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5 de febrero de 2018

Fractura, 1 (Watanabe)


Con la acumulación de idas y venidas, traslados laborales y mudanzas, el señor Watanabe terminó contrayendo el síndrome de la ubicuidad emocional. Cada una de sus emociones, al menos en parte, estaba siempre en algún otro lado: había empezado a sentir en acorde. El desarraigo no se limitaba a lo espacial. La cercanía misma con sus seres queridos se volvió problemática. Por así decirlo, ya no sabía estar con nadie por unanimidad. En cuanto alcanzaba un instante de plenitud, un hemisferio de su persona ya estaba imaginando sus próximos movimientos, repasando itinerarios, planificando quehaceres en lugares remotos. Materializar esos viajes tampoco mitigaba la inquietud: su otra mitad, no menos sincera, añoraba el refugio de su casa y no se quitaba el pijama los domingos.


[de la nueva novela Fractura (Alfaguara). Más información, aquí.]

18 de abril de 2017

La lluvia en el desierto (1)

Una vez, hace años, un mediodía de lluvia, el poeta Eduardo García se dirigía en su coche a la costa de Granada. Yo viajaba a su lado. Nos disponíamos a pasar una de nuestras sesiones herméticas. Que consistían en encerrarnos juntos, preferentemente junto al mar, a ejercer el ritual de tacharnos sin tregua. A no salir de los poemas del otro. La playa funcionaba como borde de página. Como punto final. Por eso la buscábamos con nuestros manuscritos: para alisar la arena. Eduardo conducía con atenta velocidad, la misma con la que hablaba. Lo veo absorto en el movimiento. Fluyendo hacia su camino. Apretando el volante con una sola mano. Mucho más convencido que seguro. De golpe, su otra mano saltó hacia el volante. Alcancé a ver una mancha de color girando. Se oyeron frenos. Nuestros cuerpos se doblaron. El cristal se emborronó y ya no pudo leerse nada en él. Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, nos miramos con la mezcla de espanto y alivio de quien emerge de un mal sueño. Asomé la cabeza por la ventanilla. El otro coche, que acababa de resbalar y hacer un trompo justo delante de nosotros, yacía accidentado al borde de la carretera. Los reflejos de Eduardo nos habían salvado la vida. El cielo chorreaba. Viajábamos al pueblo costero de La Herradura. Que, si la tradición no engaña, es palabra de suerte. Desde entonces —mucho más tras la temprana pérdida de Eduardo— no dejo de pensar que él se quedó allá, en aquel mediodía. Que, en esa encrucijada, mi amigo me legó el tiempo que le quedaba. Que, en paralelo a sus inolvidables poemas donde alguien se desdobla o se bifurca, él tomó el otro desvío de la suerte. Quizá los verdaderos poetas sean esos. Los que nos inducen a recordarlos en su propio estilo. A revivirlos como si nuestra memoria la hubieran escrito ellos.


(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)

1 de julio de 2016

Los muros y los bárbaros

Frente al ágora ateniense, junto a los muros de defensa velozmente erigidos por temor a la próxima barbarie, entre las ruinas calientes de la primera democracia europea, un amigo susurra: «Los griegos siempre hemos pensado que los otros países eran bárbaros, hasta que salimos a otros países y nos enteramos de que para ellos los bárbaros somos nosotros». Bajo su zapatilla, una pequeña piedra se desprende y rueda cuesta abajo.

14 de junio de 2016

Viajar de oído

Un Borges que me conmueve particularmente, y acaso no tan explorado, es el turista anciano que recorre medio mundo con su ceguera a cuestas. Ese que viaja de oído, a bordo de una elipsis permanente. Escuchando, palpando, oliéndolo todo. Deduciendo el lugar que visita. Ese que dicta breves, sagaces notas en los aviones hasta componer Atlas: un librito tan fragmentario en su escritura como unitario en su concepto, a caballo entre el poema en prosa y la crónica súbita. Ese Borges que entra en la Alhambra para descifrar el braille de las paredes. Que regresa a Ginebra para formular su teoría sobre las ciudades tímidas. Que pisa el desierto egipcio, se agacha trabajosamente para apretar un puñado de arena y, al dejarlo caer de nuevo, susurra: «Estoy modificando el Sahara». Ese último Borges que sintetiza el ínfimo, inconfundible rastro que dejamos al caminar.

