Buenas. Tengo 63 años. Acabo de morirme. La mala suerte, los disgustos, el estrés, los genes. Qué le vamos a hacer. Según los cálculos del Estado, me quedaban 6 años para jubilarme. Me preocupa haber muerto así de pronto, pero más me preocupa haber quedado debiendo 6 años de trabajo. Fui un hombre responsable. No quiero ser un muerto negligente. Por suerte, mi hijo todavía es joven. Lo tuve un poco tarde porque a su madre y a mí nos costó conseguir un puesto fijo. Mi hijo tiene 31 añitos y espero que pronto encuentre trabajo. Por lo tanto le quedan 38 años de vida útil. Hagamos cuentas, que es sano: 38 años de vida útil, más los 6 que su padre ha quedado debiéndole al Estado, suman 44 años. Bueno, tampoco está tan mal. De hecho, yo tuve que trabajar un año más. Empecé a los 18 y terminé a los 63: eso suma 45 años de trabajo. Así que ya se ve, mejoramos poco a poco. La aritmética tranquiliza. Estar muerto también.
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24 de febrero de 2011
20 de febrero de 2011
Perder dos veces
Los deportistas mueren dos veces. Ahí, no en sus trofeos, está su épica. Los deportistas en retirada son anfibios prematuros que nos cuentan, con caras todavía jóvenes, cómo es envejecer, sentir el ocaso del cuerpo, la melancolía de desear y ya no poder, recordar las fuerzas perdidas. Escucho a Ronaldo Nazario da Lima, el delantero más espectacular que ha perforado las canchas, el hombre-manada, el goleador supersónico, anunciar que se jubila a los 34 años. «Yo tenía el regate previsto», balbucea. Pero su mente y sus músculos no se escuchaban. El último Ronaldo imaginaba el movimiento, lo veía, lo auguraba. Y sus piernas se quedaban dormidas. «He perdido contra mi cuerpo», sintetiza. ¿Un goleador será un aforista en potencia? Los deportistas saben mucho más del tiempo que el público que los aplaude. En la antigua Grecia lo sabían. Los poetas quizá lo han olvidado.
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