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domingo, 23 de octubre de 2022

Sopas




La sopa de almácigo sazonada con la miniatura inclasificable abría otra puerta y violentaba los confines de su vida anterior. Apreciaba a plenitud la calidad de los dos caldos, cada uno en las antípodas del otro: el tenebroso jugo de los Alpes bávaros y el exceso sabatino de la pensión de aquella ciudad de brujos. Pero el paladar de Hans era virgen. Él no lo sabía hasta que probó el caldo que se obtiene de la dulce corteza hervida del almácigo. Algo le habían dicho esa mañana sus compañeros de pensión sobre las virtudes de la corteza del almácigo, cuando anuncio su expedición a Las Planadas, pero eran unos charlatanes; podrían estar muriéndose de aburrimiento, y quejarse muy solapadamente de los españoles, y alimentar conjuras que con él no compartían, pero nunca, nunca, dejaban el relajo. El chiste, la broma, la maledicencia. En fin, el relajo.

Hans le da vueltas a la noria del recuerdo inmediato, y repite. El almácigo es la esencia de un medallón. ¿Was? El tronco es rojo, pero tras una corteza que se despelleja la piel es verde.

Morir lejos de la tierra donde se nace, cómo será ese sentimiento, me pregunto yo, Julia, que no salgo de aquí. Quizás un presagio del paraíso o del infierno. Quizás un adelanto de la próxima vida. Hans Adalbert no pensaba en esas cosas, un explorador que se cree moribundo no tiene tiempo. Pero las sentía, como sienten los perros el trance de la agonía.

El sabor real de la sopa de almácigo sazonada con aquella especie no evocaba ni por cortesía de la imaginación las enjundias de la sopa de gallina, no obstante los huevos azules encontrados como piezas de porcelana preciosa entre los matojos de la sierra. Huevos sucios más perfectos en su ronca geometría que las colecciones del rey de Baviera.

(De Los botánicos alemanes, novela).


domingo, 14 de febrero de 2021

La maldición de una red cantada, o el camino de las hormigas

 


Safariss

 

Al otro día Dugald los recoge en una limosina tan deslumbrante en lujos que la diva parpadea. La fama y la fortuna, en su caso, son un engaño, una conspiración de sus productores. Sus pertenencias cabrían en un rincón de la limosina de Dugald. Al cruzar los portones y salir a la carretera desierta ven un cobertizo techado con retazos mugrientos. Un viejo maldice y reparte su peso entre una lanza y una pierna.

Meriendan en un pent-house de blancura monacal, alquilado y decorado expresamente para deslumbrar a la pareja, ante una mesa donde se presentan con fingida sobriedad botellas de agua de los glaciares de Islandia, vinos y una docena de quesos artesanales franceses y españoles. El agua, los manjares, el champán, los claretes, se degustan de cara a la Bahía de Sydney. Larry, que come con el apetito antiecológico de un gigante, echa de menos unas lascas de jamón. Megan, abstemia con tendencias bulímicas, apenas mastica un queso cáustico con vetas azulosas, criado en un humilde hogar por unas manos envejecidas de trabajo y envejecido él mismo en una caverna enseñoreada por murciélagos bonachones.

Who was he, pregunta Dugald.

We call him Gumpilil, it´s a joke, we might as well call him Dugald.

Call me Dugald, ja, ja, dice Dugald.

Y nos maldice, susurra Megan con voz temblorosa, cada vez que cruzamos el portón. Nuestro parque ocupa una red de líneas cantadas. La songline de sus ancestros, el ant dreaming. Los Trevelyan interrumpen la línea de las hormigas. Desde luego, no sabíamos que al comprar la casa sellábamos una profanación, dice Larry con la boca llena. Olvidamos sumar los consejos de un encantador a los cálculos de los agrimensores. Hoy también lo maldijo a usted, murmura Megan.

Me encantan las maldiciones, me encantan los rituales. El proyecto que les propongo es un ritual, ataca Dugald.

