Enlazada con estas tensiones, la invocación matriarcal recorre todo el libro desde distintos roles y edades. Si, históricamente hablando, en el nombre del padre heredamos verdades absolutas, aquí se admite el susurro disidente de las dudas. Y también el arte de la artimaña. O ardid, palabra casi perdida con un toque de astucia, juego y fuego muy a tono con sus versos. «¿No era esto madurar?», se interroga Rosa Berbel, «¿elegir cosas/ y esconder la elección a los demás?» Hablamos de poemas de formación donde el crecimiento es moral, físico y narrativo. Se hace balance de lo aprendido. Se reconocen las mutaciones del cuerpo. Y se genera una distancia temporal, un espacio de observación que no existía antes de su escritura. No es tanto que en estos versos la adolescencia haya quedado muy atrás, como que se la ha dejado definitivamente atrás porque ha sido escrita. La autora maneja con agudeza el poder de este recurso. En el camino, asistimos a los cruces de lo íntimo y lo público, a lo político que asoma eludiendo el panfleto. Crecer es «andar más, con más miedo,/ por calles más vacías». Esta inquietud —por desgracia tan contemporánea— reaparece y se desarrolla en “Sisterhood”, que tiene la virtud de funcionar como conversación familiar, de cama a cama, y como himno colectivo, de experiencia a experiencia. Similar resonancia logra “Retrato de familia”, donde leemos: «Este diálogo, eterno de mudos/ y de sordos, de vivos y de muertos,/ se despliega infinito/ en el salón». En el salón o, se nos cuenta, en los trasteros. Los sótanos del patriarcado. Allí donde iniciarse no es cuestión de interiorizar el deseo propio, sino de asumir la violencia ajena. En ese texto que da título al libro, la niña reformula el conflicto de decir la verdad. ¿Aprendió a no decirla? ¿Quiso decirla y no pudo? ¿O la está diciendo ahora, cuando rompe su silencio? Quizá por eso las niñas de estos poemas se esconden debajo de la mesa. Debajo de la mesa, falso techo conquistado, pequeño cielo propio, está el único refugio de una infancia que se estaba preparando para salir, construirse un cuarto y hablar. Y que por suerte ha hablado. Ya lo creo que ha hablado.
Mostrando entradas con la etiqueta juventud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juventud. Mostrar todas las entradas
13 de febrero de 2019
11 de febrero de 2019
Como niños muy viejos (1)
Tu primer libro es un comienzo y también un abismo. Cada primer libro inaugura un terreno por delante, pero crea a la vez un punto de inflexión radical con respecto al pasado propio. Lo convierte en un bloque —el bloque inédito—, cuando todo estaba aún por suceder, cuando el futuro entero era una espera. Esto propicia una conciencia muy específica en los autores debutantes, que sienten cómo el horizonte se les instala de golpe. Y que acaso reproduce el acto de escritura, capaz de plantar una repentina sabiduría en nuestras cabezas, dueñas de un instrumento con más vida, memoria y madurez que ellas mismas. Esa es la lucidez única, semifantástica de la poesía joven. «Como niños muy viejos jugando sin permiso», lo sintetiza Rosa Berbel en su espléndido debut, Las niñas siempre dicen la verdad. En tiempos presuntamente dominados por eso que llaman posverdad, y en los que sin embargo nadie sabe cómo dejar de estrellarse con las nociones de mentira y verdad, cómo salir siquiera imaginariamente de la jaula de esa dicotomía, la poesía nos propone un espacio fronterizo. Un territorio claroscuro donde, además de grandes categorías, se deja entrar a las contradicciones, el autoengaño, el conflicto y su expresión. Esta traviesa ambigüedad parece ocultarse en el título mismo, si observamos el lugar que ocupa el tramposo adverbio temporal: las niñas siempre dicen la verdad. ¿Está realmente afirmándolo? En tal caso, ¿no hubiera sido más lógico (e igual de endecasílabo) escribir que las niñas dicen siempre la verdad? Sospecho que la autora está más bien cuestionando, parodiando un principio represor: a las niñas siempre se les exige pureza. Pero la infancia del poema es respondona. Repensar nuestros géneros también.
