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20 de abril de 2017

La lluvia en el desierto (y 2)

En sus últimos años, Eduardo García fue recuperando y resignificando su Brasil natal. La raíz casi olvidada, lugar de memoria inconsciente. La condición fronteriza no se limita al orden geográfico ni a los dogmas nacionales. Tiene algo de desubicación general, en su sentido más etimológico: sin dónde. De errancia emocional y estética. El regreso simbólico de Eduardo a su primera tierra se completó con el rescate del idioma portugués. Que, para asombro de sus amigos y acaso de sí mismo, había conservado prácticamente intacto tras cuatro décadas de vida en español. Si los duendes internautas no la han borrado, aún circula una filmación del diálogo que mantuvo en Brasilia con su traductor. Imposible evitar una ráfaga de emoción, y también de extrañeza, al escuchar su acento paulista. Aunque apenas hayamos reparado en ello, a Eduardo le tocó escribir en una lengua extranjera. Es probable que su exactitud verbal y escrupulosidad técnica tengan mucho que ver con esa vigilancia de los idiomas adquiridos. Repasando el borrador de sus notas inconclusas, me topé con un lapsus casi imperceptible: «Necesité atravesar un vasto proceso de aprendizaje, en árduo combate con las palabras». No puedo decir que me sorprendiera comprobar que justo así se escribe en portugués. Su querencia por la patria original y la música fue acentuándose con el tiempo. Como si el oído, órgano central de su sensibilidad, fuese el cordón umbilical que lo unía con su memoria. Conservé en mi teléfono todos los mensajes que Eduardo me envió durante los últimos meses. Me sentía incapaz de borrarlos. Como si desterrarlos del aparato equivaliera a despedir a su remitente. Me pregunto adónde van a parar los mensajes que eliminamos. A qué magma de signos, a qué limbo de datos. Mi intención era transcribirlos algún día. Pero eso también se me hacía demasiado árduo. Finalmente se perdieron de la peor manera: me robaron el teléfono ese mismo verano, en pleno duelo. Quizá la muerte sea una ladrona. Y nuestro pensamiento, el malogrado detective. Escribo sobre mi amigo con tapones de goma en los oídos. Así escucho más en mí su respiración, que me acompaña hasta el final del viaje.

(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016, obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)

22 de septiembre de 2014

Dos sillas para Amis (1)

El último PEN World Voices Festival se propuso (al igual que otros eventos culturales en esa paradoja democrática llamada Estados Unidos) experimentar con la intimidad respecto al público. Es una de las consecuencias indirectas, y por eso mismo más interesantes, de la interacción en las redes sociales. Esto las convierte no en mero objeto de debate, sino en premisa del discurso. Una noche, a iniciativa de la librería McNally Jackson, me tocó cenar y conversar sobre literatura en un restaurante con un amigable grupo de desconocidos. En la siguiente actividad veinte escritores ocupamos un edificio entero, a la espera de que los asistentes eligieran el apartamento donde escuchar una lectura y debatir con nosotros entre el baño y la cocina. En este escenario de abrupta cercanía uno se siente incómodo, pero esa incomodidad resulta estimulante: al autor lo desplaza, literalmente, de su lugar preconcebido. Lo cual por otra parte nos llevaría a la cuestión de cómo preservar el misterio, o cómo elaborar otra clase de misterio, en los omniscientes tiempos digitales.

15 de agosto de 2012

Con perdón de Petrarca

Hay quien supone, barroco, que rimar es difícil. Que un poema en versos blancos, sin ecos a la vista, exige menor tensión formal que la paciente, minuciosa simetría de las consonancias. Sin embargo, durante la escritura muchas de las rimas surgen por inercia: es lo primero que el oído le sugiere a un versificador, que necesita desconfiar de ellas. O bien surgen por azar: en todo borrador es posible detectar rimas involuntarias, a menudo complicadas de suprimir. O bien surgen por mera imperfección, porque los sustantivos, infinitivos, adverbios riman empecinadamente entre sí. Paso la noche traduciendo a un poeta contemporáneo del inglés al español. Y descubro pasmado que cada final de verso, al ser traducido literalmente, causa rimas regulares en mi idioma. See-mirror: veo-espejo. Neck-grandfather: cuello-abuelo. Hair-jealousy: pelo-celos. Casi al alba, realizando un sostenido ejercicio de manipulación, logro deshacer esas extrañas consonancias que ni poeta ni traductor buscaban. Entonces se me ocurre que, si metiera entero este poema en el traductor de google, con perdón de Petrarca, me saldría un soneto.