19 de mayo de 2016

Nuevos apotegmas casuales de mi nonagenaria abuela Dorita


Yo más bien viajo alrededor de mi cráneo.

                                                *

A estas alturas no me acostumbro a nada, querido: sólo tengo malas costumbres arraigadas. 

                                                *


Estar así de sola es el caldo de cultivo del pensiero, ¿viste? 

                                                *

Soy la señora holachau. ¡Toda la vida despidiéndome!




[otros célebres apotegmas de mi abuela: unodos y tres]

16 de septiembre de 2015

Comer del arte

Aterrizo por primera vez en Houston, Texas. El nombre del aeropuerto, George Bush, luce su mal augurio. Salgo al aire caliente y pegajoso. El taxista jamás ha oído hablar de mi hostal. Frunce el ceño cuando le muestro la dirección. Tiene que ser realmente muy pequeño, murmura, muy pequeño. Hostal Atenas. La Antigua Grecia perdida en un rincón de las llanuras texanas. Tras algunos esfuerzos, lo encontramos. En la recepción hay una pila de toallas acaso limpias y un microondas en marcha. Huele a ventilador con polvo. Me atiende un recepcionista inverosímilmente flaco. Se llama Juan y no habla español. Me pregunta si mañana necesitaré volver al aeropuerto. Cuando le digo que sí, el recepcionista se ofrece a llevarme en su propio coche. Le pregunto cuánto me costaría eso. Al principio intenta cobrarme más que un taxi oficial. Se lo hago notar con disgusto y entonces Juan, desplegando una sonrisa irresistible, me explica que es músico. Me entrega una tarjeta de cartulina verde: dice Professional Drummer y tiene un correo electrónico de yahoo. Le pregunto qué tipo de música toca. Toda, toda, contesta Juan, africana, blues, jazz, rock, española. Whatever you like. Menciono que mis padres eran músicos. Inexplicablemente, él adivina que mi madre tocaba el violín. La música es lo más grande, dice Juan, yo llevo diecisiete años alimentando a mis hijos gracias a ella. Al final convenimos un buen precio.

4 de junio de 2015

Perder la habitación

Vuelo con equipaje atrasado, sueño de mano y dos libros: La mujer rota de Simone de Beauvoir y Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé. En el primero de ellos, un diario ficcional repleto de emociones aforísticas, subrayo este sarcasmo acerca de un marido que se dedica a la investigación médica: «Obviamente, cuando uno carga sobre sus hombros la salud de la humanidad, el peso de una hija enferma apenas se nota». En el segundo libro, crónica de la posguerra atómica y homenaje a los médicos de Hiroshima, subrayo unos versos del poeta superviviente Sankichi Tôge: «Devuélveme a mi padre./ Devuélveme a mi madre./ Devuélveme a mis mayores./ Devuélveme a mis hijos./ Devuélveme a mí mismo». Mientras llego al hotel de Lyon, pienso que el caso de Oé parece opuesto al del personaje de Beauvoir, cuya obsesión por una gran causa colectiva le impide atender a un dolor cercano. Al mismo tiempo que investigaba sobre las víctimas de Hiroshima, Oé escribió la novela Una cuestión personal, que trata sobre la enfermedad de su propio hijo. Dejo mi equipaje en la habitación, bajo a cenar y entonces, frente a las puertas del ascensor, como un intertexto de carne y hueso, me topo con el señor Oé. Yo ignoraba por completo, o al menos no recordaba, que él fuese el encargado de inaugurar el festival al que he venido. Quizá consulté el programa cuando su presencia no estaba confirmada. O acaso una parte recóndita de mi memoria sí la retuvo, y por eso estoy leyendo los Cuadernos. Entre tartamudeos, le pregunto si tendría la generosidad de firmarme un libro. Oé asiente cortésmente y, con centenaria paciencia, toma asiento en el lobby mientras subo corriendo a buscar mi ejemplar. Me lo dedica en tinta roja, con ese temblor digno de los ancianos que viajan. Me da las buenas noches. Regresa al ascensor. Y desaparece. Yo me quedo contemplando los trazos de su nombre. Al cabo de unos minutos, Oé baja de nuevo. Se acerca al recepcionista y, para mi sorpresa, pregunta cuál es su habitación. Parece fatigado y sus movimientos delatan cierto extravío. Me acerco a ofrecerle ayuda. He perdido mi número de habitación, me dice Oé. No dice «he olvidado», sino «he perdido». No estoy seguro de si bromea. Podemos conseguirle otro número nuevo, sugiero manteniendo por si acaso la ambigüedad. Oé sonríe aliviado y saca de un bolsillo su bolígrafo rojo.