17 de noviembre de 2018
Joven permanente
Muchos jóvenes poetas argentinos se iniciaron leyendo a Girondo. Por eso redescubrir cómo el propio Girondo se inició en la poesía nos propone un curioso espejo histórico, ahora propiciado por su reedición completa en España (Oliverio al alcance de todos, Trampa Ediciones) casi a la vez que sus obras tempranas aparecen tardíamente en inglés (Decals, Open Letter). Pese a reunir todos los rasgos del escritor precoz, no empezó a publicar hasta después de los treinta años. Este hecho en apariencia anecdótico sintetiza la complejidad de su carácter: logró ser un vanguardista reflexivo, un impulsivo paciente y un risueño trágico. Por esa misma época se unió al grupo que impulsaría la nueva literatura argentina, a través de las revistas Proa y Martín Fierro. Pero Girondo era demasiado inquieto como para permanecer en las filas de cualquier bando. “Llega un momento”, declaró alguna vez, “en que aspiramos a escribir algo peor”. A diferencia de otros colegas experimentales, sus gestos solían trascender la provocación. Su obra no sólo ensanchó el camino de una vanguardia rigurosa, con profundos fundamentos teóricos; sino que retomó lo cotidiano como campo de batalla, prolongando esa tradición del humor absurdo que viaja de Quevedo a Parra pasando por Ramón, Cortázar o Piñera. Ambas orillas de nuestra lengua, con sus agudas tensiones culturales, están presentes –y también parodiadas– en sus primeros poemarios, que tienen algo de escenarios autocríticos. En cierto manifiesto suyo que tuvo la astucia de no firmar, Girondo proclamó su rechazo “al temor de equivocarse que paraliza el ímpetu de la juventud”. Murió cerca de los ochenta años, admirado por los nuevos poetas, con quienes nunca dejó de colaborar. Su condición de icono estético de la adolescencia le ha garantizado una posteridad incómoda, arrinconada en una burbuja formativa de la que intentó escapar en sus últimas dos décadas de producción. Canto a la imaginación transgresora, asalto a la burocracia formal, su escritura parece cumplir con el oblicuo propósito que su autor formuló para la vida: “¿Qué nos impediría ser capaces de pasar junto a la felicidad haciéndonos los distraídos?”.
Microclaves:
Argentina,
Cortázar,
Girondo,
Gómez de la Serna,
humor,
juventud,
Parra,
poesía,
vanguardia,
Virgilio Piñera
3 de marzo de 2016
Aún no mi madre
tuya con diecisiete,
sujetando un caballo y sonriendo,
aún no mi madre.
La gorrita ocultaba tus cabellos,
tus pantorrillas largas eran las de un varón.
Sujetabas las riendas, con la mano
un puño por debajo de su enorme mandíbula.
Los árboles al viento inmóviles al fondo.
El cielo granulado por la antigua película.
Pero lo que realmente me impactó fue tu cara:
la mía.
Pero lo que realmente me impactó fue tu cara:
la mía.
Creí que tú eras yo por un instante.
Hasta que vi el abrigo de mujer
ceñido en la cintura, los pantalones anchos
y la fecha arañada en una esquina.
Entonces confirmé que esa eras tú con diecisiete,
sujetando un caballo y sonriendo,
aún no mi madre,
aunque yo claramente ya era tu hijo.
ceñido en la cintura, los pantalones anchos
y la fecha arañada en una esquina.
Entonces confirmé que esa eras tú con diecisiete,
sujetando un caballo y sonriendo,
aún no mi madre,
aunque yo claramente ya era tu hijo.
(Poema de Owen Sheers. Del libro El hombre sombra,
Editorial Pre-Textos, 2016. Traducido por Andrés Neuman.
Leer original. Más poemas de Sheers: Bosque de Mametz y La boda.)