Larry no disimula un bostezo. Ya conocen el concepto, esperan que el director aclare las condiciones restantes, discutido ya el asunto de los honorarios. ¿O es que le parece excesivo el precio de los actores?, pregunta Larry. Dugald se ofende. Él no piensa nunca en dinero, tiene TODO el dinero del mundo. Si quisiera podría vaciar los bancos de Suiza y le sobraría efectivo para comprar un planeta. No se le ocurre hablar de dinero, no sabe lo que es el dinero. Sí tiene la impresión de que a Megan le gustará la isla. Es una maravilla. Megan es otra maravilla; mujer e isla tienen que encontrarse.


jueves, 2 de febrero de 2017

El plan Tenesí (un fragmento del capítulo 2)





 Para Marithelma Costa


(En una noche de la Candelaria, quemo páginas de la novela que escribo)

Llega una brisa mañanera húmeda de lugares que ya no existen. Tampoco existe la mañana. Sepa la lectora que de las páginas de este libro han desaparecido buena parte de las islas y los continentes. Queda la ciudad de Nueva York, recuperada tras numerosos cataclismos de todo tipo. La réplica de sus barrios destruidos es casi perfecta. Sólo con el tiempo y el uso se perciben las chapucerías: que la fuente del parquecito Minetta´s Green no estaba en el mismo lugar, por ejemplo, o que el jardín del edificio 290 de la Sexta avenida era más amplio y acogedor. 


