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lunes, 10 de abril de 2017

Una caja de fósforos






Para Paco, que me cuenta


En Paterson, la película de Jim Jarmusch, hay varias secuencias de una ciudad en deterioro que parecen de estampa iluminada. El paso de multitudes por las calles, visto desde un autobús, en escenas que duran segundos, atiza el recuerdo de ciudades donde vivimos largas temporadas, y que ahora se nos haría doloroso visitar.

La estampa iluminada de la ciudad sórdida proviene de un poeta. Se llama, como la ciudad, Paterson,  y es chofer de un autobús enorme. Su ruta monótona se anima con los cuentos de los pasajeros: la historia de un anarquista que residió en un vecindario cercano; las fantasías miserables de dos machistas; una conversación entre niños que, si no recuerdo mal, comentan un caso de violencia. Para quien sepa reconocerla, la poesía está en muchas partes. Sus texturas adensan una trama de repeticiones, llenan la vida de una intensidad que, no por ser pobre e inocente, se respeta. Al contrario, la alegría sencilla es frágil. De pronto se hace la crisis: una avería detiene al autobús enorme. El chofer poeta no sabe qué hacer en una escena que transcurre con la tensión de un movimiento de monstruos bajo el agua mansa. Somos lectores de tramas violentas y basta un incidente para que anticipemos que algo se caerá en el mundo.

Los críticos de cine tienen la costumbre de contar los finales, pero no he visto reseñas que mencionen el desenlace de Paterson. ¡Qué bendición! Basta que se comenten los motivos formales y sus efectos: los gemelos en serie; el tablero de ajedrez en la barra del propietario culto en jazz y especialista en las glorias humanas de Paterson; las cataratas inmóviles, como de tarjeta postal; las fotos y los libros de William Carlos Williams; el buzón torcido. Fuera del autobús una niña lee un poema suyo con cierta arrogancia de clase, y deja al chofer poeta  en estado de reverencia enamorada, admiración que se repite ante el rapero que, en la sordidez de un laundromat, al ritmo de las máquinas lavadoras y secadoras, se compara con Paul Lawrence Dumbar. (Dumbar fue uno de los poetas favoritos de William George Williams, el padre de William Carlos Williams. No está presente en el Paterson de Jarmusch por casualidad, y si lo está, tanto mejor).




Paterson fue militar. Mantiene las aguas tranquilas gracias al amor, la contemplación apacible, la escritura de su entorno y de sus pasiones íntimas. Su casa es ordinaria, aunque el director la ubicó en un sector de apariencia semi rural digno de una aldea inglesa de película. La esposa de Paterson es artista, más prolífica y hermosa que él. La casa es de ella, que la llena de cortinas, manteles, cojines, molduras y bizcochitos pintados en blanco y negro, con rayas de cebra, espirales, ojos, puntas de flecha y lunares que en inglés tienen un nombre extraño:  polka dots.  La casa es de ella y el perro cautivo también es más de ella que del hombre. Hay en el antagonismo entre perro y hombre cierta densidad simbólica y absurda, y cómica, como tantos conflictos.

Las referencias frecuentes a William Carlos Williams son libres. Es falsa la información sobre el nacimiento de Carlos en Paterson. Ese honor corresponde al idílico pueblo de Rutherford, donde nació y vivió el poeta. Pero la resonancia de William Carlos Williams Hoheb en esta película de Jim Jarmusch no está tanto en los datos biográficos como en el principio de composición. Aunque en el film se anudan y desatan tensiones, importa más la historia de la semana del nacimiento de unos pocos poemas y la muerte de muchos, en el contexto habitual de la vida del médico, de la vida del chofer de autobuses, que en sus rutinas y con palabras fundan los espejos de una ciudad singular hecha de materiales ordinarios.  