Editorial Pre-Textos, 2016. Traducido por Andrés Neuman.
Leer original. Más poemas de Sheers: Bosque de Mametz y La boda.)
Microclaves:
fotografía,
infancia,
juventud,
madre,
memoria,
poesía,
Sheers,
tiempo,
traducción
25 de septiembre de 2014
Dos sillas para Amis (y 4)
Respecto a su método de escritura, el joven Amis reivindicó el vodka-tonic como herramienta para estar «un poco más consciente». El Amis actual matizó que escribir es un acto más inconsciente, y también más físico, de lo que creemos. «Se escribe con el cuerpo», sintetizó, «y nuestro cuerpo es cada vez más viejo». Quizá fuera impresión mía, pero me pareció advertir que su mano izquierda temblaba un poco y él trataba de retenerla, obligándola a agarrarse siempre a algo. Ahora el entrevistador y los dos Amis conversaban sobre la muerte. El actual observó que la esencia de la juventud residía en mirarse al espejo y pensar: «Afortunado tú, listo tú, eso a ti no va a pasarte». El entrevistador finalizó interesándose por su disciplina diaria. «Es usted un adicto al trabajo», lo elogió. El joven Amis replicó: «No. Soy un adicto». El Amis actual se limitó a guardar un elocuente silencio. Instantes después empezaron los aplausos, y él se levantó y se alejó caminando con algún esfuerzo. Sus dos asientos volvieron a quedar vacíos.
Microclaves:
alcohol,
Amis,
cuerpo,
enfermedad,
escritura,
juventud,
psicología,
vejez
2 de junio de 2014
Prodigios, padres, policías (1)
En algún lugar de Chatterton, el nuevo poemario de Elena Medel, se escucha la siguiente disyuntiva: «Arrojar la planta a la basura/ o cederla a mis mayores». Ay, las raíces jóvenes. Ay, las macetas críticas. Ay, los talentos precoces como Medel y las alarmas preventivas de sus mayores. Al contrario de lo que pregona la estupidez publicitaria, ser joven siempre ha resultado un tanto sospechoso: enseguida aparecen padres o policías. Es casi una reacción antropológica. El resto de la tribu grita: ¡a la cola, que nosotros llegamos primero! Hoy da la impresión de que los jóvenes españoles están hartos del discurso falaz de las oportunidades. Crecieron escuchando que el futuro sería suyo, que se formaran porque tendrían tiempo, y ahora resulta que el presente los suprime. Cuando se habla de la moda joven, suele confundirse el reportaje con la realidad. A los nuevos talentos los entrevistan, les hacen fotos, los felicitan, pero nadie les ofrece un trabajo y ya ni digamos un sueldo digno. ¿Cuántos paternalismos tienen que soportar los poetas jóvenes, por no hablar de las poetas jóvenes, antes de ser leídos con naturalidad? El patriarcado poético tiene, para decirlo con palabras de este extraordinario libro, «los pantalones demasiado grandes». Tiende a admirarse la entrepierna en vez de echar a correr. Quizá por eso se queda, tantas veces, «a mitad de proezas».
13 de septiembre de 2013
Las olimpiadas de lo pequeño (y 2)
Muchos tuvimos una desagradable sensación de pasado, de losa embarrada, al seguir la exposición de la candidatura olímpica de Madrid. Allí estaban, radiantes como una corbata en mitad de un vertedero, el presidente del Gobierno y líder de un partido cuya entera financiación está en gravísima tela de juicio; la accidental alcaldesa y esposa de un ex presidente de cuyo nombre no podemos evitar acordarnos; y también el políglota heredero de una monarquía salpicada de fraudes familiares. Es difícil organizar el futuro apoyándose en lo más cuestionable del pasado. Más allá del tragicómico desempeño de la inenarrable Ana Botella, no parece casual que se trate de una autoridad política que ningún ciudadano madrileño eligió. No sólo porque nunca fuese candidata a su puesto, sino porque en nuestro modelo de democracia las listas electorales son como las partidas presupuestarias: impuestas, tristes y cerradas. Imagino la rabia y frustración que mi generación y las siguientes, acostumbradas a manejar otras lenguas (sin necesidad de haberse educado en un régimen de privilegio como el príncipe), habrán sentido desde España al contemplar cómo sus supuestos representantes se muestran tan incapaces de aprender inglés como de crear empleo. Mientras unos pocos dinosaurios nadan en la abundancia del café con leche, muchos jóvenes se ahogan en varios idiomas a la vez.
