosas).

La cosa, como se veía venir, termina con el triunfo del privilegio de las mayorías. La Concytec dejó la norma sin efecto ante las quejas, reafirmando su compromiso con la “libertad religiosa” de los trabajadores y alegando que nunca fue su intención prohibir nada. El cardenal Cipriani hizo su acto de gallito en gallinero, con una homilía airada donde defendió la fe como compatible con la ciencia, y eso fue todo, por ahora.

¿Habrá algún trabajador del Concytec que sea hinduista? ¿Lo defenderá alguien si desea poner en su escritorio una estatua de la diosa Kali en su representación con un collar de calaveras, con una espada sangrienta en una mano y una cuerda de ahorcar en otra? ¿Habrá algún satanista? Me gustaría saberlo.

jueves, 7 de julio de 2011

Podcast, episodio 3

El tercer episodio del podcast de Alerta Religión está online desde ayer. Los temas tratados: algunas noticias de ACIPrensa relacionadas con el aborto — la campaña de Natalia Fassi y Cynthia Hotton contra las mujeres, la “carta de un niño por nacer” que los fanáticos le enviaron al presidente electo de Perú, Ollanta Humala, la queja del vocero del arzobispado de México de que no se respetó su libertad de expresión al sancionárselo por hacer proselitismo desde el púlpito, y un reporte de cómo lo mismo está ocurriendo en Argentina, con ayuda de sitios como votovalores.org.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Que diez mil cultos florezcan… (A220)

Dos noticias relacionadas cortas que no llegan a ser malas, pero tampoco se ven bien. Bolivia: se aprobó una ley por la cual se dejará de enseñar sólo religión católica en las escuelas públicas… Ahora van a enseñar todas las que las administraciones locales crean que deban darse. Perú: se promulgó una ley de “libertad religiosa” que —como la que se proyecta aquí en Argentina— tiene como objeto reconocer derechos que ya están abundantemente reconocidos en otras leyes y reafirmar los privilegios de la Iglesia Católica, sin perjuicio de tratar a las otras creencias religiosas con supuesta igualdad (que no se extiende a otras ideologías ni a la ausencia de religión).

Lo de Bolivia es un avance, sin duda, pero no hacia la laicidad, sino hacia un estado pluriconfesional. Se ha festejado a Evo Morales por su postura pero el objetivo es ideológica, como él mismo lo ha dicho: se trata de “descolonizar”, lo cual implica (lamentablemente, y en tanto no se tomen otras medidas) volver atrás hacia la época anterior a la colonización, a la veneración de la Pachamama o de los dioses celestes de la antigua religión andina: creencias que quizá caigan más simpáticas que el catolicismo pero que no son menos oscurantistas que éste.

Lo de Perú es una mera ratificación del statu quo con algunos reaseguros interesantes, aunque el presidente Alan García se encargó de matar toda ilusión de laicidad y librepensamiento que pudiéramos tener sobre el espíritu de la ley al presentarla diciendo: “Esta ley confirma y afirma que somos una sociedad creyente, una sociedad que en su inmensa mayoría tiene fe”, como si eso fuera algo meritorio o deseable.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Embriones: ¿productos o personas? (A213)

Una pareja peruana va a demandar a una clínica de fertilidad asistida porque la mujer fue madre de una niña con síndrome de Down y una serie de otros desórdenes genéticos que, en teoría, deberían haber sido detectados antes de implantarle el embrión en cuestión. El padre justificó la demanda ante la prensa clamando: “¿Cómo se sentiría si le dieran un producto fallado?”.

La desafortunada frase cayó como anillo al dedo para las agencias de desinformación católica ansiosas por demostrar que la fecundación in vitro es inmoral, no sólo porque involucra seleccionar y desechar embriones, sino porque transforma al ser humano en un producto. Gloria Adaniya, de la organización “pro-vida y familia” CEPROFARENA, dijo:
“Nadie puede diseñar un tipo de bebé porque no se está hablando de objetos sino de vidas humanas. El ser humano, es un regalo de Dios y es un regalo del matrimonio, y no estamos en condiciones de estar eligiendo cómo debe ser.”
(Les dejo un momento para leer y saborear bien el oscurantismo fanático de esta contundente declaración, que tira por la borda siglos de medicina y ética en favor de un fetichismo salvaje como lo es la teología.)

La frase sobre el “producto fallado” se le puede perdonar al padre por tratarse de un momento de ofuscación, pero queda la pregunta. ¿Un ser humano puede ser tratado como un producto? La respuesta no se puede dar si no nos paramos antes a definir términos y marcar límites.

