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miércoles, 2 de mayo de 2012

Jarry en bicicleta


Sabía que Alfred Jarry era un hombre subido a una bicicleta. Desde ese punto de vista el título de esta entrada es un pleonasmo. Sabía que se paso la vida recorriendo el centro de París y las orillas del Sena en su bici, pero no sabía que se había comprado a crédito una "Clément Luxe" que por supuesto nunca llegó a pagar. Jarry llegaba a los sitios de milagro porque para primera hora de la mañana estaba como una cuba y los trayectos se convertían en un ir y ven ir alucinado en el que las cosas pasaban a toda mecha ante sus ojos y ante su mente acelerada. Jarry era un hombre herido al que el aire sobre el rostro le hacía bien en más de un sentido. El cosmos entero soplaba y él se despejaba un poco al tiempo que iba recreando su mundo interior, el mundo de Ubú, rey polaco sin otro reino que el de sus instintos, pasiones y caprichos asesinos. Un mundo completamente subjetivo, ajeno a idea alguna de norma. Un mundo experimental, grosero, cambiante. No resulta fácil darse cuenta de lo que representa Jarry para la historia de la literatura (y de la cultura) del siglo XX, hasta qué punto fue precoz en su atrevimiento estético y moral. Baste recordar que Ubú Rey apareció en 1896, quince años antes que las Impresiones de África de Roussel, veinte antes que La tetas de Tiresias de Guillaume Apollinaire. En cierto sentido hay que reconocer que fue Jarry quien lo cambió todo. Como dijo Breton, a partir de Jarry la literatura se desplaza en terreno minado.
Este pequeño gran volumen, Ubú en bicicleta, de ediciones Gallo Nero, nos presenta a Alfred Jarry de un modo indirecto, a través de la conexión con su bicicleta: esqueleto exterior, máquina del tiempo, fuente de aire e inspiración. El trabajo de Nicolás Martín que ha seleccionado los textos y escrito el prólogo me parece meritorio. La traducción, de Laura Salas Rodríguez, de primera.

domingo, 15 de abril de 2012

Mesdames


A la vuelta de un pequeño viaje recojo del correo varios libros de personas a las que conozco y quiero, y todas ellas son francesas. Anne Picard me manda su antalogía de Victoria Campo titulada En témoignage (Antoine Fouquet, 2012). Una maravilla la selección, la traducción y el postfacio de Anne. El pasado miércoles Philippe Lanson le dedicaba un artículo encomioso en Libération. Florence Delay ha transformado su libro sobre las pinturas de mujeres de las paredes de Fontainebleau en un volumen de la nrf titulado Il me semble, mesdames (2012), fórmula que le sirvió para comenzar su discurso de entrada en la Academia, y le sirve como anáfora en varios de las treinta y una estampas, nouvelles o cuadros del del famoso castillo, de sus damas, reinas, favoritas o cortesanas, de sus pintores, de "sus amores y sus fiestas" escribe Florence. No hay amor verdadero sin presencia de la muerte, y Laura Bossi me manda un libro titulado Les frontières de la mort (Payot, 2012), del que había leído algunas partes, y que trata sobre los criterios para determinar que alguien ha muerto en efecto. Copio sólo dos frases que dan mucho que pensar: "Parece que ha sido detectada actividad cerebral (con los mismos niveles que se obtienen durante el sueño) mediante el electroencefalograma varias horas más tarde de que un diagnóstico clínico de muerte encefálica se hubiere producido y minutos después de la parada cardiaca y del cese de la circulación… Conocemos mal el proceso de la muerte, y aún menos las vivencias conscientes de los moribundos". Apasionante el estudio de Laura, los análisis que realiza y las conclusiones a las que llega, también en el orden ético y antropológico. Pero a lo que voy: cuando telefoneo a estas mujeres para felicitarlas por sus obras y agradecerles el envío, me quedo pasmado porque en la conversación, no contentas con quitarse cualquier mérito (parece que esos libros se hubieren escrito solos) me anuncian el envío inminente de próximos trabajos. Qué maravilla de laboriosidad, de pasión intelectual, de entusiasmo. Eso es para mí Francia. ¡Qué ejemplo!

