Mostrando entradas con la etiqueta exilio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta exilio. Mostrar todas las entradas

30 de septiembre de 2018

Conversación en tres tiempos


Al niño que se fue le diría en voz baja:
esa rabia se puede dibujar, 
los muñecos que robes harán ruido, 
un hemisferio tuyo va a ser huérfano. 

Al joven que ya dejo le diría:
no creas que en el tiempo hay un mensaje, 
correr es impuntual,
elijamos camisas de colores absurdos. 

Al viejo que seré le pediría
que me recuerde así, arrugando papeles
para tantear su cara, 
que por favor me cuente si va a venir despacio.



[Del nuevo poemario Vivir de oído (La Bella Varsovia). Más aquí.]

5 de febrero de 2018

Fractura, 1 (Watanabe)


Con la acumulación de idas y venidas, traslados laborales y mudanzas, el señor Watanabe terminó contrayendo el síndrome de la ubicuidad emocional. Cada una de sus emociones, al menos en parte, estaba siempre en algún otro lado: había empezado a sentir en acorde. El desarraigo no se limitaba a lo espacial. La cercanía misma con sus seres queridos se volvió problemática. Por así decirlo, ya no sabía estar con nadie por unanimidad. En cuanto alcanzaba un instante de plenitud, un hemisferio de su persona ya estaba imaginando sus próximos movimientos, repasando itinerarios, planificando quehaceres en lugares remotos. Materializar esos viajes tampoco mitigaba la inquietud: su otra mitad, no menos sincera, añoraba el refugio de su casa y no se quitaba el pijama los domingos.


[de la nueva novela Fractura (Alfaguara). Más información, aquí.]

20 de abril de 2017

La lluvia en el desierto (y 2)

En sus últimos años, Eduardo García fue recuperando y resignificando su Brasil natal. La raíz casi olvidada, lugar de memoria inconsciente. La condición fronteriza no se limita al orden geográfico ni a los dogmas nacionales. Tiene algo de desubicación general, en su sentido más etimológico: sin dónde. De errancia emocional y estética. El regreso simbólico de Eduardo a su primera tierra se completó con el rescate del idioma portugués. Que, para asombro de sus amigos y acaso de sí mismo, había conservado prácticamente intacto tras cuatro décadas de vida en español. Si los duendes internautas no la han borrado, aún circula una filmación del diálogo que mantuvo en Brasilia con su traductor. Imposible evitar una ráfaga de emoción, y también de extrañeza, al escuchar su acento paulista. Aunque apenas hayamos reparado en ello, a Eduardo le tocó escribir en una lengua extranjera. Es probable que su exactitud verbal y escrupulosidad técnica tengan mucho que ver con esa vigilancia de los idiomas adquiridos. Repasando el borrador de sus notas inconclusas, me topé con un lapsus casi imperceptible: «Necesité atravesar un vasto proceso de aprendizaje, en árduo combate con las palabras». No puedo decir que me sorprendiera comprobar que justo así se escribe en portugués. Su querencia por la patria original y la música fue acentuándose con el tiempo. Como si el oído, órgano central de su sensibilidad, fuese el cordón umbilical que lo unía con su memoria. Conservé en mi teléfono todos los mensajes que Eduardo me envió durante los últimos meses. Me sentía incapaz de borrarlos. Como si desterrarlos del aparato equivaliera a despedir a su remitente. Me pregunto adónde van a parar los mensajes que eliminamos. A qué magma de signos, a qué limbo de datos. Mi intención era transcribirlos algún día. Pero eso también se me hacía demasiado árduo. Finalmente se perdieron de la peor manera: me robaron el teléfono ese mismo verano, en pleno duelo. Quizá la muerte sea una ladrona. Y nuestro pensamiento, el malogrado detective. Escribo sobre mi amigo con tapones de goma en los oídos. Así escucho más en mí su respiración, que me acompaña hasta el final del viaje.

(del prólogo al volumen La lluvia en el desierto. Poesía 1995-2016, obra reunida de Eduardo García que acaba de publicar la Fundación Lara en su colección Vandalia.)

27 de junio de 2016

Penúltima derrota frente al mar del sur


Después de que los bárbaros llegasen
rompiendo cerraduras al unísono,
confiscando los ojos del padre labrador
y de la madre experta en cultivar su espalda
y los pies de sus hijos despeinados,
volcando nuestros lechos como botes,
arrancando las parras luminosas,
trazando con la espada la frontera,


después de que los bárbaros entrasen
acampando en las bocas,
llenando de monedas los zapatos,
cortándonos los dedos por la mecha,
apagando las velas tartamudas
que titilan al sur pero no alcanzan,
empuñando su lengua

y todo un diccionario de silencio, 

después de que los bárbaros, en fin, 
fuesen nuestros vecinos que saludan,
nuestra gente educada en traicionarse,
los niños partidarios del pedrusco,
los hermanos en bíblico negocio,
los abuelos a punto de exiliar a sus nietos,
el panadero horneando hambre,
el carpintero en manos del martillo,

nadar en este mar es una acción política.