15 de marzo de 2012

Cursivas, go home

La tipografía propone un discurso paralelo. Las mayúsculas, tan habituales en la Red, pueden contradecir una opinión prudente. Una Arial o una Courier otorgan cierta modestia a una frase pretenciosa, mientras la Garamond solemniza hasta un chiste. La Times es invisible. Las negritas hacen ruido. Las versales huelen a imprenta. Pero hay un espécimen particularmente delicado. Tan precisas para invocar un título o expresar un énfasis, las cursivas se convierten en manía esencialista cuando se extienden a cuanta palabra extraña se cruza en su camino. A manera de aduanas, esas cursivas impuestas ejercen de detectoras de palabras inmigrantes. Uno preferiría que los extranjerismos tuviesen derecho a vestirse de paisano, integrarse en el texto redondo y decir lo suyo. Toda realidad nombrable pertenece a un mismo texto. Igual que el chorro fresco de la oralidad, como quien canta bajo la ducha, la prosa es un flujo continuo de raíz heterogénea. Ojalá liberásemos a las palabras inmigrantes del estigma de las cursivas y las dejáramos mezclarse con esas otras que residen, según el forastero Nabokov, en la punta de la lengua. Con la boca, el diccionario abierto. Porque ellas también son nuestro pan hispánico de cada día.

20 de febrero de 2012

Cuestuitnario y aforréplicas

–¿Es comparable un aforismo a un tuit?
Por supuesto, siempre que el tuitero tenga conciencia aforística. El aforismo no es un soporte, sino una actitud conceptual.

–¿Qué diferencias tienen en cuanto a técnica y contenido?
La técnica me parece similar: concisión, elipsis, contundencia. Quizá la diferencia esté en que la mayoría de tuits alude a la actualidad, mientras la mayoría de aforismos se refiere a la naturaleza humana, que es algo bastante más antiguo.

–¿Hacían pensar más los aforismos en libro que los tuits en el móvil?
No veo por qué. Hasta que no dejemos de oponer papel y pantalla, sospecho que estaremos en pañales 2.0.

–¿Qué aportan las redes a esta forma de escribir?
Difusión, velocidad, oportunidades. Y algo todavía más importante: memoria. Aunque a veces paradójicamente lo olvidemos, internet es un pozo de recuerdos.

–¿Está aumentando el interés por los aforismos?
¿Esta entrevista no es una respuesta?

–¿Cambia el lenguaje del analógico al digital?
Cuando el texto dialoga con vídeos, audios y demás recursos propios de la pantalla, evidentemente sí. Pero, si hablamos de palabras, ¿por qué iba a cambiar? Si hay algo que no cambia es nuestra obsesión por los cambios.

–¿Qué comparación habría entre los aforistas de siempre y los tuitstars de hoy con miles de seguidores?
Los grandes filósofos tenían, y siguen teniendo, miles de seguidores. Para asombro de Descartes o Sócrates, «Pienso, luego existo» o «Sólo sé que no sé nada» llevan siendo retuiteados desde hace siglos.

–Hoy que tanto nos cuesta fijar la atención en textos largos, ¿es más fácil vender textos breves?
Breve no es igual a fácil, ni largo igual a difícil. Muchos bestsellers son bultos considerables, y los poetas publican libros brevísimos. El desafío está en la complejidad, no en la longitud. Todo hombre bajito como yo estará de acuerdo con esa esperanza.

(cuestionario para un reportaje de El Correo. Más sobre el tema en El País.)