P.S. También he recibido la edición de Kashtanka de Chéjov (Tres en Línea, 2012) ilustrada por mi amiga Eleonora Arroyo (la autora del hobbyhorse de mi cabecera. Otra persona que trabaja como mil haciendo el ruido de uno). Lo hemos leído Inés y yo entusiasmados con el texto y con las imágenes de Eleonora. Es una maravilla que guardo como un tesoro).

jueves, 29 de marzo de 2012

Notas para un diario 234


Siempre creí, equivocadamente, que esta foto de Helmut Newton, que el Grand Palais ha elegido para el póster de la retrospectiva que le dedica estos días, estaba tomada en la rue des Beaux Arts. Son esas cosas que a uno se le meten, no se sabe como, en la cabeza y que se quedan ahí para los restos. Está realizada en 1975 y es una foto en espejo goyesco con otra en la que la misma mujer aparece desnuda. Yo confieso que no he visto aún la otra foto. La calle, situada detrás de la rue de Rivoli, en la margen derecha, se parece como dos gotas de agua a esas que mencioné en la nota anterior, de la izquierda, las calles Visconti, Bonaparte, Beaux Arts, etc. En esta última, en un hotelito humilde que fue derribado y que se llamaba Hotel D´Alsace, vivió sus últimos años, y murió el 30 de noviembre de 1900, Oscar Wilde. Tenía a su muerte más o menos mi edad, pero estaba destrozado, muy posiblemente por la sífilis. Puestos a hacer confesiones diré que mantengo una identificación mística con el escritor dublinés. Que cada quien piense lo que quiera al respecto, pero esa identificación, en mi caso, se hace más y más intensa justamente con el Wilde de los últimos años parisinos. He peregrinado (y seguiré haciéndolo) a cada uno de los rincones que de una manera u otra lo evocan, De Profundis en mano, y he percibido, sentido, casi tocado, su espíritu todavía vivo; es por ahí por donde yo experimento la presencia de algo que no es de este mundo. Sus opiniones al final de su vida eran rotundas y claras. Por ejemplo, sobre el éxito y el fracaso (en el que estaba plenamente sumido) decía que "el artista que triunfa es un artista incompleto. El éxito es un mero episodio (es cuanto puede ser) y el fracaso es el desenlace real, finalla suprema función del artista es reflejar la belleza del fracaso". Pienso que hay mucho contenido en esas intuiciones, pero no me toca a mí desvelarlo ahora. Es una réplica exacta del pensamiento de Cervantes. Hasta el último día, Wilde mantuvo intacto el deseo de amar: "Para mí la vida sin deseo no merece la pena vivirse", dijo a su amigo Frank Harris. A pesar de lo que se ha escrito, mantuvo también vivo el deseo de escribir (y se mantuvo a través de él). Dijo a algunos que "su obra estaba ya hecha" pero también escribió en una carta que en el fondo de su corazón, "esa cámara de los ecos muertos" (toma escritor) deseaba hacerlo cada mañana de cada nuevo día. Por eso le admiro. En eso quiero ser, vivir y morir como él. Deseando. De Newton, Helmut, hablaremos otro día.

martes, 13 de marzo de 2012

Trabajos forzados (Daria Galateria)

Daria Galateria pertenece a ese sinfín de escritores italianos enamorados de Francia. Durante siglos los autores europeos (de Montaigne a Goethe y a Byron, de Szentkuthi a Stendhal o a Keats) pasaban por los estados italianos de forma religiosamente obligatoria. En el siglo XX en cambio, el camino ha sido más bien el inverso. Italo Calvino, Tabucchi, Sciascia o Magris compraron casa en París, y la lista de afrancesados italianos equivale a la de sus mejores poetas, narradores y cultivadores del ensayo: Lampedusa, Savinio, Spaziani, Montale, Lampedusa, Giovanni Macchia, Calasso, Benedetta Craveri, todos han dedicado la parte del león en su obra a invitar a los demás a asomarse a las grandiosas letras francesas. También es el caso de Daria Galateria. Sus trabajos sobre André Breton, sobre el Gran Siglo, sobre Port-Royal y sobre la Revolución de 1789 son sencillamente extraordinarias. Impedimenta (2012) ofrece ahora un libro, Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, en el que podemos apreciar sus mejores cualidades como ensayista. El volumen contiene veinticuatro retratos de escritores (nueve de ellos franceses) escritos desde el punto de vista de su paso por los trabajos no literarios que mantuvieron, o con los que se mantuvieron. La primera nota que caracteriza estos textos es la brevedad. Las vidas breves o mínimas es en sí mismo un género cultivado desde la antigüedad por espíritus tan refinados como Aubry o Schwob, un género que personalmente me apasiona. En unos pocos trazos, desde un punto de vista imaginario o real, el autor presenta una vida entera, la resume y le otorga un sentido. La perspectiva adoptada por Galateria es acertada para ese fin literario: el trabajo alimenticio puede redimir y rehacer una vida, es ahí donde los escritores son de manera más eminente ese "nadie" que se esconde detrás de un verdadero escritor. Daria Galateria ha ido más lejos de esa perspectiva, rozando al paso de las meras informaciones momentos cruciales de la vida de los autores: sea del Chatwin que nunca se dejó atrapar por las excepcionales cualidades físicas e intelectuales que le adornaban y que hacían descollar donde quiera que se encontrase, del Claudel que era capaz de caer casi en el delito por favorecer al amor de su vida, del Hrabal que se abre paso en medio de la experiencia totalitaria y sale no sólo indemne sino cada vez más libre y fuerte, etc, etc. Cada retrato es una pequeña obra de arte. La mirada oblicua, la sabiduría que le lleva a evitar conclusiones fáciles, el estilo y la forma de mirar, en dos palabras. Gran libro. Quizás uno de los últimos trabajos, como traductor, del recordado Félix Romeo.

