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16 de febrero de 2018

Fractura, 4 (Mariela)


Si lo pensás, la primera imagen de la bomba atómica que te viene a la cabeza no son sus víctimas. Es el hongo. Ves antes la explosión que todos sus muertos. ¿No es el colmo de la desaparición? Por eso mismo los supervivientes, se diesen cuenta o no, ya eran rebeldes. No les hacía falta ningún comportamiento heroico. Su simple existencia era contestataria, porque no estaban previstos. En eso consistía para mí lo político de Yoshie. Él militaba porque estaba vivo.


[de la nueva novela Fractura (Alfaguara). Más información, aquí.]

9 de agosto de 2015

Poemas atómicos (y 2)



Mi niño duerme
en esta tierra azul
con radiaciones.

Terai Sumie


*

Ya estoy harta de todo.
La enorme estatua de la paz alzada
sobre la zona atómica está bien.
Está bien, pero
no podemos comernos una estatua:
la piedra no combate el hambre de verdad.
¿No podían haber hecho otra cosa
con todo ese dinero?

Fukuda Sumako



(Estrofa y haiku tomados de White Flash/Black Rain. Women of Japan Relive the Bomb. Edición de Lequita Vance-Watkins y Aratani Mariko; Milkweed Editions; traducidos del inglés por Andrés Neuman. En conmemoración del 70 aniversario de la bomba de Nagasaki.)

6 de agosto de 2015

Poemas atómicos (1)



Fuegos artificiales
allá en el río: 
huesos ardiendo.

Utsumi Kanko



*


Puesto que hay tantos
pequeños esqueletos
aquí reunidos,
estos huesos más largos
deben ser del maestro. 

Shoda Shinoe



(Tanka y haiku tomados de White Flash/Black Rain. Women of Japan Relive the Bomb. Edición de Lequita Vance-Watkins y Aratani Mariko; Milkweed Editions; traducidos del inglés por Andrés Neuman. En conmemoración del 70 aniversario de la bomba de Hiroshima.)

4 de junio de 2015

Perder la habitación

Vuelo con equipaje atrasado, sueño de mano y dos libros: La mujer rota de Simone de Beauvoir y Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé. En el primero de ellos, un diario ficcional repleto de emociones aforísticas, subrayo este sarcasmo acerca de un marido que se dedica a la investigación médica: «Obviamente, cuando uno carga sobre sus hombros la salud de la humanidad, el peso de una hija enferma apenas se nota». En el segundo libro, crónica de la posguerra atómica y homenaje a los médicos de Hiroshima, subrayo unos versos del poeta superviviente Sankichi Tôge: «Devuélveme a mi padre./ Devuélveme a mi madre./ Devuélveme a mis mayores./ Devuélveme a mis hijos./ Devuélveme a mí mismo». Mientras llego al hotel de Lyon, pienso que el caso de Oé parece opuesto al del personaje de Beauvoir, cuya obsesión por una gran causa colectiva le impide atender a un dolor cercano. Al mismo tiempo que investigaba sobre las víctimas de Hiroshima, Oé escribió la novela Una cuestión personal, que trata sobre la enfermedad de su propio hijo. Dejo mi equipaje en la habitación, bajo a cenar y entonces, frente a las puertas del ascensor, como un intertexto de carne y hueso, me topo con el señor Oé. Yo ignoraba por completo, o al menos no recordaba, que él fuese el encargado de inaugurar el festival al que he venido. Quizá consulté el programa cuando su presencia no estaba confirmada. O acaso una parte recóndita de mi memoria sí la retuvo, y por eso estoy leyendo los Cuadernos. Entre tartamudeos, le pregunto si tendría la generosidad de firmarme un libro. Oé asiente cortésmente y, con centenaria paciencia, toma asiento en el lobby mientras subo corriendo a buscar mi ejemplar. Me lo dedica en tinta roja, con ese temblor digno de los ancianos que viajan. Me da las buenas noches. Regresa al ascensor. Y desaparece. Yo me quedo contemplando los trazos de su nombre. Al cabo de unos minutos, Oé baja de nuevo. Se acerca al recepcionista y, para mi sorpresa, pregunta cuál es su habitación. Parece fatigado y sus movimientos delatan cierto extravío. Me acerco a ofrecerle ayuda. He perdido mi número de habitación, me dice Oé. No dice «he olvidado», sino «he perdido». No estoy seguro de si bromea. Podemos conseguirle otro número nuevo, sugiero manteniendo por si acaso la ambigüedad. Oé sonríe aliviado y saca de un bolsillo su bolígrafo rojo.