Hay una postura esencialista, generalmente proveniente de dogmas religiosos pero también posible fuera de ellos, que mantiene que hay una esencia abstracta, una humanidad, que se encuentra en cada uno de nosotros y que preexiste a la autoconsciencia y a la formación del cuerpo físico. Para los cristianos, la persona existe desde la concepción —obviando la dificultad de decidir cuándo es eso, ya que se trata de un proceso y no de un instante discreto— y además es querida por Dios desde el principio. Hay una postura contraria, a la que suscribo y que es probablemente la de la mayoría de los no creyentes, que mantiene que no hay tal esencia humana abstracta sino que la persona se va construyendo gradualmente según las leyes conocidas de la física y la química y los procesos habituales, complicados pero más o menos bien descriptos, de la biología. En general los defensores de esta postura creemos que un embrión humano no es una persona y puede ser manipulado y destruido como casi cualquier otro conjunto de células; la personalidad, la humanidad, está en él sólo en potencia y no preexiste a la formación de un cuerpo humano viable y de la autoconsciencia que nos distingue del resto del reino animal.

La postura esencialista es una creencia incomprobada e incomprobable. La otra postura no es su opuesta sino más bien su antecesora prudente. Es sencillo comprobar que un embrión no tiene ninguna de las características que asignamos (y por las que distinguimos) a las personas. No tiene sentidos ni consciencia de sí, no tiene órganos diferenciados, no tiene un cerebro desarrollado y en funciones, no tiene voluntad. Tiene un determinado ADN y una tendencia fisicoquímica a determinados cambios que, con cierta probabilidad, lo llevarán en un futuro a transformarse en una persona. Esta última característica (su orientación hacia un “objetivo” final identificable como una persona humana) es condición necesaria, aunque de ninguna manera suficiente, para que la idea esencialista pueda plantearse. Si un embrión “humano” pudiera transformarse en cualquier cosa, la idea de que un embrión es (esencialmente o metafísicamente) una persona desde la concepción sería ridícula.

Pero lo cierto es que un embrión sí puede transformarse en cualquier cosa, y de hecho lo hace: se transforma en seres humanos completamente distintos uno de otro (o bien, con frecuencia, muere antes). No hay una manera “científica” de determinar si un organismo dado es un ser humano; no hay un molde fijo, no hay un “ADN humano”. Cada uno de nosotros es distinto de los demás a nivel genético. Nos reconocemos unos a otros como personas por aproximación, no por el vislumbre de una esencia —no quiero decir alma— innata a la humanidad. Nuestro ADN es similar, no igual, al de nuestros congéneres, pero también es similar al de los chimpancés, el de los gorilas, el de los orangutanes y el de los lirios del campo y el de las sanguijuelas, si bien en distinto grado; nuestra autoidentificación como especie es difusa, de índole estadística. Sólo el Homo sapiens ha sobrevivido en la Tierra de las muchas razas de homínidos que la han surcado incluso hasta tiempos geológicamente recientes; si hubieran sobrevivido, este fácil esencialismo no las tendría tan fáciles.

Todo lo anterior es, desde luego, una blasfemia del más alto orden contra la doctrina judeocristiana de la Creación, y una de las razones por las cuales se puede argumentar que la teoría de la evolución no es aceptada, no puede ser aceptada plenamente por ningún creyente de esa doctrina. Si el hombre no es especial y distinto esencialmente  —no por la mera contingencia biológica— entonces Dios sólo ha elegido a un animal inteligente para Su Plan.

Esto viene a cuento de que el padre ofuscado porque su bebé nació con síndrome de Down no está equivocado. El “producto fallado” que le dieron no es el bebé, sino el embrión del cual se originó. Y es un producto porque no es esencialmente distinto (ni morfológicamente muy distinto, al microscopio) del embrión creado por fecundación artificial de un caballo o de una rana. Es un producto porque no es una persona, excepto para aquellos que definen persona como cualquier cosa que surja de la unión de un óvulo y un espermatozoide humanos. Deja de ser un producto cuando podemos reconocerlo como uno de nosotros, incluso aunque no esté del todo desarrollado. Un chimpancé adulto tiene muchas más características de persona humana que un embrión humano; recurrir, como hacen los pseudocientíficos católicos, a la semejanza del ADN, los hace culpables del reduccionismo vulgar que ellos mismos suelen denunciar. Una persona no lo es porque su ADN sea parecido al de las otras personas (y pasemos por alto la definición circular inherente aquí) sino por otros rasgos, más variados y más flexibles, que lo hacen similar a nosotros, a los que ya sabemos que somos personas. Con la paradójica postura esencialista-reduccionista de los católicos, llegamos al absurdo de que se considere una persona de pleno derecho a un organismo que no tiene cerebro ni sentidos funcionales, mientras que un organismo con la inteligencia de un niño de tres años, clara voluntad propia y muy posiblemente una autoconsciencia queda en pie de igualdad, a nivel legal y ético, con un mosquito.

