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jueves, 26 de abril de 2012
The inner ring
El trabajo de años en alguien como Kafka te marca de por vida. Pasaría lo mismo con Dante, con Shakespeare, Cervantes y Calderón, con Joyce o con Proust. Quizás no ocurra lo mismo con los demás. ¿Son entonces un mero resto? No exactamente, pero no te marcan así, no tienen esa fuerza de conformación interior. Esos autores se te instalan en el tuétano y acabas viéndolo todo bajo su especie. El otro día me escribía una amiga argentina que, gracias al amor de una persona, había descubierto dentro de sí un espacio de libertad que ni siquiera sospechaba que existiera. Enseguida pensé que Kafka toda su vida buscó eso precisamente. Sus historias son el intento frustrado, imposible, de acceder a lo que se puede llamar el círculo interno, an inner ring. En ellas queda patente que, detrás de lo que vemos, de lo que tocamos, de las estructuras de las cosas, hay algo más, otro orden, otros poderes que condicionan fatalmente lo exterior. La realidad es un conjunto de círculos de poder inverso al tamaño de los mismos: cuanto más grande es el círculo, cuanto más externo, más insignificante resulta ser. Lo que ocurre es que cada círculo (de personas, de ideas, de sentimientos) te encierra y no hay manera de salir de él y de su ámbito de influencia. Todo son obstáculos para coger con la mano un aro menor, más restringido y esencial. Sería liberador. Acceder a los anillos del centro de las cosas queda descartado, por muy pequeño que uno se haga, por mucho que se mengue. The inner circle es un mero ideal. Creo que Kafka acertó en mostrar que esta lógica cambia radicalmente si se trata de aplicarla a aspectos externos de la vida o a la existencia más íntima y personal. Se trata de la gran paradoja kafkiana, que yo entiendo así: en la vida social, en las relaciones de poder, los círculos internos (que desde luego existen, todos lo sabemos: basta con que se junten media docena de personas para que se generen de inmediato) son tan inevitables como odiosos. Con frecuencia las personas más libres los detestan, no quieren saber nada de ellos y mucho menos participar en su lógica conservadora y hostil. Pensemos en un campamento de verano, en una universidad, en un sindicato o en la sociedad entera. Pasa siempre lo mismo. Sería extraordinario saber por ejemplo quién coño esta mandando en este momento en el mundo capitalista. Desde luego yo dudo de que sean los que aparecen en el horizonte político. Hay círculos internos que determinan la política. La peor de las corrupciones. En la vida íntima ocurre lo contrario: una persona libre quiere encontrar esos círculos internos, acercarse cuanto más mejor a la verdad, a la transparencia, a la realidad en suma. En el centro mismo, en el centro minúsculo del anillo más pequeño está el amor, eso para mí está claro. Por eso para ser libre, como mi amiga, hay que amar mucho y hacerse muy pequeño. Melville, Robert Walser, Hawthorne, Leskov, Azorín y algunos otros lo sabían. Y Kafka lo explicó como nadie.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Notas para un diario 214
Increíble esta foto de Sander, el minero-fotógrafo-apuntalador. Qué necesidad habría de leer ni una palabra sobre Kafka habiendo fotos así. Lo dicen todo. El vacío por fuera y por dentro. La vestimenta, coraza del burgués sobre el cuerpo como una piel auténtica, mucho más auténtica que la que hay por debajo. La calle podría ser otra "gran vía" de cualquiera ciudad europea. Son todas iguales. Somos todos iguales por fuera, y tal vez por dentro mucho más de lo que pensamos. ¿A qué espera Sander? Ya sé que ni siquera se llama Sander pero acabo de rebautizar al tipo de mirada torva. Es un hombre hueco, pero no en menor medida en que lo seamos tú o yo, mi hermano mi compadre. Yo en concreto tenía unos guantes idénticos de carpincho traídos directamente de la Argentina por una amante fielmente infiel. Conste que es mejor eso que ser infielmente fiel, vamos digo yo, aunque sobre eso hay mucho escrito y debatido por todos los beodos que en el mundo han sido. Me voy a callar porque si sigo por aquí esto dejará de ser un ejercicio de estilo y se convertirá en una confesión y no podré publicarlo, que yo no soy San Agustín aunque diga mil veces al día" todavía no", nodum, que no hay nada más imposible que convertirse en un personaje de ficción sobre todo si la ficción es una ficción real. Os dejo con esa foto walseriana, azoriniana, larbodiana, vilamatiana, sveviana, boviana y sobre todo sobre todo kafkiana.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Dimitrijevic, Maurice Nadeau y Annemarie Schwarzenbach
Hace pocos días me enteré de la muerte de Vladimir Dimitrijevic. El creador de las ediciones L´Àge d´Homme, una de las más editoriales realmente europeas que quedan en pie. Dimitrijevic era un escritor tan grande que no le importó dedicarse a publicar a los demás, empezando, siguiendo y terminando por los clásicos (especialmente los del Este de Europa) estuviesen vivos o no. Me imagino que su recibimiento en el más allá habrá sido de campeonato. Me imagino la cerrada ovación a la que me sumo. Otro clásico de la edición, Maurice Nadeau (en la foto de Di Marco), el editor de La Quinzaine Littéraire, ha presentado recién el libro de Annemarie Schwarzenbach de su colección Voyager avec… Me apasiona esta colección. Hay cada joya… (Sôseki por ejemplo, o Maspero o Larbaud o Magris). Sueño con ver en esa colección, tan bien editada, tan atinada y completa un Vila-Matas y un Pla, para mí los dos grandes viajeros literarios españoles (con Azorín) de la modernidad. El volumen de la Schwarzenbach, autora que me resulta cada día más fascinante, me deja con la boca abierta. Ahí están sus textos más occidentales (Minúscula ha editado con primor los viajes a Oriente). Ahora puedo leer Estados Unidos, Francia, Austria, Portugal y España. Para mí sorpresa el viaje español que se recoge es un viaje a Pamplona.
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