14 de febrero de 2012

Quedarse mudo

Algunas de las mejores películas que he visto son mudas. Basta nombrar Nosferatu, La pasión de Juana de Arco, La quimera del oro o The Unknown. El cine mudo partía de una intensa paradoja de fondo: tenía el afán de la explicación (subtítulos, gesticulaciones, énfasis musicales) y la virtud de la elipsis. La omisión de un elemento básico potenciaba sus demás recursos. Trabajaba a partir de una carencia. Eso se llama estilo. The Artist no habla tanto del cine mudo como del paso del tiempo. Del ruido abrumador que hace en nuestra cabeza darnos cuenta de que envejecemos. De que nuestros sentidos también pierden vigencia. Quizá por eso la última palabra que se escucha en la película sea «¡Silencio!». El protagonista, la antigua estrella, cree que su tradición es superior. Que hoy se ha perdido el gusto. Hasta que empieza a intuir, a puros martillazos de presente, los límites de su propia estética. Y, como en una pesadilla lúcida, comprende que el lenguaje ha cambiado. Estreno históricamente oportuno, la película trasciende el culto al vintage para sugerir un posible destino para las artes analógicas. Da vértigo pensar no ya en su caducidad, sino en futuros tiempos, quizá no tan lejanos, en que las actuales generaciones digitales sentirán que el mundo ha dejado de comprenderlos. Y que internet era mucho más humano, cálido y artesanal que eso de ahora. Eso que desconocemos.

23 de enero de 2012

Descargar, tirar

Mientras el mundo más o menos rico (ese que mantiene teléfonos, portátiles y banda ancha en la mayoría de hogares) se escandalizaba por el cierre de un portal cuyo fundador se hizo repentinamente millonario, y entre cuyas costumbres figuraban la especulación financiera, la colección de coches o el alquiler de modelos para pasearse en yate, otra noticia pasaba el mismo día casi desapercibida: Europa desperdicia un tercio de lo que come. Se calcula que cada ciudadano, presumible internauta, tira al año cerca de 200 kilos de alimentos en perfecto estado. El mismo estudio denuncia la prohibición de la venta de alimentos por debajo del precio de coste, impidiendo que los comerciantes, al final de la jornada, puedan ofrecer sus últimos productos frescos antes de tirarlos a la basura. En otras palabras: la ley prohíbe que la comida (incluso aquella que nadie ha querido o podido comprar antes) sea demasiado barata. Resulta sintomático que, en las insistentes reivindicaciones de la gratuidad de los contenidos digitales (aunque no de los soportes), ni siquiera se haya considerado la gratuidad de los alimentos básicos. Quizá sea porque, mientras nos descargábamos los archivos que no pagábamos, tirábamos la comida que ya habíamos pagado.

11 de enero de 2012

Tenían veinte años y sabían más que muchos (2)

Hablábamos de los entusiamos y riesgos de la generación 80-90. Hablemos de los cascarrabias de las generaciones anteriores. Incluida la mía, que no sabe si aún es joven o teme dejar de serlo. ¡Ay, las poetas veinteañeras que saben pensar y pintarse los labios! Nos molesta que sean guapas, nos aburre que no lo sean. ¡Ay, los escritores veinteañeros que leen filosofía y frecuentan facebook! Nos irrita que sean estudiosos, nos ofende que no lo sean. Recuerdo aquel artículo sobre nuevos autores, editores y críticos. Recuerdo haber pensado ante las insidias que generó: cómo desearíamos haber sido los últimos jóvenes. Cómo nos gustaría que la historia se detuviera en nosotros. Las canas no se eligen, pero la caspa se merece. ¿No denunciábamos los intereses de los grandes grupos mediáticos? Pues ahora los jóvenes crean sus propios medios prescindiendo de intermediarios. ¿No criticábamos la verticalidad del sistema de legitimación? Pues ahora ellos eluden horizontalmente esa oligarquía. ¿No lamentábamos lo tarde que se emancipan los jóvenes? Pues por eso publican pronto: porque quieren salir de casa. ¿No nos preocupaba el desempleo juvenil? Pues por eso pasan horas asociándose y construyendo discursos en la red. No nos pedirán limosna. Esa es su riqueza.