25 de febrero de 2013
Veranos conjeturales
La playa es un espacio de deseo. Pero también el escenario de lo que no sucede. Muchos hemos pasado parte de nuestra infancia o adolescencia espiando cuerpos inaccesibles, suplicándole al tiempo. Quizá por eso una playa tiene algo de memoria disponible. De página desmesurada donde todo está aún por narrar. Una vez, un verano, cierta chica mayor de la que me había enamorado entró en el mar. Corrí detrás de ella y, sin que lo supiese, fui calcando en el agua sus movimientos. Si ella levantaba un brazo, yo levantaba el mío. Un giro ahí, otro giro acá. Como una coreografía a distancia. Nadamos así, accidentalmente juntos, hasta que una mancha color verde se acercó entre las olas. Estiré una mano. Era algo mucho más vivo que un pez: la mitad superior de un bikini. Me volví de inmediato hacia mi amor conjetural. La divisé braceando en todas direcciones, con gesto contrariado. No parecía haber reparado en mi presencia. Sin dudar un instante, escondí aquella levedad dentro de mi propio traje de baño. Volví nadando rápido hasta la orilla, con una caricia ajena serpenteándome entre las piernas. Al cabo de un rato la vi emerger de nuevo, cubriéndose los pechos y riendo para alguien que jamás fui yo. Aquella natación en parte imaginaria, igual que aquel fetiche verde con el que dormí todo el verano, siguen provocándome una cosquilla muy parecida a eso que llamamos ficción.
11 de febrero de 2013
Fausto en la caverna
Fáusticamente, escribió Eugenio Trías en su Prefacio a Goethe: «Enemigo y amigo a la vez, el Tiempo fija un límite a la acción, obliga a la determinación, establece un dique a la omnipotencia del deseo: fija un pacto que permite el pasaje de lo posible a lo real». Durante sus últimos años, Goethe experimentó una atracción más romántica que su propia juventud. Con la monstruosidad que le era propia, Goethe no vivió su ancianidad como vida realizada, sino como tentación de eternidad. Amó, escribió y planeó con desmesura. A lo largo de su obra, observa Trías, «magnificó la acción. Y sin embargo, ¿no se hallan todos sus personajes aguijoneados por la duda?». Como todo gran lector, Trías tanteó un autorretrato en aquello que leía. A ese efecto, ciertos clásicos son espejos abismales. En sus Conversaciones con Goethe, Eckermann compuso un duelo de vampiros donde el discípulo se somete al maestro para sorber su sangre, mientras el anciano se deja exprimir sabiendo que necesitará la fuerza del joven para concluir sus trabajos. Desde extremos opuestos de la vida, ambos son Fausto y se defienden del tiempo. La descripción necrófila del cadáver de Goethe es digna de una novela gótica. Enamorado, triste y victorioso, el discípulo Eckermann ha sobrevivido al cuerpo del maestro, a costa de cargar con su fantasma. Enfermo hacía tiempo, Trías falleció ayer. Parece inconcebible que se muera la gente a la que leemos, igual que nos asombra subrayar pensamientos póstumos. Sus ideas continúan resonando en nuestras cabezas mortales. Como un juego de ecos que cambian de caverna, pero jamás se extinguen.
