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sábado, 31 de agosto de 2013

Andanza ilimitada

Echa a andar, sólo para ver hasta donde lo llevarán sus pasos sin rumbo. Después de varias horas está maravillado por todos los lugares que visitó desde los confines de su celda.

miércoles, 28 de julio de 2010

la distancia entre tú y yo...

Me enamoré. 
Y la distancia entre tú y yo 
se fue reduciendo 
hasta el punto en que 
todo lo que había entre tú y yo  
se volvió TuYo
Lo malo es que no fue recíproco, 
así que me quedé sin nada...

jueves, 30 de noviembre de 2006

Aún más microcuentos de ajedrez


A aquella torre del flanco del rey le gustaba evitar que su rey enrocara de su lado y así poder lanzar a los peones en un ataque suicida a la bayoneta contra el rey enemigo que se había enrocado de ese flanco. De esa forma podía luego entrar la dama, los alfiles, caballos y ella misma al desbaratado enroque enemigo.
Ese ataque a veces funcionaba, y algunas veces no. Pero lo que inquietaba a los heroicos peones no era su sacrificio, sino el hecho de que a la torre le gustara escuchar “La carga de las Valquirias" mientras lanzaba el ataque.



El rey se la pasaba buena parte de la partida refugiado en su enroque. El ejército enemigo le gritaba “cobarde” y él aguantaba con los dientes apretados sin hacer caso a las provocaciones. Sin embargo, un poco pasada la mitad del juego, cuando solamente quedaban algunos peones y piezas, entonces por fin salía.
Era su momento. Era el momento del rey.



Al alfil negro le gustaba la variante del dragón de la defensa Siciliana, pero esta vez estaba enojado. Los peones ya habían formado el fiancheto, pero el alfil se puso furioso cuando estaba a punto de colocarse en su “cueva”.
“¿Donde está mi disfraz de dragón? ¡No es chistoso! ¿Quién fue el gracioso que me lo escondió?”.


No sabía cómo había ocurrido. El pobre caballo en uno de sus increíbles saltos había caído sin que se diera cuenta, en una esquina del tablero. El rey contrario que estaba cerca, vio su oportunidad y se le acercó cuidándose de sus coces.
El caballo refunfuñaba: “No puede ser que esto me suceda a mi”. “¡Quedar atrapado!”, “¡Yo, que soy el caballo indomable!”.


El alfil estaba feliz pues se había comido al peón de la torre.
Pero se le borró su sonrisa cuando el peón de caballo avanzó un paso y le bloqueó la salida, con lo que el alfil quedó atrapado y fue comido precisamente por su glotonería.


Le dijeron que era un final de alfiles de distinto color. Así que el pobre alfil se llevó un buen susto cuando se encontró, en la diagonal por la que iba él tan tranquilo, a su oponente.
“¿No que era un final de alfiles de distinto color?”, le reclamó a su informante.
“Pues sí. Tú eres blanco y yo soy un alfil de color negro”.


El rey negro quería ser mimo. Así que le gustaba acercarse lo más posible al rey contrario (dejando una casilla enmedio de los dos ya que no se podía acercar más porque si no lo capturaba el otro rey). Y entonces se ponía a hacer el acto de tocar una pared invisible que los separaba. Pared que en este caso prácticamente sí existía.


Un día, la reina le dijo a su consorte: “¡Ven, acompáñame! Voy a darle un beso mortal al rey enemigo”.
La dama se puso bien pegada al monarca contrario y sonriéndose le dijo: “¡Eres mío!”.
El rey enemigo a su vez se rió: “No, ¡tú eres mía!”.
La reina asustada volteó a buscar el apoyo de su rey, quien celoso había cerrado los ojos y se había quedado rezagado a un par de casillas de distancia por lo que la pobre dama estaba indefensa, y el beso mortal lo iba a recibir ella.


Después del enroque, el rey quedó tras bambalinas esperando salir a dar su gran actuación.
No tuvo que esperar mucho, le dieron mate y la extraordinaria representación de su muerte le valió un Óscar.



El rey estaba preocupado. Un peón había llegado a la octava fila y ahora que se había coronado en dama el rey temía que lo acusaran de bigamia.

