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28 de noviembre de 2016

Identidad y contradicción


     Latinoamérica existe, pero tiene tantas tensiones y tentáculos que por lo general sólo puede ser avistada desde el extranjero, el exilio o el más completo asombro. 
     Latinoamérica no existe, pero acaso le convendría existir, al menos como horizonte imaginario, como fuerza histórica, como grupo de resistencia.
     Latinoamérica existe pero lucha contra sí misma, contra su tradición autolesiva, sus líderes que siguen a sus élites, sus élites que son verdaderos gobiernos, e incluso —por desgracia— también contra su gente, que a menudo sale corriendo en dirección opuesta a la salida.
     Latinoamérica no existe porque es una casa que vigila por separado cada una de las tejas, en lugar de entregarse a la invención del techo que podría albergar todas sus cabezas y multiplicarlas.
     Latinoamérica existe porque de cada pedazo hace familia, de cada fisura frontera, de cada pérdida una memoria común.
     Latinoamérica sigue sin existir como marco político, como acción ciudadana, como brazo que pueda levantar por fin su propio peso muerto.
     Latinoamérica sigue existiendo en el hábito de sus leyendas, en el bochinche de sus esquinas, en las maneras de sus pentagramas, en la sintaxis respondona de sus libros.
     Latinoamérica parece no existir para sus leyes cojas, sus intermitentes constituciones, su extraño castillo de burocracias.
     Latinoamérica parece existir en las parodias de su folclore, en los despachos donde se hace negocio con la identidad, en las malas corbatas que se asemejan entre sí mucho más que las culturas a las que representan.
     Latinoamérica jamás existirá para esa multitud que no come o come mal o se carcome, para sus desempleados con las manos llenas de vacío, sus niños sin el lujo de una infancia, sus mujeres preñadas de patriarcado autóctono, sus indígenas dos veces expoliados, sus periodistas acribillados a micrófono abierto, sus estudiantes desaparecidos en la noche de la impunidad.
     Latinoamérica existirá siempre en la gramática vecina de Andrés Bello, en la canción viajada de Martí, en Henríquez Ureña estudiando su sombra, en Sor Juana enseñándole a guisar apotegmas a Aristóteles, en Bolaño donando su hígado a la ciencia panamericana, en Clarice Lispector recordándole al mapa que hay más lenguas, en Parra burlándose de su compatriota Neruda, en Borges conversando con su hipotético gemelo Alfonso Reyes, en Maradona flotando sobre el estadio Azteca justo antes de caer y caer y caer.
     Latinoamérica no puede existir como rancho malvendido, como parcela de carros, corrales y corralitos, como cocina o baño de los huéspedes industriales, como tubo de ensayo de venenos financieros y babas militares, como mascota ruda pero demasiado agradecida.
     Latinoamérica es capaz de existir como plato de sopa heterogénea, como arcoíris sucio, como milagro laico, como un inmenso coro con distintas partituras, como un puente que piensa sobre mares revueltos, siempre a la buena pesca de sus contradicciones.
     Latinoamérica no existe, por supuesto, aunque lo que no existe es una tentación creativa, una provocación para seguir preguntándose.
     Latinoamérica existe, por supuesto, aunque para ciertos líderes millonarios y sus millones de cómplices, con la cara más dura que el más duro de los muros, algunos pueblos no parezcan existir.

(texto leído en la FIL de Guadalajara 2016, como parte de la mesa titulada “¿Existe Latinoamérica?”. Vídeo del evento.)

4 de junio de 2014

Prodigios, padres, policías (2)

«Márchate, olor a lavavajillas,/ déjanos con mi sueño». Ese olor soñante es puro Medel. El hallazgo del tono, del costumbrismo elevado a vuelo, del humor que se ríe de la épica y respeta la elegía, en un golpe de sabia ambigüedad. «Oh pollo deconstruido, oh pan de Latinoamérica;/ oh almuerzo y microondas, manás de los autónomos,/ himno de los estómagos vacíos; ahora pienso/ en nuestras digestiones». Cuánto bien le habría hecho a Neruda ser un poquito Medel, al menos los domingos. Señalar que la autora tiene talento sería una obviedad imperdonable. Que está llena de técnica y trabajo suele en cambio olvidarse. Uno de los versos más emblemáticos de Chatterton menciona «el edificio y su diccionario». El edificio equivale al esfuerzo estructural. El diccionario, al estudio del lenguaje. En este libro hay flor y hay edificio. Fulgor y aplicación. Frescura más paciencia. Al comienzo de uno de sus poemas encontramos un gesto de talento controlado por la lucidez, accidente de la gracia que se convierte en idea. Primero leemos «al cerrarse la puerta»; después aparece el signo «(…)», como si algo se hubiera omitido o borrado de un portazo; y finalmente el verso continúa: «derrumbó nuestra casa». Al cerrarse una puerta, entonces, la elipsis se abre y el sentido queda a la intemperie. Como bien saluda otro de sus versos, «bienvenido, hueco».