31 de octubre de 2014

Un zombi vagabundo (y 3)

Será difícil que los lectores de Gwyn dejemos de sentirnos cuestionados acerca de nuestra propia experiencia, que incluye un concepto maniqueo de esas dos potencias totalitarias (como las calificó otro paciente hepático, Bolaño, que sobrevuela estas páginas) llamadas salud y enfermedad; y quién sabe si también de la división entre el cuerpo y esa protuberancia que denominamos alma. Partiendo de un ensayo del escritor chileno, a quien él mismo tradujo, Gwyn razona ecuacionalmente, concluyendo que la enfermedad despeja toda incógnita. Cualquier elemento al que se sume quedará restado, subsumido: «sexo + enfermedad = enfermedad; viaje + enfermedad = enfermedad». Retomando a Sontag, describe dos reinos que se sueñan opuestos, el de los enfermos y el de los sanos. Él ha vivido en ambos y no está seguro de cuál es su verdadera patria. «Es», resume, «como si tuviera dos pasaportes de países que sospechan el uno del otro». Con oportunos golpes de humor que alivian sin anestesiar, a semejanza del personaje del Profesor W (de quien el narrador observa, autorretratándose, que «tiene un lindo sentido para lo macabro que no puede mantener a raya»), El desayuno del vagabundo toca la vena de lo que todos somos en primer o segundo grado. Supervivientes que hablan.

29 de octubre de 2014

Un zombi vagabundo (2)

Gwyn va dejando por el camino invaluables reflexiones sobre el cuerpo; sobre cómo la enfermedad afecta la mirada y, de algún modo monstruoso, vivifica la memoria. «De vez en cuando», observa, «sentimos la necesidad de volver a empezar, de liberarnos de todas las posesiones –o narraciones– acumuladas durante la vida». Su escritura funciona entonces a modo de despojamiento para un personaje demasiado poblado, infestado de memoria corporal. Escrutando su propia posición literaria respecto a su dolencia, el autor emprende un conmovedor intento de apresar una narrativa de la enfermedad, una especie de sintaxis del paciente. En cierto pasaje alude a dos narrativas opuestas: la de la restitución, donde la salud equivaldría a una normalidad destinada a recuperarse; y la del caos, que refuta la anterior anulando cualquier posibilidad de regreso al bienestar. Por un difícil tercer camino avanza la voz funámbula de Gwyn, que pasó nueve años de su vida vagabundeando por países mediterráneos (particularmente España y Grecia), hundido en el alcoholismo aunque también en turbias epifanías. Su libro relata esos años de viaje y adicción, o de adicción al viaje. El proceso de su enfermedad. Su metamorfosis emocional. Su casi milagrosa recuperación. Y sobre todo el problema de cómo escribirla.