Aquel rey pensaba que su reino era muy extraño. Estaba lleno de gemelos: dos torres, dos caballos, dos alfiles.. ¡y hasta un grupo de pequeños octillizos! Era extraño pensar que él, el mismísimo rey, podría tener un hermano gemelo perdido por ahí que luego podría aparecer reclamando el trono.

Los peones de torre al estar tan cerca del límite del tablero se asomaban por la orilla y sentían vértigo de altura.

El rey se sentía seguro en su enroque. Protegido tras la fortificación de sus peones que, aunque pequeños, eran aguerridos; también por el caballo siempre dispuesto a saltar encima de cualquier enemigo y la confiable y fornida torre que le servía de guardaespaldas; bueno, de guarda...brazo porque lo tenía a un lado.
Pero a pesar de todo eso, el rey estab inquieto, y volteó porque a sus espaldas sentía nerviosas cosquillas pues presentía la presencia de alguien. Se encontró con las miradas amenazadoras de las piezas enemigas capturadas. Entonces pensó que debería de cambiar de lugar los calabozos.


Aquel rey, para ganar estaba dispuesto a sacrificar todo.
Se sacrificó y... ¡perdió!




El caballo blanco brincaba a lo loco causando un sinfín de problemas a su propio equipo. Le advirtieron que se fijara muy bien en los saltos que iba a hacer, pero siguió haciendo marometas sin sentido.
Por último decidieron sacarlo. Así que... ahí va la canción: “Este es el corrido del caballo blanco corrido”.


El plan del rey era muy bueno.
Era una lástima que la bandera roja del reloj hubiera caído indicando que ya no había tiempo ni siquiera para platicarles a las otras piezas en qué consistía el plan.


La posición no tenía ninguna debilidad. Por eso las piezas blancas se quedaron de una pieza cuando escucharon a las negras decir jubilosas:
"¡Mate!".
Voltearon hacia el enroque para ver a su rey, pero no estaba. El castillo se encontraba vacío.
Su rey había salido furtivamente escabulléndose hacia el lado enemigo en busca de la otra dama, quien, teniéndolo a su lado, le dio mate de inmediato.
La debilidad de las blancas era su rey enamoradizo.




Parecía ser una muy buena combinación:
La dama, una torre, los dos alfiles, algunos peones... todos juntos.
Y el enroque desmantelado y sin protección.
Al día siguiente, el dolor de cabeza les demostró que con el alcohol había resultado ser una muy mala combinación.




El rey estaba celoso. La reina se la pasaba más cerca del monarca enemigo que de él mismo.

El jugador enojado aventó el tablero de ajedrez.
Las piezas quedaron tiradas, golpeadas y rotas. No se explicaban cómo ellas, veteranas de tantas batallas ajedrecísticas, no habían resultado nunca tan lastimadas como ahora con la furia de este mal perdedor.


El peón de torre de la dama estaba aburrido. Toda la acción sucedía en el otro extremo del tablero. Los compañeros peones que antes estaban cerca, ya se habían ido. Las piezas de alrededor hace tiempo que se unieron a la batalla y hasta su torre lo había dejado solo y abandonado. Estaba aburrido.
Ya se estaba durmiendo... cuando... ¡se lo comieron! Así que ya no supo nada más de la partida.


Las piezas negras amenazaban comerse a la dama blanca. La tenían completamente rodeada. La reina, al verse sin salvación, decidió sacrificarse inmolándose en el enroque enemigo. Coqueta, prefería que se la comiera el rey enemigo.


La veloz torre se acercó rápidamente a la posición contraria llegando directamente al enroque enemigo, el cual estaba ya incompleto: sin el caballo y sin el peón central del enroque. Entonces se sonrió mirando fijamente al alarmado rey. Se acomodó lista para el remate y... se detuvo sorprendida.
"¿Dónde está la pelota?", "¿No era esto un juego de futbol soccer?".


