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16 de septiembre de 2015

Comer del arte

Aterrizo por primera vez en Houston, Texas. El nombre del aeropuerto, George Bush, luce su mal augurio. Salgo al aire caliente y pegajoso. El taxista jamás ha oído hablar de mi hostal. Frunce el ceño cuando le muestro la dirección. Tiene que ser realmente muy pequeño, murmura, muy pequeño. Hostal Atenas. La Antigua Grecia perdida en un rincón de las llanuras texanas. Tras algunos esfuerzos, lo encontramos. En la recepción hay una pila de toallas acaso limpias y un microondas en marcha. Huele a ventilador con polvo. Me atiende un recepcionista inverosímilmente flaco. Se llama Juan y no habla español. Me pregunta si mañana necesitaré volver al aeropuerto. Cuando le digo que sí, el recepcionista se ofrece a llevarme en su propio coche. Le pregunto cuánto me costaría eso. Al principio intenta cobrarme más que un taxi oficial. Se lo hago notar con disgusto y entonces Juan, desplegando una sonrisa irresistible, me explica que es músico. Me entrega una tarjeta de cartulina verde: dice Professional Drummer y tiene un correo electrónico de yahoo. Le pregunto qué tipo de música toca. Toda, toda, contesta Juan, africana, blues, jazz, rock, española. Whatever you like. Menciono que mis padres eran músicos. Inexplicablemente, él adivina que mi madre tocaba el violín. La música es lo más grande, dice Juan, yo llevo diecisiete años alimentando a mis hijos gracias a ella. Al final convenimos un buen precio.

26 de diciembre de 2014

Talento para perder (5)

Cuando mis padres me anunciaron que nos íbamos del país, lo primero que hice fue elegir los libros que me llevaría y ponerme a grabar goles de Boca. En una nueva ironía xeneize, mi equipo al fin había empezado a ganar y ahora resultaba que tenía que irme. Apenas me había dado tiempo a disfrutar de dos copas sudamericanas y de la fugaz dupla Latorre-Batistuta. Mi deseo era mostrarle mi equipo argentino a mi primo español, seguidor del Real Madrid y admirador de la Quinta del Buitre. En cuanto aterrizamos en España con mis padres y mi hermano (a quien había convertido a la fe xeneize), me apresuré a extraer mi equipaje de goles. Le había ponderado mucho aquellas imágenes a mi primo, glosándolas con todo lujo de adornos y exageraciones. Nos sentamos en el sofá emocionados, dispuestos a contemplar la mayor belleza futbolística de Latinoamérica. No podría describir mi espanto al comprobar que el formato en que había grabado todas aquellas cintas era absolutamente incompatible con el formato español. Lo único que apareció en la pantalla fueron rayas grises, figuras fantasmales y voces deformadas. Como de otro mundo.

19 de julio de 2012

Peritos en catástrofes

Aeropuerto de Barajas, Madrid. A punto de embarcar rumbo a mi tierra de origen, nos encontramos con una amiga argentina. Inevitablemente, desplegando una especie de vengativa solidaridad, ella nos pregunta: «¿Y cómo van las cosas por acá?». Mi pareja andaluza, con resignada costumbre, empieza a hablarle de la crisis del país. Nuestra amiga comenta: «Sí, sí, ya vi que acá se quejan mucho». Bien. Entendido. Nada de victimismos. Aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires. Control de pasaportes a la mañana siguiente. «¿Y qué tal las cosas por España?», pregunta el agente de aduanas. Precavida, mi pareja andaluza contesta que tampoco están tan mal. El agente frunce el ceño como un perito en catástrofes. «¡Eso por ahora!», exclama. Y le sella el pasaporte.

13 de julio de 2012

Bank Airlines


No sé por qué los bancos tienen
cierto gesto de aeródromo
a punto de vaciarse
señores pasajeros contribuyan
la vida no se puede ahorrar
atención atención es la última llamada
a dormir todos este país despega
el personal a bordo vende paracaídas


3 de mayo de 2012

La epifanía como analgésico

Vuelo al Amazonas, por extraño que me suene escribirlo. El viaje ha sido horrible, accidentado, disuasorio. Hasta que, por la ventanilla del avión, diviso esos ríos que son como planetas. Y más tarde, en Manaos, veo los rascacielos creciendo entre árboles rebeldes o viceversa. Entonces pienso que una epifanía bien vale un dolor de espalda. O que, sin cierto dolor físico, no hay epifanía que valga la pena.