En la poesía de William Carlos Williams son constantes los protagonismos de objetos comunes, las superficies broncas del habla, que invaden, desordenan, ocultan, desvelan.  En la película, el breve dedicado a la caja de fósforos, toda esa secuencia, contiene, creo, una poética y un “método” comparables de lectura del entorno. Descubrir con asombro la singularidad de lo inmediato prende momentos de belleza. Jarmusch ha trasladado al lenguaje del cine la rareza de una caja de fósforos, útil  y familiar, aunque su fin sea el milagro de la repetición del fuego.  




domingo, 16 de noviembre de 2014

Ella pinta



 
 


Hoy Raquel pinta. La han despertado el desgaste de las olas, el bramido del viento y, de pronto, la calma silenciosa. Cuando el viento amaina y las olas se ablandan da gusto clavar el caballete en la arena, colocar un paraguas sobre un aditamento inventado por George y abrir la cajita de colores. La luz del norte no ofrece los matices contrastantes de Mayagüez y Puerto Plata. El mar frío de Connecticut se aleja del Caribe como se distinguen entre sí parientes lejanos. La luz del norte se acerca más a los desvelos de la mujer dispuesta a no dejarse dominar por la desolación de una costa sin árboles. Además todas las luces son otras en el mundo de los quinqués, el único que le interesa habitar. De algún modo evidente en su lógica, pero  insostenible en la dimensión de los elementos, hasta el fuego que brota de los objetos naturales es otro desde la invención de la luz eléctrica. Los fantasmas huían de las ciudades saturadas de artificio para refugiarse en las tinieblas enmarañadas del litoral. Allí las hogueras se mantenían en el lugar del misterio. Respetaban esa luz otra que se iba haciendo imperceptible no solo a causa de la ceguera de la vejez sino porque todo lo digno de ser visto se iba dando a la fuga.

Abre la caja de pinturas. Ha decidido trabajar al óleo, omitiendo el paso habitual del boceto en acuarela.  Se ha enfrentado a la costa de West Haven en días menos acogedores que este. Hoy no cederá al desaliento. Cumplirá el mandato del dibujo como dominio de la imagen sobresaliente, la que se impone asesinando formas más débiles. La mano recordará cómo ejecutar la matanza, cómo entregarse al placer de la caza. No hay piedad que valga en los principios del arte. Después pintará directamente sobre la tela. Es de fabricación industrial, sin la calidad de las más duraderas y absorbentes, pero servirá. La brisa es leve; no cabe esperar ventiscas arenosas que arruinen el trabajo aunque a veces le parece que el final menos triste de una obra imperfecta lo decide la naturaleza.

La tela rectangular tiene el tamaño de la tabla grande que usa Florence para picar los vegetales insípidos de sus ensaladas. El comienzo es siempre el mismo: la perfección de las capas iniciales recomendadas por sus maestros. Si en París ese fondo servía para reflejar la luz, West Haven que se diera por satisfecha. Para empezar, embadurnar la tela con una pobre réplica de la “salsa roja” traslúcida que en la versión aprendida en el taller de Duran se componía de materiales que ha olvidado para siempre. Sobre esa base aplicará una capa de blanco plomo. A falta de los elementos originales, que no tiene a mano ni recuerda, mezcla en la paleta una porción de ocre, miajas de azul cobalto y rojo laca.

Mientras se seca la pintura el olor le trae el recuerdo de excursiones felices. Se enfrenta al horizonte. En aquel día que fue un hoy, la línea está muy marcada. Es cierto que expresa la relación del cuerpo que lo observa con todas las cosas. Ezra Pound, el amigo loco del hijo poeta, en una conversación que la historia literaria no recoge (justo en el lugar donde Raquel ha hincado las tres patas del caballete, años antes de este día en que pinta), durante el paseo de rigor tras un almuerzo pesado de los que servían en la casa, dio un salto mientras apuntaba al horizonte con el dedo índice. Según Pound allí descansaba el espinazo de un dragón dormido. En el lomo del dragón se tocan el yin y el yang.

Fuera distracciones. Se ha propuesto que hoy no le dará entrada a la marejada de cosas que le llaman la atención. Hoy responderá a la visión ordenadora de sus maestros. Pintar no es pintar. Pintar es no pintar. El ojo no recibe voces ni olores. Es pura imagen y tacto. Prefiere la muerte al desorden que acaba por disolverse en malos humores. No permitirá la entrada de los monstruos deformes que atormentaban a Ludovico. Adora la forma cabal de las cosas. Sabe que el primer trazo será una invocación al resto de los elementos. El primer trazo, como la luz que se ve por vez primera, rige la inclusión y el orden de los siguientes.