sábado, 10 de marzo de 2012

Notas para un diario 231 (Rue Visconti)


Al azar de una búsqueda encontré ayer esta foto de un patio trasero, el del número 21 de la rue Visconti en París. Siempre me fascinó ese nombre italiano au coeur même de la ville. Es una calle pequeña paralela al río (a la altura del Quais Malaquais), paralela también a otras callejas bellísimas como lo son la rue Jacob o la rue des Beaux Arts, perpendicular a la rue de Seine y a la de Bonaparte, con la que forma un ángulo casi recto. He paseado mucho por ahí – ¿quién de los que amamos París ha dejado de hacerlo? –, conozco muchas de sus puertas y ventanas, he husmeado en sus recibidores e imaginado las vidas que transcurrían tras esos gruesos y húmedos muros. Me encantó hallar esa foto justo cuando estoy intentando traducir un pequeño libro de Julien Green. Ese patio cubierto por parras vírgenes le hubiera fascinado al gran escritor sudista. Vignes vierges en francés. Apenas sé nada de jardinería, aparte del hecho de que me encantan las plantas, pero tengo entendido que a diferencia de la hiedra las parras que se asientan en la piedra de los muros cambian de color y con frecuencia adquieren esos tonos que oscilan entre el malva, el morado, el color del vino. Burdeos, decimos en español también, y por algo. El relato greeniano, que conozco desde hace más de veinte años, leído y pensado ahora de nuevo, me está impresionando. El tema de fondo es la religión, claro; muy unida a la sexualidad y a la escritura. Claro en alguien como él, que no vivió más que para ese misterio de amor y de muerte que encierra la literatura. Creo que el caso de Kafka es distinto, y no sólo por el hecho de que fuese de origen judío. Kafka estaba inmerso más bien en una tradición humanística y atea que, sobra decirlo, parte del hecho religioso también aunque se puede afirmar que lo ha abandonado (en algunos casos habría que decir más bien que se ha sentido abandonada). No me gusta la palabra superado en este contexto, como rechazo una visión lineal del progreso. Siempre estamos volviendo a lo mismo, nuestro caminar describe más que una recta un círculo. Entre todas esas corrientes, idas y venidas, me encuentro a gusto en los lugares más indeterminados, como me encuentro en casa en las estrechas aceras de las calles más viejas de París. No me engaño: soy muy consciente de que esa opción, para alguien como yo, es del todo dramática.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Cien años de Gallimard

La actual Gallimard nace a finales de mayo de 1911 cuando André Gide, aconsejado por Paul Claudel, decide asociar la Nueva Revista Francesa, NRF, a una casa de ediciones creada a tal efecto. Para ello cuenta con Jean Schlumberger y con Gaston Gallimard, la persona que ocupa la gerencia de la empresa y que desde el primer momento busca, sin perder la impronta que Gide y la NRF otorgaban a la nueva editorial, una cada vez mayor independencia del autor de Los monederos falsos, tentado de hacer de Gallimard algo a su medida. En 1913 Gaston Gallimard compra a sus primeros socios todas las participaciones de la editorial y toma el control de la misma. La idea se redefine: quiere inicialmente una empresa abarcable, con pocos gastos, ediciones poco decoradas, un repertorio amplio y abierto. Con dos obsesiones: la independencia respecto de cualquier servidumbre ajena a la calidad literaria (contrariamente a lo que se piensa, las ediciones de Gallimard han sido mucho menos restrictivas o sectarias que la mayoría de las editoriales) y el trato personal y directo con los autores. Los diferentes miembros de la familia Gallimard que han dirigido o trabajado en la casa (Gaston, Claude, Antoine, Isabelle, etc) se han distinguido por su amistad con muchos de los escritores. Junto a estos dos aspectos, el acierto de Gallimard ha estado siempre en el sexto sentido que han desarrollado sus directores para elegir a los colaboradores, directores de colección, miembros del célebre comité de lectura. La lista es realmente impresionante (de Rivière y Paulhan al principio a los Claude Roy, Camus, Kundera, Handke, Sollers, Le Clézio, Pontalis, Pierre Nora…) y el estudio de las fichas de lectura que se pudo llevar a cabo en parte durante la exposición en la Biblioteca de Francia resulta tan sorprendente como provechoso para los amantes de la literatura.
Hay algunos hitos en la historia de Gallimard que han hecho correr ríos de tinta y que están lejos de haberse esclarecido del todo. Las devastadoras consecuencias en Gaston de la primera guerra, la lucha por la independencia ante el vendaval del surrealismo, del existencialismo, del Nouveau-roman que amenazaba siempre con identificarles con algún movimiento o tendencia concreta, los casos “Gide” y “Proust”, la expansión comercial de entreguerras, mal entendida por algunos autores “de élite”, la discutida posición de los responsables en la etapa colaboracionista de Vichy, la muerte de Camus y Michel Gallimard en accidente de coche en enero de 1960, las alianzas empresariales y la renovada lucha por la independencia en los ochenta y en los noventa, etc. Cada situación merecería un capítulo aparte.
Sea como fuere, la historia de la editorial de la rue Sébastien-Bottin conforma una parte importante de la historia de la edición literaria en Francia, el país que durante el siglo XX ha servido de catalizador de lo más relevante que se ha escrito en el mundo. Cien años de aciertos, con pocos errores, cien años de lucha por el proyecto familiar de situar a la literatura en el alto puesto que debería corresponderle en la vida de la sociedad.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Adrienne Monnier y Alberto Manguel