17 de enero de 2014

Neruda, fiesta y silencio (y 3)

Las casas de Neruda suscitan aforismos en sus visitantes. Más que lugar de reposo, un hogar es un espacio de mutaciones, en obsesiva construcción. Todo mirador tiene algo de barco: observar ya es desplazarse. Cada habitación merece ser espacio de amistad, así será poblada desde el suelo hasta el techo. El sabor del agua mejora en copas de colores, quizá porque cualquier placer tiene algo de sinestesia. Toda casa es un laberinto; su habitante también. Por lo demás, resulta llamativo que un hombre de cierta edad y con creciente sobrepeso insistiera en construirse siempre hogares altos, intrincados y difíciles de trepar. Su dueño jamás pareció pensarse débil, inválido o anciano al diseñarlos. Como si encaramarse fuese un atributo suyo. Eso también funciona a modo de autorretrato. En las casas de Neruda abundan tanto los sofás, mesitas y ventanas, los rincones ideales para leer o escribir, que imagino al poeta encerrándose finalmente en el baño, huido de sí mismo y sus voraces estructuras.

15 de enero de 2014

Neruda, fiesta y silencio (2)

Tanto en su escritura como en sus hogares, Neruda vivió en estado de continua mostración. Acumulaba objetos y adjetivos con idéntico empeño. Sinfónicamente deíctico, pertenece a esa estirpe de poetas que lo cantan todo. Que en sus textos no trabajan el silencio, sino que lo combaten por los cuatro costados. Pero Neruda también se oculta a su modo, tal como quedan sumergidos los pilares en la arquitectura rococó. Tras su apabullante despliegue, estas casas albergan significativas omisiones acerca de sus moradores. Nada se cuenta sobre las fortunas que costaron, sobre cómo el poeta pudo permitirse construirlas, mantenerlas y amueblarlas con un sinnúmero de obras de arte y piezas de anticuario. Ni una palabra se nos dice tampoco del personal de servicio. Del personal de limpieza. De choferes, asistentes, jardineros, secretarios. Por hacendosa que su amada Matilde Urrutia fuera o se viese obligada a ser, semejante trío de viviendas debió de requerir ingentes atenciones, excluidas por completo del relato vital de los dueños de casa. Ni siquiera sabemos quién o dónde cocinaba. Las cocinas están virtualmente silenciadas en las casas de Neruda, ilustre militante comunista. La comida y la bebida se encuentran muy presentes en ellas. Sin embargo, en una notable elipsis de clase y también de género, se dan siempre por sentadas. Banquetes y recepciones se evocan con abundante colorido, sin que nadie parezca haber trabajado jamás en ellos. Su anfitrión es narrado como el espontáneo demiurgo de unas fiestas que se preparaban solas.

13 de enero de 2014

Neruda, fiesta y silencio (1)

Recorrer las tres casas de Neruda se asemeja bastante a releerlo. Todas parecen concebidas como una extensión de su obra, y casi una justificación de la misma. Quizá por eso adentrarse en ellas puede provocar admiración e irritación a partes iguales. Al igual que sucede con su profusa poesía, tras un primer deslumbramiento ante la presencia de estas casas, uno experimenta una suerte de intimidad defraudada. La sensación de que todo lo que allí vemos, que es mucho, está premeditado por el propio Neruda. Tan calculado como un efecto óptico. El atractivo irresistible de una casa-museo es la furtividad de la visita. Ese simulacro de impunidad con que el curioso infringe, o cree infringir, la vida secreta de su personaje admirado. Sin embargo, en estos espacios de orgullosa belleza uno siente que el Neruda hogareño, ese que se vestía torpemente, se afeitaba con prisa o dejaba miguitas de pie frente al fregadero, permanece inmune a cualquier intrusión. Ahí radica su gran diferencia con respecto al austero museo de su enemigo Huidobro en Cartagena. O al genuino ambiente de las casas granadinas de su amigo Lorca. O al que acaso sea mi preferido entre los hogares de poetas, el de Keats en Hampstead, cuyo nivel de pose tiende a cero. Es la limitación, aunque también la fuerza, de que las tres viviendas nerudianas pertenezcan a la etapa consagrada de su dueño, cuando cada decisión puertas adentro era tomada con conciencia legendaria.