Se pasa por la frente el pañuelo que lleva sobre los hombros, se abanica con la pamela. El infinito mar es, bien lo sabe aunque sus parientes no la entiendan, el ramillete de manzanas silvestres colgadas de un clavo, las que pintó hace años. Mira a su alrededor con la intención de ver solo lo que quepa en una tabla de picar vegetales. Impone a la mirada el método que aprendió por cuenta propia. El misterio de la pintura no es tan oscuro. Se trata de acumular puntos que ante el espectador se resuelvan en una impresión única, como si lo infinito pudiera contenerse en la serie de esos puntos, en la línea del rayo que zigzaguea antes de fulminar. Como aquella sensación que George no quiso explicarle ni nombrarle, la que alguna vez sintió estremecida por sus caricias, el tonto de George, tan púdico. El mar es manzanas silvestres y olas que rompen a lo lejos rizando de blanco las honduras. A los pies de la pintora, haciendo juego con el gris de sus zapatos, el mar es un trozo de raíz más liviana que una pluma de pelícano, gastada por las mareas, picada de agujeritos que se repiten en la arena cuando se evaporan las espumas burbujeantes. En este litoral de West Haven un puñado de arena tiene múltiples tonos (desde el gris que es a su vez colección de negros y blancos, hasta el nacarado de los caracoles que el tiempo desgasta) tantos, que intentar abarcarlos sería tan inútil como reducir las corrientes a la quietud de un agujerito. El agujerito también es inabarcable.

El infinito mar, un grano de arena.

 (pasaje de La muerte feliz de William Carlos Williams, novela inédita)