Como la ciudad siempre fue inmisericorde consigo misma, y se mutilaba para abrir espacios y edificaciones rentables, las chapucerías no tienen importancia. Los cambios en la topografía del nuevo Nueva York son, en más de un sentido, más honestos que la verdad, aunque a veces descoloquen a los residentes viejos e incluso sorprendan a Micaela. Es curioso, por ejemplo, que Micaela vea flores en el árbol grande que flota ante su ventana. Es un cornejo florido que ayer (es un decir) no tenía capullos y de pronto, con sus florecitas de un amarillo verdoso rodeadas de pétalos mayores que forman una gran flor blanca, parece un velo de novia, largo, misterioso, fatal. Un notable salto en la secuencia, con todo y fragancia enervante.
Nadie dice saber qué destruyó la ciudad reconstruida con urgencia: escapes nucleares, maremotos, terremotos, tornados, ciclones irresistibles, terroristas, plagas. Baste saber que Micaela Minh Said escribe sobre el plan Tenesí en un año que no tiene por qué saberse. Baste saber que cuando Micaela escribe, Nueva York todavía se permite el lujo de sus revistas, de sus museos, de sus intelectuales bruscos.
Antecedentes: la escritora que lleva el nombre de Micaela Minh Said necesita un hígado nuevo. Tendrá que dejar a un lado la novela en que había cifrado sus esperanzas de un retorno a la lista de best-sellers y cometer una locura. Por lo pronto sigue admirando las flores del cornejo. Se le cruzan los tiempos. De momento se confunde. No sabe dónde está, si en su apartamento neoyorquino o en la mac mansión virginiana de Sergio Calderón Morales. Sé que estoy aquí, me despertó el canto del cardenal que hizo su nido en el cornejo. Estoy a punto de bajar a desayunar con Calderón y su consorte, o quizás todavía no es tiempo, o quizás ya lo hice.
Lo dicho: ya no se puede medir el tiempo.
De pronto recuerda que almorzó con Nora, su pesada representante, en una marisquería que destilaba olores a ajo y marisco, en la calle Hudson, la de las aceras sucias y los contenedores repletos de basuras nutritivas. El recuerdo salta con lujo de detalles a la pantalla de los párpados. Era impagable el olor a pescado podrido en un mundo delirantemente feliz de esterilidad, pero Nora todavía presumía de estar al tanto de lo nuevo en gastronomía. Juzgaba a los restaurantes por el decorado y los precios razonables y raras veces los frecuentaba más de unas semanas. Nueva York, decía, se mueve siempre, constantemente, pero en el mismo lugar. Sólo cambia un poco el menú, eso sí hay miles de probabilidades, 18,696 restaurantes, miles de menús que prenden y apagan, miles de sueños de empresarios que colapsan y triunfan. Nora habla como si narrara el comienzo de un documental de la guerra fría. (A Micaela le aburren las imágenes grises, los tonos graves).
         La decoración de la marisquería recién abierta reproduce el interior de un yate: escotillas, paredes revestidas de madera, sillas de vinil blanco. Un asco. En la cocina ya no trabajan los pinches mexicanos de la infancia de los padres de Micaela. Casi todos los nuevos pinches provienen de dos de las cuatro esquinas de sus padres: Vietnam y Puerto Rico.
Nora ya había cambiado de senos más de una vez. Además se hizo dos cateterismos cardiacos preventivos y una cirugía plástica. Tenía cuarenta años más que sobrepasados y se cuidaba, sin abandonar, en su trato con los humanos inferiores –meseros, doncellas, peluqueros– cierto resabio de tacañería. Acaso, más que a la muerte del capitalismo lascivo de principios de siglo, le debía el lado cauteloso de su personalidad a una bisabuela nativa de una ciudad bombardeada durante la segunda Guerra Mundial y sobreviviente de Auschwitz. En raras ocasiones y como para imponer su personalidad resbaladiza, a Nora no le importaba pagar mil dólares por un almuerzo, siempre que el vino fuera de primera, el somelier atildado y guapo y los ingredientes naturales. Esta vez escogió un restaurante que era una de esas reinvenciones constantes en la ciudad. Más bien austero, a la altura de los tiempos del fashionismo austero. El plato más caro, producto de la ingeniería sintética y no de los escasos viveros donde todavía las langostas se reproducían de un padre y una madre, costaba $39.
Nora se veía tan matadita como siempre que se le acercaba la fecha de las vacaciones y el nuevo estirón y el nuevo amante, y el deseo de ser otra. Le habló en plata.
–Es un escándalo el precio de las endivias. Dime cómo se puede hacer una ensalada decente sin endivias. A mí no acaban de convencerme las de sintetizador y para colmo están tan caras como las naturales, que no se consiguen. Tremendo disparate.