4 de julio de 2012
Padre pan
Encuentro un vídeo donde José Viñals recuerda, o saca del horno, a su padre panadero. Viñals fue mi maestro literario. Lo conocí a los 15 años, cuando no le hacemos caso a
nadie pero tanto necesitamos consejos. Él me enseñó a discutir cada coma. A
preguntarle al personaje. A ser respetuoso con la gramática y atrevido con la
forma. Por violencias de la historia y también por vocación nómada,
tuvo innumerables domicilios en Buenos Aires, Bogotá, Madrid, Jaén, Valencia,
Málaga. Quizá se mudaba para volver a escribir desde cero. La última vez que lo vi,
me recibió con su copa de coñac y su máquina de oxígeno. Le
pregunté cómo se sentía. Él me contestó que se sentía atado a diez metros de
cable. Pero que, cuando estaba optimista, pensaba en la ecuación del radio y la circunferencia y le salían más metros. Nos despedimos desdramatizando. Dije: ¡Descanse,
general! José exclamó: ¡Descanso general, eso voy a tener! Su libro póstumo se titula Pan. Lo escucho recitar sobre su padre: «No tuve
altura suficiente para darle la mano». Llegué a darle un abrazo a mi abuelo hipotético, al poeta panadero Viñals. Y es como si
siguiera faltándome algo en los brazos.
9 de abril de 2012
Idea española
Estimado señor Guindos: es mi deber informarle de que, en el día de ayer por la tarde, a las 17.15 horas para ser exactos, divisé en mi camino una idea española. Una idea española suelta, impune, campando a sus anchas. Su estado general parecía bueno, o cuando menos vivaracho, y en el momento de su identificación no se hallaba causando mayores incidentes. Habida cuenta de la gran labor conjunta que su Ministerio, la Secretaría de Estado de Investigación y el Ministerio de Educación vienen desempeñando por el futuro de nuestra seguridad pública, he considerado necesario hacerle llegar esta denuncia, confiando en la celeridad de sus próximas medidas. Aunque nada más lejos de mi intención que sembrar el pánico entre mis conciudadanos, sencillamente me estremece imaginar qué podría llegar a ocurrir si la susodicha se encontrase con otra similar. Les ruego por ello que no desfallezcan, señores míos, señoras suyas, pues todo parece indicar que aún quedan tres o cuatro jóvenes ideas españolas circulando flagrantemente dentro del territorio nacional. Seguiremos informando. De nada.
13 de enero de 2012
Tenían veinte años y sabían más que muchos (y 3)
A lo largo de mi larga veintena recibí ingentes dosis de paternalismo, cuando no groseras hostilidades, basadas en el prejuicio de la edad. Pero tan estúpida es la sobrevaloración de la juventud como la mitología de la madurez. De hecho, una se alimenta de la otra. Por eso he leído con admiración la antología Tenían veinte años y estaban locos. Podrán interesarnos unos poetas más que otros, podrán parecernos estos mejores que aquellos. Pero todos irrumpen, buscan y están vivos. Disfruté especialmente con Alberto Acerete, Cristian Alcaraz, Bárbara Butragueño, Laura Casielles, David Leo García, Berta García Faet, María M. Bautista, Raúl E. Narbón, Eba Reiro, Ángel de la Torre. También me gustan otros poetas de su generación, como Pablo López Carballo, Pablo Fidalgo, Natalia Litvinova, Elena Medel, Rodrigo Olay, Alba González Sanz, Sara Torres R. de Castro o Javier Vicedo. Quien los lea será afortunado. «Deberían vivir antes de escribir», gruñen sus mayores, «no tienen experiencia». Hay que tener muy poca confianza en la literatura para no comprender que la escritura produce experiencias de vida. No pasa nada, queridos obsolescentes, por leer a adolescentes. A lo mejor, ¡Arturito el francés nos libre!, hasta aprendemos algo.