29 de agosto de 2014

Cortázar forastero (y 5)

Uno de los aspectos más significativos y menos estudiados de Cortázar es su labor como traductor. No sólo porque lo retrata como lector y viajero, sino también porque ayuda a definir su relación forastera con la lengua propia. El Cortázar que traduce a Yourcenar o Defoe es estéticamente el mismo que lucha con hipnótica dificultad por pronunciar la erre, que se tambalea en Rayuela al reproducir su lejana habla porteña o deconstruye el género novelístico (y la certeza del idioma autorial) en 62 Modelo para armar. Cortázar hablaba fluidamente tres lenguas; la que peor pronunciaba era la materna. Dejó escrito en francés el poeta ecuatoriano Gangotena, recompensado por una rima intraducible: «J’apprends la grammaire/ de ma pensée solitaire». En sus incursiones como poeta menor, Cortázar adquirió la ambición lingüística de los prosistas mayores. Alguien podrá opinar que algo así ocurre con Bolaño. Pero si en él o en Borges su relegado corpus poético resulta por completo reconocible junto al resto de su obra, en el caso de Cortázar los poemas fueron más bien un adiestramiento, el testimonio inquieto de un narrador distinto. En una carta de 1968, le adjunta a su amigo Jonquières un soneto con el siguiente comentario: «Es absolutamente lo contrario de lo que pienso y hago en prosa, y por eso es muy útil como polarización de fuerzas». Precisamente en “Los amigos”, de Preludios y sonetos, encontramos un verso capaz de definir esa sensación de cercanía con que hoy tantos lectores celebran sus primeros cien cumpleaños: «los muertos hablan más, pero al oído». Muchos gritaron más que Cortázar. Pocos supieron, como él, levantar una voz.

25 de abril de 2014

Cabeza con dos cielos


© Antonio Arabesco



Toda cabeza está rodeada por dos cielos. Uno es el de los pájaros, con sus alturas lisas y su gramática móvil. Los pájaros anidan por azar en la cabeza. Más tarde, cuando crían reflexiones, emigran al lugar donde el concepto se evapora. El segundo es el cielo caminante: ese que, ocupando el área donde un pie se convierte en decisión, crece en forma de halo y contagia de asombro el casillero racional. Otra clase de aves se quedan a vivir en la cabeza. Más grávidas. Implícitas. Su color se gradúa según lo que recuerdan. ¿Cuánta intemperie hay en la curiosidad? ¿Quién mira irse a quién? Revolotean en bandada las preguntas.


[poema para la exposición Mediterráneo, del fotógrafo Antonio Arabesco, que se inaugura hoy en Granada a las 20 hs. Carmen de la Victoria, sala Aljibe. 25 de abril al 23 de mayo, 17.30-20.30 hs.]

4 de abril de 2014

Speechless

Mientras cenábamos en espera del discurso final del Puterbaugh Festival, los comensales repartidos en floridas mesas como en las bodas, media Oklahoma masticando con moderada ebriedad, corbatas, pajaritas, escotes y collares, mi traductor George Henson soltó de golpe sus cubiertos y comenzó a toser y jadear y retorcerse. Intentó ponerse en pie, trastabilló, volcó dos vasos. Con los ojos muy abiertos, progresivamente enrojecido, movía los labios sin articular palabra. Enseguida apareció un profesor de lengua que alzó en brazos al corpulento George, con una facilidad menos atribuible al gimnasio que a la desesperación, y se puso a aplicarle violentos apretones. George no parecía reaccionar. Su mirada adquirió cierta fijeza vítrea, como la fotografía de un espanto. Sus facciones dejaron de temblar. El rubor de las mejillas dio la impresión de opacarse. Cuando lo tumbaron en el suelo para masajearle el pecho, di dos pasos atrás, intentando abarcar la desgracia, y me preparé para la aguda simpleza de lo peor. Los zapatos de mi traductor asomaban, divergentes. El silencio de la sala era quirúrgico. Noté cómo las lágrimas me pinchaban los ojos. Entonces las piernas de George se flexionaron, se lo oyó regurgitar, aullar, y finalmente se incorporó. La sala se elevó con él en un suspiro. Un bocado de carne le colgaba de la solapa, al modo de una rosa quemada en el ojal. En cuanto recuperó el aliento, miró a su alrededor y dijo con asombrosa calma: «I’m afraid I was enjoying too much my dinner». Corrí a abrazarlo. El profesor de lengua se retiró con la discreción calculada de los salvadores. Los invitados regresaron a sus mesas y la cena se reanudó. Además de reordenar nuestras prioridades, George nos recordó drásticamente otras tres cosas. Que los traductores merecen mucha más atención de la que suelen recibir. Que de ellos depende la respiración del relato. Y que, si algún día nos faltasen, de pronto el mundo entero se quedaría sin palabras.

