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6 de diciembre de 2013
Un minuto con Aira
Ceno en Santiago con dos buenos amigos chilenos, Riquelme y Celedón, tan distintos entre sí que se parecen. Ambos se turnan para tomar la palabra, uno sinuoso y narrativo, otro escueto y aforístico. Sus voces alternas proyectan un unísono imposible. Primero hablamos de la biografía de Kafka a la que Reiner Stach ha dedicado media vida. Después hablamos de la vida africana de Rimbaud. O su otra vida. ¿Rimbaud tuvo dos identidades, o quizá fue el mismo hombre en dos lugares irreconciliables? Al día siguiente acudo a una librería en Providencia. Curioseo. Hago braille. Por puro azar, me pongo a hojear una nueva traducción del ensayo de Benjamin sobre el surrealismo. Entonces, como invocado, entra a la librería César Aira. Jamás lo había visto en persona. Es él. Más alto, barrigón y jovial de lo que suponía. Es imposible suponer a Aira. Pero ahí está, erguido entre anaqueles. Lo saludo nervioso. Intercambiamos seis o siete oraciones. Él le pregunta al librero por la trilogía biográfica de Kafka que escribió Reiner Stach. Me sobresalto y vuelvo a sumergirme en el ensayo sobre el surrealismo. De inmediato me topo con el nombre de Rimbaud, señalado como precursor del movimiento. Aira comprueba decepcionado que el tomo que está en venta es el mismo que ya tiene en su casa. Intercambiamos otras seis o siete oraciones. Admiro a Aira, pero no lo miro. Él consulta su reloj de pulsera. Bajo la vista y busco el final del ensayo: «un despertador que a cada minuto grita sus sesenta segundos». Voy a tener que irme, dice Aira. Lógicamente, anochece.
13 de enero de 2012
Tenían veinte años y sabían más que muchos (y 3)
A lo largo de mi larga veintena recibí ingentes dosis de paternalismo, cuando no groseras hostilidades, basadas en el prejuicio de la edad. Pero tan estúpida es la sobrevaloración de la juventud como la mitología de la madurez. De hecho, una se alimenta de la otra. Por eso he leído con admiración la antología Tenían veinte años y estaban locos. Podrán interesarnos unos poetas más que otros, podrán parecernos estos mejores que aquellos. Pero todos irrumpen, buscan y están vivos. Disfruté especialmente con Alberto Acerete, Cristian Alcaraz, Bárbara Butragueño, Laura Casielles, David Leo García, Berta García Faet, María M. Bautista, Raúl E. Narbón, Eba Reiro, Ángel de la Torre. También me gustan otros poetas de su generación, como Pablo López Carballo, Pablo Fidalgo, Natalia Litvinova, Elena Medel, Rodrigo Olay, Alba González Sanz, Sara Torres R. de Castro o Javier Vicedo. Quien los lea será afortunado. «Deberían vivir antes de escribir», gruñen sus mayores, «no tienen experiencia». Hay que tener muy poca confianza en la literatura para no comprender que la escritura produce experiencias de vida. No pasa nada, queridos obsolescentes, por leer a adolescentes. A lo mejor, ¡Arturito el francés nos libre!, hasta aprendemos algo.
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15 de octubre de 2010
Tu rostro mañana
Cuando Arturito el rubio insinuó que Yo era Otro, no imaginaba lo que harían los medios con su aforismo. Acabo de saber que mi otro yo, sin duda comandado por su otro agente, ha presentado su otra novela al Premio Planeta. El cual, en fin, sigue siendo el mismo. Según desinforma la prensa, entre los candidatos figuramos Javier Marías, Isaac Rosa, un servidor y Sara Carbonero. Lo de Marías nos honra, siendo el autor de Corazón tan blanco, entre otros prodigios sintácticos. Lo de Rosa también, ya que se trata de uno de los escritores (y articulistas) más brillantes de mi generación. Pero lo de Sara me hace particular ilusión, pues sus relatos expresionistas y sus poemas fenomenológicos han sido siempre un referente para mí. ¿Qué rostro tendremos mañana? Si Sara gana el premio, me ofrezco de finalista. Y fisioterapeuta.
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