19 de enero de 2015

Escucha bifurcada (1)

De niños mi hermano y yo teníamos la impresión de vivir en un cuento de Cortázar, donde alguna puerta conduce a otra realidad. En casa, entre las cuatro paredes de la familia, estábamos en Argentina. Pero, en cuanto se abría la puerta, salíamos a jugar a España. La frontera entre ambos países era apenas un picaporte. Hoy escribo con esa misma sensación. Y cada vez me intriga más quedarme observando debajo del marco, como en los terremotos.

27 de diciembre de 2014

Talento para perder (y 6)

Tras emigrar a España, una de las tareas de adaptación al nuevo medio fue familiarizarme con un campeonato casi desconocido para mí. Varios meses de concienzudo estudio de la prensa deportiva y visionado atento de los partidos bastaron para esbozar un panorama. Pero faltaba un detalle crucial: ¿de qué equipo iba a ser? Más aún, ¿iba a poder ser de algún equipo, aparte de Boca? En primer lugar me fijé en el club de mi ciudad adoptiva. Desafortunadamente, el Granada atravesaba el peor momento de su historia y se encontraba hundido en Segunda B. Empecé a acudir a sus partidos, pero eso no resolvía mi problema de integración diaria: para poder incorporarme a los debates de mis compañeros, necesitaba aficionarme a algún equipo de Primera. Era la época del Dream Team de Cruyff y, deslumbrado por su juego, sopesé la posibilidad de hacerme culé. Pero Barcelona quedaba, en todo sentido, muy lejos de Granada. Y en aquella alineación no había un Messi, ni siquiera un Mascherano con el que identificarme. Mi tío madrileño intentó enrolarme en el Atlético. Tuvo éxito con mi hermano y conmigo casi lo consigue. El obstáculo fue su inefable dueño Jesús Gil, con quien me resultaba imposible simpatizar. Poco después, Valdano y Redondo me convertirían en seguidor temporal del Madrid. Club del que su presidente, con la energúmena colaboración de Mourinho, terminaría distanciándome. Incapaz de inclinarme del todo por ninguno de los grandes de la liga, tomé una decisión cromática: me hice hincha del Cádiz, cuya indumentaria consistía en camiseta amarilla y pantalones azules. Esta adhesión andaluza me proporcionó un inmediato alivio y cierta extranjería xeneize. Un par de temporadas más tarde, como no podía ser de otra forma, mi flamante escuadra sufrió dos descensos consecutivos hasta Segunda B. Donde, para mi perplejidad, fue a reunirse fatalmente con mi Granada, que tardaría diecisiete años en regresar a Primera. Ascenso que se hizo esperar demasiado, como suele ocurrir con los equipos que valen la pena.

(este texto es una adaptación abreviada de mi contribución al volumen Con el corazón en la Boca, publicado por Aguilar Argentina y compilado por Sergio Olguín.)

26 de diciembre de 2014

Talento para perder (5)

Cuando mis padres me anunciaron que nos íbamos del país, lo primero que hice fue elegir los libros que me llevaría y ponerme a grabar goles de Boca. En una nueva ironía xeneize, mi equipo al fin había empezado a ganar y ahora resultaba que tenía que irme. Apenas me había dado tiempo a disfrutar de dos copas sudamericanas y de la fugaz dupla Latorre-Batistuta. Mi deseo era mostrarle mi equipo argentino a mi primo español, seguidor del Real Madrid y admirador de la Quinta del Buitre. En cuanto aterrizamos en España con mis padres y mi hermano (a quien había convertido a la fe xeneize), me apresuré a extraer mi equipaje de goles. Le había ponderado mucho aquellas imágenes a mi primo, glosándolas con todo lujo de adornos y exageraciones. Nos sentamos en el sofá emocionados, dispuestos a contemplar la mayor belleza futbolística de Latinoamérica. No podría describir mi espanto al comprobar que el formato en que había grabado todas aquellas cintas era absolutamente incompatible con el formato español. Lo único que apareció en la pantalla fueron rayas grises, figuras fantasmales y voces deformadas. Como de otro mundo.

29 de mayo de 2013

Lugar

Después de una jornada de trabajo en una ciudad extranjera, en vez de regresar a mi provisional refugio, en lugar de volver a mi lugar, me sorprendo haciendo algo sigilosamente anómalo: me dirijo a otro hotel cercano al hotel donde me alojo, ceno con demora y me quedo leyendo en el lobby hasta muy tarde. Como mi comportamiento resulta absurdamente natural, nadie hace preguntas. Me dan las buenas noches y hasta me ofrecen té. Por un instante siento una desdibujada euforia que se parece al extravío, un extravío que se parece a la levedad. Intuyo entonces cierta lógica en este minúsculo desplazamiento. Como en una cadena migratoria, acabo de convertir mi anterior hotel en mi casa, y el siguiente hotel en un hotel. Quizá la hostelería sea eso: una mudanza de la perspectiva. La edificación de una distancia con respecto al hogar. Hay una especie de patria en la huida. Al final de esa huida, ahí, cruzando la frontera de sí mismo, alguien desnudo se da la bienvenida.