A través del borde de la copa, Nora se veía verde. Las endivias estaban baratísimas, pero eso no era lo importante. Nora hablaba en parábolas para referirse a sus intimidades. El nuevo amante debía ser un consumidor de ensaladas. Un temperamento saturnino, un intelectual endeble, quizás un pianista tuberculoso, si eso fuera todavía posible. La reina de las enfermedades románticas. Qué bien se las arreglaban los médicos de la humanidad primitiva para definir cualquier tratamiento. Eran cuatro las causas de las enfermedades, cuatro los elementos. A los sanguíneos los sangraban y a los demás les recetaban vinos poderosos. Sorbió despacio del martini, pensando en la difteria, una enfermedad casi terminal que había ido sumiéndose en el olvido, como la tuberculosis cuando se descubrió la penicilina, pensando también si el bacilo de la tuberculosis tendría algún uso culinario, o si los martinis los matarían de inmediato. Por respeto al hígado enfermito tenían que bastar dos martinis putos y uno virgen en vez de los cuatro putos habituales.
–Nenita, te traigo buenas noticias– dijo Nora, poniendo sus dos manos calientes sobre una de las manos grandes de Micaela. Y la miró, entre distante y divertida, con sus ojos verdes, pelo rojo, pómulos magníficos. Micaela no odia a nadie, las pasiones feroces no tienen asiento real en ella, aunque sepa finjirlas. Sólo durante un pestañeo odió tanto a Nora que se le saltó una lágrima.
Micaela abre y cierra varios archivos implantados. Aparece uno sin fecha, porque las fechas ya no sirven. En ese archivo a Nora le gustaba que Micaela fuera irreverente, una pústula abierta de mezquindad; símbolo mercadeable de desaliño artístico e independencia intelectual: Di la verdad al poder. Así adiestró a su pupila multiétnica, y esa imagen de intelectual polimorfa, un poco a la histórica Patricia Highsmith, otro poco a la anciana Amélie Nothomb, otro tantito a doña Cristina Ricci, con una pizca de doña Rosie Vélez para suavizar la figura de torre devoradora de Micaela, les había servido bien en las giras de promoción de los primeros libros.
Primeros libros, que nostalgia. Micaela ataca a su representante:
–¿A sí? ¿Me conseguiste un hígado? ¿Cuánto me cuesta? ¿Lo compraste en Calcuta, hija de puta? Prefiero un hígado de macho. Son más resistentes al alcohol y además los muy asesinos se merecen quedarse sin hígados.
– No seas disparatera, sabes muy bien de dónde vendrá tu hígado. Si lo quieres macho no hay problema, siempre y cuando depongas esa tendencia destructiva que te hace verte más fea de lo que eres. Te vendemos a ti, querida. Y no es fácil. Eres una aguafiestas, y si hay algo que reta la paciencia de los lectores es la malacrianza.
– Juicio profundo, viniendo de ti. ¿Venderme a mí? Mi escritura pasó de moda, eso lo dijiste tú. Mis acciones han caído con la bolsa y con el mercado de las energías alternas, eso dijiste en la fiesta del solsticio. Me amenazaste con una visión catastrófica. Soy una escritora maldita, no me queda otra. Escribir una novela cada diez años, una reseña pasajera del New York Review of Books, y entonces con el mismo hígado vivir de los recuerdos, mudarme a Brooklyn, vivir de las regalías y ser famosa a los cincuenta años y morir a los cincuenta y uno, porque los escritores famosos mueren a los cincuenta, pero yo, que no seré tan famosa, duraré un año más.
Nora rió con un destello de ojos verdes y pulsera grande. Estaba vestida para el lugar, con aretes comprados en el pulguero, mahones baratos, una blusa exquisita que debe haber costado una fortuna.
–Querida, no te lo iba a decir así, como quien vomita en un avión, amargándole la vida al prójimo, pero ya no me gusta esa tónica autodestructiva y a tus lectores les gustará menos. Está pasé. Ya no funcionan la malacrianza ni los vampiros ni el sadomasoquismo. Las cosas están malitas. Bastante jodidos están como para que te des terapia en tu escritura torcida y arrogante y para colmo les pases la cuenta. Los libros son mercancías para el placer. No son indispensables para vivir. Ocupan espacios inelásticos en apartamentos donde ya no cabe nada. Acumulan polvo. Si son electrónicos pueden salir 10,000 idénticos con títulos diferentes de un solo clic, tantos que el bosque no deja ver los árboles.
–Ahora cuéntame la de vaqueros, ese sermón ya lo oí.
Y desconectó el auricular. Porque Micaela es sorda, una caída, un golpe, un virus. Sorda necesitada de auriculares, desde niña
–Sólo a los autores les hace falta escribir para vivir. Los lectores no te necesitan. Dile a tu técnico genetista que te revise las dosis. Nada, no te lo mereces, pero estás de suerte. The New Yorker se interesa en ti.
Sorda, lee los labios rojos de Nora. The New Yorker. Micaela se echa a reír y termina en llanto. Se sopla los mocos con la servilleta babero y se obliga a recordar. The New Yorker. Sí, aquel otoño de dos mil algo. La graduación, la pasantía. Le habían publicado un artículo sobre los mil restaurantes vietnamitas de Manhattan. The New Yorker. Siendo una niña su padre la llevó a ver a Junot Díaz y a Annie Proulx en una actividad de The New Yorker Festival. Las lecturas se hacían en Chelsea, en un almacén transformado en ágora oscura con cabida para quinientos espectadores que pagaban treinta dólares para oír leer a los autores y después hacer fila y acercarse a los micrófonos con alguna pregunta. Junot había leído de su novela en curso, la segunda parte de Oscar Wao, con abundantes alusiones a los culos de sus amoríos. Proulx, de un libro sobre los parques de Wyoming, inspirado en  un guardia forestal que enloqueció por el amor de un sequoia, o de un matojo volador, de esos que los eremitas ven en los desiertos.


