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20 de abril de 2017
La lluvia en el desierto (y 2)
En sus últimos años, Eduardo García fue recuperando y resignificando su Brasil natal. La raíz casi olvidada, lugar de memoria inconsciente. La condición fronteriza no se limita al orden geográfico ni a los dogmas nacionales. Tiene algo de desubicación general, en su sentido más etimológico: sin dónde. De errancia emocional y estética. El regreso simbólico de Eduardo a su primera tierra se completó con el rescate del idioma portugués. Que, para asombro de sus amigos y acaso de sí mismo, había conservado prácticamente intacto tras cuatro décadas de vida en español. Si los duendes internautas no la han borrado, aún circula una filmación del diálogo que mantuvo en Brasilia con su traductor. Imposible evitar una ráfaga de emoción, y también de extrañeza, al escuchar su acento paulista. Aunque apenas hayamos reparado en ello, a Eduardo le tocó escribir en una lengua extranjera. Es probable que su exactitud verbal y escrupulosidad técnica tengan mucho que ver con esa vigilancia de los idiomas adquiridos. Repasando el borrador de sus notas inconclusas, me topé con un lapsus casi imperceptible: «Necesité atravesar un vasto proceso de aprendizaje, en árduo combate con las palabras». No puedo decir que me sorprendiera comprobar que justo así se escribe en portugués. Su querencia por la patria original y la música fue acentuándose con el tiempo. Como si el oído, órgano central de su sensibilidad, fuese el cordón umbilical que lo unía con su memoria. Conservé en mi teléfono todos los mensajes que Eduardo me envió durante los últimos meses. Me sentía incapaz de borrarlos. Como si desterrarlos del aparato equivaliera a despedir a su remitente. Me pregunto adónde van a parar los mensajes que eliminamos. A qué magma de signos, a qué limbo de datos. Mi intención era transcribirlos algún día. Pero eso también se me hacía demasiado árduo. Finalmente se perdieron de la peor manera: me robaron el teléfono ese mismo verano, en pleno duelo. Quizá la muerte sea una ladrona. Y nuestro pensamiento, el malogrado detective. Escribo sobre mi amigo con tapones de goma en los oídos. Así escucho más en mí su respiración, que me acompaña hasta el final del viaje.
(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016, obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)
11 de enero de 2016
Where the Fuck Did Monday Go?
1.
Cuando oscurece,
relucen las estrellas como hielo, y el espacio que cruzan
esconde alguna cosa elemental. No Dios exactamente. Quizá más
como un ser a lo Bowie en purpurina, estrecho de caderas:
un Starman, as cósmico planeando, balanceándose,
muriendo por hacernos entender.
(...)
2.
No deja pistas. Pasa inadvertido, rápido como un gato. Eso
es Bowie para ti: Papa del Pop, coqueto como Cristo. Una obra
adentro de otra obra, él está dos veces registrado.
(...)
3.
Bowie, quiero creerte. Sentir tu voluntad
igual que el viento antes de la lluvia.
Como quien simplemente todo lo obedece
dejándose llevar por esa danza hipnótica,
como si algo con el poder de hacerlo
hubiera alzado la mirada y dicho:
Adelante.
(Fragmentos del poema "Don't You Wonder, Sometimes?", del libro Life on Mars de Tracy K. Smith, traducidos por Andrés Neuman. Existe también una edición española: Vida en Marte, con traducción de Luna Miguel. El título del post cita un verso de Girl Loves Me, canción del nuevo y póstumo disco de David Bowie, Blackstar.)