El rey blanco se sentía mal y quería que llamaran al doctor o que al menos lo dejaran dormir un poco. Pero las piezas negras no le dieron respiro. No dejaban de darle jaques y en unas cuantas jugadas acabaron con el pobre monarca.
Sus últimas palabras fueron: "¡Por fin podré descansar!". Pero entonces comenzó otra partida...

jueves, 16 de noviembre de 2006

Más microcuentos de ajedrez


El rey estaba contento con su nuevo matrimonio, aunque estaba algo inquieto con la familia algo numerosa. Eran muchos parientes políticos.
Pero lo que más le preocupaba eran los ocho pequeñines.

La necia torre no entendía explicaciones. Insistía e insistía y no la podían convencer.
Se le había metido en la cabeza la necedad de querer hacer la primera jugada.
"¡Me toca a mi!" repetía incesantemente, quejándose con las otras piezas. "¡Me toca a mi!".

El camino era difícil y estaba lleno de obstáculos. Pero el peón era muy perseverante. Lo que sí le quedaba muy claro era que no había marcha atrás.


Aquel rey se sentía nervioso. Estaba solo dentro de su castillo enroque. Pero él lo que realmente quería era salir y vivir cientos de aventuras.
Evadió a los guardias, pasó silenciosamente detrás de los peones, no se dejó ver por el caballo y escabulléndose a un lado de la torre, corrió en pos de aventuras.
Solo y sin protección fue apresado de inmediato por las piezas enemigas.
El rey, pensativo, soñaba con regresar a su fortaleza y con los suyos, y entonces sí, vivir cientos de aventuras.

Aquel peón iba a ver cumplido por fin su sueño de coronarse reina. El problema era que al no haber más piezas con figura de dama, tuvieron que usar una torre volteada de cabeza. El pobre peón, además de soportar el dolor de cabeza y el mareo, quedó frustrado de no verse con la dignidad de la realeza de su nuevo rango, y ni siquiera verse como una verdadera dama.

Apenas acababa de entrar a la octava fila el peón, cuando inmediatamente después de la apurada coronación, el rey abrazó y besó efusivamente a su amada dama que había regresado del más allá, bueno, de más allá del tablero.

La dama blanca se sentía Blanca Nieves y los ocho peones.

Las piezas capturadas que estaban observando la partida desde fuera del tablero se organizaron y comenzaron a echar porras.
Querían formar una pirámide pero no pudieron, solamente eran un peón, un caballo y un alfil, y no tenían ninguna pieza plana.
Tendrían que esperar a que capturaran una torre.

Era un amor imposible. Aquel peón estaba enamorado de su reina. Por eso le dolió mucho cuando su amada dama murió.
Triste y acongojado, continuó avanzando paso a paso, cabizbajo y distraído, pasaba desapercibido, hasta que al llegar al final del tablero se encontró con la maravillosa sorpresa de verse convertido en el objeto de sus sueños.

Los peones escriben cartas a sus novias o esposas esperanzados de que las verán cuando acabe la guerra.
Pero hay batallas y más batallas, y la guerra no tiene para cuando terminar.

Al iniciar la partida el loco alfil pasó empujando a dos de los peones que tenía enfrente.
Todas las piezas se le quedaron mirando extrañadas.
El alfil se rió con una risa nerviosa, "Quería saber que se siente el hacer la primera jugada".

Mandaron a un peón como avanzada a explorar el terreno enemigo.
"¿Tardará mucho en regresar?", se preguntaban.

Entonces cayeron en cuenta de que al pobre peón, por la propia naturaleza de su avance, le era imposible volver sobre sus pasos.
A pesar de todo, después de mucho tiempo sí volvió. Pero regresó muy cambiado.

Aquel peón se decidió por fin a ir al dentista.
Desde entonces ya no es como los otros peones: ya no come de lado.

Se apuró tanto el peón a llegar a coronar en la octava fila que se pasó y se salió del tablero.

Y ya no lo dejaron regresar.

"Son solamente seis casillas", se decía el peón mientras hacía sentadillas y otros ejercicios de calentamiento. "Son solamente seis casillas".
Pero el problema no era la distancia, sino los obstáculos de las piezas contrarias que le bloqueaban el camino y hasta le ponían zancadillas.

El peón llegó triunfante a la octava fila. Sonriente alzó los brazos feliz de haber llegado a la meta.
Fue coronado reina y emocionado volteó a dar un vistazo al tablero para ver cuál era su siguiente misión.
Entonces se le borró la sonrisa. Por un momento se le había olvidado que el principal objetivo del juego era atrapar al rey contrario, y el suyo acababa de caer.