sábado, 13 de septiembre de 2014

Cristales


para Viviana Paletta y Javier Sáez de Ibarra
Yes Mrs. Williams, el volumen de testimonios  hilvanados con bochinches que William Carlos Williams escuchó de boca de Raquel no forma parte de canon alguno, aunque en una de las cartas que escribió el poeta comenta que la biografía de su madre será su libro más importante. Fue uno de los más difíciles. Williams tardó décadas en entrar y salir del manuscrito. Lo publicó con señales de obra inconclusa en las postrimerías de su vida, diez años después de la muerte de Raquel, cuando la muerte propia era su perseguidora cercana. El libro, casi póstumo, no es alimento para lectores que no toleren bien el blood sausage ni la voz de una mujer que hablaba un inglés quebrado y era tan capaz de improvisaciones dispersas como el hijo. Son los recuerdos de una criolla mayagüezana, de su familia de comerciantes y diletantes, de sus esclavos, de París. De pobreza y de condesas. Apuntes, notas sueltas, comentarios traducidos desaliñadamente. Palabras mal oídas. La historia de un lado del  origen del poeta que dedicó sus versos más célebres a una ciruela y a una carretilla roja.
Carlos escuchaba la palabra Mayagüez con la distancia que merece el sonido impronunciable y quizás con un poco de vergüenza. De Mayagüez no tenía por qué saber lo que registran los documentos: la venta allí del bergantín Wissahickon, con matrícula en Nueva York, encallado en aguas caribes, declarado inservible y vendido en subasta pública en 1852. Si lo hubiera sabido quizás hubiera escrito la novela del bergantín. Tampoco llegó a leer el hijo en sus 79 años de vida el “Informe sobre el guano”, redactado en 1856 por George Latimer, cónsul de Estados Unidos en Puerto Rico. No tenía por qué haber leído los 290 despachos originados en el consulado de  Mayagüez.  Ni saber que Mayagüez era aduana de primera clase, aunque sí le hubieran interesado los intercambios incesantes entre islas e imperios en un mundo menos cerrado de fronteras.
En cambio nada se le dio a conocer con más claridad que el Mayagüez del oído que ninguna historia escrita recoge. Lo transcribió con tozudez de hormiga, él, que traducía del chino sin saber chino. Lo copió sin borrar pistas, para que alguien, acercándose a las letras con el oído luminoso para las texturas, diera algún día con ellas. Alguien que borre la transparencia de los fantasmas, un ojo que pueda captar las ondas que se le escapan al ojo humano,  para poder ver lo que Raquel le dio a ver: el día que ella y su madre, con discreción de aristócratas blancas, se bañaron en una quebrada espumosa. Batiendo el agua con las manos, cubrieron de gotas cristalinas las hojas del maguey.
Raquel es la guía y el hijo su copista díscolo. En cada línea del poeta se lee la tenacidad del hombre que cae, se levanta y vuelve a empujar cuesta arriba el peso de una existencia laboriosa.
Recuerdos propios y ajenos. Una evocación del más parisino de los músicos puertorriqueños: Manuel Tavárez (Carlos transcribe el apellido así: Tamares). Tavárez nació en San Juan en 1843. Era graduado del conservatorio de París, sufrió un derrame que interrumpió su carrera, compuso aires melancólicos. El recuerdo de Raquel se originó en algún comentario pronunciado al vuelo por una boca irrecuperable en cualquier tertulia, o en el inagotable anecdotario de su hermano Carlos. Resistió las marejadas de la migración y la ceguera de su portadora. Fue escuchado y escrito un siglo después en la casa de 9 Ridge Road. Encuentra un párrafo en esta novela, cuya existencia no le hubiera pasado por la mente a William Carlos Williams.
Tavárez frecuentaba el taller de un zapatero donde se reunían cinco varones musicales que imitaban instrumentos de orquesta. El quinteto inventaba melodías. Tavárez las apuntaba y acicalaba a la manera de un estudiante de Auber y D´Albert antes de incrustarlas como lentejuelas en sus danzas de concierto.
Mayagüez, uno de los puertos privilegiados de las Antillas, rehace su historia entre cataclismos: el “fuego grande” de 1841, el maremoto de 1918, el delirio caricaturesco del progreso que convierte la casa materna en estorbo público. Cuenta Raquel de la cantidad de alemanes que vivían en una pensión para solteros. Recuerda los piropos de los soldados españoles y el carácter nervioso de los franceses que saltaban en sus sillas de contables como si se hubieran tragado un ají picante, o frijoles saltarines o un circo de pulgas. Remember them my child? Del piano donde Raquel aprendió música  lo más memorable, además de que sobre sus marfiles habían volado los dedos de Gottschalk, eran dos sencillos candelabros de plata que denotaban la posición social de la familia. Carlos el poeta no lo sabe. Carlos no supo que ciertos sabores de su Mrs. Williams se pierden para quien no se sienta animal exótico en los umbrales del bestiario de especies extintas. O puertorriqueña viva en 2014. El regalo oscuro de un poeta que lo publicó a regañadientes, para completar los oficios de la difunta conserva unas débiles claves centenarias de una ciudad que no divulgó sus referencias ni tuvo contemplaciones al momento de extirpar los barrios y las casas que no armonizaran con las metas del crecimiento  veloz. 
Olores y sabores. Tan punzantes las morcillas de Christophine como la pulpa del mango que Raquel devora haciendo muecas de monita en el patio trasero de Mayagüez, tan cercano al mar que huele a mar.
En Rutherford el agua es dulce, pero el olor a mar deposita sus cristales en el vuelo de los pájaros. El París de las reproducciones de pinturas de Carolus-Duran y Caillebotte que forran las paredes del dormitorio de Raquel, en la casa del hijo, se empaña de polvos salinos.
Raquel sabe cómo fabricar cristales. Basta introducir un hilo en una solución. Unas criaturas muertas que se asemejan en su movimiento a los organismos vivos se le van adhiriendo.


domingo, 27 de julio de 2014

En el bosque


 
 