Microclaves:
Bowie,
danza,
muerte,
música,
poesía,
religión,
Tracy K. Smith,
traducción
16 de septiembre de 2015
Comer del arte
Aterrizo por primera vez en Houston, Texas. El nombre del aeropuerto, George Bush, luce su mal augurio. Salgo al aire caliente y pegajoso. El taxista jamás ha oído hablar de mi hostal. Frunce el ceño cuando le muestro la dirección. Tiene que ser realmente muy pequeño, murmura, muy pequeño. Hostal Atenas. La Antigua Grecia perdida en un rincón de las llanuras texanas. Tras algunos esfuerzos, lo encontramos. En la recepción hay una pila de toallas acaso limpias y un microondas en marcha. Huele a ventilador con polvo. Me atiende un recepcionista inverosímilmente flaco. Se llama Juan y no habla español. Me pregunta si mañana necesitaré volver al aeropuerto. Cuando le digo que sí, el recepcionista se ofrece a llevarme en su propio coche. Le pregunto cuánto me costaría eso. Al principio intenta cobrarme más que un taxi oficial. Se lo hago notar con disgusto y entonces Juan, desplegando una sonrisa irresistible, me explica que es músico. Me entrega una tarjeta de cartulina verde: dice Professional Drummer y tiene un correo electrónico de yahoo. Le pregunto qué tipo de música toca. Toda, toda, contesta Juan, africana, blues, jazz, rock, española. Whatever you like. Menciono que mis padres eran músicos. Inexplicablemente, él adivina que mi madre tocaba el violín. La música es lo más grande, dice Juan, yo llevo diecisiete años alimentando a mis hijos gracias a ella. Al final convenimos un buen precio.
21 de enero de 2015
Escucha bifurcada (y 2)
Creo que la escritura procede, en buena medida, de una perplejidad ante la lengua materna. Es como si mi oreja derecha escuchase un lugar del idioma, la oreja izquierda otro y mi boca tratase de conciliar las percepciones de ambas. Al principio de mi escolarización en España, este ejercicio me demandaba un esfuerzo considerable. Pero, al cabo de algún tiempo, empezó a convertirse en un mecanismo espontáneo e incluso involuntario. Hoy ya no soy capaz de pensar en castellano sin sospechar de mi propio léxico, sin someter simultáneamente todo lo que digo a una escucha bifurcada.
Microclaves:
Argentina,
escritura,
España,
extranjería,
idiomas,
lingüística,
música
22 de mayo de 2014
Barbarismos
autoestima. Montaña
rusa de un solo pasajero.
bandera. Trapo de bajo coste y alto precio.
corazón. Músculo
peculiar que, en vez de levantar peso, lo
acumula.
democracia. Ruina griega. || 2. ~ parlamentaria: oxímoron.
escuchar. Extraer
música del ruido. || 2. Acción y efecto de prepararse para interrumpir.
ficción. Acontecimiento que aspira a suceder. || 2. Versión menos evidente
de lo real.
goleador. Individuo
que celebra lo que merecieron otros.
humor. Facultad de parodiar las propias convicciones,
o sea, de pensar. || 2. Flujo interno
de la tragedia. || 3. ~ negro:
ejercicio mediante el cual un
humorista comprueba si sigue vivo.
imperfección. Belleza que permite ser intervenida. || 2. Perfección mejorada
por el escepticismo.
joder. Verbo transitivo de admirable
polivalencia.
kitsch. Mal gusto de buen gusto.
leer. Acción de viajar hasta donde uno se encuentra. || 2. Acción y efecto de vivir dos veces.
maternidad. Momento de plenitud de una trabajadora antes de ser despedida.
noticia. Ocultación de otra noticia. || 2. Lo que en este mismo momento está dejando de
importar.
ñu. Especie rumiante protegida con el noble fin de que no se extingan
los crucigramas.
orilla. Mitad de un lugar. || 2. Comienzo del puente.
pornografía. Modalidad ansiosa de autoconocimiento. || 2. Deseo trágico de ver algo siempre ligeramente distinto de lo que estamos viendo.
querer. Extraño afecto hacia alguien que no es uno mismo.
reconciliación. Tregua acordada entre dos cónyuges con
el objeto de perfeccionar su ruptura. || 2. ~ nacional: desmemoria pactada
entre dos bandos que se recuerdan perfectamente.
santo. Individuo tocado por un don divino para elegir a sus biógrafos.
traducción. Único modo humano de leer y escribir al mismo tiempo. || 2. Texto original que se inspira en
otro. || 3. Amor retribuido palabra por palabra.
urna. Recipiente que
acoge los restos de un individuo.
|| 2. En las jornadas electorales, ídem.
viejo. Joven tomado por sorpresa.
WC. Oficina con un solo empleado.
xenófobo. Individuo al que le repugnan sus propios ancestros.
yo. Conjetura filosófica.
zoofilia. Doctrina
que predica el amor entre semejantes.