Aquel peón quería ser alfil cuando fuera grande.

El peón llegó contento al final del tablero. Esperaba a ser coronado cuando vio las caras de pánico de sus compañeros capturados que observaban todo desde fuera del tablero.
Cayó una negra sombra sobre él y en un instante ya estaba también fuera del tablero.
No había visto a aquel tortuoso alfil escondido en el otro extremo del tablero.

Era una carrera de peones para ver quien coronaba primero. El peón blanco avanzaba una casilla y lo mismo hacía el negro. El blanco adelantaba otro cuadro, y el negro hacía lo mismo. Y así, paso a pasito. En eso el caballo blanco salta al frente a la octava fila estorbando al peón de su propio bando. El caballo mira a todos sus asombrados y molestos compañeros, y riendo nerviosamente, sólo dice: "Perdón, me emocioné".

Las jugadas eran las mismas.
Todo tan repetitivo.
Las piezas se movían lentamente bostezando aburridas.
Lo único interesante que ocurrió en la partida fue al final, cuando se escuchó una voz que dijo "Tablas por repetición de jugadas".

La torre estaba cansada de seguir la línea. Ya no quería andar derecha, ni quería seguir por el recto camino. Así que comenzó a andar con malas compañías. Juntándose con los esquivos alfiles y tratando de imitar su manera de caminar. Pero los siniestros alfiles se burlaban de sus obstinados intentos ya que por más que se esforzaba no le salían diagonales, sino puras tortuosas escaleritas.

El peón llegó tan cansado a la octava fila que después de coronarse, a pesar de convertirse en reina ya no quiso volverse a mover.

A las piezas negras les encantaba la defensa Siciliana.
Se imaginaban estar actuando en la película de "El padrino".
Especialmente les gustaba rodear al rey blanco y decirle: "Te haremos una oferta que no podrás rechazar".

La reina salió inmediatamente en busca del rey enemigo.
Ella sola y poderosa iba a acabar rápidamente con este absurdo juego.
Buscó grietas por donde infiltrarse, puntos débiles para atacar, piezas sueltas que pudiese tomar, un camino hacia el monarca enemigo, en fin, encontrar la jugada milagrosa que le permitiera de una vez por todas acabar con este injusto juego.
Pero las piezas contrarias le cerraron el paso, la hostigaron, la persiguieron y por último terminó rodeada y atrapada sin encontrar el modo de dar fin a este interminable juego.
Ella sola y poderosa, sí... pero indefensa.

Increíble. Estaba lloviendo en el tablero. Una gota cayó sobre el sorprendido peón.
Las piezas extrañadas miraron hacia arriba y comprendieron lo que pasaba.
Habían perdido y la gota era una lágrima...

La partida se desarrollaba de una manera extraña.
Todo parecía como visto en un espejo.
El tablero había sido colocado inadvertidamente girado por lo que las damas y reyes estaban del lado equivocado. Lo del lado derecho estaba colocado del lado izquierdo y viceversa.
Y todo porque nadie verificó que la casilla derecha fuera blanca.

El rey mismo pasó revista a la formación de peones.
Todos alineados parejos, excepto uno que sobresalía por encima.
Era un peón grandote de otro ajedrez.
"Y tú ¿Quién eres?"
"Soy Peonzón. Vengo a sustituir a mi primo Peoncín que está enfermo".
"Bueno. Está bien. Con suerte te confundirán con un alfil".