23 de abril de 2015

Cervantes, zurdo

En el barrio de allá, en el rincón más descreído de la iglesia, al final de la cripta, al fondo del subsuelo, confundida con un crucigrama de dientes, biografías y articulaciones, compartiendo desmemoria con otros nombres propios, deletreando la incógnita de sus vecinos, vulnerada por guerras no necesariamente épicas, con la sinceridad de aquello que está sucio, satirizando el guante del manual, ancha del uno al cinco, en plenitud a su manera, con menos calcio que rigor, resistiendo por pura convicción narrativa, prodigiosamente ajena a subvenciones y otras necrofilias públicas, una mano izquierda continúa trazando garabatos que nadie lee.

17 de diciembre de 2014

Un pie en el desierto

Veo el sensacional documental de Patricio Guzmán, Nostalgia de la luz, que vincula metafóricamente la arqueología, la astronomía y la memoria del genocidio pinochetista. Las tres se nos presentan como lentas labores de reconstrucción del pasado capaces de iluminar las sombras del presente. El director chileno entrevista a la hermana de una de las víctimas, que estuvo años recorriendo el desierto de Atacama -donde funcionó el campo de concentración de Chacabuco- en busca de los restos de su hermano asesinado. Hasta que encontró el hueso de un pie con un calzado familiar. «Me pasé toda una mañana con el pie», cuenta ella, «callada, como en blanco». En blanco hueso. «Fue el gran reencuentro y la gran desilusión. Porque sólo entonces entendí que mi hermano estaba muerto». Una paz similar se merecen ya mismo los padres de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Mientras tanto, en mi querida Granada, cada día se menciona o se calla el asesinato de Federico García Lorca. La ciudad se enorgullece y avergüenza al pensar en su hijo universal. Una ciudad que tardó medio siglo en dedicarle un parque y tres cuartos de siglo en erigirle una estatua. Quizás el propio poeta se habría reído de su estatua. Pero, para reírse, hace falta tener cuerpo. Nombro el cuerpo de Lorca tal como España lleva narrándose desde 1936: sin saber todavía qué pasó exactamente. Aquí seguimos debatiendo si remover fosas abre viejas heridas o las cierra. Priscilla Hayner, experta en comisiones internacionales de memoria histórica, publicó hace unos años Verdades innombrables. Este título me remite a un revelador ensayo del argentino Fernando Reati, Nombrar lo innombrable, y a cómo ciertos silencios ocupan el lenguaje. Las dictaduras siguen hablando cuando cambiamos de tema. Antes de alcanzar el alivio, explica Hayner, se negocia con el miedo. Miedo a un dolor aplazado y a unos ausentes que no son muertos sino fantasmas. El recuerdo de Lorca es literalmente fantasmagórico: no hay rastros de sus huesos ni tampoco grabaciones de su voz. Si la fosa de Lorca no se encuentra, algún día su fusilamiento podría convertirse en versión opinable, en leyenda desértica. Entonces alguien podrá decir que el hecho jamás se demostró. Que el horror no sucedió necesariamente así. Granada, escribió el poeta, no puede salir de su casa. Algunos muertos tampoco.

2 de octubre de 2014

Un impostor leal

Veo Garbo, el espía, documental que cuenta la insólita vida del doble agente catalán Joan Pujol, a quien se le atribuye un papel decisivo en el desembarco de Normandía. Aunque el apodo provenga de su facilidad para actuar, quizá su mayor don fue el literario. Para salvar el pellejo durante la Guerra Civil, Garbo había desertado del ejército republicano y se había pasado al bando nacional. En la Segunda Guerra Mundial se ofreció como espía a los ingleses, que lo rechazaron. Entonces probó suerte con los alemanes y, una vez contratado por estos, volvió a ofrecerse a los aliados. Así adquirió una fantasmagórica gloria falsificando informes dirigidos al enemigo. Garbo escribió toneladas de documentos, haciendo pasar por verdaderas las más disparatadas conjeturas. Sin pisar Inglaterra, narró minuciosamente a los nazis sus andanzas por Londres. Llegó a inventarse a veintidós informantes imaginarios, vale decir heterónimos, todos con sus respectivas biografías y correspondencias con la inteligencia alemana, que le pagó a su autor por cada uno de ellos. ¿Cómo fue posible tamaña impostura? Quizá porque los nazis necesitaban leerlo: su fanatismo disfrutaba creyéndole. Por esta labor de espionaje fantástico, Garbo llegó a ser condecorado por ambos bandos. Viendo el documental no dejé de pensar en los impostores de Historia universal de la infamia y en el ensayo de Borges sobre las kenningar, donde distingue entre un traidor y «un hombre desgarrado por sucesivas y contrarias lealtades». Si alguien duda de la capacidad de las palabras para intervenir en la realidad, que se acuerde de Garbo, el Pessoa del espionaje. Y que piense cuántas vidas salvaron sus ficciones, no sus armas.