viernes, 16 de mayo de 2014

En la sombrerería




Raquel no se imagina que dará a luz a un poeta en 1883. Alice le ha leído las cartas y el demente Ludovico le ha contado sus sueños eróticos. Sabe que está llamada a grandes cosas, pero presiente que las grandes cosas serán obra suya, no de un hijo. Ha visto que algunas mujeres pintan y lo hacen con el reconocimiento que los pintores les otorgan. Ha visto algunos cuadros de Berthe Morisot y Mary Cassat, no desconoce que son mujeres adineradas, pero no le preocupa demasiado, porque ella está en París, el centro del mundo, y su maestro la elogia diciéndole que su venenosa mezcla de verde parís es insuperable. Hoy, además, piensa en la Exposición Universal que acaba de inaugurarse en Trocadero.  Y sueña con sombreros.
Casi sin transición, como para intentar lavar las calles de la sangre de 30,000 muertos, París se transgenera en la ciudad más femenina del mundo. De capital de revoluciones y matanzas, pasa a ocupar el sitial de reina de la moda. Donde se quemaron panaderías y talleres se levantan tienditas donde trabajan muchachas rozagantes, campesinas de piel de leche, que se frotan las manos encallecidas y ulceradas por las labores previas con ungüento  Genevieve:

Aceite de oliva   240 gramos

Trementina  80 gramos

Cera amarilla 40 gramos

Alcanfor 15 gramos

Sándalo rojo  10 gramos

El sombrero es el nuevo emblema alegórico de la ciudad que modernizó las decapitaciones como escenarios de justicia. Cada sombrero guarda su diferencia de auténtica obra de arte. Los elementos son pocos, las combinaciones numerosas. El molde donde se coloca el fieltro o el casco de paja tiene forma de cabeza cortada. Los sombreros terminados se exhiben en torrecitas de madera, como se mostraba la cabeza cercenada de un noble en la punta de una pica. La guillotina, fabricante de sombreros ausentes, se anunciaba como un artefacto aséptico de la revolución industrial. Casi un siglo después de las decapitaciones, la Plaza de La Bastilla se llama Plaza de la Concordia. Las cabezas cortadas adornan vitrinas.

La sombrerera es una mujer, aunque el propietario de la sombrerería pueda ser un caballero perfumado con esencia de lavanda. Antes de confeccionar un sombrero, la artesana tiene alguna idea de lo que le irá bien a la clienta y acceso a materiales: la base redonda, que se coloca sobre el molde ajustado a las dimensiones de la cabeza exigente, puede ser de terciopelo de seda; ristras de festones enrollados de donde cortar cintas anchas, maleables, azules, doradas, anaranjadas; cajones de madera, generosos como la alacena de un botarate, repletos de cortes de tul liviano con que forrar la paja olorosa o formar flores de pétalos pesados; plumillas de ganso o faisán, plumas teñidas.

Alice Monsanto decide que el oficio de sombrerera le conviene a Raquel. En el tiempo que lleva viviendo con sus primos ni siquiera se he echado un novio que la saque a pasear en domingo. Tiene aires de grandeza, quiere ser artista. Gana medallitas en la Académie, pero no se decide a empeñarlas. Alice apenas alcanza a evitar que Ludovico preñe a la primita y a la sirvienta. Porque tienen doncella los Monsanto de Bretaña y Saint Thomas. Alice la trata a patadas. Las doncellas solo sirven bien si se las trata a patadas, eso lo aprendió Alice sin ser gran señora.

 

Alice conoce a una sombrerera y un día va con Raquel al lugar donde trabaja. La sombrerera es una pintura de Tissot: cara larga, llena, rizos rubios recogidos en un moño, ojos del color de la albahaca en proceso de deshidratación, con un reflejo de tristeza, diadema del tono albaricoque natural de sus labios, sonrisa discreta y cálida cuando despide a una clienta con afabilidad sin olvidar el lugar que le corresponde por destino de nacimiento. Hasta hace poco era una mujercita del campo, que llegó sin idea de dónde estaba el Sena. De cómo Alice la conoció revela bien el temperamento señorial de las francesas criollas. Fue en el mercado, donde la futura sombrerera picaba cabezas y raspaba agallas de pescado. Alice notó que en vez de un pañuelo, como los demás, lucía una gorra de fieltro bordada. La hice yo, dijo la muchacha. Usted tiene talento, comentó Alice, que algo sabía de artistas. La próxima vez la vio a través de una vidriera, muy bien puesta, con el pelo limpio, como si la hubieran estregado bien y puesto a secar. La mujer no solo la reconoce, sino que le da las gracias por confiar en ella y les pide que pasen a la trastienda.

Determinar la anchura del ala, pensar que la cara más insignificante, así pequeña como la tuya, Raquel, puede hacerse enigmática al sesgo del ala ancha del sombrero. En tu caso, discreción ante todo, asegura Alice. Templanza al escoger los adornos. Muy pocos, llenarte de adornos sería como apilar torres sobre un dedal, eres pequeña. Pudor, silencio, dignidad, los adornos de la pobreza respetable. El arte del sombrero puede ser más peligroso que el arte de manejar abanicos. Los abanicos no se hicieron para ti. Tus manos no son hermosas, que pena de manos. Palmitas anchas, deditos cortos. (El hijo poeta estará de acuerdo: her ungainly hands.) Una cara pequeña, sin duda una gran inteligencia. Tienes las uñas manchadas. Soy estudiante de pintura y asistente de pintor, dice Raquel. Lo que tienes que hacer es pintar un paisaje con playa y palmeras, dice Alice, para que traigas pan a la mesa. Aquí somos artistas, todo lo hacemos a mano, dijo la sombrerera. Esas máquinas de hacer sombreros, industriales, ya las  verás, ¿ya fuiste a la exposición?, parecen prensas de carpintero.