9 de enero de 2012

Tenían veinte años y sabían más que muchos (1)

Pienso en casos como el de Luna Miguel, agitadora poética, poeta agitada, joven estelar y estrella joven, a quien apenas he visto en mi vida. Síntesis de las virtudes y torpezas de su edad, que también fue (no disimulemos) la nuestra. Precoz en sus lecturas, reconocimientos y padecimientos públicos, su trayectoria tiene algo de laboratorio generacional. Más de un nuevo poeta he descubierto gracias a su blog. Y más de una vez he tenido la certeza de que, por encima de cándidas escatologías, en su escritura hay talento. Ritmo sensible. Cosquilleo sintáctico. No es poco para quien podría ser hija (o nieta) de bastantes de sus detractores. Lo afirmo ahora, antes de que semejante vocación cristalice en un libro importante, porque es precisamente ahora cuando vale la pena hacerlo. Acaso se equivoque convirtiendo una cara en una bandera, facilitando innecesaria (¿inseguramente?) que la imagen personal fagocite su genuina capacidad literaria. La cuestión es: ¿y qué? Los puritanos que censuran el uso de la apariencia física, que insisten en condenar tal reportaje o no sé qué fotito de una cadera, ¿no incurren fatalmente en la superficialidad que denuncian? Cada escritor vale lo que lee y escribe. Sus críticos, aquello en que se fijan.

16 de diciembre de 2011

La lectura como energía

Ojalá las librerías, lugares amados, jamás desaparezcan. Las imagino reciclándose, expandiendo sus funciones, enfatizando su rol de centro cultural. Una librería no sólo expende libros. También es un lugar de encuentro, orientación y aprendizaje. Libro impreso y digital convivirán largamente. Ambos tienen ventajas específicas. Gutenberg e Internet ni siquiera se oponen en la práctica. Además del e-reader, localizamos y compramos libros encuadernados a través de la Red. Los cambios tecnológicos necesitan dejar de ser un tema. Sólo entonces serán realidad asimilada. La lectura no se inventa ni se extingue: se transforma.

23 de agosto de 2011

Refutación exprés

A menudo se nos pregunta por la diferencia entre escribir en blogs y en la llamada prensa tradicional. Pese a las tentaciones adanistas, sería ingenuo considerar tradicional todo aquello que se publica en los medios impresos. Podemos expresar opiniones innovadoras en un periódico, igual que podemos abrir un blog completamente previsible o tuitear cada quince minutos eslóganes conservadores. En realidad ambos mundos mantienen una incesante conversación: los periodistas clásicos navegan a diario por Internet, y los blogueros suelen leer la prensa. Muy por encima de la difusión expansiva de los contenidos, que es un fenómeno más cuantitativo que cualitativo, la Red ha abolido la noción de Última Palabra. Cualquiera puede reproducir un artículo, o la entrada de un blog, o un tuit, y discutirlos al instante. Lo cual tiene profundas repercusiones políticas. Todos dudamos leyendo a los demás. Bendita condena.

15 de junio de 2011

Con y sin Borges

25 años sin Borges. O un cuarto de siglo con más Borges que nunca. Casi nadie discute que fue el Cervantes del siglo pasado. Por su noción transnacional, hipertextual y políglota de la ficción, sin duda se adelantó a su tiempo. Según Umberto Eco, Borges inventó Internet. Pero esa interpretación es parcial, tratándose de un autor con un evidente desinterés por la actualidad y las modernidades. En Argentina, su predicamento ha dependido de la despolitización de su figura. Cuando sus opiniones políticas, a menudo atroces, eran parte del debate literario nacional, la lectura de su obra se veía interferida inevitablemente. Borges fue, en términos literarios, un escritor sin cuerpo. Su obra omite la sexualidad de una manera casi obsesiva. El deseo, el placer, la carne están desterrados de su universo. Sería curioso plantearse cómo un país tan psicoanalizado ha colocado a un genio de la represión sexual en el centro de su canon. Celebrando que hablamos de una de las prosas más brillantes de la historia, quizá no nos vendría mal dejarlo descansar un poco. Lo cual no significa olvidarlo, sino dejar de soñar con imitarlo. Ser epígonos borgeanos parece mucho menos provechoso que ser sus lectores.