Los padres de la niña a los que hace referencia la nota no pretenden que ella sea menos que una persona, o una persona fallada. Lo que dicen es que la clínica de fertilidad les dio un embrión con fallas en sus genes, entendiéndose por fallas a desviaciones de la norma que entran en el terreno de lo patológico, y que podrían haber sido previstas. (La clínica dice que se les ofrecieron los tests de rutina y no los aceptaron; la madre dice que nunca les ofrecieron nada: una disputa legal que no vamos a dilucidar aquí.) En nuestra sociedad consideramos personas de pleno derecho, a priori, a quienes tienen síndrome de Down (si su condición no les permite manejarse solos, tendrán un tutor, igual que cualquier otra persona en esa situación). No consideramos personas a los embriones en ningún sentido excepto —en casi toda América Latina— por la prohibición de destruir un embrión ya implantado en el útero. Equiparar una cosa con otra es un engaño y una apelación emocional de lo más ruin, y usarlo como propaganda para una visión del mundo oscurantista y antihumana es quizá la peor falta de respeto a la verdadera dignidad de la persona.

martes, 24 de agosto de 2010

El tesoro de la Iglesia

Ante esta confesión de amor al sufrimiento (ajeno), ¿qué podemos agregar?
“Un anciano o un enfermo puede hacer mucho más que lo que puede hacer un apóstol bueno y sano. Si se unen a la Cruz de Cristo pueden atraer enormes caudales de gracia no sólo para ustedes y sus familias, sino también para la Iglesia. La cama de un enfermo postrado se convierte en un altar donde podemos ofrecer al Señor Jesús nuestro sufrimiento.”
— José Antonio Eguren, arzobispo de Piura y Tumbes (Perú)

lunes, 26 de octubre de 2009

Píldora del día después, suspendida en Perú (A149)

Los pomposamente autotitulados “pro-vida” están felices porque en Perú una corte de justicia, a instancias de una asociación civil católica, ha cercenado uno más de los derechos reproductivos de las mujeres: el derecho a evitar un embarazo luego de una relación sexual no protegida, por medio de la droga levonorgestrel, componente de la mal llamada “píldora del día después” (PDS). O mejor dicho, el derecho de las mujeres pobres, que no pueden comprar la droga, ya que el fallo judicial sólo impide la distribución gratuita de la PDS por el estado; quienes tengan dinero podrán adquirirla en las farmacias como de costumbre.

Poco puedo agregar a lo que ya escribí hace más de un año, cuando una corte argentina de la provincia de Córdoba suspendió la distribución de la PDS en los centros de salud estatales. Científicamente, la posibilidad de que el levonorgestrel impida la implantación de un óvulo fecundado existe, aunque no está probada. El embarazo, por definición médica, comienza cuando el óvulo fecundado se implanta en la pared del útero (o en otro lugar, en el peligroso caso de un embarazo ectópico), de manera que incluso esta pequeña posibilidad de que se pierda un óvulo fecundado no constituye un aborto.

No obstante, la influencia cultural y política del catolicismo ha conseguido introducir en las legislaciones de muchos países (e instalar en las esferas de poder) la idea de que la vida humana comienza con la concepción, es decir, el momento en que el óvulo es fecundado por el espermatozoide. Lo cierto es que “vida humana” es un término muy vago, y peor es “persona” como sujeto de derecho. Si bien el cigoto tiene indudablemente ADN humano, eso es prácticamente lo único humano en él: no sólo es microscópico, sin órganos, sin sistema nervioso y por supuesto sin sensaciones ni consciencia, sino que además tiene bastantes probabilidades de ser expulsado espontáneamente por el organismo de la mujer, sin que ésta llegue a enterarse.

Es desgraciadamente muy sencillo, para los integristas católicos, imponer sus doctrinas a los demás en América Latina: basta con hacer una campaña de desinformación, encontrar políticos temerosos de ser tildados de abortistas o “anti-vida”, y apelar a cortes judiciales de orientación conservadora utilizando evidencia científica defectuosa o distorsionada. La pelea contra los derechos no termina jamás.