 
Para Vicente Quevedo Bonilla

Escribir sobre Fermina es describir paisajes. Se crió entre farallones y lomas, en la Sierra de Cayey, un bosque húmedo subtropical donde se puede tocar y pesar los olores en la luz líquida. Ese bosque es lugar de nacimiento de corrientes de agua, un vivero de quebradas sin nombre que han ido perdiendo sus caudales. Manantiales como el pozo que endulzó la agonía de mi abuela. En aquel bosque se amontonaban especies del otro lado del mundo con árboles y arbustos nativos. Los nombres con que alguna vez los llamaron ya no se escuchan en el silencio que rodea sus descendientes: uvero de monte, avispillo, cedro hembra, orégano cimarrón, guaraguao, birijí, jagüey, guamá, jácana, espino rubial, higuillo.

…….

Aquellos humanos eran de otra especie. Cuando visitamos el bosque de Fermina, cuando pasamos nueve horas en su bosque, al regresar a casa sentí que seguía allí, caminando a oscuras de un lado a otro de la sala cerrada. Recordé una visita que nos hizo Juan Alsina Santos, el patriarca empobrecido, a mi madre, a mi hermana y a mí. Vivíamos en una casa pequeña, como de muñecas. Fue la primera propia de mi madre, que vivió para darle mucho amor a sus casas. La posibilidad misma de ese amor fue la obra maestra de una huérfana que supo quererse a sí misma, desdoblarse en víctima y amparo, curarse con la poca ayuda que tuvo, llegar a ser dueña y custodia de tres casas propias. No sé cómo aquel jibaro, mi abuelo Juan, nacido para la fecha del nacimiento de William Carlos Williams, magro y derechito como un general de cinco estrellas, vestido de kaki, viajó hasta la casita en Bayamón donde lo esperábamos mi madre y sus dos hijas traviesas, matriculadas en un colegio católico que ella pagaba haciendo milagros. Debe haber pasado una semana con nosotras, quizás con motivo de algún examen médico o simplemente porque en aquel tiempo, cuando se estrenaba casa, era obligatorio mostrarla a amigos y parientes.  Mi madre debe haber sufrido una asombrada decepción ante la reacción del abuelo a la luz eléctrica que emanaba de las bombillas literalmente flamantes. Se recogía en el “cuarto de huéspedes” a las seis de la tarde, cuando empezaba a oscurecer. Por los resquicios de la puerta veíamos un inusitado resplandor. Cuando mi abuelo salía de la habitación y se perdía en el patio cercado, podando con un machete las ramas de los hermosos guayabos, se desnudó el misterio. Encontramos una vela consumida hasta la mitad y un rastro de cera en el piso. Don Juan había sellado con papel de periódico las rendijas en las persianas “Miami” por donde entraba la luz del exterior y se alumbraba con una vela, creando en el cuarto de huéspedes una cápsula del tiempo, la ilusión de una casita en el bosque hecha de tablones rústicos, humo de fogón y gallinas durmientes. Pasó menos tiempo del anunciado. El comportamiento de aquel extraterrestre le restó esplendor a la casa moderna de mi madre.

Eran de otra edad de la especie aquellos humanos. Más finos de oído, afinados en el zigzagueo de las víboras y las mangostas por la hojarasca. Su mundo era más estrecho y profundo. No quiero salir de ese mundo quiero vivirlo como ella en esta parte de la novela de la madre del poeta. Las mujeres y los niños vivían como viven las hembras de los primates y sus críos, espulgándose como acto de caridad y de placer, como se quitan las cáscaras de las semillas germinadas en casa, amamantando y recogiendo los frutos maduros del cafetal, dando nombres propios a los animales silvestres, disfrutando el golpe del agua en la garganta rocosa del lecho de las corrientes. Es la presencia del bosque, y de las rocas bautizadas y de las lianas enmarañadas lo que aquí cuenta.
 
(De "Raquel en Rutherford", © 2014, Marta Aponte Alsina; foto del Bosque Las Planadas, Cayey,
© Frank Vélez Quiñones)



 

 

 

Primeros párrafos

Recuerdo cuando recibí el envío de mi sobrina. Leí su letra en una nota breve: quizás me interesaría conservar aquellas cartas. No pensé en ...