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17 de enero de 2014
Neruda, fiesta y silencio (y 3)
Las casas de Neruda suscitan aforismos en sus visitantes. Más que lugar de reposo, un hogar es un espacio de mutaciones, en obsesiva construcción. Todo mirador tiene algo de barco: observar ya es desplazarse. Cada habitación merece ser espacio de amistad, así será poblada desde el suelo hasta el techo. El sabor del agua mejora en copas de colores, quizá porque cualquier placer tiene algo de sinestesia. Toda casa es un laberinto; su habitante también. Por lo demás, resulta llamativo que un hombre de cierta edad y con creciente sobrepeso insistiera en construirse siempre hogares altos, intrincados y difíciles de trepar. Su dueño jamás pareció pensarse débil, inválido o anciano al diseñarlos. Como si encaramarse fuese un atributo suyo. Eso también funciona a modo de autorretrato. En las casas de Neruda abundan tanto los sofás, mesitas y ventanas, los rincones ideales para leer o escribir, que imagino al poeta encerrándose finalmente en el baño, huido de sí mismo y sus voraces estructuras.
15 de enero de 2014
Neruda, fiesta y silencio (2)
Tanto en su escritura como en sus hogares, Neruda vivió en estado de continua mostración. Acumulaba objetos y adjetivos con idéntico empeño. Sinfónicamente deíctico, pertenece a esa estirpe de poetas que lo cantan todo. Que en sus textos no trabajan el silencio, sino que lo combaten por los cuatro costados. Pero Neruda también se oculta a su modo, tal como quedan sumergidos los pilares en la arquitectura rococó. Tras su apabullante despliegue, estas casas albergan significativas omisiones acerca de sus moradores. Nada se cuenta sobre las fortunas que costaron, sobre cómo el poeta pudo permitirse construirlas, mantenerlas y amueblarlas con un sinnúmero de obras de arte y piezas de anticuario. Ni una palabra se nos dice tampoco del personal de servicio. Del personal de limpieza. De choferes, asistentes, jardineros, secretarios. Por hacendosa que su amada Matilde Urrutia fuera o se viese obligada a ser, semejante trío de viviendas debió de requerir ingentes atenciones, excluidas por completo del relato vital de los dueños de casa. Ni siquiera sabemos quién o dónde cocinaba. Las cocinas están virtualmente silenciadas en las casas de Neruda, ilustre militante comunista. La comida y la bebida se encuentran muy presentes en ellas. Sin embargo, en una notable elipsis de clase y también de género, se dan siempre por sentadas. Banquetes y recepciones se evocan con abundante colorido, sin que nadie parezca haber trabajado jamás en ellos. Su anfitrión es narrado como el espontáneo demiurgo de unas fiestas que se preparaban solas.
13 de enero de 2014
Neruda, fiesta y silencio (1)
Recorrer las tres casas de Neruda se asemeja bastante a releerlo. Todas parecen concebidas como una extensión de su obra, y casi una justificación de la misma. Quizá por eso adentrarse en ellas puede provocar admiración e irritación a partes iguales. Al igual que sucede con su profusa poesía, tras un primer deslumbramiento ante la presencia de estas casas, uno experimenta una suerte de intimidad defraudada. La sensación de que todo lo que allí vemos, que es mucho, está premeditado por el propio Neruda. Tan calculado como un efecto óptico. El atractivo irresistible de una casa-museo es la furtividad de la visita. Ese simulacro de impunidad con que el curioso infringe, o cree infringir, la vida secreta de su personaje admirado. Sin embargo, en estos espacios de orgullosa belleza uno siente que el Neruda hogareño, ese que se vestía torpemente, se afeitaba con prisa o dejaba miguitas de pie frente al fregadero, permanece inmune a cualquier intrusión. Ahí radica su gran diferencia con respecto al austero museo de su enemigo Huidobro en Cartagena. O al genuino ambiente de las casas granadinas de su amigo Lorca. O al que acaso sea mi preferido entre los hogares de poetas, el de Keats en Hampstead, cuyo nivel de pose tiende a cero. Es la limitación, aunque también la fuerza, de que las tres viviendas nerudianas pertenezcan a la etapa consagrada de su dueño, cuando cada decisión puertas adentro era tomada con conciencia legendaria.