7 de junio de 2011

Mírame mucho

Especie de Gran Hermano en primera persona, el bizarro documental A complete history of my sexual failures resume perfectamente la falacia de los reality shows. Sus cámaras no registran intimidades: más bien las fuerzan, las provocan, las sobreactúan. A diferencia de la cámara oculta, que aspiraba a la captura de reacciones confidenciales, el ojo hipermoderno (webcams, Facebook, telerrealidades) parte de la certeza de que todo es visualizable a priori. Y de que, en el fondo, nada sucedería sin el ojo que graba. Narrado, dirigido y protagonizado por Chris Waitt, el documental se propone investigar el pasado sentimental y sexual de su autor. Pero su verdadero objetivo no es la terapia, sino la exhibición del trauma. En vez de analizar el porqué de sus desastres, Waitt los repasa con voluntad de archivo. He ahí dos elementos narrativos muy de nuestra época: el carácter anecdótico y la estructura enumerativa. Impúdica, superficial e impactante, A complete… testimonia las disfunciones emocionales de una generación que pronto se hará cargo del mundo. A decir verdad, otras generaciones mucho más peligrosas ya lo hicieron. Y aquí seguimos. O no.

2 de junio de 2011

Mass media, más medios

Más allá de sus propios intereses, los grandes medios de comunicación tienen inevitables filtros de acceso, estructuras burocráticas y limitaciones físicas. La suma de estos condicionantes selecciona y restringe sus opiniones. Internet ofrece, en cambio, la posibilidad inédita de construir una opinión pública sin intermediarios. Como todo progreso verdadero, semejante libertad consiente su utilización reaccionaria. Junto a las innumerables voces que contribuyen a completar nuestra visión del mundo, hay quienes profieren toda clase de ocurrencias o insultos sin la responsabilidad mínima que se les exigiría en otros ámbitos públicos. Curiosamente, muchos de ellos defienden o creen defender el valor de internet. Convendría dejar de contemplar la red como un juguetito nuevo y tomarla tan en serio como a las publicaciones tradicionales. Ojalá algún día sepamos crear una especie de protocolo digital cuyo objeto no sea reprimir, sino divulgar opiniones libres de manera respetuosa. Pensar en eso contribuiría a repensar nuestra libertad.

18 de marzo de 2011

Rent a book

Los debates sobre dispositivos de lectura me aburren mortalmente porque, además de interesados, barajan posibilidades demasiado efímeras (¿verdad, abuelo Gutenberg?). La revolución digital sí me entusiasma, como fenómeno de largo recorrido. Una cosa es una gama de productos, sus intrascendentes actualizaciones. Y otra cosa bien distinta es el modelo de contenido, su planteamiento sobre qué es la recepción. Repaso la inteligentísima entrevista a Riccardo Cavallero, directivo de Mondadori. Cuando un sistema de rendimiento económico se repiensa, también se modifica nuestra idea de arte (¿verdad, tío Marx?). «Los editores», vaticina Cavallero, «manejaremos un contenido que tendremos que alquilar. Ya no seremos propietarios». Eso afecta «a la forma por la que opta otro tipo de lector, que no quiere comprar ese libro sino alquilarlo». No puedo evitar acordarme de Antonio Soler. Quien, hace ya una década, la primera vez que un libro mío fue descatalogado y convertido en pulpa, al verme tan horrorizado como si me hubieran asesinado a un pariente, me consoló afirmando: «Nosotros no vendemos nuestros libros. Los alquilamos. Por eso en realidad nadie puede destruirlos». Hay quien acierta hasta cuando exagera (¿verdad, hermano Soler?).

