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sábado, 10 de marzo de 2012

Notas para un diario 231 (Rue Visconti)


Al azar de una búsqueda encontré ayer esta foto de un patio trasero, el del número 21 de la rue Visconti en París. Siempre me fascinó ese nombre italiano au coeur même de la ville. Es una calle pequeña paralela al río (a la altura del Quais Malaquais), paralela también a otras callejas bellísimas como lo son la rue Jacob o la rue des Beaux Arts, perpendicular a la rue de Seine y a la de Bonaparte, con la que forma un ángulo casi recto. He paseado mucho por ahí – ¿quién de los que amamos París ha dejado de hacerlo? –, conozco muchas de sus puertas y ventanas, he husmeado en sus recibidores e imaginado las vidas que transcurrían tras esos gruesos y húmedos muros. Me encantó hallar esa foto justo cuando estoy intentando traducir un pequeño libro de Julien Green. Ese patio cubierto por parras vírgenes le hubiera fascinado al gran escritor sudista. Vignes vierges en francés. Apenas sé nada de jardinería, aparte del hecho de que me encantan las plantas, pero tengo entendido que a diferencia de la hiedra las parras que se asientan en la piedra de los muros cambian de color y con frecuencia adquieren esos tonos que oscilan entre el malva, el morado, el color del vino. Burdeos, decimos en español también, y por algo. El relato greeniano, que conozco desde hace más de veinte años, leído y pensado ahora de nuevo, me está impresionando. El tema de fondo es la religión, claro; muy unida a la sexualidad y a la escritura. Claro en alguien como él, que no vivió más que para ese misterio de amor y de muerte que encierra la literatura. Creo que el caso de Kafka es distinto, y no sólo por el hecho de que fuese de origen judío. Kafka estaba inmerso más bien en una tradición humanística y atea que, sobra decirlo, parte del hecho religioso también aunque se puede afirmar que lo ha abandonado (en algunos casos habría que decir más bien que se ha sentido abandonada). No me gusta la palabra superado en este contexto, como rechazo una visión lineal del progreso. Siempre estamos volviendo a lo mismo, nuestro caminar describe más que una recta un círculo. Entre todas esas corrientes, idas y venidas, me encuentro a gusto en los lugares más indeterminados, como me encuentro en casa en las estrechas aceras de las calles más viejas de París. No me engaño: soy muy consciente de que esa opción, para alguien como yo, es del todo dramática.

lunes, 6 de junio de 2011

Claude Monet y el jardín de Giverny


Leo con interés un librito titulado Claude Monet y Giverny (Olañeta, 2011, 6 €). Contiene los dos ensayos principales que Octave Mirbeau escribió sobre su amigo pintor ("Claude Monet y Giverny" y "Claude Monet, discípulo de nadie"). A Mirbeau lo que más le atraía de Monet era la radicalidad con la que se había "aislado" en Giverny, a la búsqueda de una atmósfera en la que crear. Naturalmente lo más creativo de todo fue el intento en sí de hacer un mundo propio para después reproducirlo en los paneles y en las telas. Una especie de adelanto de lo que después se ha llamado pomposamente la obra de arte total. Mirbeau era un experto en jardinería, como se muestra en las primeras páginas de su ensayo sobre el jardín de Giverny en el que cita no menos de cincuenta especies de flores y plantas. Se dice que se inspiró en ese lugar mágico para algunos pasajes de El jardin de los suplicios, la novela erótica que tanto fascinó a Kafka.