Carrera de caballo y torre.
El caballo juguetón tenía ganas de correr, por lo que retó a la torre a una carrera hasta el final del tablero.
Soltando una carcajada, la torre aceptó dándole al caballo la ventaja de comenzar primero una carrera que creía ganada fácilmente.
Así que el caballo comenzó tomando impulso y dando un salto ELE...vado.
La torre vio el esfuerzo del caballo que a duras penas lo llevó un par de casillas más adelante y sabiendo que podía llegar de un solo movimiento a la meta, se sonrió y solamente dio un paso adelante.
El caballo entonces, hizo una cabriola ELE...mental.
La torre ya se estaba aburriendo de esta tonta carrera, y bostezando dio otro pasito imitando al peón.
En respuesta, el caballo relinchó alegremente dando un brinco ELE...gante.
Distraída en sus propios pensamientos, la torre ya no estaba al tanto de la carrera, soñando en la gloria de ser la gran y única campeona en carreras de ajedrez de todo el mundo, caminó tranquilamente otro paso.
El vivaracho equino terminó con una pirueta bien ELE...gida, y llegó a la meta.
La torre se quedó con la boca abierta. No podía creer que el caballo, con aquellos pequeños y zigzagueantes brinquitos le hubieran ganado a ella, una torre, de extrema y directa velocidad.
¡No te preocupes! Yo sé que no soy un caballo de carreras. Soy un caballo de brincos, saltos, giros y piruetas, es decir que soy un caballo de ajedrez.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Microcuentos de ajedrez

Pues resulta que después del Festival de ajedrez y lo del concurso de cuento corto, caí en cuenta de que había escrito microcuentos, frases, pensamientos, aforismos y rollos sobre mis obsesiones: sueños, recuerdos, olvidos, espejos, laberintos, verdades, mentiras, realidad, imaginación y demás temas que he puesto en mi página personal y ahora en mi blog, pero no sobre el ajedrez.

Así que me puse a pensar y a escribir y a recopilar en mi palm y en pequeños papeles lo que se me iba ocurriendo... Por lo que aquí van ahora mis microcuentos de ajedrez:

mUCHos salUCHos en blanco y negro! :]


Al iniciar la partida los peones se negaron a avanzar porque no querian ser meramente carne de cañón.
Los caballos fueron los únicos que pudieron salir, y fueron carne... de caballo.


Inquieto, el rey oía voces de fantasmas. Atemorizado se refugió en la fortaleza de su enroque.
Las piezas enemigas capturadas lo estaban esperando fuera del tablero.


Mate a Ciegas.
La dama contraria se aproximó muy pegada al arrinconado rey.
El rey atemorizado cayó rendido a sus pies. Cobarde, quedó vencido reclinado en el tablero, sin darse cuenta de que no había sido mate ya que la dama temeraria estaba completamente indefensa.


Dios sigue jugando con nosotros
a pesar de que la partida parece perdida.

Somos peones de ajedrez
pero algunos saltamos como caballos

La dama poderosa en el centro del tablero se sentia invencible, pero
las piezas enemigas simplemente se escurrierron alrededor de ella, evitándola. Y
así pudieron matar a su amado rey sin que ella se diera cuenta.

Aquel peón vió al contrario acercarse. Quiso correr, pero el otro ¡zaz! lo atrapó al paso.

Los peones centrales estaban cansados de ser siempre los primeros en trabarse en combate. Agotados y heridos, decidieron aliarse con los peones contrarios e irse de vacaciones fuera del tablero, dejando que el resto de las piezas arreglarán sus diferencias.

Las piezas capturadas echaban porras desde fuera del tablero. Las pocas piezas que quedaban dentro, sólo se miraban confundidas sin saber qué hacer ya que no les quedaba fuerza suficiente para amenazar a su enemigo.

Aquel peón aislado estaba solo y tan aburrido, que le quiso hacer plática al peón contrario que tenía frente a él. El otro peón, al principio no le hizo caso, pero después de observar que las otras piezas no estaban observando enfrascadas en sus escaramuzas, le dijo "¡Sale, pero háblame quedito para que no me regañen!".

Los dos peones enemigos estaban trabados muy juntos frente a frente. Sólo se miraban pensando: "Si se moviera a un lado, aunque sea un poquito...".

Aquel rey miedoso mando traer a todas sus piezas junto a él en la fortaleza de su enroque.
Así permitió que el enemigo coronara múltiples reinas, las cuales destrozaron completamente el aparentemente inexpulgable castillo de su enroque.

El rey, temeroso de recibir una vez mas mate, se tira y con ese acto de cobardía, se rinde.

Los jugadores acordaron tablas.
Pero las piezas querían pelea, así que la partida continuó sin jugadores.

Era una jugada tan innovadora, que nadie se dió cuenta que el peón se había movido como caballo.

