Mostrando entradas con la etiqueta hipermodernidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hipermodernidad. Mostrar todas las entradas

4 de agosto de 2011

Homo telens, homo vintage

Con la interiorización de las comunicaciones, ciertas dicotomías no bastan para definir una postura. Ya no se trata de ser apocalípticos o integrados, como resumió Eco. Más complejos resultan los ciclos contrapuestos que se suceden en un mismo período, incluso en un mismo individuo. Podemos ser, según la ocasión, apocalípticos que se integran o integrados que desertan. A propósito de una sofisticadamente insustancial novela de Tao Lin, reflexiona Vicente Luis Mora: «En este sistema de estrellatos obligatorios, sólo puedes querer ser nadie cuando eres tan famoso que persigues volver al anonimato». Ese arco de ida y vuelta podría resumirse así: del amanuense anónimo al modelo warholiano transcurrieron siglos; entre la celebridad de Warhol y el confinamiento de Salinger pueden pasar minutos. Nuestra relación con la tecnología experimenta una ambivalencia parecida: casi nadie es, a secas, tecnófobo o tecnófilo. Pienso en Jorge Carrión, autor de un excelente ensayo sobre teleseries y de una revista en fotocopias. Quizá toda vanguardia, para seguir pensando, necesita tantear su equilibrada retaguardia. El siglo 20 precipitó la evolución del homo sapiens al homo telens. Quién sabe si, muy pronto, pasaremos del ansioso homo telens a un escéptico homo vintage.

7 de junio de 2011

Mírame mucho

Especie de Gran Hermano en primera persona, el bizarro documental A complete history of my sexual failures resume perfectamente la falacia de los reality shows. Sus cámaras no registran intimidades: más bien las fuerzan, las provocan, las sobreactúan. A diferencia de la cámara oculta, que aspiraba a la captura de reacciones confidenciales, el ojo hipermoderno (webcams, Facebook, telerrealidades) parte de la certeza de que todo es visualizable a priori. Y de que, en el fondo, nada sucedería sin el ojo que graba. Narrado, dirigido y protagonizado por Chris Waitt, el documental se propone investigar el pasado sentimental y sexual de su autor. Pero su verdadero objetivo no es la terapia, sino la exhibición del trauma. En vez de analizar el porqué de sus desastres, Waitt los repasa con voluntad de archivo. He ahí dos elementos narrativos muy de nuestra época: el carácter anecdótico y la estructura enumerativa. Impúdica, superficial e impactante, A complete… testimonia las disfunciones emocionales de una generación que pronto se hará cargo del mundo. A decir verdad, otras generaciones mucho más peligrosas ya lo hicieron. Y aquí seguimos. O no.

26 de marzo de 2011

Napoleón 2.0

Más que el pasado, el siglo 19 fue el comienzo del presente. En aquel tiempo se produjo una revolución tecnológica de tanto impacto para la vida cotidiana como la actual. Nació la prensa masiva, la información de consumo diario, el sensacionalismo. Las fronteras cambiaron continuamente, como en un mapa mutante. El feminismo, hijo y víctima de la Ilustración, empezó a formar parte del pensamiento público, en espera de una habitación propia. Hubo revueltas, contrarrevueltas y ejércitos transnacionales. Napoleón prometió al mundo una revolución progresista, logró el apoyo de los intelectuales de los países que invadía, y terminó ejerciendo de emperador autoritario. Su traición desconcertó a la izquierda occidental, propiciando un giro neoconservador que duró casi medio siglo. No tan distinto ha sido nuestro destino posutópico. Hoy creemos que el 19 fue un siglo lento, y sin embargo fue la primera vez que la humanidad se movió más rápido que la naturaleza, alterando para siempre su noción de tiempo-espacio. Vista así, nuestra era digital sería una especie de hiperferrocarril o motor de vapor 2.0. Igual que los clásicos, el pasado está en perpetuo movimiento: depende de quién, cuándo y cómo lo relea.

27 de enero de 2011

El ojo hipermoderno

Desde que leí La era del vacío, me fascina Gilles Lipovetsky por su capacidad para teorizar el presente como si se tratase de un tiempo remoto y ligeramente absurdo. Para eso, entre otras cosas, sirve la filosofía. Su nuevo libro, La cultura-mundo, habla de la hipermodernidad. En su opinión, insistir en la posmodernidad sería un error. El prefijo post parece asumir que la modernidad está superada. Cuando, en realidad, se ha demostrado «ilimitada» y «exagerada». Nuestro tiempo consistiría entonces en un enervamiento de ciertos tics modernos. A finales del año pasado, el Magazine de El Mundo publicó una entrevista con él. Allí Lipovetsky menciona la capacidad de la ciencia actual para implantar «en un vivo el rostro de un muerto». Imagino esa cara sin un tiempo preciso. La hipermodernidad sería el ojo de ese muerto que revive y parpadea, mirando desaforado en todas direcciones, y que ya no sabe si lo que ve es el futuro o el pasado.