Microclaves:
aforismo,
amor,
democracia,
diccionario,
extranjería,
ficción,
filosofía,
fútbol,
humor,
lectura,
lingüística,
madre,
música,
pareja,
política,
prensa,
religión,
sexo,
trabajo
23 de noviembre de 2013
Abecedario Beatle
BAJO: instrumento que McCartney reinventó por no desear tocarlo.
CUARTETO: Santísima Trinidad, más uno.
DYLAN: droga que influyó en Lennon a mediados de los sesenta.
EPSTEIN: corbata que ilumina la caverna.
FAN: individuo razonable, hasta que habla de los Beatles.
GRACIAS: palabra que jamás escuchó George Martin.
HELP: petición de auxilio tras sufrir repetidos accidentes de esquí.
IGUALDAD: desequilibrio mediante el cual Ringo cobraba lo mismo que Paul.
JESUCRISTO: estrella que osó considerarse casi tan popular como los Beatles.
KLEIN: segundo pulpo del jardín.
LISÉRGICO: sentido común de Lennon.
MAHARISHI: iluminación que produce verdades trascendentales como el Álbum Blanco.
NOWHERELAND: patria general.
Ñ: única letra para la que Lennon y McCartney no tuvieron música.
ONO: conjunción negativa.
PEPPER: único sargento con más autoridad que un general.
QUIMERA: decimocuarto LP.
REVOLVER: disparo que revive a quien lo escucha.
SOLO: sustantivo y adjetivo en los que Harrison fue especialista.
TUCSON: localidad de Arizona a la que volveremos siempre.
U.S.S.R.: antípoda y destino de Miami Beach.
VÉRTIGO: período histórico comprendido entre 1963 y 1969.
WALRUS: animal mitológico.
X: opinión de Pete Best sobre sus ex compañeros.
YEAH: conjunción afinada.
ZURDO: naturaleza del individuo sumamente diestro.
4 de noviembre de 2013
Esperando a Tizón (1)
Esperar es un arte con los ojos abiertos. Toda espera tiene algo de ahogo y también de salvación. Siete años de buceo no son nada. Una pierna de tiempo. Medio pulmón de historia. Un sexto libro. Para quienes conciben la escritura como territorio de la epifanía, Técnicas de iluminación viene a corroborar una sigilosa certidumbre que revoloteaba las letras españolas: Eloy Tizón es uno de los grandes. Ahí donde lo ven, tan con gafas y visionario. El autor nació en Madrid y en unos cuantos lugares más. Ha publicado esto y lo otro, pero casi no se acuerda. Da clases por ahí para aprender. Ha ganado y perdido. Se ha hecho joven. Fin de la biografía. Lo demás es vida. Es decir, prosa. Estamos ante alguien que nos muestra cómo cada palabra entonada en su lugar, o acaso musicalmente desplazada de su lugar, adquiere una capacidad reverberante. Tizón escribe con eco. Quizá por eso uno atiende a sus libros con una especie de trascendencia auditiva: sabiendo que todo milagro empieza en el oído y termina en la boca. Al leerlo se asiste no tanto al nacimiento de una historia como a la formación de un ritmo. De una respiración que será la palanca del cuento. El aliento que empañará un argumento a medias. Hay quien trae una historia y quien sale a buscarla. Tizón es de los segundos. Sus personajes se mueven al ritmo de sus preguntas, hasta toparse de bruces con el texto que los nombra.
21 de junio de 2013
Plan B
BANCO: entidad que protege el porvenir de nuestras deudas.
BANDERA: trapo de bajo coste que tiene un alto precio.
BAÑO: biblioteca sin prestigio.
BASURA: quintaesencia.
BESO: palabra articulada simultáneamente entre dos hablantes.
BIOGRAFÍA: manera en la que alguien va muriéndose.
BÍPEDO: criatura que hubiera preferido volar.
BOLERO: alegría de llorar.
BOSQUE: estrategia de distracción del árbol.
BÚSQUEDA: hallazgo casual de otra cosa.