13 de junio de 2014

Autopsia de un yate

Nadie quiere comprar el yate del rey. El yate real se llamaba Fortuna: como una moraleja medieval, como la caprichosa suerte, como un paquete de tabaco al que le cambian de repente la legislación. Fortuna costó 19 millones de euros y se lo regalaron al monarca saliente veinticinco empresarios, con la ayuda piadosa del Gobierno balear. La cuenta sale a poco menos de millón por barba, aunque a este generoso grupo de empresarios me lo figuro escrupulosamente afeitado, como ha hecho el rey entrante para parecer el joven aspirante que no es. Veinticinco tipos sin barba pagaron un millón por puro amor a la monarquía parlamentaria, por apego ferviente a la corona, y no, ¡válgame Azaña!, por devolver favores o pedirlos. Al rey le regalaron Fortuna en el año 2001: en plena odisea del ladrillo, en éxtasis matrimonial del duque de Palma, en vísperas de la caída de las más altas torres, en la gloria del reino codeándose con el emperador George Bush II antes del bombardeo de tierras y mares. Fortuna supera los 100 kilómetros por hora. Puede huir del naufragio a gran velocidad. Fortuna mide 41 metros de eslora y admite la visita de cualquiera que acredite solvencia. No hay más que presentar una cuenta bancaria que no pinche, un bote salvavidas capaz de deslizarse a algún paraíso fiscal. El yate tiene apenas mil horas de navegación y sigue reluciente como un parlamento nuevo. Si hacemos cuentas, cada hora de mar le ha costado alrededor de 19 mil euros. Más o menos lo mismo que vale llenar el tanque del Fortuna o el sueldo anual de un investigador español. Según explica el capitán a los posibles compradores, la joya de la corona es un artilugio llamado estabilizador. Costó un millón de euros y lo instalaron el año pasado, en época de recortes, mareas y zozobras. Gracias al estabilizador de Fortuna, «estando el barco en medio de una tormenta, pones un vaso de agua en la mesa del salón y no se mueve». Tampoco la corona es un objeto que caiga fácilmente en tiempos de tormenta. Un rey entra y otro sale, uno viene y otro va, como las mismas olas, por el bien de la estabilidad. Para ahogarse en un vaso de agua ya están las aspirinas o los ciudadanos. Mientras las instituciones se devalúan, el precio del yate Fortuna sigue bajando: costó 19 millones, se puso en venta a 10, ahora se ofrece a 8, y parece que el precio es negociable. Si esperamos otro rato a que baje la marea, a lo mejor entre usted, yo y otros veintitrés vasallos nos lo compramos a precio de baratija. Es decir, a su precio real.

8 de abril de 2014

El botín (1)