10 de marzo de 2011

Las fundas

Soy uno de esos esnobs despreciables que adoran Apple. Pero también otro de esos usuarios que se pasaron al Mac simplemente porque comprobaron que funciona mejor. Sostenían los ilustrados que lo bueno debía ser bello, y viceversa. En un hipotético Siglo de las Luces 2.0, Apple equivaldría a Kant. Y Microsoft, a un Barroco decadente. Ahora bien: el imparable negocio de complementos, adminículos y demás cachivaches adyacentes me empieza a tocar las manzanas. Además de auspiciar un sistema operativo superior, Apple lidera la metamorfosis del medio en el fin. Del instrumento en su consumo en sí. Como el mercado tecnológico siga por este camino, pronto habrá alcanzado su pesadilla ideal: producir contenidos tecnológicos para rellenar su propio envoltorio. Una gama de aparatos a juego con las fundas.

6 de marzo de 2011

Blog Caribe, 1855

A principios de año tuve la suerte de visitar Riohacha, capital de La Guajira colombiana y cuna de los abuelos de García Márquez. Su gente es de una hospitalidad casi inexplicable (sobre todo si uno llega de París). Allí me regalaron un curioso libro sobre la historia de la prensa de la ciudad, firmado por el escritor e historiador Fredy González Zubiría. Un par de meses después, o un par de siglos atrás, averiguo que existió un remoto periódico llamado El mosquetero. Fundado en 1855 y de orientación política claramente conservadora, fue sin embargo pionero en la utilización de ciertos recursos periodísticos que hoy nos parecerían posmodernos. Por ejemplo los diálogos entre personajes anonimos, y muchas veces ficticios, que se dedicaban a comentar sarcásticamente la actualidad de la ciudad. Las costumbres un tanto espadachinas de El Mosquetero hacían que su contenido informativo se confundiera con el libelo, «por su inclinación a la denigración y al insulto personal». Aquel diario duró poco. Versión online no tenía.

16 de febrero de 2011

San Valentín atrasa

Muchos nos prometemos no decir una sola palabra sobre San Valentín durante el día de San Valentín. Esta norma profiláctica no nos impide referirnos al asunto, ya de mucha mejor gana, cuarenta y ocho horas más tarde. Escribir sobre San Valentín es como aquello de regalar rosas: sólo resulta cursi cuando se hace una vez al año. En general, la actualidad parece más reveladora cuando llegamos a ella con cierto retraso: para eso sirve ojear periódicos viejos, placer redescubierto y multiplicado por la Red. Eso acabo de hacer con un estrujado ejemplar de Le Parisien del último 14 de febrero, cuya espantosa portada romántica se vuelve de pronto interesante, un punto trágica hoy, cuando han pasado los días y las parejas han vuelto a la rutina. El artículo principal del monográfico se titula Cómo lograr que su pareja dure: las cinco reglas de oro. La quinta regla universal sostiene, sin el menor rastro de ironía: «Cree su propio modelo». Desarrollando un poco más la idea, desde aquí proponemos humildemente una sexta y última regla: «Pídale el divorcio en la Torre Eiffel». Los grandes finales siempre nos conquistan.

11 de diciembre de 2010

El demasiado mundo

Quienes dicen que el mundo es un pañuelo no se han sonado nunca la nariz. O la tienen más grande que Pinocho. El mundo es inabarcable y nosotros, diminutos. Tener el mundo a golpe de pantalla no lo reduce en absoluto: lo amplía. Ves cómo cada cosa se descompone en millones. Ves cómo tú no puedes ser millones. Somos nosotros, no las ventanas, los minimizados. Le cambiaría a Bloom la ansiedad de la influencia, que no deja de ser amable y prestigiosa, por la ansiedad de la información, que se ha vuelto hostil y frustrante. En el poemario Alicia volátil, Sofía Rhei se desdobla en decenas de posibles Alicias que nunca serán suficientes. En uno de sus poemas, leo: «Reducida a elegir,/ soy testigo de mis propios crímenes,/ de las mutilaciones de todo lo que no tuvo la oportunidad./ Sólo en la duda lo infinito sigue siendo posible». La preciosa edición, publicada por Cangrejo Pistolero, incluye unas gafas para leer en 3-D. La cuarta dimensión es la ansiedad de que tú leas lo que yo leo.

8 de diciembre de 2010

Aforismos espías

Wikileaks es al Estado lo que Google a la vida privada. A quienes miran, los miran. El que busca, es buscado. Sólo los pequeños secretos causan grandes asombros.