Microclaves:
aforismo,
deseo,
economía,
humor,
lectura,
lingüística,
muerte,
música,
nacionalismo,
naturaleza
17 de mayo de 2013
Another brick in the wall, 1
Hace tres décadas tenía sentido entusiasmarse entonando The Wall, irresistible himno que merecería una relectura histórica. El mantra «¡Eh, profesores, dejen en paz a los chicos!» suena lejanísimo, por no decir trágicamente cómico. Desde el presente resulta difícil interpretar «No necesitamos educación, no necesitamos control del pensamiento» como otra cosa que una contradicción en los términos. Quizás hoy el abuelo Waters susurraría en alguna manifestación por la educación pública: «Profes, porfa, no dejen solos a nuestros chicos». Mientras tanto, al otro lado del aula, avanza la trituradora de ladrillos.
23 de abril de 2013
La lectura como cuerpo
La palabra se estira con cada movimiento de quien lee. Doblándote subrayas la longitud del verbo. Cuando elevas el libro, la atención se sostiene igual que un músculo. Me tienta imaginar
el personaje al que te abrazas, en cuáles adjetivos te detienes. Celebro tus rodeos de
asombro o de pregunta. Quién pudiera de ti recibir esos ojos con idéntica hondura. Eres lo que hace
falta. Gramática en acción. Un cuerpo de sintaxis. Esa última línea donde se hacen un nudo temblor e inteligencia.
4 de marzo de 2013
Se vende posteridad
Si Faulkner comenzó a escribir novelas magistrales porque le resultaban más rentables que sus olvidables poemas, si Bach compuso las sublimes cantatas por riguroso encargo semanal, si Van Gogh se pasó la vida lamentando por carta que sus insólitos cuadros no se vendieran, entonces la diferencia no radica en la nobleza del móvil sino, quizá más trágicamente, en el talento.
7 de febrero de 2013
Canción de las pornógrafas
Mi amigo Gabriel, que existe aunque merezca ser un personaje, me cuenta desde Argentina que, en la madrugada del 29 de enero, soñó con mi madre. Yo acabo de aterrizar, sueña Gabriel, para asistir a un extraño homenaje a mi madre en Córdoba. Según la prensa local, sigue soñando mi amigo, a los 28 años de edad ella compuso un himno para el conservatorio. El formidable título de ese himno imaginario es Canción de las pornógrafas. Yo lo pronuncio en voz alta y después, tragando saliva por la emoción, muestro a la concurrencia una fotografía en blanco y negro donde aparece mi madre muy joven, entre oboes, flautas y contrabajos, vestida con una falda larga. En ese momento mi amigo despertó. Y supo de inmediato, me escribe, que ese sueño era de otro. Del hijo de la soñada. Mi madre, a quien Gabriel jamás ha visto. Que fue, en su juventud, algo pornógrafa. Que, precisamente a los 28 años de edad, volvió a casarse con mi padre tras haberse separado: uno de mis primeros recuerdos de infancia. Y que ese mismo 29 de enero, aunque mi amigo tampoco lo supiera, habría cumplido 60 años. Recuerdo a cierto escritor que, al escuchar el título que un compañero iba a ponerle a su libro, le advirtió: «Acabo de tener una idea en tu cabeza». Aquel título era el que buscaba hacía mucho tiempo. Al final ambos se lo jugaron al póquer. Y ganó el que tenía que ganar.
24 de julio de 2012
Obras menores, genios mayores
Hay dos maneras opuestas de acercarse a los maestros. O esperamos tanto de ellos que, por culpa de su pasado, jamás nos satisfacen. O asumimos la improbabilidad de que se superen y, por si acaso, nos preparamos para un bache. Esta semana he visto consecutivamente To Rome with Love de Woody Allen y Dark Shadows de Tim Burton. Me senté casi resignado a presenciar un desliz en dos genios que me interesan hasta cuando me defraudan. El primero venía de un drama fallido (Vicky Cristina Barcelona) y un cliché romanticón (Midnight in Paris). El segundo, de un musical exasperante (Sweeney Todd) y una decepción lujosa (Alicia en el país de las maravillas). Pero también les debemos milagros como Bullets Over Broadway o Big Fish. Y esas cosas, a diferencia del matrimonio, nos generan cierta lealtad hasta la muerte. Así que fui. Pese a las malas críticas. Pese a todos los augurios. Y, francamente, las disfruté. La de Allen contiene algunos diálogos con los reflejos de antaño y una ocurrencia gloriosa: esa ducha en la ópera. La de Burton despliega un virtuosismo deslumbrante en las actuaciones y asocia el vampirismo, el rock y la poesía romántica. Ambas brillan al principio y decaen al final. Ambas dependen de sus versiones originales: la mezcla permanente de inglés e italiano en la de Allen, la exquisita parodia del acento británico en la de Burton, resultan imposibles de doblar. Y ambas están, aleluya, escritas con humor e inteligencia. Es más de lo que ofrece casi cualquier estreno.