Se tomaron de las manos y formaron una cadena de peones.
Las piezas enemigas los desencadenaron antes de que se pusieran a cantar.

Iba a ser la combinación más hermosa del mundo. El alfil avanzó, tropezó y se equivocó al quedar a medio camino.
La combinación era brillante, pero el alfil no.

El rey estaba preocupado. Estaba adelgazando. Ya ni parecía rey.
Era lógico: era la pieza que comía menos que todos los demás.

Todas las piezas y peones estaban listos para iniciar la partida.
Todos, excepto...
Miraron hacia abajo. "Y tú, ¿quién eres?".
"Yo soy una moneda. Estoy sustituyendo al peón que se perdió".

El tablero estaba vacío y desierto. El peón volteaba hacia todos
lados. Por fin, mirando su reloj, dijo "Creo que llegué temprano".

Aquel caballo despistado se quería comer las piezas que saltaba. Creía estar jugando damas.

El peón, después de llegar a la octava fila, estaba indignado: no le permitían coronarse en rey.
Le hicieron fraude electoral.

La partida estaba avanzando. Las piezas se acercaban para el enfrentamiento... Entonces se detuvieron. Se sentaron a observar a las dos reinas enfrascadas en una discusión de cuál color era más bonito, si el negro o el blanco.

Era el final, y los peones no querían que los reyes participaran.
Porque era, decían, un final de peones y no de reyes.

Todo estaba listo para el mate del loco. Pero la reina se negaba a hacer la jugada mortal. Decía que el mate se llamaba del loco y no de la loca.

El caballo saltaba alegremente saltando los obstáculos y asombrando con sus piruetas a propios y a extraños.

Aquel peón negro estaba infiltrado de espía entre los peones blancos.
Cuando le preguntaban, decía que era la oveja negra de la familia.

Al final de la partida, una vez más el afil solamente se enteró de la mitad de la historia.

Aquel alfil enfiachetado en el enroque tenía el gran defecto de ser demasiado curioso. Así que en lugar de defender a su rey, se salió a curiosear y cuando regresó ya no había enroque, ni rey, ni fiancheto.

Al terminar la apertura, como vieron que el juego estaba cerrado, procedieron a la reapertura.

Al llegar al medio juego todo estaba a medias. Así que acordaron tablas. Repartieron las piezas a medias, y se medio felicitaron

El ejército enemigo estaba totalmente diezmado. Se habían capturado todas las piezas contrarias, excepto el rey. El problema era que nosotros teníamos todas nuestras piezas, excepto el rey.

El peón iba avanzando paso a pasito. Las otras piezas se burlaban.
Pero ninguna pieza pudo llegar al lado contrario, excepto el pequeño peón.
Más vale paso que dure, que paso que canse.

La torre quería avanzar más rápido, pero la distraía la intermitencia de las casillas: primero negra, luego blanca, otra negra, una más blanca...

Todo parecía bloqueado. No se veía salida en el laberinto del tablero.
Pero el caballo dió un par de saltos y llegó sorpresivamente al lado enemigo.

Los caminos de las torres, de los alfiles y hasta de la dama (y que decir de los peones) ya estaban muy desgastados de tanto uso. Por otro lado el caballo descubría nuevos y sorpresivos caminos cada partida.

El peón comenzaba con mucho entusiasmo, pero después del primer salto se cansaba e iba paso a paso.

Si te fijas bien, las torres aparentan ser muy altas, pero no lo son tanto. El rey y su amada dama son los más altos. Los alfiles superan en estatura a las torres. Y hasta el inquieto caballo es un poquito más alto.
¿Y los pequeñitos peones? A ellos no les importa ser más pequeños que aquellas "altísimas" torres. Saben que juntos, subidos unos encima de otros, son más altos que cualquiera de las otras piezas. Pero procuran que esto no se sepa, y menos por el rey.

Los peones están orgullosos de formar parte de la poderosa muralla del enroque.

El rey dudaba entre efectuar el enroque corto, o el largo. Finalmente se decidió por el corto. El largo tenía más espacio, pero al estar desambueblado se sentía más solo.

Era una carrera de peones. Pero por más que se apuraba, el tablero parecía tener más de ocho casillas.