Se publican dos obras que nos permiten adentrarnos en las habitaciones interiores del mundo literario. Rue de L´Odéon, de Adrienne Monnier (Gallo Negro, 2011) y Conversaciones con un amigo, las conversaciones de Alberto Manguel y Claude Rouquet (La Compañía de los Libros, 2011) son dos obras muy distintas pero con algo en común: rezuman inteligencia y amor por los libros literarios. El primero, Rue de L´Odéon, comienza así: “La Rue de L´Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observa con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier con su pelo corto y su largo vestido suelto.” Es Simone de Beauvoir la que lo escribe, y es que Adrienne Monnier, librera vocacional, se había constituido en las primeras décadas del Siglo XX es un polo de atracción para un buen número de escritores y artistas parisinos. De Rilke a Valéry, de Léon-Paul Fargue a Prévert, de Pascal Pia a Dujardin, Joyce, Beckett, en fin, casi todos pasaron las horas vivas en esa pequeña estancia en la que, al tiempo que se oía a Satie tocar en vivo, se prestaban libros, se escuchaba a los demás, se descansaba y se procuraba que todos los amigos de la Monnier se sintieran un poco menos solos. Edición espléndida la de Gallo Negro, impecable, llena de tesoros inesperados, de cartas, de fragmentos, de notas que permiten por un instante inhalar aquel aire de libertad de la rue de l´Odéon. Algo parecido respira en el libro de conversaciones con Alberto Manguel. Ojo, más que conversaciones propiamente dichas, se trata de que alguien le tira de la lengua y el escritor argentino cuenta los momentos esenciales de su vida. Los interlocutores se conocen, claro. Se nota que lo están pasando en grande (¿quién no iba a pasarlo bien con ese libro abierto que es Aberto Manguel?) y eso da al volumen, como a casi todo lo que él toca, un aire fresco, amable, lúcido. Rara combinación en un mundo en el que una buena parte de la parroquia literaria tiende a aburrirse, a jugar al golf o a despedazarse sin piedad. Manguel, a quien debemos una de las pocas aproximaciones al maestro Borges de lectura obligada, destaca siempre por su apertura, por su criterio, por su capacidad de admirar. Y su vida es bien azarosa, léanlo. Ha pasado por buena parte de las situaciones inquietantes que quepa imaginar, pero ha salido a flote gracias, entre otras cosas, a su amor por los libros. Aún a riesgo de hacer una lectura esotérica de su existencia, de esas que pueden provocar la sonrisa de alguien como él, yo me quedo con el sano nihilismo de un pasaje que evoca un periodo intermedio de su vida, su primer paso por París a finales de los sesenta y sus inicios en la escritura. Se instala en el hotel de la rue de Saints-Pères, entre un grupo de mujeres de esas que nos precederán en el reino de los cielos. No tiene un franco, ni viejo ni nuevo. Se aposentaba cada día en el Flore. Llegaban Sarduy o Bianciotti. Le pagaban el café. Y Manguel, qué hacía toda la santa mañana. Nada, o sea lo mejor que puede hacerse a veces. Lo explica muy bien. “No llego a entender qué podía hacer ahí tanto tiempo. No leía, no escribía, raramente iba a los museos: ¡no hacía nada! Pasaba horas y horas sentado delante de mi café. Y tengo la impresión de haber pasado años así, sin hacer nada… Hoy me cuesta entender semejante paciencia para no hacer nada. No tenía nada, no hacía nada” (115-116). Magnífica descripción de un aprendizaje literario genuino. Dice no entender, pero yo sí lo entiendo, quizás porque me recuerda su precisa descripción al Sermón del maestro Eckhart en el que comenta la palabras de San Pablo tras caerse del caballo: “Y no veía nada”.

lunes, 4 de julio de 2011