Raquel se interesa en lo que dice esta muchacha de manos resecas que habla con más sensatez que la primita. Sabe cómo tolerar la crueldad de Alice, sin malicia, porque sobrevivir no es malicia sino mandato de la naturaleza.  En París se viene a estudiar y a hacer grandes obras. Su maestro pensará que el verde parís es el destino venenoso de la isleña. Ella sabe que la ceguera es el destino del maestro. El maestro no ha salido jamás de una ciudad capaz de matar a sus hijos con frivolidad. El maestro todavía puede enseñarle algo, pero no mucho. En cambio esta muchacha algo tiene en común con ella, no obstante el hecho de que los padres de Raquel fueron propietarios de esclavos y la muchacha es descendiente de siervos. Es cierto que el mundo tiene medidas. Minúsculas o lejanas, da igual. Quien toma la medida de una cabeza tiene la misma obsesión del que toma la medida del mundo, o la medida de una línea llamada verso. Ajustar, encajar, ponderar, es decir achicar, sobrevolar, reducir al tamaño de una mano lo que no es posible entender.

Esto no acabaría de comprenderlo Raquel hasta los intentos de escapar de su prisión de vieja en Rutherford. Sí le inspiró simpatía la situación de la muchacha que le tomó la medida de la cabeza. El descubrimiento fue mutuo. La muchacha no sabía leer, pero su amante sí. Su amante era una mujer que se ganaba la vida alargando las esperanzas de las tenderas. Leía manos, palpaba cabezas. En la cama con la muchacha se reía de las palabras que hacían llorar a las esposas de los carniceros. La sombrerera se sintió inspirada. Les dijo que con lo que sabía de cabezas podría ser frenóloga. Palpando las depresiones y protuberancias de Raquel adivinó un talento para las palabras. Si te las tragas mueres, dijo. Te equivocas, dijo Alice, celosa. Esta muchachita sabe algo de dibujo y de música. Cuando pinte un paisaje con palmeras nos sacará de pobres. Pero si apenas habla. Solo toca el piano. Vamos a perder el piano si no se despabila. Y si vieras las muecas que hace. Es nativa de una isla, Puerto Rico, donde abundan los monitos.

Monos no, dice Raquel. Frutas sí, y más sabrosas que las ciruelas. De veras, dice la chica. A ver, muéstrame. Raquel dibujó frutas que la sombrerera no conocía y no tan solo porque su familiaridad se inclinaba al oficio previo de vendedora de peces y frutos de mar, sino porque las frutas que dibujaba aquella mujercita graciosa eran de un lugar tan preciso que no viajaban bien. El sabor del mamey se parece al del albaricoque, pero el de la quenepa no se parece nada más que al paraíso.  La quenepa tenía el tamaño justo para adornar sombreros parisinos. La muchacha guardó los dibujos e incluso diseñó para la duquesa de Abrantes un sombrero campestre con quenepas. A Raquel le prometió un sombrero y una carrera si se hacía su aprendiz. Pero tu verdadero talento no está en las cabezas de los demás, sino en la cabeza propia, persevera en la pintura y quizás algún día podrás ilustrar las novelas de Zola. ¿Pero te gusta Zola, ese depravado? No le hagas caso, Raquel.

No le faltaba a Alice una pizca de razón. La persona más equivocada siempre tiene una pizca de razón. Entre limpiar las brochas de Carolus-Duran y exponerse a la muerte por envenenamiento con verde parís o estudiar un oficio que llevaba el signo ascendente de los tiempos, ni siquiera había que pensarlo. Las burguesas no salían a la calle sin sombrero, era el velo árabe de la opulencia, la manifestación enarbolada del poder de sus maridos. Las muchachas trabajadoras y las estudiantes como Raquel hubieran hecho bien en servirse de la fiebre sombrerera. A ella misma le asombró su respuesta. Sueño con ser una gran artista, dijo, con tan inusitada seguridad, que Alice se tragó las palabras. Con el tiempo y en contacto con la economía capitalista más adelantada de la historia, como decía William George con leve ironía, Raquel descubrió que una mujer puede ser más pequeña que su sombrero. Para ir a la iglesia o de tiendas no se puede prescindir del sombrero. Su favorito –alargaba el contraste de su gracia entre bastas anglosajonas– era una cascada de encajes negros.      
 
(De mi novela Raquel en Rutherford, en proceso.)

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...