Llamar a estos tiempos crisis económica resulta tan ingenuo, o cínico, como llamar crisis de natalidad a una guerra. Buscando el verdadero nombre de las cosas, por sus causas y no por sus síntomas, la politóloga Wendy Brown ha bautizado nuestra época como la época de la desdemocratización. El problema no es tanto que nos falle la democracia, como que nos la están arrebatando. La profesora Brown –que no coincide precisamente con el modelo de mujer que pretende legislar el señor Gallardón– ha descrito cómo los gobiernos contemporáneos se rigen por los principios de un «sujeto calculador». De alguien que calca la razón económica sobre cualquier ámbito de la esfera pública, salud, educación o justicia incluidas. No se trataría simplemente de reducir la acción del Estado para concederle más espacio al mercado, y un conocido etcétera. Sino de organizar nuestra entera realidad institucional, y la totalidad de las relaciones sociales, en función del cálculo mercantil. Estos conflictos, analizados con detenimiento en un espléndido volumen de ensayos que tradujo la editorial madrileña Errata naturae, se reflejan a la perfección en dos noticias recientes. La primera noticia es que un posible antídoto contra el ébola y la hepatitis B crónica, que una empresa farmacéutica investiga con una subvención de 140 millones de dólares del Departamento de Defensa norteamericano, le ha permitido a dicha empresa multiplicar espectacularmente sus acciones en bolsa. Lo sospechoso es que tanto la subvención pública como este pelotazo financiero han coincidido con la grave epidemia de ébola en Guinea. Por este camino, nuestros virus, enfermedades y dolencias pasarán a ser asunto exclusivo de los ministerios de Economía, que a su vez serán meras sucursales de las empresas que coticen en bolsa. La ciencia ficción goza de excelente salud.

28 de septiembre de 2013

Plan C


CADÁVER: individuo que ha dejado de prestar atención.

CASI: medida exacta de todas las cosas.

CELOS: trío pasional entre alguien, su ser amado y su fantasma.

CIVILIZACIÓN: bombardeo con fines altruistas.

COITO: prolegómeno del ansiado después.

COMA: misterio de la sintaxis.

COMEDIA: género lo suficientemente inteligente como para parecer lo suficientemente tonto.

COMPATRIOTA: individuo al que nos une el azar y del que nos separa la voluntad.

CONCENTRACIÓN: secuestro de sí mismo.

CONVICCIÓN: variante prestigiosa del autoengaño.

CORAZÓN: músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula.

CORRECCIÓN: fase primordial de la escritura, tímidamente completada por la fase de redacción.

CURVA: futuro de la línea recta.


11 de septiembre de 2013

Las olimpiadas de lo pequeño (1)

A estas alturas del desencanto ibérico, la expectativa por la elección de la sede olímpica parecía más relacionada con la autoestima nacional que con una mejora del empleo o del bienestar público. Durante histriónicas semanas, desde las fuentes oficiales se vendió un exceso de confianza amplificado por los medios locales, cuyos pronósticos diferían sospechosamente de los de la prensa internacional. Se trató de la enésima irresponsabilidad institucional, ya que este triunfalismo previo resultó proporcional a la posterior decepción colectiva. El resultado final subraya el declive de una nefasta clase política, como la que gobierna la Comunidad madrileña, que lleva demasiados años persiguiendo una redención por vía deportiva. Más allá de la anciana estratagema de hacer pasar la necesidad por virtud, la propuesta de unos Juegos austeros supuso un alarde de desfachatez. Con esta iniciativa, la delegación española no sólo intentó conseguir su meta principal sino también, de paso, que el Comité Olímpico avalase su desastrosa y asfixiante política económica. El pretexto fue que ya se había invertido casi todo lo necesario. Probablemente eso espantó al Comité, que actúa al servicio de un formidable negocio: igual que en las posguerras, lo que las grandes corporaciones ansían es un territorio oportuno para inversiones y beneficios masivos. Sería exigible conocer en detalle cómo se ha empleado el dinero gastado hasta ahora, así como el uso que se hará de esas infraestructuras con las que más de uno habrá lucrado. La España vertiginosa que tocó techo en el 92 padeció acaso cierto síndrome faraónico que no se limitaba al urbanismo, y que afectaba a la forma de pensar y proyectar un país. Tras la caída de los Juegos de Madrid, esa maravillosa ciudad mestiza que muchos amamos y visitamos con familiaridad, quizá vaya siendo hora de clausurar la fiebre por el gran evento. Y volver a pensar en los pequeños acontecimientos, en su más noble sentido: en el dato a pie de calle, en la circunstancia de cada ciudadano, en cada nuevo trabajo que se logra y, sobre todo, cada escuela que se abre o se salva. Pasar del salto de altura al salto de profundidad. A las no menos titánicas olimpiadas de lo pequeño.

