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2 de mayo de 2013

El muro invisible

La desocupación es la primera tragedia. La degradación del trabajo, la segunda. En su afán por despedir a unos y precarizar a otros, la patronal y el Gobierno atentan contra el principio que permite que funcione todo el sistema, incluyendo la explotación misma: la recompensa al esfuerzo. Si a mayor esfuerzo no hay mejores resultados, la lógica laboral entera se viene abajo. Por eso no se está destruyendo empleo: se está destruyendo a los trabajadores. Cantó Pavese que trabajar cansa. Pero mucho más agota no encontrar trabajo. Es penoso haber llegado al punto de que el ciudadano medio esté deseando ser explotado, tener al menos la ocasión de someterse a un régimen injusto. Hemos vuelto al siglo 19 en plena era digital. Vivimos en dos siglos al mismo tiempo. Parecemos atrapados en una novela proletaria de HG Wells, donde la ciencia ficción es un contrato. Al escritor alemán Ingo Schulze, nacido al otro lado del Muro, le preguntaron una vez si lamentaba la extinción de su país natal. Schulze respondió que no le preocupaba la desaparición del Este sino la del Oeste, ya que que conceptos como libertad o democracia empezaban a convertirse en una entelequia. Ese muro invisible, ¿cómo se derriba?

2 de abril de 2012

Explotación creativa

Trabajar cansa, sí, Pavese, pero más agota no poder trabajar, o hacerlo con la angustia de que cada día podría ser el último. Aparte de sus obvios objetivos económicos, la reforma laboral española (y, más en general, la precarización global del empleo) tiene una consecuencia simbólica de fondo. Se trata de que el trabajador deje de considerar su salario como una contraprestación a sus esfuerzos, y empiece a percibirlo casi como un favor. Como un delgado hilo de suerte que podría romperse en cualquier momento, a la mínima sacudida. Así la combatividad y disposición crítica del empleado tenderán a bajar forzosamente. Y manifestarse, o ponerse en huelga, resultará más incómodo. El plan es estupendo: para tiempos de crisis, explotación creativa. Menos mal que la creatividad también explota en todas partes. Uno de los carteles de la manifestación del jueves resumía: «Es imposible apretarnos el cinturón y bajarnos los pantalones al mismo tiempo». Aunque hay quienes pretenden que vayamos en pelotas.

7 de octubre de 2011

El hombre de ojos fuego

Uno va por ahí, vivo, y de pronto se topa con lo que no quería. Parece inverosímil que un volcán como Félix Romeo dejase de hervir de golpe. O quizás explotó por esa fogosidad tan suya. Escribo en caliente, tal como él hablaba. Era irascible, voraz, superdotado. Nadie leía, se apasionaba ni discutía más. Convirtió el soporífero protocolo de las mesas redondas en un arte fascinante y dialéctico: no conozco caso igual. Recuerdo la precisión para el dolor de Dibujos animados, su primera novela. La elaborada obscenidad de Discotèque. La despedida sin aire, hecha jirones, de Amarillo. Su obra se reparte entre aquellos breves libros y el mar de sus opiniones, artículos, notas al margen. Busco su biografía en su editorial y me sobresalta el accidente de una metáfora:
Quizá sea literalmente cierto: Félix era inabarcable. Igual que su robusta presencia. Vino temprano la muerte y tuvo sus ojos. Pero sus ojos ya habían leído el mundo entero.