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Tim Burton,
traducción,
Woody Allen
22 de junio de 2012
Música maltrecha
«No me interesa lo puro», se mancha Marta Sanz en un extraordinario texto acerca del escritorio donde trabaja. Me acuerdo de Nicolás Guillén, cantor de la impureza en cierto poema que caía, sin embargo, en la presunta pureza de la homofobia. «No impido que el ruido de fuera se cuele en la página», sigue sonando Sanz. «Abro. Ventilo. Ensancho la rendija». Esa rendija en ciernes, que es la interferencia del mundo, puede ser percibida en términos de obstáculo o de material. El margen de la página que escribimos, ¿nos aísla o nos comunica? ¿Es más puente o placenta? En la respuesta a estas metáforas se juega quizá nuestra relación con el lenguaje. «Pego la oreja. Las voces me repercuten dentro como los graves de los altavoces». Porque a veces callarse es demasiado agudo. El silencio tiene algo de nervio, vive a punto de ser atacado. «Tampoco yo soy el silencio». Escuchar esta idea me hace hablar. Ha existido algún genio placentario (Juan Ramón), pero tiendo a admirar a quienes encuentran música en mitad del ruido. Como el dial vibrante de una radio, que merodea por sus alrededores hasta lograr una sintonía. Una radio apagada es perfecta y estéril. El silencio me interesa como maltrecho resultado: una especie de esfuerzo de clarificación. Como punto de partida esencial me parece aberrante. «Es importante la historia del vecino. Ojalá la luz filtrada por la cortina me manche el relato. Me lo arruine.» Tocan la puerta. ¿Voy o no voy? Ahora sí empieza el texto.
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14 de febrero de 2012
Quedarse mudo
Algunas de las mejores películas que he visto son mudas. Basta nombrar Nosferatu, La pasión de Juana de Arco, La quimera del oro o The Unknown. El cine mudo partía de una intensa paradoja de fondo: tenía el afán de la explicación (subtítulos, gesticulaciones, énfasis musicales) y la virtud de la elipsis. La omisión de un elemento básico potenciaba sus demás recursos. Trabajaba a partir de una carencia. Eso se llama estilo. The Artist no habla tanto del cine mudo como del paso del tiempo. Del ruido abrumador que hace en nuestra cabeza darnos cuenta de que envejecemos. De que nuestros sentidos también pierden vigencia. Quizá por eso la última palabra que se escucha en la película sea «¡Silencio!». El protagonista, la antigua estrella, cree que su tradición es superior. Que hoy se ha perdido el gusto. Hasta que empieza a intuir, a puros martillazos de presente, los límites de su propia estética. Y, como en una pesadilla lúcida, comprende que el lenguaje ha cambiado. Estreno históricamente oportuno, la película trasciende el culto al vintage para sugerir un posible destino para las artes analógicas. Da vértigo pensar no ya en su caducidad, sino en futuros tiempos, quizá no tan lejanos, en que las actuales generaciones digitales sentirán que el mundo ha dejado de comprenderlos. Y que internet era mucho más humano, cálido y artesanal que eso de ahora. Eso que desconocemos.
20 de enero de 2012
Tres monstruosas
Hasta que me topé con un artículo de Mariana Enríquez, brillante autora de Los peligros de fumar en la cama, nunca había entendido muy bien dónde residía la fascinación por ese cúmulo de exhibicionismos llamado Lady Gagá. Gracias a una observadora literaria, sin embargo, puedo leer de otra manera el personaje, sus intertextualidades visuales y su situación de género: «difícil aprehender a alguien que es raro, especialmente a una mujer, más aún a una mujer que es joven pero no es bella». Tanto Mariana Enríquez como Guadalupe Nettel me han parecido siempre delicadas analistas de lo monstruoso. Doble monstruosidad, la suya: consiguen ser poéticas, leves, matizadas a la hora de mirar lo horrible, lo oscuro, lo radical. De la narrativa de Enríquez, que piensa el gótico desde la periferia y viceversa, admiro su capacidad para atormentarnos sin clichés. Tormento y pureza suelen ser dos comodidades de la literatura barata. Tranquilizan. Dan permiso para condenar o salvar, que son las dos caras del simplismo moral. En cambio todo lo que dice y mira Enríquez –como Nettel en los cuentos de Pétalos y otras historias incómodas– está estudiadamente pervertido. Acaso cualquier perversión consista en eso: en la elaboración estética de lo visceral.