Aquella pareja de alfiles trabajaba muy bien en equipo, el único problema que tenían era de que no se podían ver.

La torre avanzó resuelta hasta la octava fila para dar un mate de pasillo al rey atrapado tras la barrera de sus peones. La torre volteó sonriente y victoriosa, pero el rey... ¡ya no estaba!...

Aquellos peones habían quedado doblados uno frente al otro. El peón de atrás no podía ver nada y le pedía al de adelante que se quitara porque le estorbaba para avanzar.
El peón de adelante sólo decía "¡Hey!, ¡no empujes!".

Y cuando aquel alfil estaba feliz porque por fin iba a conocer las casillas del otro color, se dió cuenta de que no era la misma partida, sino una nueva.

El jaque, para ser verdaderamente jaque, debe llevar al mate.

Las torres, peones y alfiles iban siempre en caminos rectos, por eso los esperaban los enemigos y los atrapaban. El caballo daba saltos, brincos y piruetas cambiando rumbo por extraños de caminos, despistando a los enemigos.

Los reyes se controlaban a distancia, sin poderse acercar debido a aquella misteriosa barrera que los separaba como polos de imánes del mismo signo, aunque en este caso eran de signo contrario.

Los dos reyes se miraban fijamente de frente, gritándose bravuconadas y manoteando con sus puños. Al fin y al cabo sabían que no se podían acercar más y que ellos solos no podrían hacerse ningún daño.

El rey retrocedía aterrado. La horda de piezas enemigas lo rodearon amenazadoramente. El rey estaba congelado sin poderse mover. Entonces el rey volteó a todos lados sin poder respirar y... ¡soltó una carcajada aliviado!
Después gritó: "¡Es empate por ahogado!"

La lucha por la columna abierta era intensa. Primero una torre, seguida de una torre enemiga, luego una más y otra hasta juntar la presión de todas las torres de ambos bandos en esa columna. Se agregó una dama y después la otra, porque no se podía quedar atrás la reina contraria. Todas, las cuatro torres y las dos damas, empujaron unas contra otras. La tensión estaba al máximo.
Entonces un peón que pasaba por ahí, les preguntó: "¿Me dejan jugar?", y se rompió la tensión.

La reina recordaba suspirando los tiempos en que el rey era príncipe (extrañamente azul), y ella era su amada princesa a la que le cumplía todos sus deseos.
Pero ahora él es el rey, que casi no quiere moverse, ni salir. Y resulta que ahora él es el más importante y para colmo, ella tiene que defenderlo.

Intrigas en palacio.
Las piezas del flanco de dama cuchicheaban en reuniones secretas.
A las del otro flanco no les importaba, ellas tenían al rey de su lado.

La reina estaba furiosa. Siempre junto al rey, defendiéndolo, ¿para qué? Si ahora ella era desechada con este cambio de damas.

El rey soñó que tan sólo era una pieza de ajedrez en el tablero.
Lo despertó el alfil dándole un codazo.
"¡Señor! ¡Señor!
¡Se ha quedado dormido otra vez y nos toca mover!"

El padre jugó P4R. El hijo contestó Cc6.
Después de unas jugadas era obvio que habia una brecha generacional...
...y más aún: que ni siquiera estaban jugando en el mismo tablero...

Soñó que hacía su última jugada
y la partida terminaba.
En ese momento murió.
Para poco tiempo después renacer en una nueva partida.

El retorno de la reina.
La reina regresó un poco trastornada,
pues tenía aún recuerdos de haber sido peón.

El peón veia por fin coronado su gran esfuerzo
de llegar a la meta al final del tablero.
Pero lo querian coronar reina, y él tan hetero...

La torre estaba ofendida,
¡la habían cambiado por un alfil!
Y aunque le hablaban de un sacrificio de calidad,
la torre sólo quería hablar de cantidad.
Ya que aunque no era tan lista como el alfil,
era obvio que seguro sí era más pesada.

Las blancas estaban felices.
Habían ganado gracias al sacrificio de su dama.
Las negras habían perdido a pesar del sacrificio de su rey.

El rey emitió un decreto
en que prohibía a sujetos pequeñitos y cabezones
soñar que algun día serían coronados.

Más micros

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