30 de marzo de 2014

La casa y el viento

De visita en la hospitalaria Oklahoma, tierra de vientos y trenes, me entero de que pronto empezará la temporada de tornados, que en algunas zonas del estado pueden ser verdaderamente destructivos. Nadie a mi alrededor parece asustado por eso, o todos parecen haber aprendido a asustarse sin que nadie lo note. En la localidad de Moore, me cuenta una ancianita llamada Philis, varias casas vuelan cada año. Le pregunto cómo hace la gente para seguir viviendo allí. «Vuelven a construir sus casas, señor», me responde la anciana. ¿Y si al año siguiente vuelven a perderlas? «Entonces las construyen de nuevo, señor.» ¿Y por qué no se mudan a otro pueblo? «Porque esa es su casa.» Philis me sonríe y el rugido de un tren se lleva su siguiente frase hasta donde sólo el viento puede oírla.

31 de enero de 2014

Enérgicamente (y 3)

La capital panameña estaba antaño dividida en dos zonas: una para los locales, otra para los estadounidenses. Un muro con vallas atravesaba la por entonces llamada Avenida 4 de Julio. Hace aproximadamente un siglo, un grupo de estudiantes cruzó aquel muro para colocar una bandera panameña al otro lado, tal como estipulaba el tratado vigente. La policía disparó y mató a muchos de ellos. Hoy esa avenida se llama de los Mártires: todo patriota tiene cara de asfalto. Cuando hace algún tiempo visité la tienda de regalos en el canal de Panamá, recuerdo que me llamó la atención un precioso bolígrafo transparente, dentro del cual navegaba un barquito rodeado de burbujas. Tomé uno de esos bolígrafos, lo observé más de cerca y leí: «Aldeasa, Madrid, 2003». Mezcla de física y magia, contemplar el hipnótico funcionamiento del canal permite entender mejor el cuerpo del agua, su poder silencioso. Agua en ley ajena, su corriente presiona a quienes hoy pretenden manejarla. Quizás algún día los ahogue.

17 de enero de 2014

Neruda, fiesta y silencio (y 3)

Las casas de Neruda suscitan aforismos en sus visitantes. Más que lugar de reposo, un hogar es un espacio de mutaciones, en obsesiva construcción. Todo mirador tiene algo de barco: observar ya es desplazarse. Cada habitación merece ser espacio de amistad, así será poblada desde el suelo hasta el techo. El sabor del agua mejora en copas de colores, quizá porque cualquier placer tiene algo de sinestesia. Toda casa es un laberinto; su habitante también. Por lo demás, resulta llamativo que un hombre de cierta edad y con creciente sobrepeso insistiera en construirse siempre hogares altos, intrincados y difíciles de trepar. Su dueño jamás pareció pensarse débil, inválido o anciano al diseñarlos. Como si encaramarse fuese un atributo suyo. Eso también funciona a modo de autorretrato. En las casas de Neruda abundan tanto los sofás, mesitas y ventanas, los rincones ideales para leer o escribir, que imagino al poeta encerrándose finalmente en el baño, huido de sí mismo y sus voraces estructuras.