17 de julio de 2013

Llamadas a Bolaño (2)

Si tuviera que destacar alguno de los dones de Bolaño, creo que elegiría la desesperación. Bolaño no narraba historias: las necesitaba. Su escritura tiene una cualidad profundamente agónica. Quizá por eso conmueve tanto, hable de enciclopedias o crímenes, de sexo o metonimias. La narrativa contemporánea, observa en La literatura nazi en América, tiende a la falta de compasión, a la incapacidad «de comprender el dolor y por lo tanto de crear personajes». Bolaño desnuda de golpe la intimidad de sus personajes, mientras estos parecen discurrir sobre pormenores literarios. Su metaliteratura es una maniobra emotiva: nada consta como dato cultural en sus textos, todo está en estertor. El resumen de esta actitud podemos encontrarlo en “Otro cuento ruso”, cuya anécdota transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. Sangrando por la boca, con la lengua brutalmente retorcida por unas tenazas, un soldado sevillano intenta gritar coño. Pero emite unos sonidos que sus torturadores interpretan como Kunst. Es decir, arte en alemán. De esta manera «la palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte», le salva la vida.

12 de julio de 2013

Anatomía del Señor Respuesta (1)

Inquieto por la decadencia de España sin él, el ex estadista Aznar insiste últimamente en recordarnos su cara y sus caretas. Bien nos consta que Bush, en aquel rancho donde los zapatos eran más altos que las mesas, lo llamaba Anser. Tampoco era mal nombre, porque Anser suena a answer, y hoy Aznar viene teniendo respuesta para todo: la crisis, el paro, las relaciones internacionales, la reforma fiscal. Hasta para la burbuja inmobiliaria que, con fervoroso patriotismo, él mismo se encargó de inflar. El señor Respuesta, como todos los ex salvadores, resulta prodigiosamente eficaz cuando gobierna de manera imaginaria. No hay nada como aprender del desastre propio. Más impropio, no obstante, le ha quedado el bigote, sumido en tiempos de recorte. El bigote del señor Aznar ha dejado de pertenecerle, como si se lo hubieran privatizado o tuviese problemas de déficit. El cabello, eso sí, continúa en su puesto. Firme, inalterable. Pelo en forma de dogma. La ideología empieza en la cabeza, y sin duda el señor Respuesta piensa con el pelo. Observando sus imágenes recientes, da la impresión de que le cae holgado el traje, a lo Camps. Como si la ex presidencia le quedara grande. Incluso la corbata le queda un poco más larga. Como si le pesase. Como si de esa corbata pendieran las armas de destrucción masiva, el 11-M, su despedida en falso, la medalla del Congreso de Estados Unidos, la ley del suelo, la trama Gürtel y demás complementos de moda. No sabemos por qué hay serias contradicciones entre las declaraciones tributarias de la FAES y las facturas de las empresas Gürtel que contrató la propia fundación. Lo que sí sabemos es que la firma patrimonial de Aznar ingresó por sus actividades privadas casi un millón de euros en apenas dos años. Al parecer, el anterior Gobierno financió con dinero público los viajes del Señor Respuesta al extranjero, sin especificar si fueron por compromisos privados y remunerados. Quizá se trató de pequeños estímulos para un joven emprendedor, de esos que tanto abundan en esta España que nos han dejado las corbatas, los oráculos y los tecnócratas.

10 de junio de 2013

La crisis como patria

Una diferencia significativa entre Latinoamérica y Europa radica en la extensión de sus respectivas clases medias: factor que conviene tener en cuenta para no frivolizar en las comparaciones. Pero esta involutiva Europa tendría mucho que aprender de la otra orilla, si no fuese porque en general se limita a subestimarla políticamente o a colonizarla económicamente. Un ciudadano latinoamericano da por sentado que su país puede irse al carajo en cualquier momento. Como si la crisis fuese el campo de juego. Una patria en sí misma. El ciudadano europeo hoy tiende, en cambio, a quedarse perplejo o deprimirse frente a la crisis. Como si esta formara parte de algún inexplicable error de cálculo. A mediados del pasado siglo, el continente entero estaba devastado y sumido en la miseria. Si se salió de dos posguerras mundiales, debiera ser posible reconstruirse tras el bombardeo de la troika. Claro que, para eso, antes sería necesario reconocer lo demolido.

21 de febrero de 2013

Bosque de Mametz


Muchos años después, los labriegos siguieron encontrándolos:
los jóvenes perdidos, resurgiendo
debajo de las palas al remover la tierra.

Una ficha de hueso, platos de porcelana de omoplatos,
la reliquia de un dedo, el huevo de ave
golpeado y triturado de algún cráneo,

todo emulando ahora al pedernal, blanco roto en azul,
a lo largo del campo donde les ordenaron caminar, no correr,
hacia el bosque y sus nidos de metralla.