28 de marzo de 2012

El síndrome de Jet

Cada vez me cuesta más salir de estaciones y aeropuertos. Lejos de detestar esos recintos, confieso que los busco y hasta me invento pretextos para alargar mi estancia en su interior. Me quedo a comer en ellos: su espera me alimenta. Nada prometen esos ratos, la expectativa se vuelca sobre sí misma. Leo con una atención de la que soy incapaz en el mundo exterior, cuya fascinación es dispersa. Ahí dentro, en su aparente confusión de destinos, se vuelve clara nuestra naturaleza transitoria. En cuanto salimos para pisar la calle, en cambio, quedamos secuestrados por el malentendido de que hemos llegado a alguna parte. Mi vuelo se demora. Se es feliz por accidente.

14 de septiembre de 2011

Sky 0

Este año volví a Nueva York. Sólo la había visitado una vez, meses antes de la caída de las torres, a las que había subido como un turista más. La mayor diferencia visual no la encontré en la Zona Cero. Estaba en el cielo mismo, que es parte arquitectónica de esa ciudad. Cada vez que pasaba un avión, sin poder evitarlo, me inquietaba. Y miraba hacia arriba. «Tu nombre es otro, cielo», escribió Juan Ramón en esas calles, hace casi cien años.

6 de julio de 2011

Vergüenza

Se abre la puerta del coche y, al meter la cabeza, me topo con Coetzee. Mi sobresalto es doble. Se trata de uno de los escritores que más admiro en el mundo. Pero además, lo confieso, no había leído el programa del festival e ignoraba que él estuviera invitado. Tomo asiento, nervioso. Coetzee estira un brazo y esboza lo que, considerando su legendaria sequedad, podría calificarse de media sonrisa. «I’m John», murmura, como si hiciese falta la aclaración. Comenzamos el trayecto en silencio. Más tarde intercambiamos unas cuantas frases aisladas sobre los aviones y los idiomas. Coetzee lleva un ejemplar italiano de Disgrace. Me extraña que la traducción se titule Vergogna. Aunque el título original incluya ese sentido (la vergüenza, la deshonra), así se pierde el matiz trascendente relacionado con la gracia. Reúno el valor suficiente para preguntarle algo que siempre he tenido curiosidad por saber de esa novela: si, a través de los diálogos, un lector nativo en inglés puede deducir que la joven alumna, como se muestra en la película, es negra. Esta cuestión, interpreto, parece crucial para todo lo que sucederá después en la novela. «That’s quite a philosophical question», me contesta Coetzee. No dice nada más en todo el viaje hasta que bajamos del coche.

4 de diciembre de 2010

Puente aéreo

Los controladores aéreos hacen huelga por sorpresa y el puente vacacional tiembla. El gobierno decreta el estado de alarma y sus propios puentes tiemblan. La oposición mira al cielo y se frota las manos. Abro la novela El alma del controlador aéreo, de mi admirado Justo Navarro. Leo: «Así empiezan las historias: un rey muere y un príncipe nace».

19 de octubre de 2010

El mundo es un billar

Volviendo a casa desde Italia, la huelga de las refinerías francesas provoca una cadena de retrasos aéreos, hasta que mi vuelo se cancela. Esta interconexión entre los conflictos supuestamente ajenos y nuestros intereses inmediatos es, pese a las molestias, justa. Igual que las finanzas son globales, existe una sinergia de clase: las condiciones de unos trabajadores lejanos terminarán repercutiendo en la agenda de unos ejecutivos. Por eso los estudiantes franceses se manifiestan por algo tan remoto para ellos como las pensiones. Por eso los inmigrantes desempleados se suman a las protestas universitarias. Aunque miremos para otro lado, el mundo es un billar. Los únicos que no parecen entenderlo son los dueños del juego, como Sarkozy o su maestro Chirac. Que la bola negra les rebote en la nariz.