15 de enero de 2014

Neruda, fiesta y silencio (2)

Tanto en su escritura como en sus hogares, Neruda vivió en estado de continua mostración. Acumulaba objetos y adjetivos con idéntico empeño. Sinfónicamente deíctico, pertenece a esa estirpe de poetas que lo cantan todo. Que en sus textos no trabajan el silencio, sino que lo combaten por los cuatro costados. Pero Neruda también se oculta a su modo, tal como quedan sumergidos los pilares en la arquitectura rococó. Tras su apabullante despliegue, estas casas albergan significativas omisiones acerca de sus moradores. Nada se cuenta sobre las fortunas que costaron, sobre cómo el poeta pudo permitirse construirlas, mantenerlas y amueblarlas con un sinnúmero de obras de arte y piezas de anticuario. Ni una palabra se nos dice tampoco del personal de servicio. Del personal de limpieza. De choferes, asistentes, jardineros, secretarios. Por hacendosa que su amada Matilde Urrutia fuera o se viese obligada a ser, semejante trío de viviendas debió de requerir ingentes atenciones, excluidas por completo del relato vital de los dueños de casa. Ni siquiera sabemos quién o dónde cocinaba. Las cocinas están virtualmente silenciadas en las casas de Neruda, ilustre militante comunista. La comida y la bebida se encuentran muy presentes en ellas. Sin embargo, en una notable elipsis de clase y también de género, se dan siempre por sentadas. Banquetes y recepciones se evocan con abundante colorido, sin que nadie parezca haber trabajado jamás en ellos. Su anfitrión es narrado como el espontáneo demiurgo de unas fiestas que se preparaban solas.

13 de enero de 2014

Neruda, fiesta y silencio (1)

Recorrer las tres casas de Neruda se asemeja bastante a releerlo. Todas parecen concebidas como una extensión de su obra, y casi una justificación de la misma. Quizá por eso adentrarse en ellas puede provocar admiración e irritación a partes iguales. Al igual que sucede con su profusa poesía, tras un primer deslumbramiento ante la presencia de estas casas, uno experimenta una suerte de intimidad defraudada. La sensación de que todo lo que allí vemos, que es mucho, está premeditado por el propio Neruda. Tan calculado como un efecto óptico. El atractivo irresistible de una casa-museo es la furtividad de la visita. Ese simulacro de impunidad con que el curioso infringe, o cree infringir, la vida secreta de su personaje admirado. Sin embargo, en estos espacios de orgullosa belleza uno siente que el Neruda hogareño, ese que se vestía torpemente, se afeitaba con prisa o dejaba miguitas de pie frente al fregadero, permanece inmune a cualquier intrusión. Ahí radica su gran diferencia con respecto al austero museo de su enemigo Huidobro en Cartagena. O al genuino ambiente de las casas granadinas de su amigo Lorca. O al que acaso sea mi preferido entre los hogares de poetas, el de Keats en Hampstead, cuyo nivel de pose tiende a cero. Es la limitación, aunque también la fuerza, de que las tres viviendas nerudianas pertenezcan a la etapa consagrada de su dueño, cuando cada decisión puertas adentro era tomada con conciencia legendaria.