Incluso hoy la tierra permanece centinela,
removiéndose sola como recordatorio,
herida progresando en cuerpo extraño hacia la superficie de la piel.

Esta misma mañana, veinte hombres en una sola fosa,
mosaico hecho pedazos, huesos hombro con hombro,
esqueletos frenados en mitad de una danza funeral,

todos con esas botas que los sobrevivieron,
sus cabezas sin ojos recostadas en ángulo
y sus mandíbulas -aquellos que las tienen- bien abiertas.

Como si las notas que alguna vez cantaron
sólo ahora, con este desentierro,
escaparan de sus lenguas ausentes.



(Poema de Owen SheersDel libro El hombre sombra, Editorial
Pre-Textos, Valencia, 2016. Traducido por Andrés Neuman.)

14 de noviembre de 2012

Se cierra

La Alhambra sólo cierra dos días al año: Navidad y Año Nuevo. Las 363 jornadas restantes está repleta de turistas de todo el mundo. La Alhambra es el monumento más visitado de España. Fue el último bastión frente a los Reyes Católicos. Jamás llegó a ser expugnada por las tropas imperiales: simplemente la rodearon. Mil años más tarde continúa en pie. Hoy, día de huelga general, la Alhambra está cerrada. Las tropas nos rodean.

8 de noviembre de 2012

Bombardeo

Me estremece un reportaje sobre la desolación de buscar trabajo con más de 50 años. Gente forzada, en plena madurez profesional, a empezar de cero o retirarse. No puedo evitar pensar que la cronista, o cualquiera de sus admirables colegas, podría protagonizar la misma información que ofrece. En condiciones normales, la escritura periodística parte de una premisa similar a la literaria: la búsqueda de cierta perspectiva desde la cual observar y comprender determinada realidad. Sólo en las guerras informador y noticia, narrador y relato, se superponen brutalmente. Cuando cae el cuarto poder, el primero nos dispara con toda impunidad. Esto es un bombardeo.

16 de abril de 2012

El nadador

El sábado pasado, como parte del programa de las Jornadas sobre Republicanismo Español, un centenar de incautos nos reunimos bajo la lluvia para recordar el camino que García Lorca y muchos otros hicieron en las inmediaciones de Víznar, al norte de Granada, antes de ser fusilados. Entre los asistentes estaba el hijo de Salvador Vila, fugaz rector universitario en 1936, que llegó desde Londres para peregrinar hasta la fosa donde arrojaron a su padre. Miguel Vila fue un niño exiliado. Hoy es un jovial anciano que viaja con su nieto angloparlante. Me conmueven su sonrisa y su amabilidad, cicatrices astutas de quienes han sufrido en serio. «Me da vergüenza hablar en español», me explica en inglés, «porque se me olvidan las palabras». Más tarde compruebo que maneja a la perfección su idioma materno, o violentamente paterno. Quizá lo difícil para él sea hablarlo justo aquí, en el lugar donde callaron a su padre, y su lengua adquirida funcione como un testimonio de supervivencia. Volviendo del barranco, Miguel Vila nos dice: «Ha sido horrible y hermoso». Después nos da la mano, se ajusta la capucha y desaparece bajo el agua.

23 de febrero de 2012

El bombardeo

«Pasé toda mi infancia aquí», dice el guía libanés de Catherine Deneuve en la impactante ficción documental Je veux voir, «y no consigo reconocer nada». Ambos caminan entre escombros. La calle no ha cambiado: simplemente ha desaparecido. Ya es invisible. Podría incluso no haber existido. Los ataques militares no sólo destruyen presente, material disponible, vida cotidiana. Sino, casi peor, bombardean el pasado. Violan la memoria de cada cual. Toda guerra es una posguerra. Justo en ese momento, las cámaras dejan de grabar la noticia.

2 de enero de 2012

Abuelita pudiente

Al margen del drama del desempleo, que exige la mayor preocupación, quizá no sea tan malo que Europa aprenda a vivir en crisis. No se puede contar con la abundancia como punto de partida para educar. A veces Europa se comporta como una abuelita pudiente que nunca hubiera sido pobre. Pero hace seis décadas estaba en la miseria y necesitó un plan de salvación. Ahora por suerte no hay bombardeos. Tenemos agencias financieras.