23 de septiembre de 2011
The Mammas and the Pope
Me detengo frente al Palacio Papal de la ciudad de Aviñón. Es no sé qué festividad y, justo debajo de la santa residencia, una joven orquesta eléctrica ameniza la tarde a los abuelos. Guitarras, bajos, sintetizadores, baterías. El repertorio sagrado incluye Satisfaction y We Will Rock You. La tradición es tan astuta que se apropia de cualquier cosa que la golpee.
9 de septiembre de 2011
Woody Allen: elogio y crítica de la nostalgia (y 3)
La física ha logrado formular dos conceptos que intuían los turistas: todo espacio está hecho de tiempo, y todos los tiempos son simultáneos. París funciona en Midnight como laberinto histórico y superposición de paraísos perdidos. El presente, nos recuerda la película, tiende a la insatisfacción. Y, por tanto, a la evasión retrospectiva o prospectiva. Aquí se funden con ingenio ambas fugas: un pasado de ciencia ficción. La actualidad de la película, que dice transcurrir en 2010, es en sí misma una negación del presente. A excepción de alguna broma sobre el Tea Party, nada nos hace sentir que su historia sucede hoy. Hace tiempo que Woody Allen detesta o ignora el presente. Que se ha convertido en aquel desopilante reaccionario cascarrabias que él mismo interpretaba en Anything else. Lo más interesante de Midnight es que construye, al mismo tiempo, un homenaje a la nostalgia y su refutación. Si toda época se subestima estéticamente en relación al pasado, quizá la verdadera utopía estética sería mitificar el presente. Salí del cine con más ganas de chill out que nunca: algún día sonará a música sagrada.
29 de agosto de 2011
Cómo expandir el punk
Dos documentales recientes, vistos uno a continuación del otro, ilustran a la perfección dos narrativas opuestas: Barcelona, antes de que el tiempo lo borre, de Mireia Ros, y Joy Division, de Grant Lee. El primero, que promete una sinopsis del complejo y fascinante siglo veinte barcelonés, termina limitándose al repaso lineal, autoindulgente y oligárquico de la familia del guionista. El segundo, que se anuncia como un mero repaso a la formación de un grupo punk, termina proponiendo una sofisticada, ambigua y coral tesis sobre Manchester. Elegir un gran tema es condenarse a reducirlo. Partir de un tema pequeño invita irresistiblemente a ampliarlo. No me gusta Joy Division, pero me encanta la gente a la que le gusta Joy Division.
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Joy Division,
memoria,
Mireia Ros,
música,
violencia
23 de julio de 2011
La vejez es lo mítico
Más que una novedad para la música, Amy Winehouse siempre me pareció un epígono brillante. Una excelente ventrílocua de voces del pasado. Que cantaba muy bien, nadie puede negarlo. Que nos deje un estilo, eso ya es más dudoso. Su muerte antes de los 30 provocará algo tan sórdido y previsible como su autodestrucción: la exageración póstuma de su talento. Los mismos que hace un mes se reían de su bochorno musical en Belgrado, hoy lamentarán la pérdida de una artista inigualable, ble, bla, bluf. Según un manoseado adagio argentino, desde su accidente, Gardel canta cada día mejor. A Winehouse, por desgracia, la muerte le ha evitado cantar cada día peor. Detesto la necrofilia de las hazañas potenciales, de las presuntas obras maestras que los difuntos habrían compuesto. Genios tempranamente malogrados fueron Billie Holiday, Elvis Presley, John Lennon. Como algunos del siniestro Club 27: Jones, Hendrix, Morrison, incluso Cobain. Si nos ponemos a decir que Winehouse fue el prodigio truncado de su generación, estaremos faltándole el respeto a su vida y a la música. Mientras tanto, de paseo por San Sebastián, el abuelo BB King se hace más mito envejeciendo.
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