Microclaves:
David Leo García,
Elena Medel,
escritura,
juventud,
lectura,
Litvinova,
Luna Miguel,
memoria,
poesía,
Rimbaud,
tiempo
11 de enero de 2012
Tenían veinte años y sabían más que muchos (2)
Hablábamos de los entusiamos y riesgos de la generación 80-90. Hablemos de los cascarrabias de las generaciones anteriores. Incluida la mía, que no sabe si aún es joven o teme dejar de serlo. ¡Ay, las poetas veinteañeras que saben pensar y pintarse los labios! Nos molesta que sean guapas, nos aburre que no lo sean. ¡Ay, los escritores veinteañeros que leen filosofía y frecuentan facebook! Nos irrita que sean estudiosos, nos ofende que no lo sean. Recuerdo aquel artículo sobre nuevos autores, editores y críticos. Recuerdo haber pensado ante las insidias que generó: cómo desearíamos haber sido los últimos jóvenes. Cómo nos gustaría que la historia se detuviera en nosotros. Las canas no se eligen, pero la caspa se merece. ¿No denunciábamos los intereses de los grandes grupos mediáticos? Pues ahora los jóvenes crean sus propios medios prescindiendo de intermediarios. ¿No criticábamos la verticalidad del sistema de legitimación? Pues ahora ellos eluden horizontalmente esa oligarquía. ¿No lamentábamos lo tarde que se emancipan los jóvenes? Pues por eso publican pronto: porque quieren salir de casa. ¿No nos preocupaba el desempleo juvenil? Pues por eso pasan horas asociándose y construyendo discursos en la red. No nos pedirán limosna. Esa es su riqueza.
9 de enero de 2012
Tenían veinte años y sabían más que muchos (1)
Pienso en casos como el de Luna Miguel, agitadora poética, poeta agitada, joven estelar y estrella joven, a quien apenas he visto en mi vida. Síntesis de las virtudes y torpezas de su edad, que también fue (no disimulemos) la nuestra. Precoz en sus lecturas, reconocimientos y padecimientos públicos, su trayectoria tiene algo de laboratorio generacional. Más de un nuevo poeta he descubierto gracias a su blog. Y más de una vez he tenido la certeza de que, por encima de cándidas escatologías, en su escritura hay talento. Ritmo sensible. Cosquilleo sintáctico. No es poco para quien podría ser hija (o nieta) de bastantes de sus detractores. Lo afirmo ahora, antes de que semejante vocación cristalice en un libro importante, porque es precisamente ahora cuando vale la pena hacerlo. Acaso se equivoque convirtiendo una cara en una bandera, facilitando innecesaria (¿inseguramente?) que la imagen personal fagocite su genuina capacidad literaria. La cuestión es: ¿y qué? Los puritanos que censuran el uso de la apariencia física, que insisten en condenar tal reportaje o no sé qué fotito de una cadera, ¿no incurren fatalmente en la superficialidad que denuncian? Cada escritor vale lo que lee y escribe. Sus críticos, aquello en que se fijan.
9 de diciembre de 2011
Seis perplejidades
Una bonita revista chilena me ha pedido, horror, seis consejos para escritores principiantes. Como si uno dejara, alguna vez, de ser exactamente eso. Mi perpleja respuesta podría ser la siguiente:
1. No aceptar actitudes paternalistas de los autores mayores. Ellos también fueron jóvenes y, con toda probabilidad, más indocumentados.
2. La tradición no pesa: invita. Escribimos mientras leemos. La escritura es una forma suprema de relectura.
3. Ensayar, errar y repetir. Un manuscrito malo es mucho más valiente que un supuesto genio que se abstiene por si acaso.