15 de junio de 2012

Metafísica lunfarda


No seas atorrante, tiempo interno,
envejecé conmigo y no chamuyes
retrasos en la edad imaginaria.
¿Vos te das cuenta de lo que lastima
engrupir al adverbio todavía?
Rimá nomás, estilo.
Eso no va a salvarte del desorden.


10 de mayo de 2012

Heráclito en la selva

Aterrizo en Manaos para la Bienal do Livro del Amazonas. La vida de hotel tiende a convertirse en una sucesión de retracciones. Al principio nos cuesta pisar la calle. Más tarde apenas logramos ir más allá del bar. Y finalmente, en una especie de consumación larvaria, no salimos de nuestra habitación. Por eso en mi día libre, para exiliarme del hotel, hago una excursión a la selva. Pero la barbarie de la civilización va conmigo: mientras subimos a bordo, no imagino ninguna tribu sino a Klaus Kinski en Fitzcarraldo, de Herzog. De pronto algo disipa mi ensimismamiento: el Encuentro de las Aguas. En un golpe de inverosimilitud que dura kilómetros, el río Amazonas y el río Negro chocan y discurren juntos, sin confundirse en absoluto. Sus diferencias de temperatura, densidad y velocidad los mantienen enfrentados como dos países limítrofes. Así que el célebre encuentro es, en realidad, un borde. No hay mezcla ni intercambio: sólo otra frontera. Me quedo contemplando esta refutación del mestizaje que escenifica la naturaleza. Pienso en los peces que se asoman al límite de ambos ríos. Y me acuerdo de Erri de Luca, que observó que los peces nunca cierran los ojos.

9 de abril de 2012

Idea española

Estimado señor Guindos: es mi deber informarle de que, en el día de ayer por la tarde, a las 17.15 horas para ser exactos, divisé en mi camino una idea española. Una idea española suelta, impune, campando a sus anchas. Su estado general parecía bueno, o cuando menos vivaracho, y en el momento de su identificación no se hallaba causando mayores incidentes. Habida cuenta de la gran labor conjunta que su Ministerio, la Secretaría de Estado de Investigación y el Ministerio de Educación vienen desempeñando por el futuro de nuestra seguridad pública, he considerado necesario hacerle llegar esta denuncia, confiando en la celeridad de sus próximas medidas. Aunque nada más lejos de mi intención que sembrar el pánico entre mis conciudadanos, sencillamente me estremece imaginar qué podría llegar a ocurrir si la susodicha se encontrase con otra similar. Les ruego por ello que no desfallezcan, señores míos, señoras suyas, pues todo parece indicar que aún quedan tres o cuatro jóvenes ideas españolas circulando flagrantemente dentro del territorio nacional. Seguiremos informando. De nada.

5 de abril de 2012

Patria líquida


HUELLAS EN LA ARENA

Cuando encontramos huellas
en la arena, viniendo
del mar, imaginamos
quizás a un emisario
o un viajero de algún país remoto
anunciándonos a los exiliados
que podemos volver.
De noche nos sentamos frente al fuego
mientras los leños forman
siluetas de animales:
peces o lagartijas o serpientes.
Llamamos al pasado
con nuestras flautas dulces,
guitarras galopantes,
ronqueras del cantante preferido.
Y sobre el campo diurno, cultivando
frutas rojas, moradas,
contemplamos el río
derivar hacia el mar, y nos parece
que la patria que un día abandonamos
era el mar mismo. ¿Entonces
de quién son esas huellas?


[Poema de Richard Gwyn inédito en español. Versión de Andrés Neuman. Del libro Being in water, leído la semana pasada durante un viaje a Cardiff. Más poemas traducidos de Gwyn, en el blog Otra iglesia es imposible.]

24 de noviembre de 2010

Primera tercera persona

Aterrizo en Buenos Aires y busco a sus poetas, que son un segundo modo de aterrizar. Leo a Javier Adúriz, poeta argentino hijo de españoles. En su libro Esto es así, una idea me detiene: «Hay una distancia considerable entre decir yo y escribir el yo». Conjugar en primera persona es un espejismo mecánico. Se hace, se pronuncia por defecto. Pero escribir un yo implica construirlo. Y, por lo tanto, desmontarlo antes. De pronto se me ocurre una pregunta. ¿Qué nos sucede cuando, en vez de decirlo o escribirlo, simplemente pensamos: yo? Quizá que una voz nos contesta: «él». Toda persona que habla cambia de lugar. El exilio sería eso.