17 de diciembre de 2013

Idiomas que quisiéramos hablar



LAS COSAS QUE NO HACEMOS 

Me gusta que no hagamos las cosas que no hacemos. Me gustan nuestros planes al despertar, cuando el día se sube a nuestra cama como un gato de luz, y que no realizamos porque nos levantamos tarde por haberlos imaginado tanto. Me gusta la cosquilla que insinúan en nuestros músculos los ejercicios que enumeramos sin practicar, los gimnasios a los que nunca vamos, los hábitos saludables que invocamos como si, deseándolos, su resplandor alcanzase nuestros cuerpos. Me gustan las guías de viaje que hojeas con esa atención que tanto te admiro, y cuyos monumentos, calles y museos no llegamos a pisar, fascinados frente a un café con leche. Me gustan los restaurantes a los que no acudimos, las luces de sus velas, el sabor por venir de sus platos. Me gusta cómo queda nuestra casa cuando la describimos con reformas, sus sorprendentes muebles, su ausencia de paredes, sus colores atrevidos. Me gustan las lenguas que quisiéramos hablar y soñamos con aprender el año próximo, mientras nos sonreímos bajo la ducha. Escucho de tus labios esos dulces idiomas hipotéticos, sus palabras me llenan de razones. Me gustan todos los propósitos, declarados o secretos, que incumplimos juntos. Eso es lo que prefiero de compartir la vida. La maravilla abierta en otra parte. Las cosas que no hacemos. 

(Celebrando la edición argentina de Hacerse el muerto. Más sobre el libro, aquí. Otros cuentometrajes argentinos: El fusilado y Un suicida risueño.)

6 de diciembre de 2013

Un minuto con Aira

Ceno en Santiago con dos buenos amigos chilenos, Riquelme y Celedón, tan distintos entre sí que se parecen. Ambos se turnan para tomar la palabra, uno sinuoso y narrativo, otro escueto y aforístico. Sus voces alternas proyectan un unísono imposible. Primero hablamos de la biografía de Kafka a la que Reiner Stach ha dedicado media vida. Después hablamos de la vida africana de Rimbaud. O su otra vida. ¿Rimbaud tuvo dos identidades, o quizá fue el mismo hombre en dos lugares irreconciliables? Al día siguiente acudo a una librería en Providencia. Curioseo. Hago braille. Por puro azar, me pongo a hojear una nueva traducción del ensayo de Benjamin sobre el surrealismo. Entonces, como invocado, entra a la librería César Aira. Jamás lo había visto en persona. Es él. Más alto, barrigón y jovial de lo que suponía. Es imposible suponer a Aira. Pero ahí está, erguido entre anaqueles. Lo saludo nervioso. Intercambiamos seis o siete oraciones. Él le pregunta al librero por la trilogía biográfica de Kafka que escribió Reiner Stach. Me sobresalto y vuelvo a sumergirme en el ensayo sobre el surrealismo. De inmediato me topo con el nombre de Rimbaud, señalado como precursor del movimiento. Aira comprueba decepcionado que el tomo que está en venta es el mismo que ya tiene en su casa. Intercambiamos otras seis o siete oraciones. Admiro a Aira, pero no lo miro. Él consulta su reloj de pulsera. Bajo la vista y busco el final del ensayo: «un despertador que a cada minuto grita sus sesenta segundos». Voy a tener que irme, dice Aira. Lógicamente, anochece.

22 de julio de 2013

Llamadas a Bolaño (y 4)

Legible como testamento, jocosa y seriamente dedicado a su hepatólogo, el ensayo “Literatura + enfermedad = enfermedad” despliega un zapping ácido por la poesía francesa, la literatura de viajes, las consultas médicas y las ganas de follar (verbo ibérico que a Bolaño le encantaba, acaso por su fricación tan a lo fuck). Estas veinte sobrecogedoras páginas hablan de la escritura como conversación con la muerte, como lucha desde el centro del propio malestar. La conclusión sería que ninguna literatura, incluida la maldita, enferma a nadie. Sino que más bien vive en nuestras enfermedades, síntoma y fruto del afán por sobrevivir. Bolaño vivió durante bastantes años despidiéndose como un moribundo. También trabajó así: con la furia de las últimas oportunidades, con la melancolía vitalista de los enfermos graves. A lo mejor eso es lo que habría que hacer. Escribir siempre como moribundos. Moribundos con salud.