4. Corregir hasta el límite de nuestra paciencia, que cuanto más corregimos más se amplía.
5. Recordar que todos somos principiantes: la escritura es un arte inaugural y, por tanto, carece de expertos.
6. No aceptar seis consejos de nadie. Uno ya es un abuso.
7 de septiembre de 2011
Woody Allen: elogio y crítica de la nostalgia (2)
En España no terminó de gustar la Barcelona pija de Vicky Cristina. Más acostumbrados a la automitificación de clase, en Francia las críticas de Midnight (salvo en Cahiers du cinema) han sido entusiastas. «No se trata de un cine de postal», escribió con acrobática indulgencia el crítico de Les inrockuptibles, «sino de una película sobre las postales». Pero la película muestra escasa ironía hacia los tópicos culturales. Los retratos de los grandes artistas resultan planos y se limitan al pintoresquismo. Particularmente desaprovechados quedan Scott Fitzgerald, Picasso e incluso el gran fetiche Buñuel. Hemingway tiene gracia, aunque repite siempre el mismo chiste. La mejor aparición es quizá la de Dalí. Aplicándole su propia medicina retro, reconozcamos que desde hace años (quizá desde Deconstructing Harry) Allen ha sustituido la marginalidad estética y la agilidad dialéctica por unos diálogos rutinarios y cierto tipismo facilón. No ha vuelto a crear personajes femeninos complejos como los de Diane Keaton. Y sus actuales protagonistas masculinos tienden a la candidez. Como si Allen no estuviera dispuesto a que sus reemplazantes, sobre todo si son jóvenes, parezcan tan brillantes como él. La inclinación nostálgica de Allen se parece a la que hemos contraído hacia su obra.
Microclaves:
Buñuel,
cine,
Dalí,
Diane Keaton,
España,
Francia,
Hemingway,
juventud,
nacionalismo,
Picasso,
Scott Fitzgerald,
tiempo,
Woody Allen
20 de agosto de 2011
Benedicto, el empleador
Su Enésima Santidad, al que todos los ángeles tengan en su gloria, bajó del cielo de Madrid y manifestó, entre otras bendiciones, su preocupación por los jóvenes desempleados. Del millón largo de peregrinos que ha acudido a acompañar su santa labor, apenas el 6% está sin trabajo. Así es mucho más fácil tener fe. Dios es la única multinacional cuyas deudas generan superávit.
23 de julio de 2011
La vejez es lo mítico
Más que una novedad para la música, Amy Winehouse siempre me pareció un epígono brillante. Una excelente ventrílocua de voces del pasado. Que cantaba muy bien, nadie puede negarlo. Que nos deje un estilo, eso ya es más dudoso. Su muerte antes de los 30 provocará algo tan sórdido y previsible como su autodestrucción: la exageración póstuma de su talento. Los mismos que hace un mes se reían de su bochorno musical en Belgrado, hoy lamentarán la pérdida de una artista inigualable, ble, bla, bluf. Según un manoseado adagio argentino, desde su accidente, Gardel canta cada día mejor. A Winehouse, por desgracia, la muerte le ha evitado cantar cada día peor. Detesto la necrofilia de las hazañas potenciales, de las presuntas obras maestras que los difuntos habrían compuesto. Genios tempranamente malogrados fueron Billie Holiday, Elvis Presley, John Lennon. Como algunos del siniestro Club 27: Jones, Hendrix, Morrison, incluso Cobain. Si nos ponemos a decir que Winehouse fue el prodigio truncado de su generación, estaremos faltándole el respeto a su vida y a la música. Mientras tanto, de paseo por San Sebastián, el abuelo BB King se hace más mito envejeciendo.
12 de junio de 2011
Campamentos, despachos
Los indignados de Sol levantan campamento. Su idea no es rendirse: es desplazarse, desplegarse. Concebir la acampada como un punto de partida. De paso por Madrid, me acerco un rato a la plaza. Es domingo por la noche y todavía quedan bastante jóvenes limpiando, plegando, empacando. Los observo desmontar sus puestos con la misma serenidad, el mismo respeto y la misma coordinación con que los instalaron hace un mes. Ya es más de lo que demuestran sus mayores en sus despachos.
22 de mayo de 2011
Se levantó y anduvo
La juventud actual, decían con un dedo en alto, es apática, apolítica, acomodada. La juventud actual, nos insistían sin deponer el dedo, es autista, egoísta, perezosa. La juventud, en suma, estaba muerta. Pero de pronto esto, y esto otro, y mil etcéteras en forma de movilización. Y los enterradores empiezan a preocuparse. Ciertos resucitados molestan más que los muertos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)