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29 de mayo de 2013
Lugar
Después de una jornada de trabajo en una ciudad extranjera, en vez de regresar a mi provisional refugio, en lugar de volver a mi lugar, me sorprendo haciendo algo sigilosamente anómalo: me dirijo a otro hotel cercano al hotel donde me alojo, ceno con demora y me quedo leyendo en el lobby hasta muy tarde. Como mi comportamiento resulta absurdamente natural, nadie hace preguntas. Me dan las buenas noches y hasta me ofrecen té. Por un instante siento una desdibujada euforia que se parece al extravío, un extravío que se parece a la levedad. Intuyo entonces cierta lógica en este minúsculo desplazamiento. Como en una cadena migratoria, acabo de convertir mi anterior hotel en mi casa, y el siguiente hotel en un hotel. Quizá la hostelería sea eso: una mudanza de la perspectiva. La edificación de una distancia con respecto al hogar. Hay una especie de patria en la huida. Al final de esa huida, ahí, cruzando la frontera de sí mismo, alguien desnudo se da la bienvenida.
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24 de diciembre de 2012
El globo
Al oeste de Coruña, en los bordes de la ciudad, visito la estupenda biblioteca del centro Ágora. Erigida en el antiguo erial de una zona carenciada, se me antoja un ejemplo de esperanza en tiempos críticos. Su arquitectura, dicen, se inspiró en La montaña mágica. La idea de que una biblioteca entera imite a un solo libro habría hecho las delicias de Borges o de Wilcock. En su interior, los espacios libres y la luz natural tienen tanta importancia como el mobiliario. Es un lugar para pensar los lugares. Apenas lleva abierta un año y ya tiene miles de socios. Los contenidos de la biblioteca están divididos por edades e idiomas, con especial atención a la población inmigrante. De sus paredes no cuelgan retratos de escritores sino de los propios vecinos, sus habitantes máximos. En uno de los pasillos me encuentro una pizarra llena de pequeñas notas, donde los niños han pegado sus propuestas para completar el entorno de la biblioteca. Muchos piden canchas de fútbol, toboganes, columpios o zonas para perros. Pero uno de ellos, con letra ligeramente temblorosa, dejó escrito: «Un globo que no se destruyera». Jamás un gran deseo conoció tan sencillas palabras. Quizás ese globo exista. Esos niños lo inflan cada vez que abren un libro.
3 de mayo de 2012
La epifanía como analgésico
Vuelo al Amazonas, por extraño que me suene escribirlo. El viaje ha sido horrible, accidentado, disuasorio. Hasta que, por la ventanilla del avión, diviso esos ríos que son como planetas. Y más tarde, en Manaos, veo los rascacielos creciendo entre árboles rebeldes o viceversa. Entonces pienso que una epifanía bien vale un dolor de espalda. O que, sin cierto dolor físico, no hay epifanía que valga la pena.
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14 de septiembre de 2011
Sky 0
Este año volví a Nueva York. Sólo la había visitado una vez, meses antes de la caída de las torres, a las que había subido como un turista más. La mayor diferencia visual no la encontré en la Zona Cero. Estaba en el cielo mismo, que es parte arquitectónica de esa ciudad. Cada vez que pasaba un avión, sin poder evitarlo, me inquietaba. Y miraba hacia arriba. «Tu nombre es otro, cielo», escribió Juan Ramón en esas calles, hace casi cien años.
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8 de marzo de 2011
La otra partitura
Nunca había entrado en la Ópera de París. Los edificios legendarios me intimidan y me crean cierta responsabilidad de la que huyo rodéandolos insistentemente por afuera, como si intentase atarles las garras antes de meter la cabeza en ellos. El interior es lo que uno esperaba: un solemne intento de persuadir al visitante de la grandeur française. Pero la sala de conciertos es otro mundo: preciosa sin excesos, del tamaño ideal, tan esmerada como íntima. Y sobre todo, sorpresa, milagro multicolor, está la cúpula de Chagall. Un impactante homenaje a la música y la danza que, aunque parezca increíble, hasta el día de hoy recibe críticas por desentonar con el conjunto. Aplicando ese mismo dogma, las orquestas deberían interpretar a Wagner ataviadas con levita, pañuelo y birrete alemán. Elevo la mirada hacia la cúpula. Me zambullo al revés. Difruto de la ausencia de instrumentos, del escenario callado. Asisto a su concierto entre las butacas vacías. A la salida, compro una postal con una cita de Goethe: «Hablar es una necesidad, escuchar es un arte».
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